Microrrelatos

Autor: Aster Navas

PRESENTACIÓN

Ciñámonos a los hechos.
- Nací en 1963. Tengo, pues, la edad en que los recuerdos se antojan tan nítidos como remotos.
- Soy profe de Lengua y Literatura en un Instituto de Educación Secundaria. Santa paciencia… - - Escribo:

1. QUÉ: Relato breve, menguante: cada día me atrae más el microrrelato.
2. CÓMO: Intento trampear la realidad; si me dejan, retocar la Historia. Si no queda otro remedio la tergiverso: saco punta a lugares, hechos y situaciones…
3. CUÁNDO: De noche. Ya veis: nocturnidad y alevosía.
4. DÓNDE: Fundamentalmente en la Red. Cuentanet, Anceo, Lume, Libros a la Carta, Nitecuento, Almiar, El llanto de las libélulas...
5. POR QUÉ: Si supiera en el primer párrafo lo que va a ocurrir en la última línea no me merecería la pena seguir escribiendo. El primer sorprendido –atentos a la cara de pasmo que tengo en la foto- debo ser yo.
6. UN HOMBRE DE PRINCIPIOS: El lector es y debe sentirse inteligente. Simplicidad.
7. MAESTROS: José María Merino, Daniel Sueiro, Mario Benedetti, Baricco, J. J. Millás…
8. PROYECTOS:Un libro de relatos que buscan editor, Mide tus palabras.

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CUENTOS PARA ESPERAR EN LOS SEMÁFOROS

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Golden
Uno de los dos androides -el más estilizado- cogió el fruto y lo mordió voluptuosamente. Luego se lo dio a probar a su compañero, que se mostró más receloso: el humano les había encomendado muy especialmente la custodia de aquel ejemplar -el último manzano- del Jardín Botánico. Tras aquellos intrascendentes bocados sus registros emocionales se vieron seriamente alterados; hubo que destinarlos a pesadas labores de carga y descarga en la desolada estación de Sunion.

Voluble
"Es una lástima, señorita, que no nos hayamos conocido un poco antes. Hace apenas cinco minutos yo era un tipo encantador", dijo Mr Hyde, hundiendo la navaja en el costado de su víctima.

Arrepiéntete pues la hora es venida
" Deberías ahorrarme este sufrimiento. Esto, hija mía, me va a doler más a mí que a ti"-dijo Torquemada mirando embelesado el hierro candente.

Los desordenados amores del bibliotecario
No tienes, es verdad, las caderas de Ana, su cuerpo exuberante -y peligroso- como una jungla. Tampoco, corazón, los perfectos pezones -inaccesibles ochomiles- de Elena. Nunca podrás competir con Isabel, dulce y estilizada... aburridamente perfecta. Volvería a matar por el pubis -dulce salitre- de Olaia. Lo tenían todo, Úrsula vida mía, menos tu nombre, musical... definitivo.

Náufragos
Después de mirar al indígena más detenidamente, a Robinson se le antojó aburrido e indolente. Olvídalo..., le dijo, te llamaré lunes.

Diagnóstico
Contrajo matrimonio y se fue de vacaciones a Birmania. Allí, puestos a contraer, contrajo la malaria. El forense no supo precisar cuál de las dos afecciones acabó con su vida.

Impulsiva
Entre las muchas virtudes de Doña Blanca no figuraba la paciencia: no estaba dispuesta a perdonarle a Paco ese nuevo flirteo.
-Tengo –se dijo, mientras hacía la maleta- ochenta años y toda la vida por delante.

Blade Runner
El replicante se buscó inútilmente el ombligo y lo entendió todo.

Migraña
-Nunca te pones en mi lugar –le reprochó ella, augurando una ruptura inminente.
Esa misma noche él ocupó su lado de la cama: mientras ella conquistaba su nuca a él le asaltó una horrible jaqueca.

GRAHAM BELL

“La soledad es mala consejera”
José María Sbarbi, Proverbios y refranes


Últimamente, amor, nadie me llama.
He buscado por si acaso mi nombre en la guía. Estoy –fíjate bien- en la cuarta columna de la página trescientos cuarenta y cinco: GARRIDO, Juan José.
Tres milímetros más abajo he tropezado contigo: GARRIGAS, Marta. No te conozco de nada pero me ha parecido ver en esa proximidad la mano del destino.

