Diálogo con Guillermo Pilía
Autor: Norberto Antonio
Cuestionario de Norberto Antonio a Guillermo Pilía
Norberto Antonio nació en Rosario, Argentina, en 1950. Publicó, entre otros libros de poesía, La misma voz y todo el vicio (1984), Agua que enturbia la pupila (1996), Desesperadamente agua (2000) y Paladar negro (2003). El fragmento publicado pertenece al libro de próxima aparición Poesía bajo la lupa, cuestionario a dieciséis poetas argentinos contemporáneos.
Antonio: ¿De qué poetas “sufrió” la influencia o quiénes lo marcaron en forma indeleble, determinante?
Pilía: Yo comencé a escribir muy joven, al final de mi infancia, y en esa época me alimentaba con todo lo que me caía en las manos. Por lo tanto, lo que escribía era más bien caótico, ecléctico, de muy poco valor personal. Escribía tanto en versos libres como en versos medidos, y eso tal vez lo tenga que rescatar: fueron años casi infructuosos en cuanto al contenido poético, pero que me sirvieron como aprendizaje, sobre todo como experimentación de formas. A los dieciséis o diecisiete años descubrí la poesía de Rimbaud. Creo que a partir de ahí todo empezó a ponerse más serio, ahí comprendí que “la poesía” era mucho más que “escribir poesías”, que configuraba una forma particular de ver el mundo, de enfrentarme con la sociedad o con la historia. No sé por cuanto tiempo escribí bajo la influencia de Rimbaud. Pero a los 21 años, cuando publiqué mi primer libro, Arsénico, ya me había liberado, aunque allí aparecen dos poemas en su homenaje. Hoy puedo ver a Rimbaud en una forma más objetiva, menos apasionada, sin dejar de reconocerle lo que hizo por mí. También le reconozco “lo que no hizo”, porque fue un poeta que, como modelo para un adolescente, puede resultar peligroso, y no me refiero sólo a cuestiones morales, que son las menos importantes, sino también literarias. Después vinieron otros “maestros”, como Trakl, Saint-John Perse, Montale, Quasimodo, Rilke. Por mis estudios, tengo una formación cultural muy hispanista, y por ahí han entrado el último Juan Ramón Jiménez, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez. De los poetas argentinos me gustan Ricardo Molinari, Alberto Girri, Enrique Molina, también Leopoldo Marechal, a quien ya se lee muy poco, por lo menos su poesía; de los de mi ciudad, sin excluir a otros, Horacio Castillo y Rafael Felipe Oteriño. De tanto en tanto me apasiono con algún nuevo autor, porque intento no cerrarme a nada, pero en el fondo siempre vuelvo a los mismos.
Antonio: ¿Puede nombrar tres libros claves dentro de su formación?
Pilía: Los libros van de la mano de los autores de los que hablábamos recién. Pero es cierto: se podría trazar la biografía de un escritor con sólo hablar de los libros que lo apasionaron en determinado momento de su vida. Por supuesto que no bastaría el comentario crítico, sino más bien la descripción de los “estados de alma” que esos libros le provocaron. Un libro clave en mi vida fue Una temporada en el infierno, que en aquel entonces, en mi adolescencia, lo leí en la traducción que hicieran Oliverio Girondo y Enrique Molina, hermosa traducción en la que la literalidad está subordinada a lo poético, como siempre tiene que ser. Otro libro para mí muy importante fue Huesos de sepia, y casi al mismo tiempo toda la poesía de Quasimodo. A ese tiempo me refiero en un poema de Caballo de Guernica: “Ya no de oración: sólo noche de lectura. / Y otro tiempo, otro cielo irrumpen de pronto / como en un instante la infancia en el olor / de ciertas casas, de algunos árboles y lluvias. / Un pudor de escribir / que entonces dormía en una cama extraña / —era también enero y eran sus mosquitos—, / que otro dolor de mujer me brotaba en tormentas... / ¿Qué guardarán los años, la lábil memoria, / de aquellas noches de huracanada tristeza? / ¿Volverán esas imágenes en palabras / que como hoy releía, entre el gozo y la pena?”. La lista se haría extensa, porque más allá de las lecturas circunstanciales, azarosas o de puro placer, hay que considerar que yo estudié la carrera de Letras, y todos los años me tenía que enfrentar con treinta o cuarenta libros, de los cuales algunos pasaban sin pena ni gloria y otros me iban dejando marcas. Pero en la facultad no se leía mucha poesía, salvo en español, además de la clásica en griego o en latín; esto también me ha dejado su marca: Salinas y Cernuda, Píndaro u Ovidio. En algunos casos, no puedo citar libros en particular, porque mi contacto fue con la obra completa de un autor, como puede ser el caso de Trakl o el de Rilke. Otro error bastante frecuente, en el que sería bueno no caer, está en pensar que, para un poeta, los libros fundamentales que lo han apasionado son los de otros poetas. A mí me han dejado huellas muchas novelas, obras de teatro, libros de historia, de filosofía, de religión. La poesía, por otra parte, es un género omnívoro: de todo se nutre y todo lo transforma.
