Entrevista a Miquel Silvestre
Autor: Nacho Laso

Se podría decir que Internet es una inmensa biblioteca en la que a algunos nos gusta perdernos en busca de libros que en otras bibliotecas convencionales no podríamos encontrar tan fácilmente.
En esos paseos por los pasillos de la Red, curioseando por estanterías, se puede uno topar con nombres que se repiten, nombres que aparecen al final de textos que atraen sin remedio la atención y, por la inercia del hipervínculo, llevan a conocer más obras de esa persona, hasta formar con esas páginas (web) sueltas un pequeño libro a la medida de la propia curiosidad.
En este número de Imaginando queremos presentaros a Miquel Silvestre, uno de esos autores imprescindibles en la confusa biblioteca de los portales literarios de Internet, y que también podemos encontrar en los estantes de las librerías, puesto que recientemente ha publicado en la editorial barcelonesa Barataria varias obras [las novelas Mariposas en el cuarto oscuro (2003) y La dama ciega (2005) (también publicada en Ediciones Kékeres), y una recopilación de relatos titulada Dinamo estrellada (2004)].
En la pequeña biografía que suele acompañar a los textos en la páginas web literarias se menciona que eres licenciado en Derecho. En la Facultad, ¿le eras fiel a tu asiento en el aula, te escapabas a la cafetería para jugar a las cartas, o preferías quizás ir a la biblioteca?
El paso por la universidad se ha considerado en España casi como una condición sine qua non para ser algo en la vida. Es un pensamiento tan cojo como cualquier otro prejuicio, pero es una realidad sociológica en un país que tradicionalmente ha despreciado el trabajo manual. Debemos ser los tíos del mundo que más envidiamos el vivir sin dar golpe; será cosa de la herencia católica, tan contrapuesta a la calvinista. Nunca he destacado por mi valentía, así que me sometí a ese prejuicio sin demasiada resistencia y sin ninguna vocación. Dicho esto, reconozco que me divertí mucho en mi época de estudiante, que apenas pisé un áula y que salí de allí sabiendo lo mismo que el resto de mis compañeros: nada.
En otra de esas semblanzas se te define como “escritor visceral”. En un ejercicio de casquería literaria, ¿qué vísceras dominan en tu escritura? ¿Las grandes pasiones del corazón? ¿La hiel del hígado? ¿El seso puro y duro? ¿El sexo duro e impuro?
La literatura está siempre influida por una enorme víscera moral: el ego. Hay que ser muy vanidoso para atreverse a pensar que lo que uno siente o razona, puesto por escrito, pueda tener el más mínimo interés o valor para un tercero. En mi caso concreto, soy perfecto conocedor de que el ego supera con mucho a la valía, y que eso convierte mi empeño en innecesario, algo muy común por otra parte. Y si a pesar de ese desolador conocimiento sigo escribiendo es porque no me queda otro remedio. Esto del afán literario, como saben los escritores de raza, o viscerale, no es una opción libre. En este caso, el determinismo es absoluto.
En tu relato “La partida” realizas una relectura sorprendente de El séptimo sello de Ingmar Bergman. ¿Eres cinéfilo? ¿Hay en tu videoteca particular algún tesoro oculto que quieras compartir con nosotros?
Si entendemos por cinéfilo un tío plasta que persigue afanosamente el subtexto de películas chinas o iraníes y que presume de estar a la última en materia de vanguardias, dogmas y demás independencias, pues no, no soy un cinéfilo. Tampoco estoy abonado al último opúsculo anual de Woddy Allen, ni me conocen por el nombre de pila en el cine de mi barrio. Soy un espectador medio con ciertas inquietudes. Eso es todo. En mi videoteca, lo más exquisito es toda la colección del cine de Kubrick, que compré en un arrebato consumista. Ahora bien, sí reconozco que como cualquier miembro de mi generación tengo una cultura visual, cinematográfica, y que eso es la causa de que casi todos los autores vivos escribamos novelas que en realidad son guiones. Estamos embebidos de cine y eso influye en todo. Y por supuesto, también determina los gustos literarios. El lector de hoy quiere ver una película al abrir un libro, quiere información vertiginosa, atrayente, inmediata. Circunstancia que también simplifica mucho el trabajo del autor, sobre todo en las descripciones. Bastan unos pocos trazos, que ya el lector encontrará por sí mismo el rostro, el objeto o el lugar; los tiene de antemano en su memoria visual. Los ha visto en las películas.
Tu novela Mariposas en el cuarto oscuro se subtitula Memorias de un pornógrafo. ¿Eres de los que creen que en literatura sugerir es más estimulante que mostrar, o todo eso no son más que invenciones pacatas?
