3 cuentos

Autor: Santi Pérez

Santi Pérez Isasi nació el 9 de agosto de 1978 en Bilbao. Es licenciado en Filología por la Universidad de Deusto y ha trabajado como asistente de lengua en el Departamento de Español de la Universidad de St. Andrews, en Escocia, en el curso 2002-2003. Actualmente realiza su tesis doctoral. Como escritor ha conseguido algunos premios literarios: un accésit en el concurso de cuentos Gabriel Aresti del Ayuntamiento de Bilbao; un segundo premio en el concurso de cuentos organizado por el Círculo de Actualidad de la Universidad de Deusto; y un segundo premio en el concurso de relatos organizado por el Colegio Mayor "Hernán Cortés" de Salamanca. Ha sido también jurado del concurso "La Caja de Pandora" de la Universidad de Deusto, y de otro organizado por la Asociación Kizkitinak. Su producción se centra en relatos breves, aunque ya tiene en mente una novela.

sperez.jpg

El metro
[accesit del concurso Gabriel Aresti de Bilbao]

El metro atropella a una mujer justo antes de que Carlos entre en la estación. Era una joven que todavía no sabía siquiera andar con tacones, por eso se tambaleó dos o tres veces hacia la derecha, hacia la izquierda, y a la de cuatro se desplomó con la cara sobre las vías.
Dirán mañana los periódicos que no ha podido saberse nada sobre su identidad debido al mal estado del cadáver (los más atrevidos dirán, porque es verdad, que su cabeza parecía más bien un muñón sanguinolento, pero un primer examen permite deducir que había sido operada dos veces del busto, la primera para agrandarlo y la segunda para recomponerlo, porque el peso añadido antinaturalmente se le fue cayendo y un buen día su mejor amiga le dijo "pues, hija, no veo que hayas ganado con el cambio").
Así que cuando Carlos entra la alharaca ya se ha pasado y deja caer una mina de bolígrafo inoxcrom entre las rendijas de la escalera mecánica que se queda allí, no tiene forma de pasar y golpea, una y otra vez, con cada nuevo tramo, poc, tac, poc, tac... Y Carlos se asusta porque si lo ven los seguratas igual le toman la documentación como a un vulgar borracho por arrojar desperdicios en instalaciones no destinadas a tal efecto.
El metro que acaba de matar a esa chica, que después de todo se libra del examen de álgebra del jueves y de pagar el alquiler y de la menstruación y de la contaminación ambiental y del nerviosismo urbano así que tan mal no está: (Sangrado y justificado centro) Si lloras niña no llores/ por la que Dios se ha llevado:/ Llora más bien por nosotros/ que aquí nos hemos quedado.(Nueva estrofa) Porque para ella en el cielo/ no habrá ya dolor ninguno/ y a nosotros en la tierra/ nos siguen dando por culo (Fin sangrado y justificado), era el de Carlos.
Espera y mientras espera que venga el siguiente metro ve al otro lado de la vía al primo de su tercera novia. ?Qué clase de relación puede uno tener con el primo de su tercera novia? Sobre todo si ella te acaba llamando pedazo de trozo de escoria, ?con qué cara saludas a alguien que lleva no menos de una cuarta parte de sus genes y no más de la mitad?
Carlos hace como que no le ve y se pone a oír la música; como es de noche, es música de noche, canciones lentas de amor escritas por Ana Belén, Julio Iglesias y demás. El primo hace señas. En fin. Carlos sonríe como "¡Qué feliz encuentro!" y mueve también su brazo. Hola, Hola. ¿Qué horas son estas? dice el primo señalando con mal humor su reloj. Carlos se encoge de hombros. ¿Y tú?, apuntándole con su propio dedo. Lo mismo.
Ah.
Viene el metro, pero viene por la izquierda según mira Carlos y como todo el mundo sabe el metro (por lo menos el de Bilbao) lo coges cuando viene desde tu derecha. Por consiguiente (Felipe presidente) es el del primo de la tercera novia de Carlos. Un último adiós con la mano antes de que quede oculto detrás de los vagones, porque Carlos después de todo quiere quedar bien no vaya a ser que se le presente la oportunidad de volver con aquella su tercera novia y entonces le convendría tener al primo a su favor.
Hace cuatro minutos el reloj que cuelga de la pared marcaba que faltaban dos para que viniera otro tren. Qué país este.
Dicen los Libros Sagrados (los únicos que lo son para mí) lo que sigue:
- en un lugar se lee: el metro entra en el túnel como el brazo en una oscura y larga manga (C.J. Cela: La Colmena)
- y en otro: tu cintura la hizo mi brazo como un río cuando anduvo mil años por tu dulce cuerpo (P. Neruda: "Bella")
Pues bien, yo os digo, la cintura de Bilbao es ahora trazada por el brazo que es el metro, una cintura negra y oscura como una manga.
Carlos se sienta en frente de un señor con toda la pinta de médico gallego con dos hijas, mujer, gato, tres habitaciones y plan de pensiones, que no lo habéis oído pero mientras tanto el metro ya ha llegado y los viajeros han elegido los asientos que más se adecúan a sus personalidades.
El médico tiene ganas de dormirse, Carlos, que es un chico muy observador (?cómo si no iba a adivinar lo del plan de pensiones sólo con mirarlo?), lo deduce porque se le cierran los ojos a cada paso y, como si le faltara piel, se le abre la boca.
