Crónica de una intrusa en el taller de Antonio López
Autora: Patricia Marín Cepeda
La semana pasada transcurrió hace mucho tiempo. Yo era una estudiante becada para hacer un curso sobre Las mil y una noches con Juan Goytisolo. Llegué con tiempo la tarde del domingo, que aproveché para terminar mi lectura de la obra: no me cansé de buscar en sus páginas sucesos cada vez más increíbles en los que alguien cuenta una historia para seguir viviendo. La mañana siguiente dejé temprano la residencia conventual de camas estrechas y me fui al palacio. Busqué el aula, la sala de la Reina, y me senté entre las primeras filas. Vine sin grandes expectativas, dispuesta a disfrutar de la playa y de la posibilidad de conocer gente con la que congenias fácilmente porque la vida entonces te dura una semana. Todavía no sé explicar en qué consistió el curso: el maestro nos leyó de viva voz buena parte de la traducción de Vernet de Las mil y una noches. Pronto opté por llevarme al aula una novela en la que un joven escritor se convierte en criminal por su fuerte deseo de escribir una novela realista. Cuando el sueño se abalanzaba sobre mí recriminándome hasta el sopor la fiesta de la madrugada, dejaba discretamente la clase –siempre y cuando hubiera firmado el parte de asistencia- y bajaba a las caballerizas para visitar a mis recientes amigos del taller de pintura de Antonio López.

Lo cierto es que los días se estiraban como gomas hasta romperse, y hoy me duelen los dedos. Dos horas de sueño fueron capaces de proporcionarme cada mañana la energía suficiente para ir a clase y leer en ella una novela, comer, descubrir una pequeña cala desierta junto a una playa hormigueante hasta la hora de cenar y salir hasta las mil y una. Recuerdo que Antonio López le decía a Andrea que pintar no era identificar el color y la forma, sino sentir los poros al pimiento que tenía delante hasta ver lo que realmente era. It rings true, nos recuerda Javier Cercas cuando comenta la dificultad de juntar una palabra con otra hasta que suene verdad. Esta crónica es un relato para leer en el taller que imparte junto a Jordi Gracia, pero voy descubriendo que, con cada frase, la semana pasada comienza a reelaborarse, a ser otra de la que pudo ser, aunque todo encaje con lo que puedo recordar, si la amnesia que procura la falta de sueño lo permite.
Recuerdo también que hacía mucho calor, que las verduras del bodegón comenzaban a hacer gestos y a arrugarse. A menudo, el taller de Antonio López se trasladaba a la terraza de la cafetería en forma de tertulia alrededor de un café. Todos les escuchaban fascinados. Yo, una intrusa en el taller, le robaba –cuando el pudor me lo permitía- algunas palabras, el tono de una historia, pero pronto me alejaba porque aquel no era mi sitio. Algunos decían que Antonio contaba su historia por absoluta necesidad, que a sus largas temporadas aislado en su taller biblioteca, en el que tal vez podía dejar de pintar para buscar algo en Hamlet, o en los diálogos de Platón, le seguía un tiempo en el que buscar a alguien a quien contarle algo, no importa demasiado qué, para seguir pintando. Viviendo.
Tras la tertulia, los alumnos regresaban al taller y el maestro se iba acercando a los trabajos para hacer observaciones que pudieran ayudarles. Les preguntaba a menudo cómo se encontraban ellos. Miguel descubrió que la torpeza en el dibujo también podía ser una manera de que el cuadro funcionase, de dar con un modo de la realidad que a otros escapa.
Ahora, cuando releo mi crónica, siento que no suena verdad, que las horas que pasé junto a mis nuevos amigos poco tienen que ver con esto que ahora que escribo. Entonces el verano era el tiempo de un niño. A veces me preguntó qué estoy haciendo aquí, por qué leo en alto un relato muy lejano ya de las voces que me hicieron reír hasta las tantas, cuando no me preguntaba por el día siguiente, cuando aún no tenía la necesidad de contarme esta historia.
Península de la Magdalena, lunes 26 de agosto de 2004.
