Ni carne ni pescado, XL. Relatos
Autor: Aster Navas
NI CARNE NI PESCADO
De sobra sabes, cielo, que fui engendrado en el coche cama del TALGO Madrid-La Coruña: te he contado cientos de veces, tesoro, que en el instante en que aquel aventajado espermatozoide dribló a sus congéneres y perforó el óvulo, la primera mitad de aquel convoy alcanzaba ya la localidad de Benavente pero su furgón de cola seguía en el término municipal de Revellinos.

Sabes también cómo esa anécdota tan peregrina, ese hecho tan accidental y prosaico, ha marcado mi –nuestra- existencia: darme a escoger entre playa o monte, derecha o izquierda, diesel o gasolina es plantearme una duda existencial irresoluble.
Para mí –compréndelo, vida- no existen las certezas: vuelvo una y mil veces sobre mis pasos para cerciorarme de haber apagado las luces, de haber cerrado la puerta…
La vida diaria me coloca en un continuo brete. La última vez que bajé al Sabeco tuviste que rescatarme: leche entera o desnatada. No puedo, lo sabes, comer fuera de casa: un menú del día es para mí un jeroglífico irresoluble; tardo siglos en decantarme por la pasta, los macarrones o los garbanzos y para cuando el paciente camarero me trae el plato escogido me asalta la certeza absoluta de haberme equivocado.
Mientras doy cuenta –y aún, amor, no sé debo pedir tinto o rosado…- del cocido de garbanzos, el filete ruso, la merluza a la romana y la carne guisada opositan en mi mente a segundo plato.
Renuncio al postre y alcanzo la calle exhausto.
Ayer mismo -date cuenta, cariño- me quedé bloqueado en un andén del metro. A punto estuve de no llegar a la superficie: después de penosas reflexiones opté por las escaleras mecánicas frente a las convencionales. Entré en una cafetería con el ánimo de sofocar tanta incertidumbre con un poco de agua y salí -¿fría o del tiempo?- aún más angustiado.
Mi vida, lo sabes, es un laberinto: no sé qué bifurcación es la acertada; dónde está la salida de este dédalo insufrible.
¿Y aún me pones –Ella o yo; tú decides- en esta disyuntiva...?
XL
El cinco de Octubre de 1972 mi difunta madre me compró en Vistebién una trenca. Mentiría si dijera que me sentaba como un guante: yo por aquel entonces acababa de cumplir los cinco años y mamá quería que aquel gabán me abrigara hasta la llegada de la democracia.

Tuve –no les quiero aburrir- una infancia difícil y me recuerdo refugiado en aquella prenda enorme que se iba adaptando a mí a regañadientes. Una eternidad tardaron en aparecerme las manos por sus bocamangas y su longitud de sotana hipotecó buena parte de mis juegos infantiles.
Hasta que conseguí llenarla maldije injustamente aquel trescuartos del que sólo conseguían librarme los tibios días de principios de Mayo. Sólo la primavera me despojaba de aquella odiosa armadura que acababa bajo una funda de plástico en el fondo del armario.
Cuando Octubre se encaramaba de nuevo a la copa de los árboles, la pelliza, aún alcanforada, reaparecía para cerciorarse de que tampoco aquel verano había crecido lo suficiente.
Tuve que esperar a los nueve años para alcanzarla.
Claro que la historia no termina aquí pues, desde entonces, aquella parca fue creciendo según yo iba medrando. Al principio atribuí el milagro a la versatilidad de su lana o a los desconsiderados estirones de mis compañeros con los que siempre andaba enzarzado en alguna trifulca.
El caso es que alcancé la adolescencia y parecía que me hubieran confeccionado aquella trenca a medida. Fue también por entonces cuando comencé a sorprender en ella una complicidad tan humana que me inquietaba. Era ella, de motu propio, la que me cubría con la capucha cuando el frío o la lluvia arreciaban; era ella la que se desabrochaba disimuladamente al entrar en un edificio…
En sus bolsillos he encontrado, desde entonces, la solución a infinidad de problemas. Me basta bucear en ellos para encontrar objetos que hace un minuto no estaban allí: el preservativo, la moneda que me falta para el bonobús, el calendario de una cafetería que no conozco; un móvil con el que avisar a la grúa desde la comarcal en la que he pinchado. En uno de sus huecos estaba ese exquisito regalo de aniversario que olvidé comprar, la aspirina para ese súbito dolor de cabeza, un encendedor, un mondadientes, un klínex…
Sea cual sea la tesitura ahí está este humilde chambergo para echarme un capote. Por eso no me lo quito de encima a pesar de los comentarios de la gente; a pesar de que estemos en Agosto; a pesar de que un industrial como yo parezca con ella -está tan deteriorada- un pordiosero. A fin de cuentas es el único que ha permanecido a mi lado en este naufragio.
Ahora que mi empresa ha quebrado y los bancos subastan a la baja hasta mis pertenencias más íntimas, he buscado en sus bolsillos una respuesta.
En el derecho he tropezado –me he sobrecogido; los revólveres tienen el tacto inconfundible de los reptiles- con una Browning. En el izquierdo una primorosa carta al Sr. Juez explicándole los motivos para quitarme la vida.
Ya sabía yo que en un momento como éste no iba a dejarme tirado.
Sencillamente "fino"...
Posted by: Arturo Sosa Leal en: Agosto 25, 2005 08:00 AM