La verdad es que ese subtítulo puede llevar a engaño respecto a lo que contiene la novela. Lamentablemente ese engaño llevó a que muchos libreros la colocasen en el estante de literatura erótica, junto a sonrisas verticales y demás obras de lectura a una mano. Y digo lamentablemente porque tal ubicación perjudicó la novela, pues está lejos de ser un relato erótico o pornográfico. Es más bien de un surrealismo poético, así que el que fuera buscando algo subido de tono se sentiría decepcionado al hojear el libro. Pero si la pregunta iba sobre si a mí me gusta la narrativa erótica, mi respuesta es no. Ni como lector ni como autor.
Ya que hablamos de novelas, visitando la web de tu editorial actual, Barataria, llama la atención que la misma novela aparezca publicada en dos editoriales distintas, una en el 2001 y la otra en el 2005. ¿Cómo es eso?
Te refieres a La Dama Ciega, mi primera novela publicable y publicada. La historia de este libro es muy curiosa porque para mí representa un éxito personal y una gran ilusión, porque si ya es difícil publicar, todavía lo es más que se reedite una obra ya publicada en otra empresa. Esa novela, encuadrada en el género negro, o en lo que yo tomo por tal, se publicó al primer intento, lo cual para mí fue un acontecimiento total. Por fin, un libro mío. Sin embargo, la editorial era pequeña y sin recursos, de forma que la novela no tuvo la más mínima promoción, se distribuyó mal y pasó inadvertida para la crítica. Aunque no así para los pocos lectores que tuvo. Digamos que se convirtió en una pequeña obra de culto, modesto pero real, porque la historia de una abogado cocainomana, cruel y vengativa funcionaba con eficacia de cronografo suizo. De hecho, no falta quien la considera mi mejor novela. Yo ya la daba por perdida, pero en Barataria confían mucho en mí y despues de publicarme dos libros y pedirme más, les hice llegar el libro de La Dama. Les entusiasmó porque estaban preparando una nueva colección de novela negra, Mar Negra, y entendieron que sería ideal para inaugurar la nueva línea. Así que rescaté los derechos cedidos y ahora se lanza en la colección junto a otras dos novelas, una de ellas de un monstruo superventas de la literatura policiaca italiana, Massimo Carlotto.
En tus relatos aparecen a menudo personajes miserables, ¿crees en la épica del fracaso?
Estéticamente, el fracaso es mucho más atractivo que el éxito. El fracaso facilmente incita a la empatía y a la compasión, sin embargo, la exhibición del éxito resulta pornografica. Genera rechazo. Además, nuestra esencia cultural es judeocristiana, y como tal exalta el sufrimiento, la pasión, el dolor. Me siento más cercano de los antihéroes que de los triunfadores. Ahora bien, no trato de exaltar el fracaso como virtud ética, porque éticamente, el fracaso no ennoblece en absoluto. Por el contrario, propicia el victimismo y la reclamación perpetua de desagravios. La víctima lo es para siempre por el propio interés de justificar sus crímenes, siempre se considera injustamente tratada y por tanto nunca está satisfecha, cualquier exceso cree tenerlo permitido pues siempre parte de una injusticia imposible de compensar. Los nacionalismos nos han enseñado un poco de eso. Conviene mantenerse higienicamente distante de los perdedores que uno retrata para no acabar intentando justificarles.
Si escribimos en cualquier buscador el nombre con el que firmas aparecen muchas colaboraciones en diferentes revistas digitales, participaciones en foros, etcétera. Como escritor que ha comenzado a darse a conocer mediante Internet, ¿podrías dar algún consejo a quienes también están dando sus primeros pasos en la literatura dentro de este medio?
El mismo consejo que nos dio Cela: el que resiste gana. No sé si funciona, pero como no me queda otro remedio, yo lo sigo al pie de la letra.
Uno de los últimos fenómenos de la Red son las bitácoras o blogs, una especie de pequeños diarios on line. ¿Crees que son una alternativa válida para intercambiar información, darse a conocer y establecer contacto con personas con intereses afines? ¿Internet ayuda o distrae?
Internet es una herramienta fantástica. No obstante, no conviene divinizarla; es un mundo cruel y exigente pero de poco predicamento real, al menos de momento. Los foros literarios, por ejemplo, si son verdaderamente libres y no están moderados, se convierten en una escuela inmejorable porque la crítica es despiadada, brutal hasta lo delictivo. Así uno aprende a escribir de modo tan irreprochable como para hacer callar a los enemigos. Si se sobrevive a eso, al ego expuesto, uno puede enfrentarse a lo que sea. Pero no le pidas más a la Red, no le pidas trascender a través de ella como intentan los bloggers lanzando al óceano su personal mensaje en botella: El problema es que hoy la playa parece una bodega, de tantas botellas como hay. ¿Alguien tiene verdadero interés en cribar cientos de miles de blogs anónimos para hallar algo verdaderamente interesante? Lanzar un blog más a la red es un acto de narcisismo extremo, bello tan solo por su inutilidad práctica. Se justifica como acto mastubatorio, pero dudo que sirva para encontrar correspondencia si al autor no se le conoce previamente fuera de la Red.