Antonio: Por características de escritura, ¿con qué poetas de su generación se identifica?
Pilía: Primero habría que delimitar cuál es mi generación. Desde hace unos años vengo estudiando la historia de la poesía platense, y después de mucho pensarlo me he arriesgado a proponer una denominación: Generación del 78. Por esa época yo tenía muchos contactos con otros poetas de Buenos Aires y de la provincia y hablábamos de la Generación del 80, pero a mí no me entusiasma ese rótulo, que parecería identificarnos con aquella otra generación oligárquica y positivista, más acorde con el régimen militar que entonces padecíamos que con lo que nosotros escribíamos. Me parece que mi generación es la de aquellos escritores que nacimos más o menos entre 1950 y 1960 y que comenzamos a publicar entre la segunda mitad de los 70 y la primera de los 80. Se trataría, de existir tal generación, de un grupo de escritores fragmentados, heridos directa o indirectamente por la dictadura, por los ideales pisoteados de los 70, por la materialización y estultización de lo poco que quedó en pie de la sociedad a partir del genocidio. Ante esa atmósfera venenosa (por eso y no por puro hermetismo mi primer libro se llama Arsénico), hubo diferentes respuestas poéticas, quizás tantas como poetas: la denuncia, la evasión, el hermetismo, el refugio en los afectos, en los desafectos, en la filosofía, en Dios, en cualquier cosa. Siento un gran respeto por cualquiera de los poetas de mi generación que hayan intentado alguna, aunque yo no la comparta. He encontrado puntos de coincidencia con Jorge García Sabal, que era un poco mayor, aunque nuestros primeros libros salieron publicados el mismo año; con Carlos Barbarito, con Luis Benítez...
Antonio: ¿Qué lugar ocupa la poesía en el mundo actual?
Pilía: El mismo que puede ocupar el mito, la filosofía, la religión —me refiero a la relación del hombre con Dios, no a las iglesias o religiones, que esas ocupan otro lugar muy distinto—. A simple vista, son “actividades absolutamente prescindibles”. Parecería que el hombre puede vivir sin la poesía, en general sin el arte, en cualquiera de sus manifestaciones. Y sin embargo, es el arte el que, en una gran proporción, hace que la sociedad humana sea diferente a la de las abejas o las hormigas. Gran parte de la humanidad piensa que se puede vivir sin poesía, pero en realidad siempre ha vivido con ella, aunque crea no haberla percibido más que en alguna manifestación grosera. La poesía acompaña al hombre casi desde el momento mismo en que nació el lenguaje. Decía Eliot que “la poesía transforma el habla, la sensibilidad, la vida de todos los miembros de la comunidad, al pueblo entero, lean o no poesía, gusten o no de ella: y aunque no conozcan siquiera los nombres de sus mayores poetas”. Ahora bien, en el corto o mediano plazo, el lugar que ocupa depende de la sociedad y de la época, y también de la poesía misma, porque hay una poesía que sirve a intereses políticos, educativos, religiosos, quizás también económicos, y otra que es refractaria a todo ello. Píndaro o Virgilio, más allá de sus méritos, fueron poetas oficiales; pero acaso con ellos hayan convivido otros que no tenían interés en cantar las victorias deportivas de ningún tirano o la prosapia del emperador, y por tal causa fueron olvidados. En cuanto a la Argentina del siglo XXI, creo que el lugar que ocupa es lamentable. También la “profesión” de poeta está muy devaluada. Sarmiento cuenta que aun bajo la barbarie, la figura del poeta era respetada en los fogones de los gauchos y allanaba cualquier distancia social. Hoy, si alguien dice que es poeta, es mirado con lástima o con recelo, como si fuese un marginal; a veces nos ocultamos en la palabra “escritor”, que es más amplia y aceptada, pero cuando descubren que escribimos poesías, ya casi nadie nos toma en serio, porque es vox populi que los verdaderos escritores son los que hacen novelas o libros de autoayuda.
