LITERATURA INGLESA. El país de los ciegos, de H. G. Wells
Autora: Sara Molpeceres Arnáiz
El pasado mes de diciembre la editorial Acantilado publicó el relato El país de los ciegos (The Country of the Blind, 1904) del inglés H.G. Wells (1866-1946), autor bien conocido gracias a obras de ciencia-ficción como La máquina del tiempo (1896), La isla del Dr. Moreau (1896), El hombre invisible (1897) o La guerra de los mundos (1898).
En tiempos de Wells estas obras tuvieron una gran aceptación que le situó en primera línea del panorama cultural de la época, pero, como contrapartida, el éxito del género impidió que obras posteriores tuvieran buena acogida entre el público. Son las obras que los críticos denominan ‘serias’ y que tienen como denominador común un marcado carácter social (sobre el capitalismo irresponsable, la lucha de clases, la guerra o el futuro de la sociedad de su época). Entre esos títulos destacan Kipps (1905), La guerra en el aire (1908), Tono-Bungay (1909), Ann Veronica (1909), La historia de Mr. Polly (1910), Mr. Britling va hasta el fondo (1916), etc.

Así, H.G. Wells, gracias al gran éxito de sus ‘obras menores’ ha pasado a la posteridad como un personaje curioso y una figura menor en la historia de la literatura; por poner un ejemplo, nuestro autor no está incluido en The Norton Anthology of English Literature, y sólo ahora sus obras y el género que utiliza están empezando a ser reivindicados. Principalmente en su país de origen y gracias a asociaciones como la H.G.Wells Society, el interés de los críticos y estudiosos acerca de Wells ha aumentado y es muy posible que pronto encuentre su lugar en la historia de la literatura.
Es curioso comprobar como con casi un siglo de distancia, son precisamente esas ‘obras menores’ de H. G. Wells las que no sólo conservan la vigencia de muchos clásicos, sino que, además, están viviendo una segunda edad dorada entre nosotros gracias al cine. No olvidemos que pronto se estrenará la Guerra de los mundos, dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Cruise, y que por nuestras pantallas ya han pasado buena parte de sus escritos de ciencia-ficción.

Género que, por otra parte, ya hemos intentado reivindicar en estas páginas. Como ya sucedió con el caso de C.S.Lewis (De este y otros mundos, reseña del número de mayo de 2004), nos encontramos de nuevo con la necesidad de defender un género que ha gozado siempre de mala prensa. Hay mucho más de lo que se ve a simple vista en las buenas obras de ciencia-ficción o de género fantástico. Si detrás de C. S. Lewis hay una fuerte conexión entre el género y la mística cristiana, si bajo las obras de Tolkien subyace un laborioso trabajo de investigación y recreación en terrenos como la lingüística o la antropología; no podemos dejar de mencionar que tras esas obras supuestamente menores de H. G. Wells están todas aquellas inquietudes que le llevaron a escribir sus ‘obras serias’: las posibilidades negativas o positivas del progreso, la naturaleza autodestructiva de la raza humana, el conflicto entre civilizaciones o culturas, la degeneración socio-política de la sociedad de su época y su posible evolución (o involución)... La diferencia radica en la forma de expresión de esas inquietudes, una forma de expresión que, a la vista de las circunstancias ha demostrado ser más impactante y de efectos más duraderos en la memoria del lector que la de esas obras tenidas por ‘serias’.
La historia que nos presenta Wells en El país de los ciegos no es ciencia ficción, pero si de corte fantástico. Se trata de la historia de un fértil y apacible valle andino en el que se asientan unos colonos que pronto han de enfrentarse a una terrible desgracia (o maldición): todos sus hijos nacen ciegos.
Debido a la explosión de un volcán, el lugar queda aislado del mundo exterior y tras muchas generaciones de ciegos, todo recuerdo de un mundo exterior se desvanece y el país acaba convirtiéndose en una leyenda. Pero un día sucede lo impensable, un montañero de Quito perdido entre las montañas consigue llegar al país de los ciegos. Pronto sus ansias dominadoras se despiertan, su visión le hace aventajado frente a los ciudadanos del valle que acaba de descubrir y no duda en planear un golpe de estado que le ponga al frente de su nueva ciudad. Si en el país de los ciegos el tuerto es el rey, también debería serlo un vidente.
Pero cual será su sorpresa al descubrir que no será nada fácil imponer su ‘visión’. En un lugar organizado económica, social y culturalmente para ciegos, sus capacidades videntes resultan inútiles. Torpe en las costumbres del país (que incluyen, por ejemplo, dormir de día y trabajar de noche), el conquistador resulta ser simplemente un ciego más, pero sin habilidades. Para ellos poco más que un niño sin formar que no sabe lo que dice, un salvaje sin civilizar que cuenta extrañas leyendas sobre algo que no existe, algo llamado visión.

Si quiere sobrevivir en el País de los Ciegos, nuestro colonizador tendrá que aceptar sus normas, su cultura y su fe, o, de lo contrario, abandonar el lugar. Su ‘don’, que debería hacerlo superior al resto, en un mundo diseñado para ciegos no sólo no le sirve, sino que lo convierte en un ser inferior. Una enfermedad que no le deja ser como los demás, y a la que tendrá que renunciar si quiere integrarse.
Muchos han querido ver en esta voz visionaria que nadie atiende a ese Wells que hablaba de mundos desconocidos a su comunidad, una comunidad que ciega, lo escuchaba divertida sin tomarle en serio.
Hoy, a la luz de muchas de las teorías de la Posmodernidad, este relato toma nueva relevancia como un claro ejemplo de que nuestro mundo sólo lo forma aquello que podemos tocar, y que como ciegos en nuestro valle, lo que está más allá del horizonte no existe para nosotros, y, aunque exista, en realidad nos resulta demasiado lejano. Mi realidad es mi mundo, y de ahí que tras el choque de visiones irreconciliables, pueda desatarse, si lo permitimos, la guerra de los mundos.
Desde luego, H. G. Wells nunca ha resultado más actual. Y probablemente no deje de serlo nunca.
que la guerra de los mundos es una buena novela ahora imaginate la pelicula
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