María Victoria Atencia, una voz serena
Autor: Pablo Valdivia
Dejad que sin zapatos siga andando y regrese
de muy lejos al pecho caliente de mi madre.

En la obra de María Victoria Atencia hay ciertos elementos comunes que se repiten y que conforman la voz poética de esta autora malagueña. Por ello, en primer lugar, nos vamos a aproximar a una noción que desarrolla en muchos de sus textos. Nos referimos a la idea del regreso, entendida como una vuelta a un mundo previo del que ha sido desposeída: el mundo de la infancia. Son continuas las alusiones a esta edad perdida. Se trata de un planteamiento similar a la noción cristiana de la expulsión del Paraíso, de ese lugar puro, todavía no mancillado por los desajustes y las contradicciones a las que están sujetas las relaciones humanas que se construyen en el mundo adulto.
En este sentido creemos que existe una relación bastante estrecha con la obra Sombra del Paraíso de Vicente Aleixandre, ya que es el referente más cercano, según nuestra opinión, que elabora un discurso poético en torno a esta noción.

Para ilustrar lo que hasta ahora hemos expuesto no nos hace falta más que recordar los siguientes versos con los que se cierra el poema Ciudad del Paraíso de Vicente Aleixandre, en una clara alusión a la ciudad de Málaga:
Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.
Acerquémonos ahora al poema de María Victoria Atencia que lleva por título Dejadme. De esta manera así podremos comprender, de una forma más exacta, las similitudes de ambos discursos que antes planteábamos:
Dejadme como cuando nací desnuda y sola,
vacía de palabras, sólo aire en el pecho,
y en mis venas corrían los cursos de un arroyo.
Que vuelvan a su origen los gestos usuales
y que al abrir mis ojos sólo penetre en ellos
un punto de luz pura.
Que por la enredadera de las horas se pierdan
mi memoria y mi nombre. Que el tacto de las rosas
me abandone en la tarde, y en la humedad del alba
retorne nuevamente al olor de las juncias.
Sobre todo nos interesa el primer verso con el que se abre el poema: Dejadme como cuando nací desnuda y sola. La noción que está latiendo detrás de sus palabras es la misma que en los versos de Aleixandre cuando afirmaba: [...] Pie desnudo en el día./Pie desnudo en la noche[...] La alusión a ese momento primero y puro anterior se pone de relieve, como hemos visto, a través de estos versos en alejandrinos.
Lo interesante de ambos textos estriba, según nuestra opinión, en esta idea del regreso entendida como una vuelta a lo más puro y esencial de los seres humanos, por los distintos matices que adquiere a lo largo de la obra de María Victoria Atencia y Vicente Aleixandre. Se trata de una noción de claros tintes e influencia modernistas, expresada a través un simbolismo muy depurado sobre el ámbito concreto de lo familiar y de la infancia.
María Victoria Atencia quiere regresar a un estado puro primigenio porque la noción de sujeto que ella concibe está herida, por así decirlo, por un mundo que poco a poco resta al ser humano su libertad esencial a medida que va creciendo e integrándose en el espacio de lo adulto.
Ahora veamos cómo María Victoria Atencia irá conformando todo un discurso propio a partir de ésta noción que hemos descrito. Para ello elaborará un lenguaje en el que la dualidad servirá para expresar sus contradicciones internas. Fijémonos el siguiente poema que lleva por título Hija y Madre:
Mi adormecida sangre
cruza por tu dintel a un desvaído espejo
donde el fin y el principio es un mismo lugar.
Detenida en el seno volviente de las horas,
hija y madre me miro.
El poema tiene forma de espejo. Si observamos con atención los versos podemos apreciar que se abre con un heptasílabo y se cierra con otro y el cuerpo del espejo lo forman tres alejandrinos. La voz del poema es doble, pero no se nos descubre hasta el final del mismo.
