Esto es León, Cuento de navidad con nieve y todo

Autor: Juan Urbano

Nació en Melilla en 1960 d.C., pero al poco tiempo su familia se estableció
en Torrecelama (León). Al llegar a la edad universitaria, se trasladó a Cataluña
para cursar la carrera de Filosofía en la Universitat de Cervera. Fue en ese momento cuando comenzó su precoz (y fugaz) actividad política: ingresó en el PCE, a pesar de que por entonces no albergaba ambiciones literarias. Sin embargo, con 22 años su vida cambió drásticamente: interrumpió sus estudios
desencantado por la filosofía "académica", y abandonó el Partido por desavenencias irreconciliables con el sector moderado, y porque todavía no albergaba ambiciones literarias. Dejó también el consumo inmoderado de cerveza y regresó al norte de África (y al güisqui) para ingresar en la Legión. Durante su etapa militar se especializó en el estudio de la poliorcética medieval, y
comenzó su actividad literaria, a pesar de que ya no era miembro del Partido. Fruto de sus experiencias castrenses, fue su libro inédito de relatos militares titulado ¡Contra todo: apología de la desobediencia civil y no civil con el mayor exponente! Abandonó la vida legionaria (y el güisqui) tras doce años de servicio, con el empleo de cabo. En 1994 se pasó al Ejército zapatista en Chiapas (e inevitablemente al tequila); siempre ha blasonado de un presunto parentesco lejano con el célebre subcomandante Marcos. Tras unos meses en México, durante los cuales se casó y divorció en reiteradas ocasiones, y no siempre con la misma mujer, retornó a Cataluña, donde subsiste gracias a trabajos de fortuna, limosnas de los amigos e inconfesables oficios de lance, los cuales además le han permitido completar la carrera de Filosofía, y eso a pesar de que ya no está en la guerrilla. Actualmente, moderado ya por la edad (tanto en sus ideas como en el trasiego de cava), trabaja en la elaboración de su tesis: Contra casi todo: una apología crítica del puñetero Platón para el siglo XXI.

ESTO ES LEÓN

Se habían cruzado varias veces en León. Y ambos lo sabían. Es decir, él sabía que ella sabía, y ella conocía que él no ignoraba, y así etcétera... Siempre ocurría en verano: noches templadas de agosto, Barrio Húmedo, unas copas, Ordoño tórrido de sol poniente, aire acondicionado en El Corte Inglés y otros lugares comunes... Cada vez que volvía de Madrid frecuentaba las calles frecuentadas con la esperanza de encontrarla. Y el azar siempre cumplía, tarde o temprano cumplía. Se convirtió para él en un aliciente más de las vacaciones, en un leve deleite casi ritual. Había decidido darle un nombre. Uno no puede cruzarse más de dos veces con una desconocida hermosa sin darle un nombre. (Precisemos: no le parecía exactamente hermosa, pero sí digna de una caricia y de un nombre.) La llamó "Ella-Brisa", y algún verano sólo "Brisa". Cuando por fin conseguía verla quedaba envuelto en una canción de Juan Luis Guerra. Otras veces en percusión africana. Este último verano, tras el cruce casual/ritual - plaza de San Martín y vinos - quedó atrapado en un fado triste durante cuarenta y seis horas y siete minutos. Sólo logró salir el sábado, treinta y uno, en el regional de las once.

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Podríamos afirmar con propiedad que se conocían de vista, y sólo de vista. Pero es norma bien sabida que dos leoneses que se han visto durante años por las calles de la ciudad sin atreverse a cruzar ni palabra, sin decirse ni chus ni mus, se saludarán efusivamente si por un acaso se topan el uno con el otro en mitad de Madrid. Pongamos que hablo de Castellana con Génova, otoño tibio y domingo, El Mundo bajo el brazo, ella, El País, él (dos generaciones, dos periódicos). "Yo a ti te conozco, te he visto en alguna parte". Él recordaba, por supuesto, lugares y fechas, pero optó por la fórmula más vaga y menos comprometedora. "¿Sí?, puede ser". Ella sabía que sí, y que en efecto era, pero prefirió de momento protegerse en la evasiva. "¿Tú no eres de León?" Ambos sabían que ambos sabían, y así etcétera....
Resultó que "el-cincuentón-tipo-Aute" se dedicaba a escribir guiones para teleseries. (Como ya sospechábamos, también ella juega a poner nombres, aunque obviamente con menor lirismo, como corresponde a sus veintitantos y a su ingeniería recién estrenada.). Intercambiaron llamadas unas cuantas veces, y lograron arreglar algunas citas, siempre en compañía de más gente: ella apenas sentía vergüenza cuando lo llevaba de marcha con su grupo de amigos, y él la asociaba de tanto en tanto a la bohemia decadente.
La cosa no iba a más, ni a menos. Equilibrio inestable. Hasta que él concibió una estrategia, por lo demás bien clásica, para asomarse a la vida de Brisa. Recordemos: ¡merecía una caricia! Decidió enviarle por correo electrónico un cuento. Nunca le hubiese enseñado con orgullo los guiones que perpetraba para las comedias de situación de la tele, llenos de ingeniosas estupideces - "lo que requiere el medio", se consolaba - y de chistes zafios - "lo que pide la audiencia", se confortaba -. Pero este texto era distinto: Brisa adivinaría a través del relato un espíritu creativo y sensible. Ella lo valoraría. Con estas páginas él cosecharía alguna cita a solas, sin jovencitos marchosos ni viejos progres barbudos (unos pesados todos). Sólo Brisa y él, literatura al principio, más tarde cierta nostalgia telúrica, atmósfera de vino y rosas, y así etcétera....
Bien, perfecto, el plan está ya en marcha. Tan sólo resta hacer click sobre "enviar".

