¿Es el ser humano bueno o malo? (1ª parte)

Autor: Héctor Llamas Sandín

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Aunque el pensamiento de carácter estrictamente filosófico sobre el hombre surgió en puridad de las puyas dialécticas entre Sócrates y los sofistas, la primera visión ética del ser humano dada en la historia proviene del judaísmo. Esta religión partía del presupuesto de que el hombre es bueno por haber sido creado por Dios a su imagen y semejanza. Así, sería capaz de acceder a la Verdad solamente por medio de una relación con Yahvé consistente en el asentimiento a Su voluntad (lo tenían mucho más difícil los griegos: para Platón y Aristóteles, la plenitud humana sólo se conseguía a través de un severo ejercicio intelectual al alcance de muy pocos). Pero esa bondad originaria habría quedado empañada por el pecado de caída, causante de que el ser humano cohabitara con el pecado a lo largo del resto de su historia. Hasta tal punto, que Yahvé quiso autoenmendarse borrando su obra por medio de un diluvio... El egoísmo, la soberbia y la injusticia corolarias al pecado sólo podrían ser sorteadas por medio de una prolijo código (la Torah) de esquizofrénica casuística. No es de extrañar que los hombres, débiles y perversos, no cejaran así de desairar a Yahvé (y nos referimos, por supuesto, solo a los propios judíos; qué decir de la impía idolatría de los gentiles...).

Ciertamente, la antropología cristiana desarrolla esa idea central: cada hombre nace empecatado por el deterioro que el Pecado Original (contraído, que no cometido) produjo en su naturaleza, imprimiéndose así en ella una propensión innata hacia el pecado (llamada “concupiscencia”). El Pecado Original supone una “enfermedad del alma” que disgrega sus facultades, de tal modo que cada una de ellas persigue sus propios fines. Como la facultad esencial del hombre es la razón, cuando el deseo se impone a ella obramos contra nuestra naturaleza, y pecamos. Pero si actuamos según la razón (y eso sólo depende de nosotros), en virtud del orden natural, resultamos fieles a nuestra bondad originaria. Sólo resta cumplimentar los sacramentos (por los que se administra la Gracia salvífica de Cristo que libera de esa mácula innata), y nos habremos hecho acreedores de ser salvos. Como esta salvación la concede Dios, pero “a instancias” del hombre, estamos ante una especie de “judaísmo con final feliz”. El hombre, sí, es bueno. Aunque se encuentra muy malito. Sin embargo, para Lutero y Calvino, está desahuciado.

Según la Reforma, la naturaleza humana quedó corrompida de forma absoluta: somos incapaces así de realizar obras por cuya virtud podamos hacernos acreedores de la salvación. Ésta sólo proviene de una decisión divina de carácter apriorístico. Todos los hombres son, pues, malos. Pero con algunos Dios tiene a bien ser dadivoso. ¿Por qué? Eso no importa, y si importare, constituye un misterio abstruso. Confórmese el hombre con prosperar, que eso le indicará el haber sido agraciado, ya desde el no-tiempo de Dios, con un Número Premiado (esta laboriosidad asociada al espíritu puritano-calvinista se encuentra, para algunos autores como Robert K. Merton, nada menos que en el origen de la ciencia moderna y la tecnología que hoy disfrutamos).

Como en el resto de los ámbitos de la vida y el pensamiento, esta cuestión comenzó a transformarse a partir del Renacimiento. De qué formas, lo trataremos el próximo mes.

Comentarios

un artículo muy ilustrativo, pero podías escribir con un lenguaje más llano para contar lo mismo, gracias

Posted by: Simbad el Marino en: Mayo 11, 2005 04:39 PM

Que en esta vida en que vivimos tenemos que compartir todas las persona de este mundo no rechazar al ser humano por ( x ) cosa

Posted by: rafael machado en: Mayo 19, 2005 06:49 PM
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