Esta idea de dualidad estará también muy presente en otros poemas de María Victoria Atencia como el que titula Pintura Inglesa:
No hay gozo ni dolor: una inmovilidad
aprendida de siglos se mantiene en su rostro
tan hecho ya a aguardarme. El vaho de la taza
de té con que me obsequia en el lienzo se alza
y un instante desdobla la mujer de su tiempo.
En este poema utiliza un técnica impresionista (recordemos que ella misma realiza grabados) que aún adquiere mayor relieve en textos como Febrero, donde además el paisaje es (en un clara ligazón con la tradición del Modernismo y Juan Ramón Jiménez) “paisaje del alma”:
Dame la mano y toma
el puerto gris, llovido
por un febrero loco
de gaviotas. Las grúas
deslucen su naranja
humedecido. Apriétase
mi corazón de angustia.
En palabras de Pedro Cerezo Galán podríamos hablar de que se desarrolla un proceso de salvación del tiempo como expone en la cita que reproducimos a continuación:
Hay, pues, dos dimensiones de la temporalidad, algo así como el envés y revés de una misma trama, el tiempo/devenir, fragmentado o astillado, del que el alma ansía liberarse, y el tiempo/duración, unificado interiormente por la obra del alma. El tránsito del uno al otro exige una conversación del tiempo hacia su núcleo interior. Ambas dimensiones pueden constituir existencialmente, si se estabilizan como formas de vida, dos figuras o modalidades de temporalidad, que corresponden a la existencia inauténtica y auténtica, respectivamente: vivir en un tiempo consuntivo, disperso y derramado, agujereado por el no-ser, que lo aboca a la muerte, o en un tiempo consumativo, en que pueda inmorar el alma. 1
De esta manera, para María Victoria Atencia, el presente de la experiencia sensorial y sensual se convertirá en un punto/instante, que la comunica con lo eterno. El instante anudará lo eterno, lo salvará, paradójicamente, de su dispersión y fragmentación recogiéndolo en una unidad interior de nuevo la noción de regreso, que renueva continuamente la experiencia y la vida.
Por todo ello podemos afirmar que la noción del tiempo que desarrolla María Victoria Atencia es muy singular. Para ella la pintura sirve de vehículo, como ya hemos podido apreciar, para que la vida se torne en arte y el arte cobre vida: “La pintura me enseñó y sigue enseñándome a mirar, para ver un conjunto como una instantánea manifestación perdurable. Muchos de mis poemas deben a la pintura ese aire como de flash”; comentó en cierta ocasión a lo largo de una de sus entrevistas.
De ahí que nos encontremos con Homenaje a Turner que dará nombre a una serie de poemas como el de Rain, el cual posee un subtítulo que nos sitúa en un espacio concreto, en la National Gallery:
En Trafalgar Square,
hacia las cinco he visto llegar entre la lluvia
una locomotora.
Hay ráfagas que cruzan
el amarillo cadmio y los sienas tostados.
Turner ha vuelto a casa.
Nos interesa especialmente el último verso del poema que hemos citado, porque viene a ilustrar la idea central de nuestro análisis. De nuevo la noción de regreso. Por ello pensamos que se debe matizar el juicio de María Zambrano, tal y como la recoge Clara Janés en el prólogo de La Señal, a propósito del libro Trances de Nuestra Señora:
No hay tránsito, no hay transición: en estos trances están ya el futuro y el pasado, asumidos en el presente de la palabra. Todo en esta poesía es presente, todo: no hay eterno retorno.2
En los poemas de María Victoria encontramos un proceso mucho más complejo y rico, como nos explicaba Cerezo Galán en la cita mencionada anteriormente. No todo en la poesía de María Victoria es presente definido en los términos que emplea María Zambrano.
Desde nuestra perspectiva sí que existe tránsito, entre otras razones, porque la poesía de María Victoria lo necesita, ya que en la transición, en el movimiento, están los matices y, aunque el pasado y el futuro estén englobados bajo un mismo paradigma, es esa relación dinámica entre diversos elementos como el regreso a la infancia desde la mirada de la vida adulta la que consigue que María Victoria elabore un plano temporal, de una extraña y peculiar belleza, donde el lector es partícipe del tejido de las relaciones humanas. Relaciones humanas, sentimientos, que finalmente configuran la noción del tiempo tanto del autor como la del lector.
