Una escuela de la mente

Autor: Francisco Garamona

Francisco Garamona nació en Buenos Aires en Octubre 1976.
Realizó estudios de artes plásticas y música. Publicó los siguientes libros:
Parafern, Deldiego, 2000; El verano, Deldiego, 2001; Carcarañá,
Casa de la poesía de la Ciudad de Bs. As. 2002; Tavali, amaranta 2003;
Pequeñas urnas, Gog y Magog, 2003; Cuaderno de vacaciones, Siesta, 2003;
La momificación de Bárbara, Junco y Capulí, 2004; Una escuela de la mente,
Eloisa Cartonera, 2004; La leche vaporosa, Vox, 2004; Los patos,
Eloisa Cartonera, 2005 y Que contiene láminas, Gog y Magog, 2005.
Tiene un disco con sus canciones titulado, Garamona! amaranta-discos, 2003.

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UNA ESCUELA DE LA MENTE


Unos signos de nieve


El vacío encierra un rostro aniñado que cuando
abre los ojos, láminas muy dulces se deshojan,
entornando una pupila, después otra.
Los pastos se doblan bajo el peso de las crías
que descansan en el claro lunar.
Montes vaporosos son dibujados de una manera rápida,
líneas se descifran al final, hay una nota,
lo desprendido se pervierte, en bollos de papel
queda una risa. Si el tiempo pasado sigue vivo,
si encontramos las razones del por qué de algún gesto,
y una gamuza se corre lentamente y la chica
de ojos de gamuza se pervierte junto a nosotros.
Dejamos una carta que estamos escribiendo.
Una nena nos habla dormida de que debemos irnos
a un lugar no lejano, comenzar el ascenso,
repetir ciertos tópicos que dieron un fruto antes.
Y está bien que hayamos dormido para después encontrar
en el centro de mesa unos signos de nieve.
O cosas que nunca han estado juntas, ahora calentándose
sobre el fuego. Se pierde el sonido que la mañana
nos devuelve ya muy cerca, de las flores vivas
y muertas, en eso es parecido el amor entre ellas.

A la sombra de un colegio


A la sombra de un colegio, en la espesura donde
fumamos, encontramos un dios de nuestra vida.
Horas vacías, la perfección de un verso, cubiertos
en el limo aparecimos días después asombrando a los abuelos.
Ellos dejaron la manta de vicuña inmóvil sobre las rodillas.
Y nos miraron descender la colina con una luz ambigua.
Fugados, escapados, vagamos por la calle otoñal.
A la sombra del colegio donde dos árboles frutales
nos convidan con sus frutos sin escindirse,
sin llegar a cristalizar. Quien llegó
a buscar el tono de la charla, lo que hablamos,
eso que vivimos oblicuamente, un recuerdo
de los días azules con líneas rosadas.
Esperando que cambie la luz podemos bajar
otra vez esta colina, arrastrarnos hasta el fondo de un pozo
donde las estrellas refrescan el agua más pura.


Lupa escolar


Describe el intento de pasar a otro camino, el rumbo,
la hojarasca que hay que pisar. Las hojas podridas
de un otoño limpio y circular, con desniveles de sentido.
Adormecidos llegamos con las linternas buscando
ese cofrecito de madera balsa o las dos manos
de un ídolo pequeño, retraído en el horno
de cerámica. Cabían los suspiros en los pulmones,
el siempre tóxico humear de un mechero
con que nos ayudábamos en las horas malvas.
Y así como de un telón desgarrado del que alguien se cuelga
aprendimos a penetrar en un sendero con lo que
se abría a un fondo móvil, las percepciones y secretos,
acuarelas donde fundimos todo eso
y pudimos describir algo del lugar.
Una ciudad se levanta en el campo primitivo,
crecen caminos, las construcciones se apilan sobre
un horizonte naranja donde se planta un ciruelo.
Todo esto parecía un riacho, la completa facilidad
de poder ver bajo el agua, o el límite impreciso
entre la orilla y eso que la dividía de nosotros.
Con las botas de goma chapoteando y una caña,
leíamos novelas de Verne tirados bajo el sol.