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Asunto:
"Ahí van un par de lirifolios".

Texto:
"Querida paisana:
Te adjunto un archivo con las primicias de un cuento que estoy escribiendo para un concurso del Instituto Leonés de Cultura. Me interesa mucho tu opinión, pero tu opinión sincera, ¿eh?, nada de cumplidos. Acaba siendo una típica historia chico-encuentra-chica, ya sabes, no soy muy original. Pero quiero saber cómo vería estas líneas la gente de tu edad. Cuando tengas un momento llámame, salimos a tomar algo y me cuentas, ¿vale? Ciao guapa."

Archivo adjunto:
"He vuelto al pueblo de mis abuelos. He creído volver. Paseando por sus calles he recordado una tarde de bueyes en la era, una tarde de sol grande y de verano. Tras dar vueltas infinitas sobre el trigo regresaban cabizbajos, rutinarios, taciturnos a sus cuadras, y en el trayecto se detenían para rascar su cuello bustrofedónico contra la arista del campanario. Nadie puede volver a un mundo que ya no existe. Ya no hay ni habrá atardeceres de bueyes sobre calles polvorientas o embarradas. De los chavales de mi colegio, unos cuantos privilegiados teníamos lo que se llamaba por entonces pueblo (hoy mundo rural), casa del pueblo y abuelos en el pueblo. Nos gustaba volver al pueblo, cada verano largo, de muchos meses, de muchas mieses. Hoy podemos ir, pero no propiamente volver, porque nadie puede volver a un mundo que ya no existe. Algunos de esos pueblos duermen bajo las aguas de los pantanos. Otros fueron mineros y qué son ahora. En el resto las calles están asfaltadas, las vacas estabuladas y las gentes pocas que quedan tienen más ojos para los papeles de Bruselas que para la nube. No sé si esto es bueno o malo. Pero es muy otro. Todas las personas de mi generación, en lo que dura una media vida, o sea nada, hemos visto pasar ante nuestros ojos todas las edades del hombre, desde el Neolítico casi, hasta la Edad espacial, la cibernética, la nuclear, la biogenética, la global.
También ella intentaba un regreso imposible al lugar de nuestra niñez, un volver la vista atrás que sólo les está permitido a los bueyes. Hacía mil años que no nos veíamos, desde aquellos días de infancia enamorada. También ella..."

Y así etcétera.
Brisa imprimió el archivo - no soportaba leer en la pantalla - y recorrió con paciencia las dos páginas. Inmediatamente, en caliente y de un tirón, construyó su respuesta sobre el teclado y le dio curso. Click.

Asunto:
"Re: Ahí van un par de lirifolios".

Texto:
"Hola paisano, ¿cómo te va? Ya veo que has estado trabajando. He leído las páginas de tu cuento. Aquí te anoto mi opinión. Pero recuerda: sinceridad has pedido, y no misericordia. En primer lugar - ya te habrás dado cuenta - lo que escribes rezuma nostalgia. Y yo es que no soporto la nostalgia. Creo que alguien debería escribir contra la memoria, contra todo recuerdo del pasado. Ya sé que es una exageración, pero a veces hay que decir las cosas así, para que alguien escuche y se pare a pensar. ¿No tienes algún personaje en tu cuento al que hacerle decir "odio la historia, no nos trae más que desgracias"? Después está el tono que te marcas, no sé cómo llamarlo, ¿retrobucólico? Me parece manido y un pelín falso. Tú sabes de sobra que la desaparición de ese mundo de tus bueyes ha sido buena. Yo también tengo abuelos en el pueblo, y me han contado que por aquellos tus viejos tiempos su casa no tenía ni cuarto de baño. Prosaico, pero cierto. Ya que me lo preguntas: no me parece bueno contagiar a los más jóvenes el virus de la nostalgia y el terruño, sino animarles a emprender y a salir. A veces pienso - otra exageración, lo sé - que la crisis de la agricultura y de la minería no han sido una desgracia para nuestra provincia, sino una oportunidad. Una ocasión de oro para empezar a pensar en servicios, investigación y desarrollo, en industria, en comercio exterior, en turismo... Y no caigas, por favor, en la melancolía de los pantanos. Yo estudié en un instituto que se llama "Valles del Luna". Está en el Páramo. ¿Te dice algo eso?, ¿no te suena a agradecimiento de tierras redimidas?
Lo mejor que se puede hacer por León es dejar de pensar en León. Deja que me explique, porque ya sé que esto suena a herejía. Quiero decir que no debemos hacer de la identidad nuestro problema ni obsesionarnos por la memoria histórica. Sólo nos faltaba a los leoneses acabar como esos nacionalistas, todo el día mirándose la identidad, o sea el ombligo, todo el día dándole a la memoria histórica mal contada. Me aburren, ¿sabes? ¿No tienes un personaje que pueda gritar: "¡Basta ya de identidades!"? Ya sé que todo esto que te digo es exagerado y hasta puede que un poco injusto. Pero, yo, la verdad, prefiero soñar un León más universal, más alegre, una sociedad abierta y orientada hacia el futuro.
Acéptame el reto y escribe un cuento leonés con este arranque que te regalo (y no me salgo del esquema chico-encuentra-chica; yo tampoco soy muy original que digamos): Él, de rasgos hindúes, trabaja como informático en el sector agroalimentario y estudia en la Universidad de León. Ella, con pinta de danesa, hace sus prácticas en la escuela de pilotos. Los dos charlan - en español con dispar acento - mientras se toman un bierzo en la estación. Caen cuatro gotas sobre la bóveda acristalada. El Talgo de alta velocidad que acaba de estacionarse viene envuelto en nube, pero no de humo, sino de silencio. Mis dos leoneses - de dispar origen - esperan a que el tren parta. Sólo entonces se levantan, salen de la estación y... bueno, ya sabes, y así etcétera.
Te concedo sólo un toque de nostalgia: suena como música ambiental una canción del grupo "Berlín Interior". La recuerdo de mi infancia. ¿Adivinas el título? Llámame cuando tengas la respuesta y el cuento nuevo. Ya ves, yo creo que lo nuestro aún tiene futuro. Bss".