Antonio: Romper por el puro hecho de romper, en poesía, dudo que sea saludable, pero las rupturas que marcaron ciertos poetas fueron cambios sustanciales. ¿Esta idea tiene asidero?
Pilía: En general sí. Pero la ruptura viene naturalmente cuando los moldes o los contenidos de la poesía no encuentran su correspondencia en la realidad. Por eso hay formas poéticas que fueron desapareciendo, como los epinicios, que respondían a una sociedad aristocrática, heredera de las tradiciones heroicas; o las antiguas epopeyas, o la poesía pastoril. A veces hay personalidades que saben interpretar y hasta ponerles nombre a estos cambios, pero insisto en que no creo en revoluciones individuales. Cuando hay una ruptura, tiene que haber también un tejido que contenga, que rescate lo que aún es válido y que cree lo que se necesita crear de nuevo; de lo contrario, será una ruptura destructiva y no constructiva. A veces, una ruptura o una transformación tiene que tener el valor de poder levantar, si así corresponde, viejas banderas que otros arriaron. Por ejemplo, que la poesía fuera incorporando nuevas formas, como el verso libre o el “poema en prosa”, fue un cambio positivo, pero ¿adónde llevó? En algunos casos, a una pérdida total del ritmo, a composiciones en las que lo único que puede señalarse como poético es “la intencionalidad del autor”. Yo ya hace tiempo que, como necesidad expresiva y como reacción, he vuelto al verso medido, y esa actitud, que algunos quizás criticarán y otros más sensatos ignorarán, esa actitud tradicionalista, en este contexto, podría llegar a ser “revolucionaria”. Lo único “reaccionario” en poesía es empobrecer el lenguaje para acercarlo a la peor forma de hablar de la calle, renunciar a extraer de las palabras el máximo de su capacidad expresiva o sonora. Muchos revolucionarios de las formas son, en el fondo, reaccionarios en cuanto al porvenir —si es que lo hay, como yo creo— de la poesía.
Antonio: La poesía escrita ¿es una consecuencia del ser que vive en estado de poesía o ese estado es una “pose”?
Pilía: Hay realmente un estado poético, pero no es un rapto de locura, ni una hipocondría, ni nada que nos impida cumplir con otras obligaciones más prosaicas. Consiste, más bien, en una sensibilidad especial, en una capacidad poco común para escuchar simultáneamente cómo suenan las honduras de los sentimientos y del lenguaje. Creo que no es sólo algo intelectual, porque hay temporadas en que puedo percibir ese estado yo diría en forma física, y es algo muy parecido al gozo que produce la libertad, y a la felicidad que traen el gozo y la libertad. Hay veces en que se logra una sintonía, y entonces surgen los poemas y los libros, que siempre son una mínima porción tangible de ese “vivir poético”, que en su mayor parte queda inexpresado. En algún poema inédito de Herido por el agua, creo que ha salido este tema: “Todas las cosas que hoy en mí están vivas / —lo que sé y el dolor de lo que ignoro— / conmigo han de morir: / mañanas de Santa Cruz, esa siesta / de invierno y el cartel en que leía / “Estación Pan Bendito”; /.../ Quizá lo que he sentido en los instantes / más puros y entrañables de mi vida / se quede fatalmente sin registro”. Por eso el estado de creación es mucho más intenso y placentero que esa felicidad más moderada que produce el publicar libros. El “estado de poesía” no tiene nada que ver con las consagraciones de esas páginas publicitarias que son hoy la mayoría de los suplementos literarios; ni con quienes parecen ir caminando a diez centímetros del prosaico suelo y exigiendo distinciones como si se tratasen de Orfeos redivivos. Puede que en algunos poetas, o personas que quieren pasar por poetas, el “estado de poesía” exista como “pose”, ya que la literatura es una actividad muy narcisista y hay además como una vergüenza de decir “no estoy escribiendo nada”, o “por el momento me dedico a vivir”. Parecería que para acreditar la categoría de poeta hay que estar siempre escribiendo. Pero los toreros, estén en actividad o no, son siempre toreros, porque respiran torería. Los poetas lo mismo.
Antonio: Emerson dice: “El hombre no es nada más que la mitad de sí mismo, la otra mitad es su expresión”. ¿Comparte esa apreciación?