El viejo tiene ojos de estar a punto de llorar. Cuando eres viejo siempre tienes cara de estar a punto de reír, llorar o morirte. Eso sí, cuando de verdad notas que estás a punto de palmarla no ríes ni lloras, estás demasiado preocupado en no equivocarte y morirte de infarto cuando lo tuyo era el pulmón, o de angina de pecho cuando toda tu vida habías sufrido de próstata, o de cáncer de cualquier cosa cuando en realidad no tienes que morirte todavía.
Sería bonito morirse de risa. Que en tu biografía ponga: nació en tal año para morir de risa en tal otro. Claro que algún cursi pondría "de felicidad", y eso ya es confundir términos.
El gallego no sólo se está durmiendo, además tiene cara de triste. Carlos se acerca un poco y le susurra:
- Si quiere le despierto cuando llegue a su estación.
El otro levanta la cabeza, sonríe como o bruxo de Arteixo y dice "Lah Arenah, grasia, siquiyo". En cuanto cierra los párpados Carlos coge y se cambia de vagón, porque a saber, lo mismo encima de ser andaluz es abogado, soltero y está contento con la vida que le ha tocado vivir y a Carlos eso de no dar ni media con sus predicciones le toca bastante la moral.
Ahora en su nueva ubicación Carlos ha quedado en frente justo de una pareja de adolescentes muy cariñosos el uno con el otro pero guardando las distancias: ni un roce, ni una caricia, nada que pueda resultar insultante.
Si Carlos fuera de los que pone antena a las conversaciones ajenas habría oído algo parecido a esto:
ÉL: ¿He sido yo?
ELLA: Tonto.
ÉL: Vaya, gracias.
Ella abre la boca, saca la lengua, tuerce un poco el cuello hacia la derecha y bizquea.
ÉL: (Después de una pausa para pensar) Cada vez que haces eso me dan ganas de darte un beso.
Y si Carlos fuera de los que miran directamente a los ojos de los extraños sin ningún rubor, habría visto que ella dudaba.
En la estación de Erandio las puertas al cerrarse atrapan a un pobre señor que casi se pone histérico y no es para menos; con la ayuda de un cristianito que andaba por ahí por fin consigue entrar la mitad de cuerpo que faltaba en el vagón.
Carlos lleva durante todo el tiempo entre las piernas un maletín negro de cuero con combinación numérica anti-robo. Un señor de edad indeterminada le mira con cara de pánico contenido, que no es una cara muy corriente, porque hoy día en cuanto sentimos un poco de miedo empezamos a gritar, gañir, bufar y sudar por las palmas de las manos y Santas Pascuas.
- Oye, chaval, le dice a Carlos al cabo de tres estaciones: ¿eres uno de esos que van por ahí poniendo bombas?
Carlos se ríe, todo el vagón se ríe, porque de repente se había creado un silencio natural de esos que sólo se consiguen cuando alguien va a decir la tontería de su vida, y el señor, todo corrido, se baja en la siguiente, a pesar de que seguramente su intención era llegar hasta Plencia y así tener una excusa para llegar tarde a casa.
- No cariño, no he estado de juerga con los amigos tomando cerveza y jugando al mus hasta las tantas mientras veíamos el partido y la película de la semana que era de dos rombos, es que me he pasado de estación en el metro (seguramente le enseñará el billete como si eso probara algo) y como resulta que sólo hay uno cada hora (mentira, pero ella no puede saberlo) pues ahí llevo, desde las doce (si se siente osado es capaz de decir once y media) en esos túneles de Dios.
A la derecha de Carlos se sienta ahora una mujer que va leyendo el horóscopo chino en una revista llamada Alma y Karma mientras acaricia la cabeza ligeramente pelona de una cría de gato que ha escondido en su bolso.
Es aburrido mirar por la ventana, se ven casas y chabolas, montes y ríos, estaciones viejas y nuevas, repletas y abandonadas, se ve a la gente esperando en los pasos a nivel a que se aleje el metro zumbando y les deje volver a desconectar y que la rutina les conduzca hasta casa como todas las noches; se ve lo de siempre, lo mismo de cada día pero con distinta fecha.
Carlos mira entonces a su compañera de asiento como distraído y entonces se da cuenta de que su mano, la de ella, está tensa, en torno al cuello del gatito, que saca la lengua y jadea como puede, y de que ella, al cabo de unos momentos, empieza a llorar porque en el fondo lo quería con toda su alma.
De todas formas Carlos se baja en la siguiente, en Sopelana, así que poco le importa.
Hurrengo geltokia la mujer mira asustada hacia la izquierda y Carlos se hace el sueco, que él nunca ha sido del Partido Ecologista Los Verdes en Lucha por un Mundo Mejor para Nuestros Hijos Sopelana. Próxima luego la mujer se levanta de su silla, corre buscando un cenicero y, al no encontrarlo, vomita en mitad del pasillo estación Sopelana.
Un joven que seguramente es estudiante con instintos suicidas en vías de corrección aprieta el botón de apertura de las puertas y todos salen. Está lloviendo un poco, lo justo para que Carlos tenga que encoger los hombros y meter las manos en los bolsillos. Con el lío, al parecer, nadie se ha dado cuenta de que se ha dejado el maletín en el asiento.
Busca una cabina cerca y llama a donde siempre.
- Hay una bomba en el metro. Gora Euskadi Askatuta.
A pocos metros una chica trota disparando las piernas hacia los lados. Él la reconoce, es su octava novia, que ahora está casada con un pelele de la Diputación que se ha hecho cargo sin preguntar de ese hijo que Carlos tuvo el honor de encargar por él, y se acerca a saludarla; al fin y al cabo, hay que tener un poco de humanidad.
Riéndose todavía agita el brazo como antes en la estación. Hola. Hola. ¿Qué haces tú a estas horas por aquí?


