Al Berto: la enredadera fatal de la pasión

Autores: Cidália Alves dos Santos y Javier García Rodríguez

A pesar de su muerte prematura a los cuarenta y nueve años, Al Berto es una de las más destacadas voces de la poesía portuguesa de las últimas décadas. Por el carácter inconformista y rebelde de su poesía, se erige como referente para las nuevas generaciones.


Al Berto, seudónimo literario de Alberto Raposo Pidwell Tavares, nace en Coimbra en 1948 en el seno de una familia burguesa de ascendencia inglesa. Con tan solo un año, su familia se traslada a Sines, ciudad que sería su refugio durante toda su vida. Desde muy joven se revela su vocación artística, que le lleva a cursar Bellas Artes y a viajar a ciudades como Bruselas, donde estudia pintura y donde reside durante algunos años. Esta vocación artística discurre paralela a un carácter inconformista y provocador; abandona la pintura y opta por la poesía, pero se lanza a una búsqueda continua de la perfección que le lleva a la destrucción de parte de su obra.
Vuelve a Portugal en 1974, después de haber vivido temporalmente en ciudades como Barcelona, Málaga o París, donde conoció los ambientes más marginales donde se dan cita drogadictos, borrachos, travestis y jóvenes chaperos. Este universo marginal será posteriormente reflejado en sus poemas, marcando una clara diferencia en relación con otros poetas contemporáneos: Al Berto transforma en materia poética lo que hay de más decadente en el hombre. Su poesía es esencialmente vivencial, pero sin caer nunca en la trampa del autobiografismo fácil; por ello, la complejidad de su escritura subyace a un vocabulario cotidiano, sacado muchas veces de la calle y de sus personajes borderline. La temática de su poesía es bastante variada, yendo desde la euforia del poeta que tiene el poder divino de crear a través de la palabra, como ocurre en el poema “El pequeño demiurgo”, al pesimismo más absoluto marcado por la muerte, como en “Aqueronte” (poemas que presentamos a continuación), a menudo con tintes de surrealismo, del que ha sido considerado heredero. El suicidio de un amigo condicionará intensamente su existencia y sus textos, dejando en el poeta una obsesión casi premonitoria de su propio destino: se instaura en su poesía un profundo sentimiento de melancolía, de soledad, de falta de creencia en la vida o en el amor.
Al Berto muere en junio de 1997, víctima de un linfoma. Su muerte a los cuarenta y nueve años ha ayudado a mitificar a un poeta que transformó significativamente la poesía portuguesa más reciente.


EL PEQUEÑO DEMIURGO

escribo barco y una quilla hiende el vastísimo mar
y los árboles crecen de los espacios de niebla
entre mirada y mirada se mueven
animales presos a la tierra con sus plumajes de hierro
y de rocío de oro cuando la luna se eclipsa
comunicándoles el celo y la nómada alegría de vivir

pienso otoño o invierno
y el fuego resinoso de los pinares se escurre sobre el rostro
sobre el cuerpo en tímidos gestos
éste es el tiempo
del capricornio reducido al escondrijo tatuado
en el ala mineral del ave en pleno vuelo y digo nubes
relámpago hierba aguas
hombre
escalofrío océanos sal exhaustos cuerpos
trashumantes pasiones digo
y surge irrumpe se escurre se yergue se mueve vive
muere
mas que nadie piense que es sencillo nombrar
colocar y desordenar el mundo

para que no se apague esta trémula escritura
necesito el sueño y la pesadilla
la proximidad vertiginosa de los espejos y
pernoctar en el fondo de mí con las manos sucias
por el arduo trabajo de construir los gestos exactos
de la alegría que por descuido dios abandonó al cansancio
al fin del séptimo día
(Alguns poemas da rua do Forte, 1983)


AQUERONTE

se ensangrentó la fuente de los sueños
por eso cierra los ojos y ve
que el deseo acabó – ve la plata sucia
envolviendo a los amantes
en medio de sedas centelleantes espejos y fuegos
donde el susurro de las horas se pierde
en la enredadera fatal de la pasión

ve
que uno protege al otro – los dos buscando
un semen limpio y
ninguna palabra será aplazada o dicha como antes

ve
que la tierra es terciopelo escurriéndose de la boca
hacia la boca – triste néctar envenenado
contra los labios que se despiden de la casa
de los afectos
de los amigos
de las cosas insignificantes y
de la calle que no volverán a ver

aislados de los demás
pernoctando en el letargo ávido de los ríos avanzan
tumbados en el fondo de la pesada barca – etéreos
entran despacio en la ciudad que se estremece
en la fisura de este tiempo nauseabundo
que ya no les pertenece

(Horto de incêndio, 1996)

Traducción de Cidália Alves dos Santos y Javier García Rodríguez

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