Pilía: Eso no es sólo aplicable al poeta, sino a cualquier hombre, porque es precisamente tal expresión la que hace humana la vida del hombre. Y en esa expresión, el lenguaje juega un papel fundamental. Quien no puede expresar sus pensamientos, sentimientos o emociones, como decía Pedro Salinas, es también una especie de discapacitado. Pero hoy, la sociedad parece consagrar como norma el hablar mal, el hablar limitado, el empobrecimiento de la expresión, la discapacidad expresiva. Si cuidamos la expresión, nos llaman atildados, esteticistas, reaccionarios. Lo más triste es que muchos poetas, que tendrían que trabajar por su enriquecimiento, que tendrían que ser la voz de quienes no saben o no pueden expresarse, muchos poetas, digo, son los primeros en limitar, empobrecer o bastardear el lenguaje. ¿Qué respeto puede inspirar un carpintero que deja herrumbrar los serruchos o que deliberadamente arruina sus escofinas o sus gubias? Y bueno: las herramientas del poeta son las palabras.
Antonio: Ante el resto de las manifestaciones artísticas, ¿la poesía es una excepción si consideramos que la palabra es su medio de expresión?
Pilía: Precisamente, la única, pero sustancial diferencia entre la poesía y cualquier otra manifestación de arte es su medio de expresión. Para dominar cualquier otra forma de arte, hay que aprender previamente un lenguaje, aprender a expresar algo por medio de los sonidos, los colores, los movimientos. En la danza hay que dominar incluso la ley de gravedad para crear la ilusión de que el bailarín es un ser casi incorpóreo; en el toreo, el hombre tiene que sacar belleza de la embestida de un animal imprevisible. En la poesía no, porque el lenguaje es un medio que aparentemente domina cualquiera: parecería que no hay que preparar el cuerpo durante años, como hace el bailarín, y que tampoco está acechando la muerte tras las palabras, como al torero mientras dibuja una verónica. Sin embargo no es así, y por eso hay tanta gente que escribe y tan pocos que son escritores. Pero esta fatalidad de la poesía quizás sea también uno de sus focos de atracción. Es lo que he intentado decir en algunos de mis últimos poemas: “Digo sólo una sílaba: / si nadie quiere escucharla es en vano / que complete palabras. / Ninguno, más que yo, tiene la culpa / de que estas voces sean mis monedas / de comercio y a la vez mi tesoro”. Y es así: las mismas palabras con las que comerciamos las cosas más prosaicas son las que nos sirven para crear un mundo, las encarnaduras para pescar la belleza: “Busco a veces con mi dedo un idioma / como el ladrón de tumbas busca el óbolo / en las bocas selladas de los muertos. / Pasa de labio en labio el alcanfor, / una brizna de hierba, un sustantivo / ruinoso y obsoleto: / la leche, una sortija, el pan y el vino, / una carne cubierta por las moscas, / las lluvias de Valdivia o Grazalema. / Arrojo al agua un anillo precioso. / Y sólo de tanto en tanto recojo / sonidos encarnados, como peces.” Las palabras son los anzuelos o las redes con las que intentamos pescar una parte infinitesimal de la realidad. No dan cornadas mortales, pero si les perdemos el respeto, la pesca será seguramente infructuosa.
Antonio: ¿La poesía tiene un sentido? Y si lo tiene, ¿cuál es?
Pilía: ¿Qué sentido tiene el amor, el atardecer, el recuerdo de una siesta de la infancia? Si la poesía tiene un sentido, quizás sea el de darle sentido a una infinidad de cosas que parecerían estar arrojadas azarosamente al camino de nuestra existencia, como intenté decirlo en un poema llamado “Laja de la infancia”: “Hoy comprendo / que todo ese mosaico de vivencias / tuvo encaje y sentido en aquel tiempo: / las perchas, las cigarras, las sombrillas, / las cuentas de un collar, las flores rojas / que veía al despertar de la siesta. / Y el olor de la harina humedecida / con que se amasa el pan de la memoria”. Yo me considero, además, una persona religiosa: no de las que viven cómodamente dentro de una religión, sino de las que tienen a veces una relación conflictiva con Dios; y la poesía es mi forma personal de discutir con Dios o de que Él sepa lo que siento. No es fácil explicar por qué uno le dedica su vida a algo que para la mayoría de la gente es un malvivir. Muchas veces, mis alumnos me preguntan —o me preguntaban, porque ya no suelen cuestionarse estas cosas— para qué sirve la poesía. Yo les respondo que para nada: no me da de comer cuando tengo hambre, no me cura cuando estoy enfermo, no me consigue amigos cuando me siento solo. Pero —el pero tiene que venir enseguida— es algo extraño, que me sacia un hambre que no es de comida, me cura enfermedades que no son del cuerpo, y a veces me brinda una compañía mejor que la de las personas. Ya son tres razones que me eximen de seguir preguntándome si la poesía tiene o no tiene sentido.