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He marcado intrigado tu número. No he sabido qué responder a tu dígame: Lo siento. Tan sólo estaba comprobando –a veces es tan equívoca- la realidad.
He mirado la dirección y vives dos calles más arriba; según el buzón de tu portal en un tercero luminoso.
No me ha quedado más remedio –compréndelo- que sitiarte: emboscarme en el bar de enfrente hasta memorizarte; apostarme en el rellano hasta enamorarme. Tu marido –convéncete: esta misma mañana te ha dado un beso tan neutro...- te quiere menos que a mí mi esposa.
Al volver a casa ha sonado por fin el teléfono: GARMA, Claudia. Tan sólo –se ha disculpado- quería comprobar la realidad: últimamente nadie le llama.
Le he asegurado –no te preocupes- que eras la mujer de mi vida. ¡Cachis! ¡Por tres milímetros...! –ha dicho y ha colgado. Parecía despechada: seguro que había visto en el alfabeto el inconfundible dardo de Cupido.

¡La muy tonta!

______GRACIAS A PELÁEZ


¡Qué impersonales son los timbres! No hay nada como un conserje de los de toda la vida. Sí, ya saben, un señor de unos cincuenta años, con uniforme, gorra de plato, voz modulada y acento castizo. Vamos, un portero como Dios manda, que conozca a todos y a cada uno de los vecinos; un portero como Peláez, que disuadía con una simple mirada a los maleantes y era un cancerbero deferente y afectuoso con las visitas.

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Gente como Peláez da el toque personal y humano a edificios como éste y los tornan habitables: hacen siempre la pregunta acertada –“¿va mejor esa rodilla?”- en el tono –ni familiar ni neutro- adecuado y reciben al forastero con esa delicadeza que sólo ellos saben imprimir al imperfecto: “¿Por quién preguntaba, caballero?” “¿A quién deseaba ver, señorita?”

Nadie en aquella anónima colmena hubiera sabido quién era Cárdenas si no hubiera sido por Peláez. No, nadie se hubiera enterado de aquel drama si Peláez, el portero, no hubiera soltado prenda: “leucemia; Paulita, la niña del señor Cárdenas, el de la asesoría, tiene leucemia”
“Hay tipos, desde luego, con los que se ensaña la fortuna: primero lo de su mujer y ahora esto. ¡Perra vida!.”
Sí, había gente con la que se empleaba a fondo la fatalidad. Un ejemplo era, según Peláez, el tal Cárdenas, el de la asesoría: todo el santo día trasegando pólizas y trampeando las declaraciones a perfectos desconocidos para que la suerte le pagara con ese corte de mangas.
Por Peláez, porque Peláez era en este edificio –para bien y para mal- como radio macuto, sino el tema no hubiera tenido arreglo.
Gracias a Peláez empecé, como todos los inquilinos, a fijarme en Cárdenas, a reparar en sus idas y venidas, en su –era evidente su apatía, su decaimiento- aspecto. Gracias a Peláez esbozábamos todos una sonrisa al cruzarnos con Cárdenas en los descansillos y nos demorábamos al pasar frente a la puerta de su despacho por si a través del cristal rotulado –el morbo es una pasión tan humana...- se pudiera atisbar la desgracia.
Gracias a Peláez comencé a ponerme –no soy padre- en el lugar de Cárdenas, a preocuparme por Cárdenas, a hablar –hasta ese momento nos habíamos limitado a saludarnos educadamente- a Cárdenas; a preguntarle, si me lo tropezaba a la salida del inmueble, por sus planes para el fin de semana, a invitarle a un café –siempre tenía que rematar algún informe- de media mañana...
Era comprensible su estado de ánimo, su inicial extrañeza, sus educados pretextos. No, si no llega a ser por Peláez nunca me hubiera percatado de que aquel tipo con el que compartíamos techo, gastos de comunidad y antena parabólica, estaba moralmente hundido.
Gracias a Peláez -el único con el que el pobre Cárdenas se mostraba ligeramente confidencial- supimos que aún se podía hacer algo. En el Delano –era enternecedora la pronunciación del portero- Roosvelt Memorial de Connecticut, practicaban una terapia costosísima y revolucionaria contra la dolencia.
Fue Peláez el que nos juramentó a todos para ganar esa batalla, el que abrió la cuenta en el BBV con los primeros cien euros, el que –con una discreción proverbial- despertó nuestra buena voluntad.