CUENTO DE NAVIDAD CON NIEVE Y TODO


Érase que se era una montañosa mañana de noviembre. Y ya era Navidad en el Corte Inglés. En veinte segundos habían pasado todas las estaciones sobre la modelo de la tele, nubes que corren, la chica en traje chaqueta minifaldero, a lo Ali, cinco segundos, un fogonazo de sol y un bikini, sin transición, sin perder la sonrisa, un remolino ventoso de hojas secas, gabardina, quedan aún diez segundos, y unos delicados copos tipo jingle bell posándose sobre alfombrado visón. Fin. Este año había sido tan fugaz. Orlando tuvo la impresión irresistible de que bajo el visón estaría aún la gabardina, y ésta todavía sobre el traje chaqueta, y el traje sobre el bikini, y el bikini... Apagó el aparato, tiró el mando a cierta distancia, sobre la cama del hotel, con la mano recién liberada acabó de calzarse la chupa cuero caro, y pudo por fin recoger de su boca el mapa que mordía, mientras su otra mano sostenía una pequeña maleta.
Orlando Cuadros había llegado desde Caracas para ajustarle unos centavos a esos tipos de Repsol. Entre moquetas, entre corbatas y torres acristaladas, entre los resquicios de su agenda, como entre las uñas casi, se la había quedado una mañana y pico, una mañana hermosa de domingo, de Madrid dormido y churros, y había decidido enfundar su BMW alquilado en el Camino de Santiago, a eso de Burgos. Hay que precisar, la mañana no era hermosa en términos absolutos (¿podría serlo alguna?). Digo hermosa para el viaje: nubes grises como un techo plano de oficina, sin lluvia, nadie que le moje el firme, sin sol, nadie que le haga fruncir el ceño tras las Ray Ban. Doscientos ochenta y seis caballos (aprox.) en la punta del pie derecho. Una mañana húmeda y templada y todo el tiempo del mundo hasta el avión de las ocho en Labacolla. Para un ejecutivo del petróleo, eso es casi un tiempo geológico, tiempo que se le hizo repentinamente montañoso una vez pasada Astorga.

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Mientras Orlando reposta su carro en alguna estación de El Bierzo, apreciando, sin duda, con ojo de experto, el refino y la procedencia del caldo, nosotros vamos a reflexionar un poco. Estará el hombre, a estas alturas tratando de discernir lo que es jamón y lo que es celofán en el bocata que le han vendido. Pero ese problema es el suyo, el nuestro, ahora, es distinguir entre realidad y ficción, y una vez hechas las distinciones, volver a mezclar las aguas. "Creo no haber confundido todavía nunca la ficción con la realidad -escribió Javier Marías en La negra espalda del tiempo-, aunque sí las he mezclado en más de una ocasión, como todo el mundo". Está claro, por qué habríamos de confundir la realidad con la ficción. La realidad está ahí -pensamos-, mientras que la ficción la creamos nosotros. Entre Astorga y El Bierzo, el Camino de Santiago atraviesa una zona montañosa. Si uno va por carretera, no puede evitar el puerto de Manzanal (1230 m.). Eso es parte de la realidad. Si uno va, como Orlando, en un coche veloz, incluso puede parecerle que las montañas se le presentan de improviso, y oscurecen repentinamente el horizonte, como una borrasca. Hasta puede estar justificado que uno se tome la licencia de hablar de un tiempo montañoso. Ya se sabe, es una forma de hablar, nada literal, nada serio. Un poco forzada incluso la figura. Se me perdonará -espero- porque mi Orlando es geólogo. Él es capaz de ver cómo se desliza un glaciar arañando el lecho rocoso, oye el chirriar, presiente la queja de la piel terrestre, intuye los surcos que quedarán como huella, él ve cómo se bambolean las placas tectónicas, los continentes navegan ante sus ojos como ante los nuestros lo haría un veloz catamarán, intuye las monstruosas colisiones, y ve brotar los cerros como nosotros vemos brotar las... ¡Un momento! ¿Por qué has pensado en flores? Yo todavía no había escrito la palabra "flores". Además, nadie ha visto brotar una flor. Sería mejor escribir, por ejemplo, "fuentes". La génesis y apertura de una flor es un proceso que suele durar del orden de días, y el ojo humano no sabe ver la continuidad del movimiento a través de los días. Sólo se nos hace visible el brotar de la flor mediante una manipulación cinematográfica. De este modo sí somos capaces de verlo, a una velocidad ficticia. Conseguimos así apreciar aspectos reales de un proceso que de otro modo nunca podríamos ver. La realidad descubierta con ayuda de la ficción. Pero este tal Orlando es todo él un ser de ficción. Su viaje, por tanto, no forma parte de la realidad histórica, nunca ha sucedido de verdad. Las montañas de El Bierzo son realidad, Orlando es ficción. Y punto. Recorrer las montañas o estudiarlas en un mapa es un acto de aprendizaje, rinde conocimiento. Inventarse un geólogo venezolano metido a ejecutivo de una petrolera es un acto de creación, no aumenta nuestro conocimiento de la realidad. Realidad o ficción, conocimiento o creación. ¿Y punto?

