Poemas inéditos
Autora: Eva Cabo
Eva Cabo, 1977 | Nació en Galicia, provincia de Lugo, y fue ahí donde comenzó sus estudios de Filología Hispánica. Ha obtenido distinciones y algún que otro premio en concursos locales de cuentos y poesía. Asimismo ha participado en varias publicaciones electrónicas como 03 sin r, Ariadna, El viejo faro, Los lobos de Omaña, Poesía salvaje y LOS NOVELES. Actualmente compagina el oficio de cuentacuentos con el de titiritera. Realiza también talleres de animación a la lectura.

oceanidad
en los pies le nacía un océano que la llevaba lejos
-lejos es más cerca de otra parte-
un oceáno de voz azul
que huía en la piel de una mujer madera
atrás queda una isla desnuda como tu nombre en abril
busco
busco al vigía
que me llevaba presa en la solapa de su chaleco azul
cuando yo aún era una niña que quería seguir siendo niña
con un barquito de papel en la mesilla de noche y una lámpara
piratas, éramos piratas
y un viento lejano clavado con alfileres a una vela
llovía
llovía, cuando desperté con la luna clavada en las manos, pretenciosa yo por intentar agarrarla, pero hasta lo más hermoso duele y se derrama
me pierdo a veces, sin querer, ya sabes, escalando amapolas y silencios, temblando en la esclavitud del silencio de esta parte de la ciudad que me agarra los pies como si yo fuera raiz
pero tú ya sabes quién soy y cómo
y cómo llegué a esta parte del cuento, descalza y perpleja porque la luna aún respiraba
ISLAS DENTRO
Son pequeñas islas dentro de todo lo que falta. Hay espejos y ruedas, velas,
binomios, ruidos y voces que despiertan la vida en la escalera -rememoran su
historia-. Hay mucho querer y no poder. Mucho poder y no querer. Necesidades nimias. Lágrimas como barcos que naufragan, cementerios submarinos habitados por...
Cuentan un secreto para desvelarme el miedo.
Ahora no recibo nada. Portazos y cuentas atrás, nubosidades repetitivas,
reencuentros o fusiles.
Cadáveres por todas partes.
Hombres pez que imaginan luna.
Nadie es lo que era
----------------------------------------------------------- --ni lo que será.
Bienvenidos.
-------------------------------(Incluso tú, Casandra).
--------------Y todo se traslada a mi cabeza
--------------Cruces de caminos
------------------------------------------------------------baches de carretera
--------------Alcantarillas con hongos que se reproducen
Todas las cosas nombradas tienen dos caras -como las sábanas de arriba-, una descolorida y sosa. Y otra.
Yo también quería nacer a los 33 años. A los 33 años que faltaban para
conocerme. Pero no me dejaron. La sangre me cerraba los ojos y me llenaba la boca. Un hombre repetitivo que sonreía me pegó, el oxígeno se olía por todas
partes como algo muy espeso y sucio y las palabras le dolían. Luego vi la luna y la quise para mí -pero un día decidí regalártela-. También decidí regalar la
autopista y unos vales caducados -vales para entrar en el cielo...-.
Y me desperté aquí, en esta historia. Tenía un pie dormido y ganas de vomitar.
Cuando abrí la puerta me esperaban al otro lado unos refranes y dos quilos de ironía, quilos de más metidos entre las orejas, haciendo recapacitar a los
omóplatos -siempre quise utilizarlos en un poema-, los ojos de los demás en la escalera, como caracoles sin concha...
Lo demás ya lo sabéis, el extraño reto de la palabra que me hundió en la
miseria, los contrabajos, el día que me quedé sin violines y lloré sobre el
tejado, los pendientes de papel y harina, la vida al otro lado del océano, los
aviones, los niños y los peces, había un extraño rito de insomnio ante el
escenario, una hoguera de libros que me evitó la ruina, el suicidio del poema...
los extremos... y las ganas de llorar de las cosas que me rodean...
Hasta que un día llegaron las mujeres.
Un sol profundo dibujado en una colcha. Escondido de pies y manos, llorando
aterrado la presencia femenina de las que traían en su seno lunas negras y pan duro.
(Sin título, por ahora)
"Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca."
José Hierro
en mis manos las líneas de metro se confunden,
se funden en la piel estrepitosa
oxidada de saber
que aún no ha muerto nadie
-tiembla el mar
en los ojos del vigía
rasgados por la luz
de un faro-
