Entrada de los bohemios en el Madrid del siglo XIX. Impresiones y adecuación a un espacio hostil y miserable

Autor: Jesús María Vicente Herrero

Jesús María Vicente Herrero nació en Bilbao. Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco y en Filología Hispánica por la Universidad de Valladolid. Es doctor en Literatura Española por la Universidad Autónoma de Madrid y experto en la bohemia española. Ha completado sus estudios en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, y en la Universidad de La Sorbona, de París. Como escritor, ha ganado varios premios en poesía y narrativa.


Entrada de los bohemios en el Madrid del siglo XIX. Impresiones y adecuación a un espacio hostil y miserable

El estereotipo bohemio que se asentó en Madrid en torno a la mitad del siglo XIX, aunque menos elaborado, retenía parecidas características que las del artista finisecular. Su llegada a Madrid desde las provincias de España se debió a la transformación del mercado de las artes que se originó en las primeras décadas del siglo. Este hecho posibilitó que el creador se integrara en un mundo que le permitía el desarrollo profesional, algo que hasta entonces había sido un mero sueño. A partir de aquel momento, los motivos dinerarios y el valor de cambio de los artistas al amparo del nuevo mercado se generalizaron, dándole al escritor y a la ciudad un estatus totalmente diferente.

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En el fin de siglo, sin embargo, el proletariado artístico cercano al anarquismo en unos casos, y adscrito al modernismo en la mayoría, reflejó en forma de boutade el rechazo capitalista. Su búsqueda era, como no podía ser menos, épater le bourgeois. Surgió así el bohemio aristocrático aislado, condenado por la sociedad a la marginación y al hambre, a la imagen y semejanza de los simbolistas franceses y decadentes italianos. Pero todo ello sin menoscabo de un artista que, ya en la década de 1830, presentaba una fisonomía reconocible en el bohemio de fin de siglo, como había apuntado el propio Larra: «…es un joven de cara larga y pálida, enmarañada melena, se desayuna con té y vive en una boardilla, tan cerca del tejado que más bien parece habitación de gatos que otra cosa [1]».
El asedio de la capital se había puesto en marcha, aunque lentamente, a partir de 1830. Y la impresión de esta ciudad apenas varió en décadas. Bécquer, en ‘Memorias de un pavo’,
nos dejó una descripción que, sin poder tachar de autobiográfica, transmitía la opinión sobre su entrada en Madrid:

Ya estamos en la corte. He necesitado que me lo digan y me lo repitan cien veces para creerlo. ¿Es este el paraíso que yo soñé en mi aldea? ¡Dios mío! ¡Qué desencanto tan horrible! El sol llega trabajosamente al fondo de estas calles, cuyas casas parecen castillos; ni un mal jaramago crece en estas descarnadas junturas de los adoquines [2] …

El desencanto por el Madrid que describe Bécquer tenía una proyección cercana a la oposición del campo y la ciudad. Este fenómeno apenas se dio en el fin de siglo, donde la huida de la aldea como espacio apacible, y en cierto modo idílico, chocó contra la ciudad oscura, húmeda, deshumanizada y alejada de la acogedora naturaleza. Aun así, en ambos casos el punto de partida recogió tintes románticos, sin olvidar que en los artistas finiseculares debía tenerse en cuenta, además, el enfrentamiento con una incipiente industrialización que estaba dándole al paisaje urbano nuevos tintes apocalípticos.