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¿Pero acaso el ojo de un geólogo ficticio no nos dice algo sobre las montañas reales? ¿Es que el sentido psicológico del tiempo cotidiano de un ficticio ejecutivo transcontinental no nos habla del ajetreo reinante en nuestra sociedad real? ¿No son bien reales, minuciosamente históricas, algunas piezas del relato? ¿No apreciamos mejor el tiempo meteorológico a través de una comparación ficticia -las nubes no son ningún techo de oficina-? "Así, cualquiera cuenta una anécdota de lo sucedido -sigue Marías- y por el mero hecho de contarlo ya lo está deformando y tergiversando, la lengua no puede reproducir los hechos". Todos ficcionamos cuando contamos, decimos la realidad desde la ficción, con su ayuda. Y en todo el tiempo que nos es dado conocer "nadie ha hecho otra cosa que contar y contar, o preparar y meditar su cuento, o maquinarlo". La razón profunda es que sin cuento, sin cuenta, no hay tiempo, por eso desde el comienzo de los tiempos, y mientras siga habiendo tiempo, seguirá la cuenta -érase una vez, once upon a time- y el cuento. Porque tenemos los días contados, o no los tenemos en absoluto. " 'Relatar lo ocurrido' -concluye Javier Marías- es inconcebible y vano, o bien sólo es posible como invención". Va a resultar que el tiempo histórico nace con el relato, gracias a la leyenda, que el cronista se inventa su historia, su cuento, y el historiador ficciona como un poseso. ¿Dónde la realidad, dónde la ficción, dónde el conocimiento, dónde la poesía? ¿Dónde, por cierto, nuestro chico del petróleo?
Lo dejamos poniendo combustible en su carro y en sus venas. Consiguió separar el celofán grasiento del jamón y comérselo (el jamón, digo). Volvió al cuero acogedor del coche y arrancó elegantemente hacia Santiago. Es fácil conducir con elegancia a bordo de un BMW de (exactamente) tropecientos caballos. Convengamos en que Orlando disfrutaba de la velocidad, amaba el viaje y la conducción en sí misma, acostumbraba a hacer kilómetros con cualquier disculpa, o sin motivo alguno, tan sólo, como decía su vieja, per l'amore della macchina. Y no le disgustaba ver todo al paso. Las horas de soledad dentro del coche le permitían pensar con calma, reflexionar con hondura sobre lo que resbalaba fugazmente en su cristal. Sólo así se explica que alguien emplee un domingo libre en hacer el Camino de Santiago, desde Burgos, atragantándose de románico lejano, de gótico recortado en el horizonte, de paisajes huidizos como gotitas y gentes entrevistas. Más tarde, en el avión que le devolverá a Madrid, podrá leer las guías de Millán Bravo, incluso el El peregrino, de Torbado. (Eso cree Orlando todavía en esta pagina.) En conjunto habría obtenido una idea aceptable de lo que es y significa esta ruta histórica, el Camino que ha contribuido a hacer Europa, según le contó en su tierra el viejo y consabido maestro-español-exiliado.
"Cuatro gotas -se dijo-, tan sólo cuatro gotas". Pero ya no se sentía seguro a ciento ochenta. Imaginemos a Orlando, más bien bajito, levemente tartamudo en el comienzo de las frases, con gafas. Las gafas ya no son un elemento relevante en su descripción, no afectan a su personalidad, podría no llevarlas, podría llevar lentillas, de hecho lleva unas gafas de sol graduadas de una marca cara -su sueldo le permite ciertos lujos-, pero podría incluso haberse operado recientemente. Eso ahora no importa. No obstante, las gafas fueron importantes en su infancia, como su talla o su tartamudez. En conjunto podrían haber conformado una personalidad retraída, quizá acomplejada. Pero Orlando supo pronto que podía compensar estos rasgos gracias a su inteligencia viva, sus dotes de convicción y su extraordinaria capacidad de cálculo. A ciento ochenta, vibra Bach hasta en el último rincón del habitáculo, Bach a todo volumen, en seis u ocho bafles, arreglado con percusión africana, y aún así se oye el silencio que produce el coche alemán al deslizarse. Todo a sus órdenes, a su gusto, en su poder, ¿quién puede sentirse acomplejado? Y sin embargo, no son sólo cuatro gotas. Son más. Y son copos. "Esto sí es nieve auténtica -se dijo- y no los copos ficticios de la tele". ¡Qué te parece!, ¡menuda desfachatez! Un personaje de ficción dándonos a ti y a mí, que somos seres reales, lecciones de autenticidad. Pero así es. La distinción entre ficción y realidad es parte de la realidad, y puede, por tanto, ser retomada en la ficción. Es más, esto le confiere a la ficción una irresistible sensación de realismo. Estos copos sí que nos parecen ahora de verdad, no como los de la tele, hechos probablemente de algún derivado del petróleo. Pondré otro ejemplo. Mi cuento sobre las peripecias de Orlando no se lo traga nadie, pero ¿qué hubiera sucedido si me hubiese inventado un testigo y lo hubiese puesto todo en su boca?: "Esta es la historia, os lo juro, que me contó mi primo Fernando, amigo íntimo, según me aseguró, de un tal Orlando..." Otrosí: la cosa podría ser que yo hubiera encontrado, de verdad de la buena esta vez, un antiguo manuscrito, por más señas en demótico o en arameo o en hebreo o en griego o en latín. El texto del mismo anticipa ce por be todo lo que le acontece veinte siglos más tarde a un tal Orlando, geólogo y ejecutivo, por más señas. El manuscrito predice que su viaje se verá interrumpido, que Orlando nunca llegará a la ciudad del Apóstol. "Llegará al finis terrae el enviado de Dios, más no el que merca con aceite de piedra", o algo así se puede leer en nuestro antiguo manuscrito recién inventado. Y dice más: "Lo detendrá un arma fría". Tal vez la nieve. (Nota: podría haber escrito "blanca" en lugar de "fría", pero habría parecido un mal chiste. Por otro lado, la nieve es fría, pero no es arma. Siga buscando.)