Antonio: No me urge ningún afán por definir la poesía, pero adhiero al poeta chileno Gonzalo Rojas cuando sostiene que aquella es una vacilación entre el sonido y el sentido. ¿Qué piensa al respecto?
Pilía: A mí tampoco me urge ningún afán, y lo de Rojas es más bien como una base de acuerdo como para empezar a discutir, en caso de que se quiera discutir. Para Heidegger, es “fundación del ser a través de la palabra”. Están también quienes dicen que la poesía es “música verbal”, aunque algunos poetas desprecien este aspecto sonoro. Yo tampoco puedo concebir una poesía que sea pura sonoridad, que no contenga ideas o exprese algo por otro lenguaje que no sea el de la filosofía. Es esa vacilación, ese equilibrio, esa amalgama. Pfeiffer dice que aquello que un filósofo tiene que explicar de la forma más clara posible, el poeta “lo hace presente” con sus palabras, lo convierte en “hálito” que da vida a una forma verbal; un razonamiento puede aislarse de la expresión, pero en un poema, cualquier pensamiento únicamente existe gracias al lenguaje, y buscar tras el lenguaje es buscar en el vacío. Podríamos intentar otras definiciones. Por ejemplo decir, copiando un verso de Juan Ramón, que la poesía es “la luz con el tiempo adentro”.
Antonio: Entonces, ¿qué significa la poesía desde su lugar de escritor?
Pilía: En realidad, “la luz con el tiempo adentro” es como llamó Juan Ramón a su pueblo, Moguer, pero bien podría definir también a la poesía. Porque la poesía es para mí como una patria espiritual a la que siempre retorno. Yo escribo también cuentos, ensayos, críticas de libros, preparo clases y cursos de literatura, a veces incursiono un poco en la historia y la lingüística, pero me gusta definirme como poeta, como si esa fuese mi nacionalidad. Los dioses antiguos vagaban por todo el mundo, pero siempre volvían a Grecia y a sus moradas del Olimpo. Así se me figura la poesía: como una montaña en la que uno puede descansar de las máscaras, de lo racional o cartesiano de la existencia. O como un pueblo pequeño, lleno de sol y suspendido en el tiempo, como es Moguer, o como era La Plata cuando yo también era un dios niño.
Antonio: ¿Qué es el tiempo cronológico dentro de la poesía?
Pilía: No sé lo que será dentro de la poesía, pero sí dentro de mi poesía. Es para mí el gran tema, prácticamente todo lo que he escrito son variaciones sobre el tema del tiempo. La poesía misma me parece, en tren de definiciones, “palabra suspendida en el tiempo”: “Un tiempo antiguo aún vive en esta imagen / que la palabra ha hecho sin olvido: / un muchacho pasaba / por debajo del último aguacero / —toda su boca risueña de pan—. / Como marca en el muslo del recuerdo. / Como espuela de luz sobre la lluvia”. Y también: “El agua en la memoria / quizá no tuviera por fin refrescar / baldosas y ladrillos. / Sino marcar con olor a tierra húmeda / un rectángulo soleado de la infancia / que ahora reaparece. / De las endijas del patio vespertino / brotan como yuyos de un campo verbal / recuerdos en palabras”. Y así podría seguir agregando ejemplos. La vejez y la muerte, lo irrecuperable de la infancia, la edad de oro, la existencia de Dios, la salvación, lo irremediablemente efímero del placer, de la felicidad, y también del dolor y las vicisitudes, la posibilidad de trascendencia de la poesía, todo, en definitiva, está contenido en el tema del tiempo.
Antonio: ¿Qué son dentro de su concepción poética, el teatro, la pintura, el cine, la música?