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Tampoco el tema del provinciano que acudía a la capital era nuevo. El texto fundacional había sido El padre Goriot, de Balzac. Sí fue inédito, sin embargo, el enfoque español, pues resumió el enfrentamiento entre el burgués afincado y el bruto enriquecido o el pobre mendigando trabajo. En esta última categoría podríamos incluir a los artistas con ansias de publicar. Pero de forma diferente a como había sucedido en Francia, en España se dio a mediados de siglo un aspecto de suma relevancia que entroncaba con la decadencia de fin de siglo. Mientras el folletín y la novela realista burguesa presentaron un enfrentamiento de la ciudad con el campo o la provincia, los pequeños artistas sin posibilidad para publicar se acercaron a la capital en busca de una oportunidad. En la mayoría de las ocasiones, la adscripción a un temprano naturalismo radical fue suficiente para tacharlos de decadentes y degenerados. Posteriormente, su adscripción al modernismo volvería a dejarlos fuera del mercado.
La historia de esta primera oleada de bohemios, muchos de ellos románticos, ha sido relatada en sus obras y en las de quienes compartieron vida y tertulia con ellos. Su llegada a Madrid tuvo que ver con la ampliación del mercado editorial, con la nueva posición del artista ante él y, no podemos olvidarlo, con la mera supervivencia a la que estaban abocados no sólo los artistas, sino toda una cohorte de pobres y miserables que emigraban de un campo y unas provincias económicamente insuficientes.
Una vez en la ciudad, los espacios a los que se enfrentaron los artistas fue desolador. Muchas de las descripciones que poseemos al respecto indican que la capital no era como la habían soñado. Esta decepción también se dio en los escritores de la llamada generación del 98, quienes hablaron de una ciudad decrépita, sucia y hambrienta, aunque la diferencia entre ambos grupos se hace evidente. Los bohemios genuinos nunca volvieron a la provincia porque el único lugar posible para editar sus obras era Madrid. Para los pequeño−burgueses de la generación del 98 jamás existió aquel impedimento, como bien puede demostrar la larga estancia de Unamuno en Salamanca. En definitiva, la mayoría de los bohemios sufrió un choque de expectativas al entrar en la gran ciudad. Fue un hecho generalizado en Europa, donde las capitales crecieron desmesuradamente al amparo de la pujante industrialización. El bohemio Enrique Gómez Carrillo, de nacionalidad guatemalteca, nos dejó la impresión de su primera visión de París cuando afirmó: « (…) todo lo que yo había soñado desvanecíase poco a poco ante una realidad tan burguesa, tan poco idealista. ¿Era aquello París…? Entonces, verdaderamente, casi hubiera valido más no conocerlo, para seguir amando su imagen falsificada y embellecida por los poetas [3]».
Gómez Carrillo apuntó en sus impresiones el carácter verdadero de aquella desilusión. Se refería a la ruptura de la imagen dada por algunos libros que habían despertado las ansias de los jóvenes provincianos respecto a una ciudad milagrosa.
En el caso español fueron dos los libros que inauguraron, en los proletarios de la pluma, la idealización de la ciudad. El primero fue Escenas de la vida bohemia de Murguer y, algo posterior, El frac azul de Pérez Escrich. En el primero se relataban las historias románticas de Mimís y Rodolfos disfrutando del éxito fácil a través del arte. En el segundo se describían las andanzas del protagonista por la corte, pero también el relato de su fracaso, lo que imprimió por primera vez un carácter de advertencia para aquellos miles de jóvenes que creían que el simple hecho de vivir en Madrid era bagaje suficiente para el éxito.

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Si los ejemplos que constataron la caída del artista en la gran urbe fueron múltiples, las categorías subyacentes a esta impotencia resultaron igualmente variadas. Desde el encanallamiento a través de la adhesión a la ideología burguesa, pasando por la golfemia (lo que facilitó todo tipo de picarescas y la equívoca vinculación entre bohemio verdadero y vago), hasta la vuelta al hogar paterno que describía la figura del joven escrupuloso dando pábulo a una simple pose romántica.
A pesar de todo, sobrevivió un tipo de bohemio escaso que logró la difícil simbiosis de convivir con la nueva ciudad. Hablamos del genuino, del escritor que no pensaba en comer, ni en dormir, ni siquiera en tener un cobijo. Fue el artista que vivió para su creación, que rechazó todo lo superfluo de la sociedad capitalista y se enfrentó a ella blandiendo la pluma y su genio.
El modo en que este creador pudo sobrevivir en la ciudad mostró la verdadera historia de una situación sociológicamente nueva. Rechazado por las instituciones y tachado de degenerado, no tuvo otra alternativa que recrear la dualidad amor/rechazo respecto a los espacios de la gran metrópoli. Ante tal panorama, se puede afirmar que aquella fue la salida más digna que le quedó. No de otro modo podríamos comprender las siguientes palabras del bohemio genuino español Alejandro Sawa al dirigirse a la ciudad:

¡Ah Madrid, Madrid, solapada ramera, cuántas ilusiones seduces, atraes sobre tu seno, de todos los extremos de la patria para darte luego el placer de exprimirlas, de dejarlas exhaustas, y de tirarlas adonde no vuelvan a incorporarse nunca, rendidas para siempre! ¡Cisterna, antro, sima, que mientras más devoras, más sientes aumentarse tu apetito!─ Pues bien: ¡yo te he amado [4]!

El bohemio genuino estaba destinado a un suicidio lento y doloroso de noches sin cama y días de hambre. No necesitó necesariamente el ajenjo y la morfina para ir muriendo. La sociedad burguesa finisecular, al acaparar para sí misma los medios de producción cultural, le proporcionó al artista las vías de su acabamiento. Y a pesar de morir jóvenes, sus compañeros volvieron una y otra vez la vista hacia la ciudad asesina y a la vez venerada. En ella quedaban sus buhardillas infectas, sus tabernas malolientes, los prostíbulos en los que se mezclaron con la delincuencia más baja. Por mucho tiempo siguieron soñando con aquella ciudad que, tal vez, llegaría a convertirse en el lugar agradable y fecundo que describieron Murguer y Pérez Escrich.
De nuevo, multitud de ejemplos demostraron que la realidad nunca se acercó a los supuestos edénicos descritos en aquellos libros. Juan López Núñez, en su obra Triunfantes y olvidados, relató una impresión común en este tipo de bohemios. La historia tiene nombre, aunque podría ser la de tantos artistas anónimos que creyeron en la fuerza del arte puro y nunca lo consiguieron. Ante la indiferencia de las editoriales, el joven García Gutiérrez, joven emprendedor que llega a la ciudad con la mirada puesta en el Olimpo, acaba suicidándose. De este modo lo relata López Núñez:

A los pocos días murió. Y de regreso del cementerio, cuando descubrimos la ciudad envuelta en la niebla, a la indecisa luz del crepúsculo, tuve ganas de decir al amigo que me acompañaba:
−He ahí el monstruo que nos espera para devorarnos. Allí reinan la injusticia, la crueldad y la miseria. Y, sin embargo, apetecemos su aplauso. ¿Por qué será el hombre el único animal nacido contra sí mismo [5]?

La última frase resumía una vida en que el amor por llevar adelante su arte siempre se estrelló contra las poderosas instituciones de la Restauración. Aun intentándolo, jamás se dio, en el caso bohemio español, ningún caso que lograra derribar aquellos recios muros anclados en la indiferencia.

NOTAS

1. Mariano José de Larra, prólogo a Leyendas y novelas jerezanas, 1838, p. IX.
2. Gustavo Adolfo Bécquer, «Memorias de un pavo», El Museo Universal, 24-XII-1865.
3. Enrique Gómez Carrillo, Treinta años de mi vida, II, Madrid, Cosmópolis, (s.f.), p. 38.
4. Alejandro Sawa, Declaración de un vencido, Madrid, Atlas, 1999, p. 112.
5 Juan López Núñez, Triunfantes y olvidados, Madrid, Renacicmiento, 1916, p. 184.

Comentarios

Viví una interesante experiencia en Madrid en marzo de 2004 .Como mexicano estudiante de un máster en la Universidad Complutense. Creo que la sociedad matritense se ha cerrado mucho más que la sociedad mexicana, no es posible entablar una amistad con gente de España. Esto a consecuencia de el terrorismo, las guerras árabe-yanky, la blobalización económica, que son factores que hace cién años no exitían.
Mi círculo universitario floreció paulatinamente con compañeras de Toledo, Sevilla, Guatemala, Brasil, Jaén.
Creo que la distacia cronológica de aquellos personajes del silglo xix también es muy diferente a la actual ya que en círculos de artistas e intelectales la problemática es muy aguda.

Posted by: diego molina terreros en: Marzo 23, 2005 06:56 PM
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