Recordemos que ya caían más de cuatro copos, auténticos copos de ficción, cuando Orlando encaraba el puerto imponente de Piedrafita (1109 m.). Tuvo que reducir la velocidad de crucero a unos miserables ciento veinte kilómetros por hora. Se arrancó con gesto airado las gafas y las lanzó teatralmente sobre el asiento de al lado. Pero este gesto no importa, da igual ya que lleve o no gafas. Tal vez las gafas, después de todo no estaban graduadas y llevaba lentillas, o se había operado recientemente. Se inclinó sobre el volante como para ver más de cerca el firme. Este gesto, en cambio, sí importa. Nos lo muestra ya fuera de su estado de complacencia y de autocomplacencia. Hasta hace un instante, el tipo se sentía genial, o sea muy bien, pero además muy listo. ¿Quién sino él había logrado todo aquello? Los viajes en primera, los carros alemanes, la chupa de cuero caro, las gafas de marca que llevaba o no llevaba, pero que en todo caso hubiera podido llevar si le hubiera dado la gana... Y todo ello lo gozaba no como un nuevo rico o como uno de esos narcos sin escrúpulos, tan horteras, sino con lucidez, con cultura. Su curiosidad por la histórica ruta, las ojeadas que echaba al perfil de los templos, ya románicos, ya góticos, y Bach en el CD (orlandescamente: "sidí") del auto, a todo volumen, sí, pero Bach al fin, y no Operación Triunfo, como en el carro de aquel colega de Repsol que le paseo por Madrid. Es para estar satisfecho de la vida y de uno mismo. Sobre todo de uno mismo. Hasta que empieza a nevar. Ahora son las circunstancias las que han tomado el mando. Todavía no ha resbalado, como aquel coche que está en la cuneta. La tracción a las cuatro ruedas ayuda. Pero está cada vez más inseguro. Aunque el cielo no está muy oscuro, el clima se ha tornado hosco, y nieva cada vez más. Orlando no suelta el volante, se incorpora casi sobre él. "Pe, pe, pero qué es esto -tartamudea- perderé el vuelo". Hasta ahora se hablaba a sí mismo sin tropiezos. Conseguía controlar el tartamudeo. Pero la inseguridad le ha vuelto vulnerable y un poco descontrolado. "¿Po, po, por qué se detiene ese carro?". Ya está parado él también, y todos en una larga línea, cerca de no se sabe dónde, en mitad de un viaducto de "po, po, por lo menos cien metros de altura, maldición".
Desde aquí podemos seguir un poco a la manera de Cortazar, creando vida cotidiana e inquietantes absurdos en medio de una autopista. Pero ya hemos leído (o no) a Cortazar, de modo que podemos abreviar los trámites. Orlando baja el volumen del CD, lo apaga, lo enciende, intenta encenderlo de nuevo, sobre-encenderlo -digamos-, pasa a la radio, rastrea noticias del tiempo o del tráfico, busca Radio 5 desesperadamente, lo encuentra al fin entre un intenso ruido, como si el locutor se estuviese friendo, "¡ma, ma, malditas montañas!", se entera de que el ayuntamiento de Manresa ha convocado una plaza de monitor/a para la colla sardanista municipal, piensa en dedicar una semana de sus próximas vacaciones a conocer Manresa, se estremece, esta vez ni siquiera el humor negro le sirve de consuelo, la nieve (blanca, ¿habrá que decirlo?), sigue estando ahí, por todas partes, llega ya hasta las rodillas del carro, si es que se puede hablar así, que, por supuesto, no se puede, si no se da prisa en salir la nieve llegará hasta la cintura que el coche no tiene y ni siquiera podrá abrir la puerta. Toma una decisión drástica: apaga la radio tras conocer de la vida íntima de los siete lémures del zoo de Santillana del Mar, mientras tanto recoge chupa, ata zapatos (podrían ser unos Martinelli), y comienza a empujar la puerta que ya ofrece resistencia, consigue abrirla unos centímetros, algo más, se retuerce y se desliza como una sierpe hasta poner uno de los Martinelli fuera del coche, sobre la nieve, prosigue la contorsión y con un giro magistral sale al exterior, frío, con la chupa en la mano, se la enfunda inmediatamente, se sube el cuello, con las manos en los bolsillos cruza la chupa contra su cuerpo, no logra el hermetismo perfecto, necesitaría subir la cremallera, pero no quiere sacar las manos de los bolsillos, dilema, se decide, asume riesgos, saca manos, sube cremallera relámpago, rápido, rápido, esta vez hubo suerte: las dos partes de la misma encajaron a la primera, milagrosamente, se sopla entre las manos una nube blanca y casi cálida, las devuelve a los bolsillos, el hermetismo no es total, "di, di, diablos, necesitaría una bufanda", se olvida por un momento de la bufanda al darse cuenta de que los Martinelli, tan adaptados al moquetamen, son perfectamente inoperantes sobre la nieve, ya tiene los pies calados y ateridos, se olvida de los Martinelli al notar un topetazo en el trasero, la puerta del coche de al lado se está abriendo a tirones, el conductor y la que parece ser su chica ponen pie a nieve, se fija en la chica que le ha embestido con la puerta, no está mal, "vaya, lo siento, no le había visto", matrícula de Madrid, "no, no, no hay de qué, di, di, digo no hay por qué, no ha sido nada", nada mal, y calza unas botas muy para el caso, nada de mariconadas Martinelli, qué envidia de botas, y el traje de esquiar tampoco le sienta nada mal, no señor.
Orlando esperaba lo normal en estos casos, o sea, que la gente fuese saliendo de los coches desconcertada y contrariada. La verdad es que nunca se la había dado el caso, pero se imaginaba que esto sería lo normal en estos casos. Él mismo, mientras se retorcía para salir del carro, iba decidiendo qué emociones debía sentir y cuál sería la mejor manera de exteriorizarlas. En siete décimas de segundo aceptó que desconcierto y contrariedad estaban bien para la ocasión, sazonadas tal vez con un pelín de cabreo si la cosa se alargaba, si la quitanieves no acudía y, en consecuencia, se podía empezar a culpar de todo a los-de-siempre, ya se sabe, porco governo, mia mamma. En cuanto logró acomodarse la chupa puso su mejor cara de desconcierto + contrariedad con pellizco de cabreo (0'32%). Pero el ambiente no acompañaba. La pareja del coche de al lado parecía más o menos encantada de la vida. También él y ella parecían encantados, pero la pareja, como tal, mucho más: una pareja encantadora, como se suele decir. Con movimientos rutinarios y nada desconcertados sacaron un par de mochilas del maletero y echaron a andar viaducto adelante. A Orlando le pareció que actuaba - la pareja, digo- con movimientos sincrónicos. En