Pomelero


Un recuerdo de la cruz alpina que cruzaba la cara
cuando íbamos debajo de los árboles raspados
por pinchazos de ramas.
Era lindo estar así en las burbujas, o en láminas
pintadas a mano sobre tabiques de madera.
Tocarnos mientras caminábamos, decir algo
sintiendo todo lo viejo y confortable del lugar
al que habíamos llegado.
Sombras ansiosas podrían despegar de cualquier lado,
eso era un táctil, la sensación que surcaba las palmas,
como los terrores recorren los caballos,
viajando a contraluz en el pelo.
Los miedos, las muecas forzadas, todo eso que hicimos,
fueron nuestras pasiones. Sincronizadas con los pasos
no iban al caer. Todavía pienso en esos días
cuando la luz quería durar un poco más sobre las cosas.
La inmovilidad señala causas. El viejo pomelero floreció
como en un molde. Con una voz que grita
desde la inmovilidad extrema.
Entre las plantas derrumbadas hay unas que parecen muy cerca,
apenas tocadas de humedad, flores caídas que nos dieran alergia,
la distracción de sus formas fue una de las formas de mi vida.

.

Fosforescencias, grabados


No hay materia en las cosas, no hay duración
en el viento; hay un lugar donde llegar.
Calas cayendo iluminadas, pileta de natación celeste,
un cubo de miel.
Si me pides flores amarillas en un hotel de Temperley,
sana la abeja dentro de sí misma, poluciona
el negro del ojo de una vaca pastando afuera.
En el tiempo de nosotros midió un cigarrillo escolar
prendido en los labios. Retenía el aire y miraba
por la ventana alargada; muchos años habían dejado
un rastro de baba como un caracol en el jardín.
Habíamos pensado otro final para esta película muda,
donde nos hacemos señales desde un barco.
Fosforescencias, grabados, cosas que dan vueltas
diciendo adiós entre luces. O a la hora
en que hablamos en un idioma de la mente. Idiotas,
pensaban que el tiempo cambiaría algunas cosas,
que otros lugares se fijarían sobre la cabeza
como un casco, haciéndonos dormir un tiempo más.
Íbamos por la calle, mirábamos, nos corrompíamos
en la delectación de la mirada. La cabeza de una vaca,
la cabeza cuadrada. La ventana que nos dibujaba
un mundo fácil de aprender, memorizar como un conjunto.
Nos habían alcanzado los ecos del día anterior,
íbamos cayendo como insectos con las piernas
retraídas y un silbido encefálico, rodeaba cada
uno de los sombreros y los moldes de una fiesta.


¿Qué estás haciendo?

Entre las ramas podridas, que buscan un sentido
diagonal a este estirarse casi en la molienda de unos brazos,
donde se pasea un tiempo a la vez sencillo, simple,
siempre conjurado, príncipe y mendigo de sí mismo.
Entre las tablas, o en el allá más oscuro de unas lanchas,
cuando la madera endeble debe enderezarse
contra la oquedad de su canto, eso que cede.
Con la mascarilla de una rata y los ojos de un castor
penetró el sueño, una landa detrás de las colinas.
La baranda de las cañas con dos patos calcinados en pleno vuelo.
Esto era así, el aire perfumaba toda una tarde
una neblina rosa. Y la pizarra blanca, general del dormir,
cayendo sobre los ojos como un flequillo albino.
Las últimas notas empiezan a estirarse,
un gato se divide en las nubes, se aplacan
los bostezos, los músculos empiezan
a aflojarse, y uno se duerme en la menta,
sobre el césped después de juntar las impresiones,
como depositándolas en una bolsa azul de tela.
Con el pulóver que se va electrizando por el roce
del cuerpo, como deshaciéndose en un fragor
de piedras con líneas rectas, olvidadas.