El hombre excremental

Un día me mataron y desde entonces vivo bajo tierra, en medio de mis amigos los gusanos. Aquí vivo para recordar, a unos pocos pies del aire fresco, descarnado y seco ya, olvidado de la memoria de los hombres. Pero ahora he venido para contar mi vida y no mi linchamiento, los golpes, el dolor, porque nada de eso importa, escuchen, sorpréndanse.

Mi vida es la historia de una lucha y un logro, de muchas noches sin dormir a cuenta del futuro de la humanidad, que nunca me agradecerá muerto, lo que por ella hice mientras estaba vivo.

Sépase ya: como un nuevo Nuevo Prometeo, me propuse crear un ser resto de mí, carne de mis heces, desecho de mi persona, esencia misma de mis excrementos. Hay que comprender que yo entreví este propósito a los veintiséis años, y no lo realicé hasta los treinta y nueve. ¿No tendrá premio mi constancia?

Yo quería, claro, que todo en aquella criatura fuera mío, o mejor, que todo fuera yo. Así reuní, pacientemente y durante años, trozos de uña, pelo, saliva, orina, baba, mucosidades varias, cera de las orejas, restos de piel, excrementos sensu stricto, sangre, sudor y lágrimas, junto con algún que otro vómito a destiempo.

Conseguir el resto del material necesario tampoco fue difícil. Tengo contactos. Vivo en la capital. Hay amigos que me deben favores. En poco tiempo, me había comprado una casita en las afueras –buscando soledad, pero también, no lo niego, por imitar a Shelley- y la había llenado de instrumentos, aparatos, compuestos, herramientas, y de todo lo necesario, en fin, para completar mi tarea.

