Entrevista a Rafael Juárez
Autor: Pablo Valdivia

Rafael Juárez nació en Estepa (Sevilla), el 18 de agosto de 1956.
Comenzó a escribir poesía durante la adolescencia, en Sevilla, después de leer la de Antonio Machado, poeta a cuya estela el propio autor se adscribe. En 1972 llegó a Granada para cursar sus estudios universitarios y en ella continúa viviendo.
Es licenciado en Filología Hispánica, padre de un hijo y marido de la escritora Pilar Mañas. En dos ocasiones ha sido becario de la Academia de España en Roma. Fue librero entre 1979 y 1992 y ahora trabaja como editor de las publicaciones de la Diputación de Granada.
Es autor de los siguientes libros de poemas:
Otra casa (1986).
Las cosas naturales (1990).
Aulaga (1995).
La herida (1996).
Para siempre. Poemas 1978-1999 (2001).
Lo que vale una vida (2001).
AULAGA: Diálogo sobre la poesía de Rafael Juárez.
Aulaga de Rafael Juárez fue publicado por la Diputación de Valladolid y la Fundación Jorge Guillén en el año 1995. Se trata de un libro breve e intenso, repleto de matices y secretos que esperan a ser descubiertos de manera cómplice por el lector. Un poemario donde con cada poema se inicia un diálogo rico de descubrimiento personal y del mundo. En otras entrevistas siempre ha declarado que sus dos mayores aficiones son leer y pasear. ¿Hasta qué punto están presentes esos paseos en Aulaga? ¿Qué lugar ocupa Aulaga dentro de su producción poética?
Todos los poemas del libro están escritos durante paseos por los alrededores de Cogollos Vega, un pueblo a doce kilómetros al norte de Granada, cuyo nombre aparece cambiado por el de Aulaga. Durante catorce años aquel paisaje, formado por la confrontación de la llanura y la serranía, ha resultado para mí un lugar de revelación o de inspiración poética, pero sobre todo un vasto refugio, una especie de balneario en el que reponerme de la agitación y de ciertas heridas sin sangre. Aunque los poemas del libro están escritos entre los años 1991 y 1994, los sonetos que se publicaron en Palma de Mallorca con el título de La herida participan de ese mismo cambio de piel, de esa mudanza, y están escritos en los dos años anteriores. En mi libro posterior, Lo que vale una vida, hay también poemas escritos en Cogollos-Aulaga.
En Lo que vale una vida (Pretextos, 2001) nos presentaba un espacio al que llamaba “Maro” y que poco a poco, según nos íbamos adentrando en la lectura del libro, descubríamos que se trataba de Roma. ¿Es Aulaga también un espacio de diálogo entre lo real y lo mítico? ¿Por qué ese título que hace referencia a una planta de matorral, con espinas y flores amarillas?¿Tiene para usted alguna simbología especial?
Cambié los nombres de Cogollos (un pueblecito perdido, en el límite del asfalto) y de Roma (la madre de las ciudades) por los de Aulaga y Maro para ampliar mi libertad al escribir y la del lector al interpretar, para que nadie tuviese que partir de un conocimiento previo de los lugares reales. Por otra parte, los nombres de los sitios concretos que se mencionan en algún poema sí son casi siempre los de la realidad. “Una emoción verdadera”, la segunda sección de Lo que vale una vida, donde aparece Maro, está formada por escenas ciudadanas escritas en décimas más o menos clásicas durante largos paseos. Hay un paralelismo intencionado con los poemas de diez versos heptasilábicos blancos que forman la primera sección de Aulaga. Ambas series están escritas al natural. Los nombres carecen de simbología en este caso: Maro es la inversión de las sílabas de Roma y Aulaga hace referencia a la abundancia de ese arbusto, síntoma por otra parte de la degradación del monte. Siempre he rehuido el uso de nombre propios cargados de prestigio o intención; creo que limitan la aspiración del poema a ser leído universalmente (aunque para el poeta sean un recurso fácil).
Aulaga se inicia con el soneto que lleva por título Ofrecimiento. En el último terceto dice: Álamos altos y colinas suaves./Vamos a ver qué dicen estas cosas./ Un poema se escribe para eso// ¿Cree que la poesía nos enseña a mirar de otro modo la realidad?