La escuela de la mente

Fuimos al cine y dejamos que un reno se subiera
a la nariz de una estatuilla de hielo,
a la que miramos derretirse, tocándola despacio
como un ciego palparía los objetos de una casa.
La oscuridad trae una noche, una novela
acabada que se quema por los bordes.
Dejamos algo en un lugar para olvidar otras cosas,
¿dónde están tus abuelos que te llevaban
a la cama cuando eras una nena dormida?
Palabras quedan, como brillos de pulir en la ventana.
Aplicamos nuestras bocas a decirlas,
nos acercamos a encontrar todo lo dulce
que se cambia por la luz de la mañana.
La escarcha gotea en el cristal de éste,
en el de aquél despegan unas cintas muy tersas.
Y en el cine pasaban las imágenes que íbamos
cambiando por placer, dejándonos llevar
por un viento que embolsaba la campera florida.
Mientras buscábamos unas notas por el camino
de azulejos de esta escuela de la mente.

Otro día


La medida de nuestra vida ahora esta contenida
en esta habitación. Afuera llueve.
Y en el remolino del agua aparece
esa canción que dijimos olvidar.
Pero de los miles de lugares en que anduvimos juntos
este me parece el más especial. Aquí se recuestan
las sombras de los días en que no estábamos,
donde solíamos llamarnos para arreglar
un encuentro casual. En la retina quedaron
segmentos sin orden de esos encuentros,
pedazos de charlas se ovillaron en los oídos,
apareciendo meses después sin alterar en nada la conversación .
Primero fue como estar de pie en un gimnasio
mirando las figuras que trazaban en el aire
las bandas de los ejercicios. Encontraba descanso
en esas cosas, en las débiles radiaciones
de cada motor con un timbre unívoco.
El momento para fijarlas mientras pasaban
por la medida de unas hojas en blanco.


Un camino


En esa línea donde nos fugamos juntos estaba la casa
y el día de ayer, las cosas que usamos, aquello que dijimos.
La misma música se dibuja sobre nuestros cuerpos,
y ahí donde el niño y la niña se buscaron, nosotros
podemos iniciar una correspondencia, saber
como está el otro a mil kilómetros de distancia.
La nieve se deshace sobre el pavimento, estamos
hablando, nos miramos al espejo donde es igual
esto a tantos otros métodos que usamos.
Viajamos. Aprendemos las notas de un libro celeste.
Entretenidos aplicamos las orejas para escuchar
cualquier sonido. De esta casa me queda una idea,
algo que puede continuarse indefinidamente,
cruzando las nubes y las terrazas, el cableado
de los teléfonos y la noche que nos sigue sin hablar.
Pero vos estabas tan quieta, y en el aire se congelaba
una pregunta cálida. Los pulmones se desinflaban.
Una idea de la vida estaba girando en múltiples ventanas.
Y ahí donde nos encontramos podíamos decir que era un camino.


Diagrama de puntos


Fue como mirar un punto fijo en el espacio que subía,
sumándose al movimiento de los ojos de un gato bien atento.
A las sombras que proliferan en un muro,
cargando la oscuridad de signos leves.
En la ventana entreabierta se veían los movimientos de la ciudad.
Los ojos sujetos a unos tensores que subían y bajaban.
Llevaría un diario para anotar estas cosas.
Me acuerdo de los muebles cubiertos de plástico
el día que pintábamos la casa.
Habían llegado unos amigos con pedazos de salame
envueltos en papel de diario, y entonces recorrimos
los ambientes donde una luz muy nítida nos acercaba
a los contrastes velados de un lugar anterior.
Una vida nueva se absorbía despacio.
Al acostarnos oíamos unos pasos de algodón que nos rondaban,
mientras alguien debajo nuestro seguía con sigilo unos ratones.
Igual en el lavadero los fondos de la casa se acunaban.
Y parecía la región dormida de un barco, o el diagrama
de un punto que se fijaba a la hora de dormir.


Veces que nos encontramos


Tantas veces se encontraron nuestras caras
con el marco de este espejo oxidado.
La lluvia lavó las veredas desocupadas de jóvenes
un domingo temprano, hace cien años,
y una hermana buscaba lo dulce para discernir
cuales eran los límites que esa claridad impulsaba.
Regiones nuevas, mundos, viajes por realizar…
Unas manchitas rosadas al costado de los labios,
y la boca empequeñecida con un gesto extraño.
Y el sonido de un auto solo en la oscuridad
uniendo dos puntos más bien lejanos.
Fuimos andando, nos llevaba una fuerza,
la marioneta destruida bailaba para nosotros.
El testamento de un muchacho era la clave
de una dirección electrónica.
Los paseos siempre se abrían a un espacio circular,
donde los árboles se recostaban en la polvareda.
Y había un bisbiseo,
hola, hola, de la lluvia.