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Sin Peláez nunca hubiéramos llegado a aquella cifra, ni aquel bloque de oficinas –desde el café de Fito hasta el ático- se hubiera convertido en una familia. Peláez, el bueno de Peláez: “de esto ni una palabra al señor Cárdenas; hay que darle la sorpresa de su vida.”
Era Peláez quien cada mañana, al repartir el correo, nos ponía personalmente al tanto del estado financiero de aquel milagro. Nos pedía entonces un último esfuerzo y nos hacía rascarnos los bolsillos con una vehemencia encomiable, como si Paulita fuera su propia hija, sangre de su sangre. Peleó cada céntimo; fue piso por piso, despacho por despacho, consultoría por consultoría, apelando reiteradamente a nuestras conciencias y a nuestra probada solidaridad.
Algo debía de barruntarse Cárdenas cuando aquella tarde –“no le cobres, Fito”- tuvo ese detalle conmigo. Estaba, intuí, al corriente de nuestro gesto y buscaba el momento y las palabras para agradecérnoslo a cada uno individualmente.
Carraspeó con una de esas toses que no son sino una premonición de complicidad y me palmeó, cariacontecido, el hombro:
“¡Arriba esos ánimos! – me susurró, llevándose la mano a la cartera- hoy en día hasta lo de su Martita tiene arreglo....”


Desde entonces tenemos un sofisticado video-portero. Pero no es lo mismo: cuando este martes le confié entre lágrimas los trámites de mi divorcio, me miró estupefacto con su ojo de cíclope.
Ni siquiera –¡el muy capullo!- me abrió la puerta. No; no me inspira –seamos sinceros- ninguna confianza.

MENSAJE NÚMERO UNO

Hay aparatos fascinantes. Tal vez el más fascinante de todos sea el contestador automático.

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Ayer llamé por error a mi propia casa. Cinco tonos después me escuché a mí mismo lamentándome por no poder atenderme y sugiriéndome –ya saben- que me dejara un mensaje al oír la señal.
No parecía mi voz. Me avergonzó su tono, su fingida cordialidad, el sinsentido del enunciado y no pude menos que llamarme “capullo” después del pitido.
Desde ese día –soy muy sensible- mi contestador lo atiende una señorita de Telefónica.
Cada vez telefoneo más a menudo a mi domicilio: me excita tanto imaginar su voz quebrando el silencio del piso vacío que me atrevo a hacerle las proposiciones más indecentes.


Ella –es tan seria- se queda muda.

Comentarios

Estas muy rico.

Posted by: Juan Riquelme en: Marzo 7, 2005 06:17 PM

Está muy bien eso de que cupido encuentre un filón en la guía de teléfonos. Nos ahorraríamos todos mucho trabajo y un montón de citas insulsas. ¿Dónde hay que firmar?
Soy tu vecino de abajo en esta misma página y hemos coincidido algunas veces(en Ortzadar, Nitecuento, Almiar...) ¿Seremos la próxima generación de escritores? ¿Lo somos ya?
Y yo con estos pelos...

Debo decirte también que me has decepcionado por completo, no sé por qué -supongo que por el nombre- pensaba que eras una chica. Un chica pálida y misteriosa con los labios muy rojos.

Saludos

Posted by: Juan Carlos Márquez en: Marzo 8, 2005 10:21 AM

Gracias, Juan Carlos, por tu comentario. No recordaba haber coincidido contigo en Ortzadar: lo cierto es que estuve solo en la entrega de premios y me escapé enseguida pues me sentía desplazado.

Un abrazo. Gracias por leerme.

Aster.

Posted by: Aster Navas en: Marzo 8, 2005 01:43 PM

Espero Juan que ese "Estás muy rico" se refiera a mis micros.

Un abrazo. Gracias, compi, por leerme.

Aster.

Posted by: Aster Navas en: Marzo 8, 2005 01:49 PM

Yo tampoco fui a la entrega de premios. Como vivo en Madrid, mandé a mis padres.

Posted by: juan carlos márquez en: Marzo 8, 2005 05:41 PM

Absolutamente genial.
Yo también escribo.

Posted by: kini en: Diciembre 23, 2005 12:56 PM
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