Las sombras del cristianismo, ventas aseguradas

Autora: Virginia Isla García

Las fechas archiconocidas y el boca en boca son instrumentos imprescindibles del universo estadístico, económico y social del best-seller. Regalamos un libro, y ese presente que se adjetiva como personal nos eleva a ojos del halagado destinatario que agradece el interés y las molestias tomadas, amén del considerable desembolso monetario por nuestra parte. Y más si se trata de uno de estos libros de los que todo el mundo habla, todo el mundo compra, todo el mundo se confiesa enganchado.

En realidad, localizar un best-seller para “quedar bien” es algo demasiado sencillo como para confesarlo sin ruborizarse. La ley del mínimo esfuerzo: uno sólo tiene que acercarse a una gran superficie (a pie, en una de las modernas líneas de autobuses que conducen a este altar del consumismo), dejarse conducir por las escaleras mecánicas a la planta artística que comparten música, literatura y DVDs, y centrar la vista en la pila de libros coronada por la lista omnipresente de Los más vendidos. Como si venta fuera sinónimo de calidad.

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La variedad abrumadora de NOVEDADES nos detiene y nos obliga a tomarnos nuestro tiempo. Así que asimos el primer tomo, la cima de la mesa o el que se balancea peligrosamente en la esquina, y leemos la cubierta. Letras pseudo-góticas de pan de oro o rojo burdeos se agrupan en títulos impactantes, promesas de increíbles descubrimientos al alcance de nuestro bolsillo: El último Catón (Matilde Asensi), El código Da Vinci (Dan Brown), Templarios: la nueva caballería (Malcolm Barber), El legado mesiánico (M.Baigent et al.), La búsqueda del Santo Grial (Graham Hancock), El enigma del cuatro (Ian Caldwell y Duntin Thomason), El Mesías (Morek Halter)… acompañados por retratos bizantinos de Cristos hieráticos, caballeros armados, cuadros mundialmente conocidos, y, por supuesto, pergaminos resquebrajados de color de tazón de leche tintada de Nescafé. Y por si el ingente número de volúmenes primos-hermanos nos pareciera poco, contundentes afirmaciones, “inolvidable”, “impactante”, “increíble”, de firmas también In del New York Times o Washington Post elevan nuestra indecisión a su grado sumo.

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Un rápido vistazo a sus argumentos nos llevan a sospechar, incluso, que, quizás, tras tanto nombre anglosajón se oculta un mismo autor cuya cuenta se engrosa día tras día con las múltiples reediciones de sus vástagos históricos. Tres épocas, un endeble hilo conductor: en algún momento de la transición Antiguo- Nuevo Testamento, el Arca de la Alianza, el cáliz o la cruz de Cristo, amén de su propio ADN, fue ocultado, redescubierto por los merovingios, cruzados, templarios en Jerusalén, y desde entonces manipulado o escondido por la hipócrita curia vaticana cuya existencia se sostiene únicamente en este enigmático secreto. Conspiración sincrónica y diacrónica que unos valientes e insignificantes eruditos están a punto de desentrañar, con la ayuda de los símbolos que, de alguna manera, la Historia se ha encargado de diseminar por sus obras maestras.

Este bloody mary de novela histórica, intriga policíaca, simbolismo para todos, y abundantes chorros de imaginación sin dosificador, se demanda por varios motivos. En primer lugar, porque entra por los ojos, porque está de moda, porque si lo ignoramos nos excluimos de ciertas conversaciones a la hora del café. En segundo lugar, porque nos ofrece entretenimiento, azuza nuestra curiosidad y, lo más importante, nos deja con la placentera sensación de sabernos poseedores de la verdad universal. Je, je,-sonreímos autocomplacientes delante del telediario.- a mí ya no me la dan. A mí, que he leído El código Da Vinci y sus parientes mesiánicos, que he apreciado su profundidad, que he memorizado sus parrafadas explicativas. A mí, para quien la cábala ya no tiene secretos.

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Arenas movedizas las de la interpretación, más aún si los cabos se atan a nuestra conveniencia y se toma como historia lo que desde su origen va protegido por la ficción. En un mundo perfecto, los lectores deberían saber distinguir los hechos documentados de la trama inventada que, por parte, puede estar dignamente engarzada. Pero en esta hora de conspiraciones internacionales y amenazas proclamadas a los cinco vientos, las intrigas de ficción resultan asombrosamente creíbles.

No hace falta gastarse veinte euros en quinientas páginas reeditadas para que alguien, al oído, nos cuente que el dogma de la(s) Iglesia(s) cada día se aleja más de los consejos de un Jesús histórico, fuera o no fuese Dios. Ni tampoco tiene sentido, a estas alturas, rasgarse las vestiduras porque se ponga por escrito, por enésima vez en la Historia, que el poder corrompe y la religión es un utilísimo instrumento en las manos de los que lo desean mantener. Basta con desplazar nuestro ojo crítico de las estrechas columnas de un periódico a sus gemelas bíblicas. Basta con no conformarse con lo que se nos ha vendido siempre como la única e incuestionable verdad.

Comentarios

Creo que hace falta que los lectores nos volvamos mas criticos con la oferta literaria que se convierte en moda. Es muy sospechoso que de repente aparezcan una serie de libros exhibiendo evidencias antes ocultas. Esto es decepcionante y solo muestra un afan por capitalizar éxitos sin preocuparse gran cosa por cuestiones realmente importantes como la calidad literaria o el apego a la realidad historica. Yo creo que esta en nuestras manos permitir que prosiga la aparicion de estos libros o no. Ojala hubiera algun autor sincero que cuando menos advierta que todo lo que contiene su obra es pura ficcion pero no, todos resultan ahora grandes investigadores

Posted by: edgardo en: Abril 26, 2005 05:00 AM
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