algún nivel profundo de su psique optó por pensarlos en singular, como una sola entidad, los archivó a los dos en una misma neurona (por la circunvolución parahipocampal aprox.), y bautizó a la pareja con el nombre de Esther Williams. A veces se permitía estos lujos. (Podríamos añadir que Orlando había leído El Banquete de Platón. Eso le daría un cierto vuelo intelectual a la historieta, pero a costa de hacerla un poco más inverosímil. Así que no lo había leído ¿de acuerdo?) Lo que para ti y para mí puede ser un puro capricho gramatical, hablar de dos en singular, para Orlando era un imperativo de sinceridad, o sea, pensar/decir lo que es como es. A veces jugaba con su hijo de ocho años a la desgramática. Uno de cada cuatro sábados. Inventaban una frase absurda, aleatoria, como por ejemplo "todos los fuegos el fuego", y trataban encajarla en un contexto que le diese sentido. O aprendían uno del otro a escribir mal. "Tú, tú, tú escribe mal una vez al mes, hazme caso". O sea, que se entienda, pero mal, con uñas y dientes, a dentelladas, no con pasos de ballet. "Es, es, esto es la guerra, Orlandito, no un desfile". Cuando tenía que escribir unas líneas para el cole, el chaval abrillantaba la asfixiante armadura y desfilaba con ella, pero cuando jugaba con su papá a desgramática se sentía a sus anchas. Una vez al mes vestía salvaje, tiznaba cara como comando y escribía en desgarbado, desaliñado, desarrapado, repetitivo, retorcido, embarrado, inelegante, desortográfico estilo, con uñas y dientes, a dentelladas secas y calientes, sufría y respiraba, decir de lo que es que es y de lo que no es que no es y de lo que es así que es así y de lo que no es así que no es así, todo eso y sólo eso era la única ley, la ley sabática que acataba. Y su padre latía de orgullo. "Ezcriba ezto en zu computador, papá, verá que ze le llena la pantalla de guzanitoz de colorez bajo laz palabraz". "A, a, ahora mismo, mijito, pero a mi me parecen pequeñas cordilleras montañosas". Ahora Orlando, bloqueado en un viaducto, hilo tendido entre laderas, leía nubes sobre cimas, unas pocas nubes ralas que dibujaban las palabras "desconzierto y contrariedaz".
Buscó con la vista otras gentes más sensatas, más conscientes de la situación, más desconcertados-contrariados-cabreados, más como cabría esperar. Pero nada. De los coches - una veintena (18) - que habían quedado atrapados en el viaducto surgían personas serias o sonrientes, maduros y jóvenes, hombres y mujeres, pero con actitud más bien alegre y rutinaria. Tras abrir el maletero y coger sus bultos respectivos caminaban todos hacia una de las salidas, como si nada raro hubiese sucedido. Y, eso sí, nadie más calzaba unos estúpidos Martinelli. Tuvo la impresión de que todos se conocían, de que se saludaban como viejos cómplices, como si llevaran un tiempo sin verse, pero no mucho tiempo, no un tiempo geológico, sino lo que solemos llamar (con precisión) una temporada: guantes que se entrechocan, que acarician gorros, gafas de nieve que se besan y brazos de gore-tex que pasan sobre hombros, pares de botas avanzan en paralelo unos cuantos pasos, corrillos de anoraks de vivos colores se hacen y deshacen, se estiran y se deslizan sobre la calzada blanca. Y él allí en medio, parado, con los pies congelados y con la mente bloqueada (en blanco, ¿habrá que decirlo?). En su cuerpo ya sólo se movían las emociones. Espontáneamente, sin que tuviese que decidir ya nada, iban rolando hacia el cuadrante del miedo: desconcertado-preocupado y una pizca asustado (2'3%), y puede que algo más que una pizca (21'6%, seamos sinceros, Orlando). Asomaba la tarde. Reaccionó, corrió tras Esther Williams ahuecando torpemente los brazos, balanceándose y hundiendo por turnos una pierna y otra en la nieve, con un estilo estrictamente gallináceo. Esther y los demás se internaban sendero abajo en zona boscosa, oscura como un símbolo. A medida que se alejaban de la autovía la carrera de Orlando se iba haciendo más suelta, nunca elegante, pero sí menos gallinácea. Sendero umbrío sin nieve. "¿Po, po, por qué sin nieve? -me protesta Orlando-, ¿qué, qué, qué, qué acaso sólo nieva sobre la ruta?". Yo sé por qué no hay nieve apenas fuera de la carretera, sé el porqué de unas pocas nubes ralas a pesar de la gran nevada. Sé que a ti todo esto te causa desconcierto. Tú eres sólo un ficticio. Te haré caminar todavía una boscosa media hora. Sólo entonces te dejaré salir a la luz de un valle y pisar las calles de un pueblecito, donde unos pocos lugareños parecen estar esperándoos. Mientras caminas entre los demás ficticios te permitiré hablar, si quieres, con Esther, hacerle las preguntas de rigor. "¿Pe, pe, pero todo esto no te parece extraño?, ¿a, a, a dónde vamos? Respuestas amables, pero enigmáticas, tono cálido y sonrisa, pero no se abre ni un claro: "Ayer dijo -dicen ella- cota mil el hombre del tiempo". Casi inconscientemente, en el segundo plano de tu pensamiento, empiezas a buscar un contexto en el que pudiera encajar "-dicen ella- ", y una vaga ola de nostalgia te trae a un hijo que hace arriesgados malabares con "todos los fuegos". Has creído entender que para Esther es la única noche de amor del año. Tratas de imaginar - sin lograrlo - un contexto que dé sentido a este extraño amor, perfecto pero esporádico, alguna circunstancia, pavorosa, sin duda, que todas las demás noches mantiene separado lo que es uno. Os esperan. Noche casi y os esperan.
¿Ves Orlando?, media docena (7) de hombres-boina os esperan en Torrecelama. Uno de ellos se dirige a ti y te ruega que pases a su casa. "La Colasa - te informa - ya nos está preparando la cena". Su voz te suena inarmónica, como un enjambre browniano, como una muchedumbre, como un banco o una manada de voces. Decides llamarle Legión. Pero, ¿por qué? "Po, po, porque no me has dejado leer a Pessoa, podría haberle llamado Fernando o Álvaro o Ricardo o Alberto, pero tus ficticios no hemos leído a Pessoa ¿recuerdas?" Aceptado, Orlando, llamémosle desde ahora Legión. La expedición se disgrega en pequeños grupos, cada uno guiado por un hombre-boina.