Los poemas que me interesan están escritos para perdurar en la memoria, en la conciencia de quien los lee, de manera que, sin duda, como tantos hechos de cultura y como tantos actos lingüísticos, enriquecen su mirada sobre el mundo. Hablo de una acción sutil, pero perdurable, que no siempre sabemos identificar. El último poema del libro describe un instante de plenitud primaveral en el campo en el que la memoria se traslada al pleno otoño ciudadano por la vaga evocación de unos versos ajenos, los de la poeta Elena Martín Vivaldi.
En ese mismo poema escribe: Vente conmigo al campo si no sabes/ qué hacer con tantas páginas borrosas./ ¿Esas páginas borrosas se refieren a otros textos que finalmente no se publicaron en la edición que conocemos de Aulaga? ¿Tiene que ver con los sonetos de otro de sus libros, La Herida (1996), que usted escribió también en aquellos años?
Según he dicho, en el fondo de este libro hay una mutación, un antes y un durante, por lo tanto; en el después seguimos ahora. Esas páginas borrosas son las del ayer (la vida como texto aparece en otros poemas del libro). Creo que si algún valor tiene Aulaga es su búsqueda de la nitidez, tanto emocional como expresiva.
Definía la lectura como otra de sus grandes aficiones. Aulaga es un diálogo con uno mismo y con los otros, al que consigue llegar mediante un procedimiento muy sutil en el que se intercambian preguntas, personas y lugares. ¿Qué lecturas tenía usted presentes cuando escribió los poemas de este libro?
La palabra diálogo que menciona me lleva inmediatamente a Bajtin, cuya obra yo leía entonces con deslumbramiento; algo seguramente le deben estos poemas. Siempre, Antonio Machado, y en aquella época Paul Verlaine. La nitidez en las imágenes de la que hablaba antes tiene que ver con la lectura contrastada con las realidades descritas de los textos de Pla, sobre todo Las horas y Viaje en autobús; ya en La herida hay un soneto (“De un diario ajeno”) que es prácticamente una versificación de una página de Pla. Francisco García Lorca, el hermano menor de Federico, interesantísimo poeta recóndito, escribió un poema en décimas clásicas sobre la vega de Granada que yo siempre he leído con gusto. Y dos series de poemas de Antonio Carvajal, “Después que me miraste” y “Vísperas de Granada” me enseñaron un afán de claridad compatible con la expresividad más medida.
Antonio Muñoz Molina definió su libro en un artículo publicado en El País como: “un álbum de acuarelas tenues y exactas, y también un diario íntimo cifrado, y un tratado de botánica, y un almanaque regido por el tiempo circular de las floraciones y de los frutos, por las sabidurías de las horas y los cambios graduales de la luz de los días, como en las páginas de Pla.” ¿En qué aspecto considera que la lectura de Pla le influyó para la escritura de Aulaga?
Acabo de hablar de eso. Pla no fue solo un excelente observador de la naturaleza, sino también un peculiar moralista (¿se pueden separar ambas cosas?). El caso es que otro de los sonetos de La herida nace precisamente de un artículo de Antonio Muñoz (“El pasado se mueve” se titulan su texto y el mío).
En Aulaga el paisaje tiene un papel importante no como un elemento sacralizado en el que el sujeto poético proyecta sus sentimientos sobre la naturaleza, sino como un espacio autónomo que dialoga con el lector a la vez que nos enseña a vivir con lucidez en el mundo. En este sentido supera el horizonte que marcó el Modernismo y que tan pocos autores han sabido rebasar. “Mirar lejos descansa”, dice en uno de sus poemas...