Delicada, decididamente, trabajé otros cuantos años. Tenía frente a mí una masa considerable de desperdidos marrón-verdosos a los que debía, no sin asco –soy humano-, dar la forma y estructura de un cuerpo.

La noche en que por fin estuve en disposición de dar vida a mi criatura, no hacía tormenta. Tuve que poner Wagner, para dar ambiente. El principio básico, ya se sabe, es una descarga de electricidad. A su lado, yo veía los músculos tensarse con espasmos violentos, recién moldeados por mí y ya sometidos a una prueba de resistencia. A duras penas conseguía yo que los miembros no se le descoyuntaran, sin huesos ni tendones que le sirvieran de apoyo.

Por fin terminó la descarga y luego, el silencio. Esperé el resultado. Los pulmones del monstruo, anhelantes de aire como los de un recién nacido, se hincharon por primera vez. Su garganta producía un gorgoteo repugnante, algo entre estertor y gárgaras. Casi podía verse el corazón latiendo, a través de la fina capa de piel costrosa. Vivía, el ser vivía. Miré entonces lo que había hecho, lo que había creado. Miré el fruto de mis trabajos y esfuerzos, aquella cosa maloliente y putrefacta, pero ahora semoviente y completa, a punto de descomponerse. Miré a aquel ser. Y vi que era bueno.

Presa de la euforia salí de allí corriendo casi desnudo, en dirección al pueblo más cercano, para comunicar a un alma humana el éxito de mi empresa. Me planté allí en unos minutos –no habría menos de un kilómetro- y empecé a gritar, en plena plaza pública, que ya estaba, que ya estaba, que lo había conseguido.

Con mis alaridos desperté prácticamente a todo el pueblo. Pronto los vecinos, sorprendidos, asustados incluso, salieron de sus casas y se reunieron para escucharme. Yo estaba fuera de mí, como un Dios en el séptimo día. Ya no quedaban palabras en mi boca, sólo risas y gritos, gruñidos de placer, lágrimas incontenibles de satisfacción. Cada vez que intentaba empezar un relato me interrumpía, entrecortaba las frases, ensartaba incoherencias y así no había quien entendiera mis explicaciones.

Pero entonces, y de pronto, ya no hizo falta explicar nada. Alguien gritó y la muchachada, guiada por ese grito se giró hacia el camino que salía del pueblo. El monstruo, que había seguido mi rastro campo a través, acababa de hacer su entrada en la plaza.

Nuevos momentos de confusión. Las gentes hicieron un corro a una distancia prudente, dejándonos solos en el centro a mi criatura y a mí, frente a frente, cara a cara, como un padre y un hijo que por fin se encuentran después de muchos años. El ser se acercó a mí, arrastrando con parsimonia sus pies blandos, pegajosos. No nos separarían ni tres metros. El silencio era tan denso que era cosa de ver quién se atrevería a romperlo.

Fue el monstruo quien lo hizo. Se aclaró brutalmente la garganta –tallada por mí a través de su cuello- y habló.

-Chico –dijo-, qué feo eres.

Y ahí fueron las risas relajadas de todos, rota la tensión; las risas y palmadas en la espalda del monstruo, que sólo con eso se había ganado ya sus voluntades. Y las risas crecieron hasta hacerse carcajadas, y luego gritos salvajes, y aullidos de bestia. Abrazaban al ser, se lo turnaban para estrecharle la mano, se golpeaban unos a otros, revueltos en un frenesí animal.

Cuando terminaron, recordaron que yo aún seguía ahí, y se volvieron a mirarme. Y fue peor. Sus ojos estaban enrojecidos y lagrimosos. El pelo revuelto, les caía el sudor sobre la cara. El círculo se iba haciendo cada vez más estrecho: como cazadores que han olido la sangre.

E inmediatamente, el linchamiento, el dolor, los golpes, y así fue como me mataron y desde entonces vivo bajo tierra, olvidado de la memoria de los hombres, mientras la criatura ocupa mi lugar en el mundo, con la aceptación y el cariño incontable de la gente.


