¿Es el ser humano bueno o malo? (2ª parte)
Autor: Héctor Llamas Sandín
Con el Humanismo, la omnipotencia de la teología comienza a disiparse. Pero el pensamiento político que desde el Renacimiento (Maquiavelo, Bodino) trató de justificar los regímenes absolutistas de la época partió de un esquema no muy distinto al antes referido, mas secularizado. Hobbes, su paradigma, concibió al ser humano como egoísta y antisocial (malo) por naturaleza, un “lobo para el hombre” (homo homini lupus), algo radicalmente contrario a lo presumido por Platón y a Aristóteles. Ahí radica la necesidad de una instancia extrema, el rey absoluto, que posibilitara lo social y evitase los anatemas de la anarquía y la guerra de “todos contra todos” (bellum omnium contra omnes).

Pero todo esto dará un espectacular vuelco con el Siglo de las Luces. La Ilustración, en el siglo XVIII, trajo consigo una nueva consideración sobre la naturaleza humana, inédita al menos desde la Grecia clásica, por cuanto consideraba al hombre como bueno. Los ilustrados tenían a la razón como atributo esencial del género humano (este movimiento proviene del racionalismo del siglo anterior; aunque Locke remitía la razón a Dios, después se la enraizará en la naturaleza). Dado que todos poseemos una e idéntica razón, y que es susceptible de ser usada, podemos ser razonables. Por eso, el hombre tiene en su mano el bien. Es más: gracias al uso de la razón, el ser humano podría liberarse de sus atávicos errores, adheridos y no consubstanciales. De esta forma, reinvindicaría su bondad innata, empañada por los errores de la historia (eso sí: Voltaire era un convencido de la radical estupidez humana. Pero, como sabemos desde Aristóteles, estupidez no es igual a maldad). Así, tenemos a un Locke que hablaba de un “estado de naturaleza” habitado por una especie de anarquistas virtuosos, que obedecerían siempre a la razón y por ello harían innecesaria no ya la aplicación de las leyes, sino su misma existencia explícita. Pero el ejemplo palmario del “optimismo antropológico” propio del pensamiento ilustrado es Rousseau: influido (vía Luis Vives, Thomas More y Francis Bacon) por la percepción deslumbrada sobre el Nuevo Mundo de Colón y el resto de conquistadores españoles desde la que se había conformado el “mito del buen salvaje”, postuló una naturaleza humana esencialmente buena, mas corrompida por la convivencia en sociedad. De ahí que su anhelo fuera fundar un orden social “natural”, con la pureza originaria restituida (Rousseau inspiró con su defensa de la libertad y la igualdad las proclamas de la Revolución Francesa y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre). Otro hito ilustrado es Kant: precisamente desde su consideración de que la naturaleza humana es absolutamente racional hace partir su pensamiento y justifica su gran divisa moral: que el hombre es un fin en sí mismo.
Aunque un tanto atemperadas, las ideas ilustradas continuaron en el pensamiento que dominó el siglo XIX: el positivismo. Alentados por el fin del Antiguo Régimen y por la perspectiva abierta que se tenía sobre el futuro, los positivistas (Comte, Mill, Spencer, etc.) sostuvieron que el hombre era competente para progresar ilimitadamente con sus solas fuerzas. Se partía de una fe total en la capacidad para el bien de la naturaleza humana; y ese “bien” implicaba necesariamente, en términos decimonónicos, “progreso”. La esencia del hombre, así pues, no podría ser negativa. El marxismo, una suerte de “positivismo crítico”, irrumpió en la sociedad con la singular fuerza que le confirió su radical sesgo político. El pensamiento de Marx, sobre todo del más joven. poseía un sustrato humanista: no creía que el hombre fuese malo; su egoísmo de facto no es irremediable, porque existe sólo en la medida en que está así determinado por las relaciones de producción capitalistas, que son injustas. Por ende, cuando la revolución marxista las cambiara, lograría devolver al hombre a su bondad natural. Está, pues, imbuido de la mentalidad de Comte según la cual el progreso (para Marx, indisociable al socialismo) produciría altruismo. De esta divisa progresista se nutrió en psicología el conductismo: puesto que el ambiente determina totalmente lo que somos, cambiándolo podremos ser lo que queramos (la sociedad es más fácil de cambiar que la biología -al menos antes de la ingeniería genética-; por eso lo ambiental es enarbolado por los progresistas, y lo innato lo reivindican los conservadores).
El siglo XX supondrá un punto de inflexión radical al tratamiento de la pregunta que titula esta serie de artículos. En el del mes que viene veremos qué singular punto de vista se ha adoptó en el siglo pasado, y con ello, cerraremos este repaso secular.
