Un (sistema autorreferencial) me manda hacer Violante...
Autor: Héctor Llamas Sandín

Un soneto me manda hacer Violante;
en mi vida me he visto en tal aprieto,
catorce versos dicen que es soneto,
burla burlando van los tres delante.
Pese a sus significativos, aunque dispares avances, hay dos ciencias que se han topado con el mismo límite: la autorreferencialidad, la propiedad de que algo se refiera a sí mismo.
Empecemos por la psicología. Se desgajó del tronco de la filosofía (fue la última gran disciplina en abandonar a la mamma) a finales del XIX, precisamente cuando Wilhelm Wundt decidió que debía repudiar su inveterado método, la “introspección”: el que uno mismo se adentrara en su propio entendimiento (y eso que le había servido a Descartes para fundar el pensamiento moderno dos siglos atrás. Y a san Agustín, para escribir sus Confesiones; un libro que hoy día consigue arrebatar a un tipo como Depardieu...). Pero el positivismo del momento sólo admitía métodos “científicos”, pretendidamente objetivos. Por ello, a comienzos del siglo XX, el conductismo rechazaría más si cabe la introspección. No mucho después, Jung (al principio “Juan” y luego “Judas” de Freud) ya avisó de la peculiar dificultad que soportaba la psicología: ser la única ciencia en la que “el objeto de conocimiento es al mismo tiempo el órgano de conocimiento”. Y es que, de existir algo radicalmente autorreferencial en el universo, eso es la mente humana. Lo cual dificulta el progreso de la psicología tanto o más que la propia complejidad de nuestro cerebro. Y si no, que se lo pregunten a las matemáticas...
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Ya nuestro Ramón Llull, allá por el siglo XIII, buscó un lenguaje perfecto y automático para razonar (y particularmente, para convertir a los infieles, aunque al papado eso nunca le convenciera excesivamente). Empeño análogo inspiró a otros gigantes, como Descartes y Leibniz. Y asimismo (aunque en un sentido un poco distinto) en el siglo XX a su más grande matemático, David Hilbert. A todos ellos animaba la pretensión de fondo de alcanzar un algoritmo universal para descubrir y comprobar todos los conocimientos. Pero desde hace un siglo se ha venido demostrando que existen limitaciones intrínsecas a cualquier sistema diseñado para conocer por medio de cálculos. Dicho de otro modo: que se puede construir una máquina capaz de resolver un problema concreto, pero no de hacerlo con todos los problemas. ¿Por qué? Porque los sistemas (de la naturaleza que fueren) que traten de explicar muchas cosas, al final no pueden por menos que toparse consigo mismos. Y ante eso, se encuentran inermes. Fue Russell quien vislumbró en 1901 por medio de la paradoja que encontró en las Leyes fundamentales de la aritmética de Frege (en definitiva, en la teoría de conjuntos de Cantor) un límite en la capacidad de los sistemas lógicos para referirse a sí mismos. Y con ello desarboló el logicismo, toda una línea de pensamiento matemático. Décadas después (en 1931), Gödel protagonizaría el momento crítico de las matemáticas contemporáneas al “tirar del hilo” de Russell hasta el final. Lo hizo proclamando su famoso teorema según el cual cualquier sistema, a partir del nivel de complejidad caracterizado por la capacidad de desarrollar la aritmética en su interior, no puede demostrar por sí solo algunas cosas que se pueden predicar como verdaderas desde fuera de él. El novelista Jorge Volpi lo tradujo así en términos psicológicos: “Esta idea sobre mí no puede ser demostrada desde el interior de mí mismo”. Vamos, que cualquier cosa, a poco complicada que sea, no se puede esclarecer a sí misma: ha de asirse de algo externo.
Por el primer terceto voy entrando,
y aún parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Pero no se vaya usted a pensar, por lo dicho, que la autorreferencialidad sólo pulula por los más sórdidos rincones del mundo académico (podíamos haber hablado también de las dificultades de la teoría intencionalista del lenguaje, de la racional crítica de Nietzsche a la razón, de los experimentos en el mundo cuántico, del concepto de “feedback” en la teoría de sistemas, de ese “universo contemplándose a sí mismo” de la cosmología, etc.). Antes al contrario, existen múltiples casos de sistemas autorreferenciales en la vida cotidiana: un libro sobre los libros (o sobre química); una canción sobre las canciones; una clase sobre retórica (o fonética, o sintaxis); este artículo que tan amablemente está leyendo... Pero el ejemplo más elegante resulta ser, sin duda, el “soneto de repente” (de La niña de Plata) de Lope: se autocrea así se autorrefiere.
Ya estoy en el segundo, y aún sospecho
que estoy los trece versos acabando:
contad si son catorce, y está hecho.
hombre, hectorín, muy bueno lo de este soneto para este artículo, pero, dado que no es una revista para "filósofos" quizá debieras ser más claro, así practicas "didáctica" para tu futura profesión. puede que si te extendieras más quedaría mejor explicado.
sugerencia: qué tal un artículo sobre filosofía y ciencia ficción con ejemplos chulos?
Quisiera saber si me puede ayudar con el término de autorreferencia...en verdad considero que se ha venido hablando de el en diversas disciplinas y no necesariamente están usando el término para explicarlo en el mismo sentido.
Le agradeceré mucho si me puede explicar en que consiste ´la autorreferencia para una sociedad moderna (tardía?)...se lo agradeceré mucho
Posted by: Marcelino en: Enero 17, 2006 12:59 AM