Como un libro cerrado, de Paloma Díaz-Mas

Autor: Juan Senís Fernández

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No es ésta la primera vez que Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954) nos abre la puerta de entrada a sus recuerdos a través de un libro. Ya lo hizo en 1992 con Una ciudad llamada Eugenio. Pero si en este caso Paloma Díaz-Mas nos dejaba contemplar retazos de su alma de profesora visitante, de su condición de extranjera en Estados Unidos, en Como un libro cerrado nos permite penetrar en su alma de escritora en formación, y así el libro podría ser una bildungsroman en toda regla, si no fuera porque no es una roman, y no desentonaría en su cubierta un título tan socorrido como Retrato de la escritora adolescente, adecuado tanto por la detallada descripción de la formación literaria de Paloma Díaz-Mas desplegada en sus páginas como por ser ella misma poco más que una adolescente cuando publicó su primer libro (diecinueve años contaba), y adecuado también porque la autora refiere calas formativas más o menos reconocibles para cualquiera con una vocación filológica y/o literaria, humanística en cualquier caso; pero nada adecuado porque tan manido y socorrido título casa muy mal con una de las principales virtudes de Paloma Díaz-Mas en este su último libro: sacar destellos insólitos de una joya preciosa para ella (su vida, que es al fin y al cabo su máximo tesoro... el suyo y el de todos) con el reflejo de esa luz para todos igual que es el tiempo, la formación, el recuento de experiencias. La conciencia de la caducidad y la lucha por atajar el abismo de la finitud al que estamos abocados con puentes de vida, de vivencias.

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Quizás no haya nada en Como un libro cerrado demasiado original. No lo hay: muchos escritores españoles nacidos en la década de 1950 podrían contar anécdotas parecidas. Pero Paloma Díaz-Mas parece haberlo asumido (“He intentado poner aquí algunas de esas verdades que, por vergüenza, nunca decimos. Tan triviales e insignificantes como nuestra propia vida”, advierte en la novena página), y eso es ya una virtud. Pocos testimonios vitales más dignos de lástima y despertadores de bostezos que las de aquellos que relatan sus vivencias como si fueran los únicos en el mundo que hubieran vivido ciertas experiencias y albergado ciertos sentimientos, pocas actitudes más (involuntariamente) grotescas que las de quienes asumen (y peor aún: llegan a creerse) una elaborada – y agotadora – pose de maldito, de víctima o de lo que sea.
Si asumimos que cada escritor – como personaje público que es – proyecta, con la suma de su persona y su personalidad, su obra, y lo que dice y dicen acerca de aquéllas y de ésta, un perfil que remite generalmente a un conjunto finito de arquetipos artísticos, y así nos encontramos con escritores cuya imagen ha sido consolidada en el imaginario cultural colectivo de acuerdo con moldes arquetípicos como el escritor maldito, el torturado, el comprometido, el poeta nacional, la gran dama de las letras (¿por qué no existe en gran caballero de las letras?), el o la enfant terrible de las letras, el maleducado, etc., Paloma Díaz-Mas, por la actitud que adopta el yo enunciador en Como un libro cerrado y por su propia trayectoria literaria, sería uno de esos escritores discretos, que van escribiendo y publicando sin ruido (pues no lo hay ni en su obra ni en su trayectoria), pero que están ahí, más o menos en primera fila, como lo demuestra el que aparezca en antologías y publique en una editorial con buena distribución y difusión. Una autora que ha ido abriéndose paso por la abarrotada estancia de la narrativa española de los últimos treinta años a fuerza de voz modulada, gestos suaves, no a empujones ni a gritos, con algún premio aquí y allá (por ejemplo, el Herralde) pero sin grandes premios (sin EL PREMIO) ni ventas, un avance discreto pero firme, sin precipitaciones ni pasos en falso, quizás porque ella dice tener la suerte de no ser una escritora profesional, por lo cual se permite el lujo de escribir sin prisas, sin las imposiciones de los anticipos y los plazos, y de dedicar muchos años a un solo libro.
Es cierto. Entre la aparición de Como un libro cerrado y su anterior entrega, la magna novela La tierra fértil, median seis años, durante los cuales Paloma Díaz-Mas ha dispuesto de tiempo suficiente para recuperar el resuello y dar otro libro a la imprenta sin ahogamientos. Después de la larga y agotadora carrera que debió de ser la redacción de un novela como La tierra fértil, se antoja Como un libro cerrado como el tiempo que todo corredor de largas distancias se toma tras la carrera para recuperarse, hacer que su respiración y sus pulsaciones recobren su ritmo normal sin dejar por ello de caminar y tonificar los músculos con estiramientos. Seguir ejercitando el cuerpo, pero con otra intensidad. Por eso no es Como un libro cerrado obra menor sino remanso después del caudaloso curso narrativo La tierra fértil, que era por su extensión la excepción dentro de la trayectoria narrativa de Paloma Díaz-Mas, hasta entonces dirimida en las distancias cortas. Placentero remanso para ella parece haber sido la redacción de este libro. Tanto como para lograr contagiar ese placer al lector.
Como, según recordábamos al inicio, no es la primera vez que Paloma Díaz-Mas publica un volumen memorístico, es posible reconocer en Como un libro cerrado “marcas de las casa”. El fragmentarismo es la más llamativa. En vez de dividir libro en capítulos extensos, e ir engarzando los distintas recuerdos en un discurso aglutinante y fluido, Paloma Díaz-Mas nos ofrece fragmentos sueltos de su vida. A modo de instantáneas, fogonazos, fotografías. O breves cortos. Como un libro cerrado, más que un largometraje, sería una sucesión de cortos con un mismo protagonista.
La comparación fotográfica no es desde luego gratuita (tampoco lo sería para Una ciudad llamada Eugenio, que se abría con una reflexión ante las fotos del viaje) desde el momento que el libro está ilustrado (o completado) con diversas fotografías en blanco y negro, y cuando además la fotografía desempeña un papel fundamental en algunos momentos del libro, por la afición a ella del padre de Paloma Díaz-Mas, figura central en su vida y su formación (no en vano el libro se cierra con su muerte). De ahí que Como un libro cerrado pueda ser leído como un álbum de fotos verbal de Paloma Díaz-Mas, y es así como cobran sentido su aparente falta de unicidad y de su fragmentarismo. Lo que da unidad a las fotos de un álbum es lo mismo que se la confiere a Como un libro cerrado: la voluntad del yo recopilador, que no es sólo protagonista (porque no siempre aparecemos en las fotos de nuestros álbumes, no siempre estamos solos en ellas) y que hace que el álbum todo tenga relación con él mismo. Se trata, más que de simplemente salir en la foto, de salir en y salir con. De ver las fotos que nos hicimos con éste o aquél cuando estuvimos aquí o allá.

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