No tengo distancia suficiente con los poemas para contestar a esa pregunta. Nunca he elaborado una estrategia para inscribirme de una forma u otra en la historia literaria. Mis poemas, como todos, forman parte de una tradición, pero yo me veo solo. Aunque con un sentido que no tiene en el libro, glosaría la cita del final de su pregunta: para mirar lejos hay que estar lejos, pero ni como hombre ni como poeta me sitúo dramáticamente en ningún exilio, en ningún margen. Sí en un cierto confinamiento flexible y voluntario. Es posible que por esa razón ese lugar, Cogollos-Aulaga, me haya resultado siempre tan acogedor, a pesar de su carencia absoluta de prestigio. Se trata, por otra parte, de un paisaje condenado a desparecer; la vega de Granada no tardará en ser un bloque de plástico, asfalto y hormigón; se está destruyendo día a día, salvajamente. Lorca, por ejemplo, es inexplicable sin ella. Parece un sarcasmo pero mientras más se idolatra al poeta con más saña se destruye su templo.
En uno de los bloques del libro, el que lleva por título La Muerte sin Ventajas, otorga un papel especial a la muerte. Esa parte del libro es un almanaque. Decía Machado en Juan de Mairena que el hombre es el animal que mide el tiempo que le queda hasta que le llega la muerte. ¿Tenía presente esta idea cuando escribió los poemas que conforman esta parte?
La presencia de la muerte es contradictoria, en los poemas y en la naturaleza. La muerte es continua, imparable, dichosa, cuando se opone a la vida agostada o tumultuosa. Pero la muerte no tiene ventajas.
Las Cosas Naturales (1990) fue el libro que publicó antes que Aulaga. Las Cosas Naturales es un poemario en muchos aspectos muy distinto a Aulaga. ¿Hasta qué punto los poemas de Aulaga contradicen o rompen con los de Las Cosas Naturales?
Buena parte de los poemas de Las cosas naturales hablan de un niño de dos años (mi hijo en 1987, pero también yo mismo enmascarado de él); es un libro idealista; recuerde que se inicia con una cita de Unamuno: “Las cosas naturales vuelven siempre”. Aulaga, en cambio, se podría abrir con está réplica más o menos explícita de Lorca: “Las cosas que se van no vuelven nunca, / todo el mundo lo sabe”. El paisaje idealista y urbano, cuyos elementos se utilizan con una función simbólica, se cambia por la intención de definir, de interpretar un paisaje real. Pero esto son abstracciones que no puedo hacer sin disgusto. Lo que siento siempre son carencias: la cantidad de realidad que soy incapaz de explicar; por ejemplo mi incapacidad para dejar en versos lo que esta ocurriendo con la ciudad de Granada y sus alrededores. Y debo aclarar que no soy un conservador ni de lejos.
Al leer Aulaga uno tiene la sensación de estar ante un sujeto poético mucho más cercano y directo que el que podemos encontrar en otros poetas actuales. Una de las características comunes que hallamos en la poesía actual es la existencia de un yo poético impostado, un personaje. En cambio, en Aulaga parece como si los poemas hubieran sido escritos en el campo, a la luz de lo que sucedía en un instante y no como el producto del que ejerce un oficio de manera mecánica entre cuatro paredes...
Todos los poemas de Aulaga están escritos durante paseos, ya lo dije, al natural. Me habitué entonces a escribir caminado hasta el punto de no poder hacerlo de otra manera. Hasta 1990, había escrito generalmente poemas “de estudio”, pero en cualquier caso he procurado evitar siempre la redacción de versos. El poema comienza por ser una sorpresa para el poeta y el oficio consiste en no dejarlo escapar, lo que puede incluir algún recurso a la ficción. Se trata de intentar darlo todo.
Háblenos de los textos que se publican en este número de octubre de Imaginando y la relación que tienen con Aulaga.
La finca del Cura es un lugar preciso de Cogollos-Aulaga, pero creo que al mismo tiempo con elementos que lo convierten en universal. Se trata de una casa abandonada hace treinta o cuarenta años, situada cerca de un río, en la falda de umbría de una sierra (la de la Yedra), al pie de una acequia que fue importante y que hoy también está abandonada, como la propia labor agrícola de la zona. La casa tuvo un espacio ajardinado en la entrada y una huerta tapiada detrás. Los poemas están escritos a lo largo de doce años; los dos primeros se publicaron en el libro Aulaga; el tercero y el cuarto en mi siguiente libro, Lo que vale una vida; y el quinto es inédito en libro. Me interesa la escala métrica que, sin intención previa, forman (considero esenciales los aspectos llamados formales de la poesía).