El relato “Cuentos de ocho a nueve” gira en torno a los esfuerzos que hace un opositor aficionado a la literatura para no dejar aparcada la pluma. ¿Tan difícil resulta vivir de escribir que es necesario tener un puesto de trabajo para asegurar los ingresos?
Uno, por muy bohemio que se considere, también tiene que comer, vestirse, habitar algún sitio. Consumir en suma. Pues el que se queda fuera de la fiesta universal del consumo, verdadera religión actual, está exiliado en el territorio de la nada civil. Así que, como todo el mundo, yo también tuve que hacerme algunas consideraciones pecuniarias. ¿Se puede vivir de la literatura? Tal vez, pero no todos los días. Además, ese empeño te roba la libertad que pretendías alcanzar dedicandote sólo a escribir, ya que entonces tienes que vivir pendiente de la colaboración, el artículo o la tertulia para ir ingresando cada mes una cantidad incierta. Por otro lado, mi estilo nunca me daría para vivir porque no es que sea para masas precisamente.
Dentro de tu variada obra disponible en Internet hay incluso un artículo relacionado con tu trabajo dentro del mundo del Derecho. Si no es una indiscreción perjudicial para tu labor profesional, ¿entre los libros de tu despacho se cuelan alguna vez apuntes sobre futuros relatos, o la literatura es un asunto más bien nocturno?
La literatura no es asunto ni diurno ni nocturno. La literatura es el asunto. No concibo la vida parcelada. Vivo, siento y escribo. Eso es todo. De hecho, mirar la realidad a través de los ojos de la literatura es lo único que me hace soportable este mundo. Este universo irreal sólo lo puedo concebir imaginando que vivimos en una obra de ficción y que yo soy un personaje más. El arte es aquello que nos saca de aquí, dijo Pessoa. Lo cual no quiere decir que me pase el día escribiendo materialmente, ni mucho menos. De hecho, soy muy vago, mis mejores páginas se escriben sólo en mi cabeza, que las olvida de inmediato.
Para terminar, nos gustaría aprovechar que eres un autor que ha publicado en formato digital y en papel para pedirte que, si puedes, nos ayudes a salir de la esquizofrenia cotidiana que en Imaginando nos produce convivir al mismo tiempo con la pantalla del ordenador y con páginas impresas: ¿la tinta sobre papel siempre será preferible al píxel, o hemos de ir acostumbrándonos a los procesadores de textos y al HTML?
Evidentemente, el peso del papel no lo supera nada, porque nada puede compararse a sentir el tacto, el volumen, la densidad de un libro, objeto mágico donde los haya. Sin embargo, esta impresión mía también puede ser fruto de mi concreta educación en un mundo donde uno no aprendió a pensar y sentir con ordenadores sino con libros. No soy capaz de predecir lo que preferirán las nuevas generaciones para leer, si es que conservan algún interés en la lectura. Cosa que dudo. Por otro lado, Internet no es tan evocador como la tinta, el hilo, y el papel, pero es una herramienta magnífica, que permite lo que no permiten los libros, y que es la accesibilidad desde cualquier lugar del mundo. Hoy los libros pasan muy rápido del estante de las novedades a las cajas de devoluciones. Un texto en Internet permanece. Pero si lo que me preguntas es si creo que los libros electrónicos van a superar a los tradicionales, no puedo pronunciarme, porque entre otras cosas tales libros no serán sólo libros y no competirán en el mismo mercado; tales ingenios serán además teléfonos móviles, agendas, reproductores de MP3, espadas láser... qué se yo. Sin embargo, un libro de papel nunca podrá ser otra cosa mas que un libro. Lo cual, a algunos románticos gilipollas no nos parece poca cosa en absoluto.
Me ha llanado la atención esto que has dicho:
¿Por algún motivo especial?
¡Perdón! No salió lo que marqué. Es tu respuesta sobre la literatura erótica. Que no te gusta.
No, por nada en especial. Es sólo que me parece demasiado obvia y mecánica. Follar es follar, y pronto se acaban las metáforas.
Gracias por el interés.
Hola, Miquel. Un saludo desde Lanzarote. Buenas copas aquellas entre volcanes y amigos. Soy Chema.
Posted by: Chema en: Junio 5, 2005 10:16 PMHa salido reeditada la primera novela de Miquel Silvestre: La dama ciega. El viernes 10 estará en la feria del libro de Madrid, en la caseta 36, a partir
de las 5 ó 6 de la tarde. Si alguien puede acercarse, que lo salude efusivamente en nombre de la pequeña pero valiosa familia Imaginando. Yo tengo unas ganas tremendas de leer esta novela.
Como bien dices follar es follar, no uses metáforas. Me gustaría leerte algo así, se te ve.
Estuve haciendo planes para el día 11. Pondría mi mejor cara, de pena, a ver si así conseguía tu libro. Pero luego recordé que trabajo el sábado. Se truncó todo.
Me gusta leerte, no todo ni siempre, pero me gusta.
Gracias por responder
cma