Pilía: Son, en un sentido amplio, poesía, ya que el significado de la palabra es “creación”. La poesía, ya lo he dicho, es una actividad omnívora. Y yo trato de alimentarla con todas las manifestaciones del arte, busco correspondencias, veo qué es lo que puedo aprender de otras experiencias creativas. Por ejemplo del flamenco o del tango, que son formas de un arte profundo y misterioso, en el que se unen la música, la danza y la poesía. Pero los que más me enriquecen suelen ser —cosa que quizás resulte extraña, pero que es parte de mi formación hispanista— los toreros: tal vez porque el arte que ejecutan está tan inseparablemente unido a la muerte, y por lo tanto a la vida. Además, el torero expresa una belleza efímera: es el instante en que el capote dibujó delante del toro una mariposa de percal, o el gesto con el que saludó al público montera en mano. La poesía parecería tener mayor perdurabilidad en el tiempo, pero en el fondo no es así: algún día se extinguirá nuestra cultura, nuestra lengua, incluso la raza humana. ¿Qué importancia tendrá entonces lo que se publicó o se dejó sin publicar, si se editaron 300 o 300.000 ejemplares, si la crítica nos fue favorable o desfavorable? Las artes efímeras, como la tauromaquia, parecen recordarnos esa finitud, ese sinsentido a pesar del cual se sigue creando. Como no vivo en España, ni en México, ni en Ecuador, tengo que hablar necesariamente con escritores; pero si me dieran a elegir, tal vez prefiriera aprender de los toreros. No pretendo compararme en lo más mínimo con Picasso, pero a él también le criticaban que prefiriera hablar con toreros antes que con artistas. Y Picasso contestaba: “¿Y quiénes son más artistas que los toreros?”.
Antonio: ¿El amor y la muerte tienen un misterio por el que la poesía y la literatura en general atraviesan inevitablemente?
Pilía: El amor y la muerte, y también la soledad, y también Dios y la poesía. Tal vez todo arranque en el hecho de que somos seres finitos, que para colmo tenemos conciencia de esa finitud, y del paso del tiempo. La poesía suele prosperar en el campo del misterio, de lo que no tiene respuesta. El amor existe porque existe la muerte, al menos el amor físico, que es el que nos lleva a crear nueva vida. Y en sentido inverso, el amor es esperanza frente a la muerte. Hay quienes piensan que yo no escribo sobre el amor, pero no es así: escribí Imitación de Endimión, por el que me dieron el premio nacional “Carmen Gándara”, y un cuento llamado “La barca”, entre otras cosas. En Segunda memoria hay varios poemas de amor: “De los dos fuiste siempre la que hería el silencio, / yo el que no deseaba rebajarte a una voz / —lo recuerdo: no sé si en el crepúsculo / de la mañana o la tarde me decías / Qué hermoso es estar vivos— /.../ Qué hermoso / es estar vivos —decías quizás en el crepúsculo / del alba o de la tarde, tal vez los dos estábamos / desnudos o volvíamos de un viaje—”. Y antes, en Herido por el agua: “En vano yo buscaba ayer palabras / que tradujeran mayor santidad / que aquella de nuestros cuerpos desnudos, / otro viento mayor, / otros gestos más libres de ataduras / en el baile solar de la existencia. / Qué mezquino balbuceo esgrimía / para decir el gozo del perfume / que atravesaba el aire matutino... / Me he quedado sin voz para contar / cuando estuve por tanto viento herido, / moribundo de luz”. Esto es lo que ocurre frecuentemente con experiencias tan hondas como la del amor: que uno se queda sin voz para decirlas. Los que recién comienzan piensan que escribir poemas de amor es lo más fácil, cuando en realidad es lo más difícil, como ya lo decía Rilke.
Antonio: ¿Cuál sería el verdadero compromiso del poeta, si tenemos en cuenta que vivimos en una sociedad que carece de idealismo?
Pilía: Yo no diría que la sociedad carece de idealismo. Sí que los ideales ya no gozan del mismo prestigio que en otras épocas. Antes, por ejemplo, se moría por la patria, por la libertad, por la palabra empeñada. Hoy ya nadie quiere ser héroe, la mayoría prefiere un puesto en una empresa multinacional, y los más modestos en la administración pública. En cuanto al compromiso, el poeta tiene que estar comprometido fundamentalmente con la poesía. Si el poeta alimenta una ideología política, si lucha por los desamparados o defiende los derechos humanos, si el poeta quiere ser por añadidura un héroe, todo eso me parece muy bien, pero son cuestiones extraliterarias. Es decir, que si el poeta es bueno no será mejor, y si es malo no mejorará por comprometerse con otras cosas. Quasimodo, con inocencia o tal vez con ironía, decía: “Nunca escribí versos políticos y no comprendo la intervención de las ideologías en las obras poéticas. ¿Acaso los poetas no están siempre del lado de la justicia?”. No obstante, y sin que se tome como una contradicción, creo que hay actitudes, posturas, ideologías, que se llevan mal con la creación poética. Creo que una estética debe ir acompañada de una ética coherente, ese estar siempre del lado de la justicia que decía Quasimodo. No me parece coherente, por ejemplo, que se ame la poesía y se sea un corrupto, un estafador o un violento; o peor aun, que se tengan ideas totalitarias o genocidas; pero esto es algo absolutamente personal. Hay personas muy sensibles al sufrimiento de los animales que tienen actitudes verdaderamente repugnantes hacia el sufrimiento de sus propios congéneres. ¿No ha habido también poetas argentinos, por suerte no muchos, que se sentaban a comer con las juntas militares?