Rojo Requiem

Hoy me ha traído unos pétalos de geranio. Los huelo, los palpo con la yema de mis dedos uno por uno como si fueran algún tesoro exótico, como si no estuvieran recién salidos de mi propia terraza.
-¿De qué color son?, le pregunto.
-Te harás daño. Acabarás por hacerte daño.
Se refiere al día que ya no recuerde los colores, el día en que azul, verde o amarillo dejen de tener sentido para mí. Se refiere a ese día en que mi imaginación se convertirá en una mancha como son ya mis ojos, negra y cerrada. Sin embargo
- ¿De qué color son?, pregunto de nuevo, y esta vez no se atreve a no contestarme. Rojos. Son rojos, claro, debí haberme acordado, o algo parecido a eso me subía por los nervios de la mano hasta el cerebro, un pálido gusto a sangre en la boca, un viejo recuerdo de mi barrio, una manoletina...

El otro día, cuando me quedé solo (ella tiene su vida y de momento lo comprendo, me deja a las siete lunes, miércoles y jueves para ir a no sé qué academia de cualquier idioma) me entró la idea de imaginarme a mí mismo antes de la pelea cogiendo el metro en dirección contraria para llegar a algún sitio lleno de flores y hierba, en aquellos días sí que me sentía a gusto, cuando de repente miré a mi alrededor y las hojas de los árboles, las briznas, todo lo componía morado, y por mucho que intentará no podía saber cuál era el tono que realmente les correspondía.
Después me puse a recordar un accidente que a punto estuvo de ser más importante de lo que fue, y que tiene que ver con dos hechos de mi vida actual, o mejor dicho, con dos de sus extravagancias.

La primera es que no tengo forma de saber, humanamente, en qué momento del día vivo. Al principio ella dejaba abierto el ventanuco de mi buhardilla, y por una difusa claridad y un cierto cálido resquemor en la piel yo adivinaba: está amaneciendo; o sabía, por el frío y el silencio de la gran ciudad, que se acababan las horas de sol y llegaban las del sueño. Después, pasado un mes o dos, uno y medio, la cerró: rompió la manija, clavó las dos hojas y pintó los cristales de negro (ella me lo advirtió, cuando yo ya empezaba a marearme por el olor). Dijo que lo hacía por mi bien, que deseaba para mí una especie de paraíso sólo mío, donde yo eligiera la hora: cuándo comer y cuándo dormir, y cuándo simplemente dejarme resbalar en la monotonía. Ella misma es mi único reloj: sé que son las siete cuando recoge de la mesa sus libros de la academia y sale silbando una canción juvenil ; sé que serán las ocho cuando vuelva, y que a la mañana siguiente, como un clavo, me dejará a las nueve porque “ha quedado con unas amigas”; ella lo prefiere así.
Lo segundo que tiene que ver con lo que voy a contar es mi pasión por el Requiem de Mozart ; sobre todo por el Ofertorio. Este es casi el único placer que no me ha negado nunca, probablemente porque no ha encontrado aún cómo sustituirlo
- Debo reconocer que mi voz...
dijo una vez, como dejándolo claro. Así que cuando me quedo solo cojo mi walk-man, para el que siempre tengo una buena provisión de pilas, busco en la cinta ese pasaje en concreto en que todo el coro junto grita “¡HOSTIAS! et preces ¡TIBI! Domine”, y me deleito con él una y otra y otra vez, hasta que me canso y dejo que corra hasta el final. Me gusta esta parte porque puedo imaginarme a Mozart, moribundo ya, gritando a Dios, a ese Dios que le ha matado poco a poco y con crueldad (como me ha matado a mí al fin y al cabo), esa palabra en concreto, esa misma palabra, paradojas, que yo le he dedicado en pesadillas tantas veces.