El sujeto se construye en un proceso dialéctico entre lo que Hegel denominaba el ámbito de la Ley, el Entendimiento, es decir, lo público y el ámbito de la subjetividad, de lo privado. En ese proceso dinámico el sujeto encuentra su espacio de acción porque construye una presencia (lo que los griegos entendían por ser) Se conforma un personaje con el cual nos presentamos en el ámbito de lo público, para que el resto de los sujetos nos reconozcan como una entidad diferenciada, y que a la vez sirve para que el sujeto se identifique en el ámbito de lo privado con una serie de características que forman parte de su identidad.
El conflicto que aborda María Victoria en estos poemas que hemos mencionado, donde está tan presente esa noción del regreso, es el de la identidad y, por tanto, el de la construcción del sujeto privado, de una ideología.3
Veamos ahora cómo otros poetas se han aproximado a la poesía de María Victoria Atencia. Para ello fijémonos con atención en los siguientes versos de Jorge Guillén, que sirven de refrendo de lo expuesto hasta ahora:
MARÍA VICTORIA ATENCIA
Vertute, onor, belleza, atto gentile.
Petrarca, Canzionere, 211.
Ah, María Victoria Serenísima,
En ese verso noble y tan sencillo
Porque es noble,
ya alzado hasta un extremo
De firme poesía,
tiernamente
Suena la voz de la mujer que ayuda,
Nos ayuda y anima,
generosa
Con la serenidad que es una gracia,
Tan próxima y ausente, recatándose
Desde un centro radioso de hermosura:
Rendición al encanto femenino.
Jorge Guillén
Con estas palabras define Jorge Guillén a María Victoria Atencia y se abre el libro El Coleccionista. Como podemos señalar, a propósito del poema de Guillén, hay otro aspecto de la obra de María Victoria que nos gustaría esbozar aquí de manera breve, para finalizar este pequeño esbozo de su discurso literario.
Nos referimos a la voz de la mujer desde la que nos habla Atencia, esa voz de la mujer que ayuda tan próxima y ausente. Lo femenino en los textos de La Señal remite a una construcción de la identidad de la mujer que no pretende reafirmarse y levantarse en estricta oposición a lo masculino, sino que busca el lugar que le pertenece, a partir de una noción singular del tiempo, como ya hemos visto, y, por lo tanto en otras palabras, de una conciencia lúcida llena de vida.
Serenidad es la palabra con la que puede definirse esta voz de la que hablamos, tal y como afirma con acierto Jorge Guillén en el poema previo. Serena porque vive, con pasión y conciencia, los momentos, alcanzando lo universal desde lo concreto.
María Victoria construye un espacio sereno que le pertenece, que constituye su identidad como mujer y que, como ahora veremos, también asume a través de la experiencia que otorgan las relaciones sexuales.
Ya está todo en sazón. Con estas palabras podemos entender lo que es casi todo un manifiesto vital. Ya está todo a punto. Ahora es el momento de vivir con plenitud todo, como aquel vivirlo todo, sentirlo todo de Federico García Lorca en Impresiones y Paisajes.4 Por último en este soneto, con el que cerramos nuestro trabajo, serán las relaciones sexuales las que convoquen esa voz serena, la de María Victoria, a entregarse a la vida con lucidez y pasión:
SAZÓN
Ya está todo en sazón. Me siento hecha,
me conozco mujer y clavo al suelo
profunda la raíz, y tiendo en vuelo
la rama, cierta en ti, de su cosecha.
¡Cómo crece la rama y qué derecha!
Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo
de vivir y vivir: tender al cielo,
erguida en vertical, como la flecha
que se lanza a la nube. Tan erguida
que tu voz se ha aprendido la destreza
de abrirla sonriente y florecida.
Me remueve tu voz. Por ella siento
que la rama combada se endereza
y el fruto de mi voz se crece al viento.
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