Dos patos


Sobre el sonido de dos patos que suben
en su vuelo hacia el caos, en la tormenta,
con las cuerdas de un navío que tensan
los tonos de una voz.
Hermosos, amarillos, débiles a la luz del sol.
Quien fuma mientras pasan traslúcidos:
los comparamos con el dorso de unas manos.
Podemos quedarnos acá todo el día, verlos
pasar como una percepción cambiante
que la luz nos regala de uno en uno.
Cruzan el sol, espejean, quedan como restos
después de tapar la luz por un segundo.
Serán plumas. Calcinadas y azules.
Partículas de huesos y filo de picos llegando
hasta nosotros sin decirnos nada especial.
Porque así era fijarse en la línea del horizonte
donde las señales se hacían más débiles.
Y en nuestra mente se iban grabando unos reflejos.
Lentos, azucarados. Como lomos de libros
en un invernadero. A veces en su vuelo
traían la variación de un mismo tema.
Pero las estaciones pasaron y el lomo de esos patos
quedó como un secreto.
Porque mirarlos también era detenerse,
ver surgir los materiales descentrados
donde una idea del mundo persistía.


Cabezas de cristal

Buscamos el invierno, esa parte, ocultándonos
en los árboles del parque,
con la musiquita dividida que nos hace soñar.
Olvidamos, vamos como por un tubo,
tal vez las sombras alegres de una noche
nos reciban. El lugar que habitamos
cuando éramos niños se parece a este.
Allí una torrecita descansa sus fuerzas
en el manantial. La soledad necesaria
para ver despegar un búho del corral.
Nos contentábamos con aprender algunas cosas.
Y si nos preguntaban quién era nuestro poeta preferido,
contestábamos unísonos: Emeterio Cerro.
Podíamos perder el viaje y el tren seguiría
girando en su maqueta.
Los relojes pesarían las horas como compresas
en las cabezas de cristal que coleccionamos.
Entre cada cosa había una distracción,
que ahora parece escindida buscando el tono
de unas notas. Donde una silla nos dispara hacia esta fiesta.
Nos habituamos a entendernos con señales.
En la hora fresca de la mañana que siempre nos esperó.


Módulos blancos de felicidad


Y así como todas las semanas, nos encontramos en un punto.
Descalzos bordeamos un camino, mi hija y yo.
Nos inclinamos para oler algunas flores, acuáticas,
el lago resplandece cerca. Nos llega la cobertura del agua
como una capa de azúcar que el viento espolvorea.
Vamos despiertos, a ese lugar donde venimos siempre.
con la voz resonando en la distancia media
de una nota. Y aplicamos el oído para escuchar
de las piedras esa oración verdosa que se estampa
cuando caminamos los dos.
Yo leía un tomo de la historia de Roma.
Tanto tiempo transcurrido en el mundo.
Y acá estamos los dos.
Mi hija me dice: Auchi! Yo la miro y le sonrío.
De la mano vamos hacía el lago.
Las sombras nuestras parecen divididas,
flotando en el agua que se las lleva lejos,
a otros tiempos de los que guardamos un color.


Para ir a la ciudad


Yo te amo como se aman ciertas cosas.
Un barco encerrado en una botella no deja de salir al mar.
Detrás de la casa crecen unos tallos difíciles,
que con la máquina de cortar el pasto
son imposibles de cegar. Pasan las nubes,
sus formas delicadas siguen el contorno de unas manos.
Vos sacás un libro del estante y leés mientras
yo pienso que nada puede ser tan real.
Miro el paisaje. Pensamos en tantas cosas que llegan en oleadas.
Es tan hermoso mirar este cielo que fue para nosotros un espejo,
una imagen deformante que nos dejaba dormir sin trabajar.
Sentarnos al costado de una ruta a oír la música
de nuestra respiración. Aprendiendo las cosas
más fáciles en esta escuela de ladrillos amarillos.
Y les preguntamos a las sombras de nuestros padres
a qué hora pasa el tren que nos lleva a la ciudad.

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