Lo que ocurrió es que yo en ocasiones acompaño la música con la voz, casi no me doy cuenta, el volumen de la cinta directa a mis oídos me aísla aún más del mundo en el que vivo apenas, y esa fue una de ellas, y vino a resultar que eran casi las dos de la mañana y los vecinos a los que no dejaba dormir con mis gritos avisaron a la policía.
El oficial -o lo que fuera- que vino resultó ser un simpático vocacional. No puso pegas, en vista de mi triste estado (que ya me encargué yo de exagerar adecuadamente) para romper la denuncia y olvidarlo todo. Sin embargo le quedaba aún algo de curiosidad :
- ¿Y vive aquí solo?
- Sí, bueno, por el día viene una mujer que me cuida y me hace compañía.
- ¿Su novia?
Bueno, novia, novia no es que sea, es más bien como una fiel compañera de juegos que sabe lo que me conviene mejor, que a veces me hace daño, lo sé, pero me quiere bien al cabo de todo este tiempo y eso es algo que no se compra.
- Sí, dije, sin ganas de dar demasiadas explicaciones, algo así.
- ¿Y no sale usted nunca?
Bueno, salir, salir, de vez en cuando ella me lleva a nuestra terraza, al fondo del pasillo, me enseña las flores que cultiva con cariño para que yo las huela, me deja respirar los últimos soles de la tarde, a veces, cada vez menos... Al principio yo quería, me compré un bastón blanco y trataba, trataba de ir, por lo menos, a comprar el periódico, el pan y un par de cupones para tentar a la suerte. El segundo día estuvieron a punto de atropellarme por culpa de un lanzado que sabe (porque ve) que puede atravesar el tráfico entre los coches, que me hizo creer que el semáforo estaba ya abierto para nosotros. Una semana después un golpe con una puerta y ella tuvo que traerme en brazos hasta aquí, y el dolor de cabeza duró más que la peor de las resacas. Pero...
- Sí, ella me suele sacar a dar paseos por la Avenida, andamos por entre los puestos de castañas y las paradas de autobús, pisamos un par de mierdas de perro y volvemos a casa cansados pero contentos.
- (Risas) De acuerdo entonces. Una cosa más: ¿qué relación tiene usted con sus vecinos?
Los odio y ellos me odian a mí. El nuestro es un asco recíproco, supongo que porque ellos esperaban ganarse el cielo haciéndome favores y ella no les ha dejado.
- La normal. Ya sabe, si necesito un poco de sal, unos huevos, un cuarto de aceite... sé dónde están.
- Está bien, (más risas), gracias. Bien, bueno, creo que eso es todo. Por está vez no ha pasado nada, pero para otra... más cuidadito.
- Hasta otra, agente.
Después de eso, la calma. Y hasta hoy,
que me ha traído unos pétalos de geranio, me los ha dejado tocar con la yema de los dedos y oler profun-damente con delicadeza. “¿De qué color son ?”, le he preguntado, y me ha dicho que rojos, claro, yo ya debería haberlo sabido. Luego, cinco o diez minutos después, ¿cómo voy a saberlo?, me los ha quitado, casi violentamente.
Me ha cogido la mano y la ha metido en su entrepierna. Me ha sorprendido descubrir que, al tacto, casi no había diferencias. Poco a poco, sin dejar de mover las caderas y susurrarme al oído, se ha ido quitando la ropa hasta sentarse, desnuda en absoluto, sobre mis rodillas. He sentido su pelo rozándome y su húmedo beso por todas las partes de mi cuerpo. Mientras seguía acariciándome con sus manos, pechos, boca, pies, me ha dicho entre jadeos
¿No me hueles?
y claro que la olía, su perfume perdida la esencia, mezclada con sudor y con ese líquido fresco de su excitación, una fragancia exquisita, enloquecedora.
- No necesitará oler ya más flores de nuestra terraza.
Y yo me he reído porque supongo que tiene razón, que mejor será quedarme en mi habitación gris sin ventanas ni puertas, esperando que ella quisiera entregarme el sabor de su cuerpo.
Al acabar me he quedado dormido.

Cuando he despertado, rendido por terribles pesadillas, ella respiraba ruidosamente junto a mí.
-Cariño, me ha dicho con voz de estar desnuda todavía, tengo una sorpresa para ti. (Una pausa para darse importancia, o igual porque esperaba que le preguntara con ansiedad) ¿Te acuerdas de mi academia?
Y he oído entonces, para mi horror, una melodía al violín que he reconocido como los primeros compases del Ofertorio de mis amores, desgranado con corrección pero sin arte por sus torpes manos inexpertas.
- Por cierto, cariño (y su voz era ahora si cabe más sensual), esta tarde he tirado tus discos a la basura. Ya no la necesitarás más.
Y ahora sí recuerdo, con toda claridad, haber gritado desde todos mis pulmones, sabiendo que no habría ya más denuncias de los vecinos, hasta el punto de tapar con mi grito su lenta, estudiada, patética ejecución...

Comentarios
Escribe un comentario









¿Recordar información personal?