- ¿Dónde será este año la sesión? -preguntan Esther.
- Donde las escuelas, ¿sabe? - responde Legión, y su voz reverbera como un tropel de ecos entrelazados -, se puede prender allí dentro un buen fuego, que al relente ya está fresco, no se usan pa otra cosa, ¿sabe? -ahora se dirige a ti- antes había rapaces, pero ahora las escuelas sólo valen pa que nos juntemos cuatro viejos a echar unas manos y a chatear un poco, como dice la mi nieta.

La expedición se disgrega en pequeños grupos, cada uno guiado por un hombre-boina. Esther, Orlando y Legión sorprenden a la Colasa manejando con pericia una lata de "Esto está de muerte, abuela". Orlando creyó ver a la abuela-turbo lanzando el bote con la derecha por su espalda y atrapándolo en el aire con la izquierda. Woman in black agita fabada como coctelera, coloca bote bajo abrelatas eléctrico, vierte contenido en plato, abre microondas, mete plato, cierra microondas, clinnk, abre microondas lanza plato humeante sobre mesa, repite operación equis veces (x = 5, a pesar de todos los conflictos de personalidad). Hola, besos peludos y a sentarse todos. Se levanta Colasa, cierra microondas, "que no gaste luz a lo tonto", se sienta, bisbisea, santigua y a ello.
- Hace muchos años -toma la palabra Legión -, Torrecelama era un pueblo con niños y bueyes...
- Le gusta chatear mientras come - interrumpe, sorbe, Colasa -, si le dejas te chatea a todas horas, no vea usted - se dirige a ti, sorbe - como me pone la cabeza.
- ... pero ahora ya ve - Legión, ni caso, prosigue - sólo cuatro viejos, que parece que no pasan las horas, ni con ésta podemos hablar desde que mi hija este verano dijo que le voy a llevar una tele nueva a madre, que en la vieja sólo se ven que moscas, con antena para abuelica, o algo así dijo la mi nieta por el otro teléfono, y trajo esa especie de sartén que ahora sí que se ven bien muchas teles por la tele, y ésta que ya ni nos mira, que aquí es que ya no corren las horas, don Armando.
- O, O, O, Orlando.
- Sí, eso, usted perdone, que estamos entrando ya en la depresión, de todos los días igual, y ya le tengo dicho a ésta, pero ni me oye, que cualquier día agarro la soga y me voy pa la cuadra, don Armando, que a la fuerza ahorcan, pero yo esa fuerza, y muchas fuerzas anudadas, la siento aquí dentro, tranquimacines, nos han dado pal nudo, el del estómago, digo, el otro todavía no está hecho, se creen los doctores del ambulatorio que todo se pasa con tranquimacines, los del pueblo tenemos ya el arcón congelador lleno de tranquimacines pa todo el invierno, pero lo que necesitamos es chatear más, don Armando, usted comprende ¿no?, y un poco más de eso que nos traen los de Madrid, ¿cómo era?, uno, dos y...
- Estrés - interrumpe, sorbe, Colasa - pedazo de alcéimer
- Pues por eso - prosiguen cien ecos -, cuando vienen estos señores tan chateadores aquí es como si fuera una fiesta, don Armando.
- O, O, Orlando, señor.
- Pues eso, usted perdone, y ahora, cuando acabemos de cenar nos vamos hasta las escuelas y montamos un filandón que tiemble el ministerio, don Servando.
- ¿Fi, fi, filando?
- Pues eso, usted perdone, don Filando.
- No, no, no que digo que qué es un filando.
- Filandón, don Servando, se dice filandón
- Es -aclararon Esther- como una especie de terapia de grupo.
- De eso sólo hay aquí en los pueblos - continuó Legión -, y es que nos reunimos arrimados al fuego, contamos historias y cuentos, y mientras, bueno eso era antes, las mujeres hilaban, ahora se quedan viendo las teles que entran por la sartén, pero cuando llegan cada año estos señores de la carretera hacemos uno bien grande, y chateamos toda la noche, que si uno no cuenta las cosas es como si no hubiesen sido nunca, que aquí no pasa nada hasta que lo contamos la noche de la nevada y estos señores de Madrid también se desahogan, cuentan sus cosas, y dicen que les sienta bien, que por eso vienen todos los años - Esther asiente, apoya sobre la mesa una mano con diez dedos machihembrados - y nos dejan aquí un poco de su (un, dos -murmura-) estrés, que a los de aquí nos viene que ni pintao, usted también tendrá que contarnos un cuento, seguro que se dicen buenas historias por su tierra boliviana.
- So, so, soy de Caracas, señor.
- Pues eso mismo, don Oswaldo.