Antonio: Dentro del proceso de escritura ¿se considera un hedonista, un artesano, un neurótico, un esteta, un evasor, o todos ellos?
Pilía: No veo que esas categorías sean incompatibles, así que en principio me apuntaría con ciertas reservas en la de “todos ellos”. Las únicas calificaciones que en lo personal rechazo son las de falto de autenticidad o de humanidad. Yo quizás tengo de la poesía un concepto estético más exacerbado que el de otros poetas de mi generación, eso es indudable; y en cuanto al trabajo de escritura, bien le podría caber el adjetivo “artesanal”, porque me atrae esa labor de orfebre de las palabras. Incluso cuando escribo prosa utilizo el mismo método de escritura y de corrección que para la poesía; de allí que no tenga capacidad para obras de largo aliento, como son las novelas. También me tomo mi tiempo para publicar, y eso tal vez sea un rasgo neurótico. Huesos de la memoria pasó por diez años de lecturas, correcciones y maduraciones secretas antes de que lo publicara.
Antonio: ¿Cuánto hay de obsesión, de adición, de pasión, de contemplación, de frenesí —si los hubiera— en este oficio?
Pilía: La poesía es igual que la vida: las hay activas y contemplativas, apasionadas y serenas, frenéticas y reposadas, obsesivas y racionales. Y ninguna es mejor que otra, ni todos estamos llamados a llevar el mismo tipo de vida. Lo importante es que la que elijamos la vivamos con intensidad, sin medias tintas, sin tibieza. Lo mismo ocurre con la poesía. Es cierto que la poesía, como toda actividad que viene del espíritu, está muchas veces cerca del mundo de las pasiones y las pulsiones, del frenesí y de la obsesión, de lo irracional y lo nocturno. Pero también hay una poesía cercana al pensamiento, al orden, al equilibrio. A veces resulta más llamativa la primera, pero la segunda también existe, y bajo otros ropajes de expresión puede contener tanta pasión y vitalidad como la primera.
Antonio: Sostener que la poesía es sinónimo de desenfado, de irreverencia, pareciera un lugar común, sin embargo hay poetas que nos proponen palabras sin osadía. ¿Es así o un poema es un mero objeto estético?
Pilía: ¿Qué es el desenfado o la irreverencia, y por qué tienen que ir ligados necesariamente a la poesía? No todo lo desenfadado e irreverente conduce a un buen fin, ni en la vida ni poéticamente hablando. En cuanto a la osadía, la osadía del poeta debe consistir en crear cosas nuevas y sorprendentes a través de la palabra; pero el fin de la poesía no es la irreverencia hacia los poderosos, los violentos, los corruptos, gente que por otra parte se merece el más visceral de los desprecios. Una gran parte de la poesía actual parece desenfadada e irreverente, y sin embargo, lamentablemente, no tiene la más mínima osadía. En cuanto a si el poema es un mero objeto estético, yo comenzaría sacando el adjetivo “mero”, porque el poema “es” realmente un objeto estético, producto de un sujeto y que tiene como fin la manifestación de la belleza. Podríamos, eso sí, discutir durante años qué es la belleza. Pero me parece que ya es hora de sacarnos ciertos prejuicios, como el prejuicio de la osadía y de que es malo relacionar lo poético con lo estético. ¿Qué es entonces el poema? ¿Un discurso, un panfleto, un portador de ideología, una excrecencia del inconsciente, una costumbre social?
Antonio: La irregularidad silábica, el poder de síntesis, el despojo, la austeridad, ¿fueron o siguen siendo características de la poesía contemporánea?
