Los nuevos inquisidores, de Javier Tomeo
Autora: Virginia Isla García
Tomeo, Javier, Los nuevos inquisidores, Barcelona, Alpha Decay, 2004.

Este no es el primer caso, ni será el último, en el que un autor de reconocido prestigio en Europa , cuyas obras han sido traducidas a diversos idiomas y adaptadas con éxito para el teatro (El castillo de la carta cifrada, Diálogo en Re mayor, Amado monstruo, Napoleón VII -novela-…) es, sin embargo, prácticamente desconocido para el lector medio (el que lee de vez en cuando la críticas de los dominicales pero que a la postre se guía en sus compras más por la lista de best-sellers que por la opinión de las primeras) del país de origen del autor. Por eso considero que esta antología de cuentos que lleva el nombre de uno de ellos (Los nuevos inquisidores, número 56), según la contraportada "muchos inéditos y todos revisados por el autor especialmente para esta edición", es una excelente manera de acercarnos al estilo, los personajes y el humor de este autor, donde la crueldad narrativa azota al lector, que la asimila y la aprecia o definitivamente la da la espalda tras los primeros latigazos.
Los escalofríos que el lector experimenta a lo largo de los breves, minúsculos cuentos que configuran esta antología no son de miedo o de asco. La tragedia y la crudeza (en mi opinión visualmente semejante a la de un kilo de filetes sobre el blanco del envoltorio de la carnicería) bullen de una realidad que enrolla al personaje, sea cual sea el universo del que forme parte: mitología (Fedra y el enano), naturaleza (La encina y el ciprés), fantasías apocalípticas (La ciudad incendiada)… aunque es justo advertir que no se trata sólo de inquietantes contrastes entre mundos palpables y universos imaginarios que se agarran a los anteriores como garrapatas. Más pesimistas, crueles, lunáticos se nos acercan los turistas huraños de los pueblos marítimos, solitarios inestables que, sin barreras morales, actúan con tal sinceridad que sorprenden, y no gratamente, al lector, sea novato o esté ya experimentado (Conspiración galáctica, La plaza de los tilos, Boxeadores y pasteleros).
Relatos que son en realidad personajes, narradores obsesionados que buscan ser observados. Buscan su identidad, se comportan por instintos, no reflexionan ni piensan, deambulan por nuestro mundo pero lo entienden a su manera. Frustrados por una deformación siempre interior, la crueldad que el lector presiente en la plana cotidianidad, incomoda al lector, que siente la necesidad de releer el relato una, dos veces, o simplemente pasa página consciente, ya que no desea rascar en la capa de inquietud que se le ha quedado pegada en la primera lectura.

Hablando en plata, a la mayoría de los protagonistas (frecuentemente el mismo hombre en primera persona) se les va la olla demasiado a menudo, son hombres peligrosos, locos, en definitiva, locos de atar. Pero lo inquietante, lo incómodo no deriva del peligro que encierra su locura, de los pensamientos amorales que surjan de ella. Lo realmente interesante es que Javier Tomeo logra que el lector, al final, se acostumbre a ellos, e incluso que los entienda. Contempla respetuoso los explosivos bailes de los basureros en el vertedero (El misterio de los basureros); reconoce la simbiosis del narrador de El apartamento con las vidas de sus vecinos; alcanza a intuir la pérdida de la añorada propia personalidad en el narrador que adopta el vestuario de diversos prototipos de hombres (millonario, campesino, general –El hotel de los pasos perdidos-) porque pretende que los otros averigüen por él no sólo el qué, sino sobre todo el quién, es él realmente.