Y ahora, mientras te vas durmiendo, te contaré el final de esta historia, Oswaldito - bromeó - di, di, digo Orlandito: Hace muchos, muchos años (@5), unos cuantos infelices descubrieron por casualidad, gracias a una gran nevada, los beneficios del contar y ser contado. Como un bálsamo para el alma vivieron una noche de fuego y orujo los de la carretera y los del pueblo. Se confabularon desde entonces para repetir la reunión una vez al año, pues sentían que sólo esa noche de relatos les había hecho vivir. Desde entonces, cada año, a una señal convenida, "nevará en el noroeste por encima de mil metros", todos se ponían en movimiento, los de Madrid hacían sus equipajes y saltaban a los coches, los de Torrecelama sacaban de los pajares los cañones de nieve. Algunos años ni siquiera eran necesarios, pero otros resultaban imprescindibles para hacer nevar una buena coartada sobre la autovía.

Comentarios

Compruebo desalentado que la red lo aguanta todo. No entiendo que se publiquen cosas así, mendaces e inelegantes en cada una de sus líneas. La única explicación que se me ocurre es el soborno. No es la primera vez que mi hermano compra con dinero o con inconfesables favores a los editores de una revista. Sabed, no obstante, que hasta la biografía es falaz: juanito nunca paso por la legión, ni por Chiapas, ni en realidad por sitio alguno que estuviese a más de dos metros de su mesa camilla. Hasta mamá, ¡la pobre!, está más que harta de mantener en casa a semejante haragán fabulador.

Posted by: Jesús Urbano en: Mayo 27, 2005 09:31 PM

¡Híjole! ¡qué padrísimo, Juanito, estás vivo y coleando (como siempre)! Me dijeron los sapatistas que los soldados te habían baleado (y a naide más en toda la guerrilla, virgensita qué suerte la mía). Aquí te aguardan tus dos chamaquitos, los dejaste haciéndose cuando creíamos que se te había llevado mi diosito (con todo lo rojote que eras, contaron que te quisiste ir sacramentado). Se llaman Alfredo y Faustino: Alfredo es requete macho, siempre marcha el primero pagado de su bravura. Faustino es más apocado, a vezes se queda en una F y un punto, y a veses ni eso. Y qué tanto platica tu hermano Jesús, se puso abusado de hablar por boca del diablo. No más se repartan sus despojos Quetzalcoalt y Nezahualcoyotl. Así le decías “el bilioso”, de cuánto enbidiava tu guapura, el muy pendejo. Pos órale, ahorita te me vuelves a casa y la pasamos tomando, que aunque chiapaneca bien aprendí de ti “el estilo Jalisco”.

Posted by: Yahira Lupita Domíngues en: Junio 2, 2005 05:51 PM

Santo cielo, qué pavadas. Pero esto qué es. ¿Es literatura o reproches y bienvenidas a un pibe desaparecido en selvas mayas? Por qué permitir comentarios en una obra. Qué aportan. ¿Es mejor ahora la obra de Juan Urbano, con los comentarios de su hermano envidioso y su compañera de guerrilla abandonada? ¿Qué han ganado los textos? ¿Estamos en la ficción o en la realidad? Déjenme disfrutar sin límites. En este caso y en otros muchos, los comentarios sólo son pavadas, bobadas de un tonto sentado en el ordenador. La obra ya dice bastante por sí sola. He ahí su autonomía, y esa autonomía no debiera romperla ni el hermano ni la madre que parió a Juanito. Imaginando.com, una de cal y otra de arena. Encima los comentarios con la letra bien grande, para no poder saltárselos y que quede un gusto amargo en la boca. Maldita interacción. En España también les ha dado por ahí: yo creía que pertenecía sólo a la intelectualidad argentina. Eso sí, mis felicitaciones al autor. Creo que coincidí con él en un campamento juvenil de ortodoxia marxista-leninista cerca de Moscú, allá por el 83. Qué tiempos aquellos en que se exigía tan poco al escritor. Saludos desde Rosario, Argentina. Soy Norberto.

Posted by: Norberto en: Junio 6, 2005 09:38 AM

QUIERO CARROS EN MICOREO porfavor
GRAcias

Posted by: julio alejandro gonzalez en: Agosto 12, 2005 11:36 PM
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