Pilía: En la historia de la poesía ha habido momentos de cambio, y esos cambios a veces se prolongan por mucho tiempo. Pero eso no significa que sean definitivos, o que no pueda haber vueltas al pasado. Las características que se mencionan vienen prácticamente de la segunda mitad del siglo XIX, y por lo general surgieron como una necesidad de liberar la expresión. Hoy en día, en cambio, son pocos los que se preocupan por el tema de la expresión. Baudelaire, por ejemplo, fue uno de los primeros en utilizar el “poema en prosa”, pero también podía escribir perfectamente en versos medidos; en cambio ahora la mayoría escribe en verso libre porque no sabe hacer otra cosa. Mañana, tal vez surjan nuevas formas rítmicas, que no dependan de la cantidad de sílabas, sino, por ejemplo, de la distribución de los acentos. La síntesis es otra cuestión, responde diría yo a la “respiración” de nuestro tiempo. Es importante que se reconozca que la poesía no es sólo sonido, sino también silencio en el que cobran peso las palabras, como puede sentirse en la poesía de Ungaretti. En Ópera flamenca hice la experiencia de escribir poemas extensos en endecasílabos y heptasílabos, con elementos descriptivos, y no me desagradó el resultado. Quizás tuvieron que ver en esa cambio de forma las lecturas de algunos poetas españoles modernos, como Claudio Rodríguez o Caballero Bonald. Pero por lo general escribo poemas breves. Por ejemplo, los de Caballo de Guernica o los de Herido por el agua, libro en el que cada poema tiene exactamente doce versos; yo mismo me impuse ese rigor, tanto para evitar las digresiones como para darle al conjunto unidad de forma. En España, en cambio, se suele escribir más abundante: lo vemos en los concursos, donde suelen pedir entre 500 y 1000 versos para un libro, cantidad para la que muchos de nosotros tendríamos que reunir una obra completa. La austeridad, el despojo, el descarnamiento, como me gusta llamarlo, es verdad, son características de nuestro tiempo. Me parece que la poesía tiene que lograr el máximo efecto con el menor despliegue posible de recursos.
Antonio: A la hora de escribir ¿confía en las bondades estéticas y musicales del caos?
Pilía: Para mí no existe “la hora de escribir”, porque la poesía me viene en cualquier lado. Creo, como dicen algunos, que la poesía no se escribe, se compone. Voy anotando lo que me viene a la mente en pequeñas libretas, pero a veces, antes de anotar, repito los versos por un rato, porque la poesía conserva aún, entre todas las formas literarias, esa noble marca de la antigua oralidad. En algunos poemas he intentado contar esta experiencia: “Escribo versos sueltos: / igual que el balbuceo / de quien no sabe hablar”. Y también: “Todavía no ha nacido y ya está / persiguiendo una forma. / Es tan lábil la frase que alimento... / Llegó a mí como llega el dibujo / de una mancha de moho a una pared, / difusa y sin contorno”. O bien: “Ya hace tiempo que olvidé la costumbre / de escribir de corrido: voy a tientas, / balbuceando con mis letras minúsculas”. Mi “hora de escribir” sería, en última instancia, cuando me siento a ordenar ese caos, ordenamiento que nunca es total ni enteramente racional, porque hay versos que parecen buscarse entre ellos, solos, y cosas que se expresan mejor en el desorden.
Antonio: Para finalizar y en términos de poesía, ¿su mirada sobre el mundo es optimista?
Pilía: El mundo no va a cambiar con lo que yo haga o deje de hacer, y tomar conciencia de ello siempre es un alivio. Sé también que estoy haciendo lo que me corresponde, aunque no podría explicar racionalmente por qué. La poesía no puede cambiar al mundo, pero sí a algunas personas, y eso a la larga tal vez termine modificando, un poco y en sentido positivo, la sociedad. Mientras tanto, “finjo ver oro en la piedra que toco, / en los harapos y el pan; alegría / donde ven casi todos malvivir”.
A los dos: espléndido el reportaje. Guillermo, me encantó leerte y también ver qué l´neas te iba tirando el Negro y que te han permitido lucir tu inteligencia y sensibilidad. Saludalo al Negro de mi parte, a quien hace mucho no veo.
Posted by: María Elena en: Enero 12, 2005 01:00 PMPIlIA: vos te pensas muy bueno es que enseñas bien (no lo voy a negar) pero tendria que fijarte en tus alumnos no son perfectos tenes que enseñar de una forma mas facil. Soy un alumno tuyo
Por favor no tomes la prueba de la alhambra!!!
