Imagen de la ciudad

Autor: Jon Kortazar

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I
La primera imagen de la ciudad es la que se adquiere a través de la mirada sorprendida.
La ciudad inaugura una nueva mirada. Es el primer paso. Un nuevo urbanismo crea una nueva luz, y una mirada que ya no tiene que ver con la mirada del campo abierto y la montaña. No existe ya la amplitud horizontal de la mañana que se abre poco a poco con la niebla. La luz cae del cielo en las cuadrículas de las casas y las calles.
El horizonte ha cambiado, debe mirarse a un “horizonte vertical” por más que el nombre sea una forma de absurdo en sí mismo.
Es lo que supieron ver los escritores del siglo XIX en París, creando quizás la primera capital del mundo, en sentido cronológico y en sentido metafórico.
La ciudad crea una nueva mirada y crea un nuevo sujeto: el paseante, el hombre que no actúa, que contempla, y que convierte la contemplación en actuación. Baudelaire se deja llevar por la ciudad, y contempla un mundo en transformación, para darse cuenta de que la ciudad dibuja con sus trazos las huellas de un rostro, el del hombre moderno que se muestra en la mirada, que aparece en el centro de unas relaciones sociales, en el centro de una red que crean su personalidad. Walter Benjamin volvió a meditar sobre París para darse cuenta de que la ciudad que él pensaba ofrecía las suficientes pistas para detectar el nuevo orden social.
Urbanismo, arquitectura y antropología se reunían en un solo arte, el arte de trazar las calles, de diseñar las casas, de tejer y destejer un espacio en el que viviera en toda su complejidad un ciudadano, el nuevo nombre de un nuevo orden político, que buscaba en la ciudad de Grecia su último sentido.
Miramos como si hubiéramos creado la luz, pero sólo creamos una mirada.
II
La segunda imagen es una imagen múltiple; es la creación de unos fantasmas que llamamos anonimato y soledad, pero que también se llama solidaridad. Todo den la ciudad tiene dos caras
La ciudad teje y desteje las vidas de sus habitantes. Planea sobre ellas como si fuera un orden fuera de control.
Dos son las características que se atribuyen a la ciudad: la posibilidad del anonimato, es decir, de la libertad, y el regusto a soledad que proviene de ser nadie en la ciudad.
El anonimato produce sensación de libertad. El ciudadano ha visto reducida la capacidad de control de la sociedad a su alrededor. Entre iguales puede pasar desapercibido, puede desaparecer, a la vez que se encuentra con capacidad de ser él mismo, libre de (algunas) ataduras sociales, desde luego, libre de las restricciones más tradicionales.
El anonimato anima a la privacidad, y a la multiformidad. Rimbaud escribió que “él era un otro”, que dentro de cualquier personalidad caben distintas personalidades. Pero sólo en la ciudad se manifiestan las distintas personalidades de cada cual, porque la movilidad ayuda a la disparidad; cada uno de nosotros aparece distinto en distintas situaciones, y aquello que podría llamarse hipocresía no es sino una forma de cambio, de adaptación al medio.
Y medio es la palabra que distingue otra imagen de la ciudad, porque la ciudad no es el espacio del individuo, sino de una colectividad, que crea la historia, por decirlo de otra manera, la confluencia de diversos intereses, y la red múltiple de las múltiples interferencias, de las vidas cotidianas que convergen en un espacio urbano y que divergen en la distinta percepción de la vida. En el tiempo del mestizaje, la ciudad crea el soporte para la diversidad.
La ciudad está en permanente conflicto porque su tiempo no es le tiempo de los ciclos, sino el tiempo del movimiento continuo, hacia la creación de un marco de convivencia, plural y cambiante. Es el suyo el tiempo de la historia, no el tiempo del mito, que gusta mirarse en un espejo que le devuelve una imagen que sueña inmóvil, que quiere creer que sin cambios.
III
Me gusta pensar que la ciudad es un laberinto.
Pienso en la ciudad como una doble vía: una lleva en la vida cotidiana al trayecto fijo y repetido, de casa al trabajo; el otro camino habla del paseante que descubre aquello que no había visto con anterioridad, como el nadador que nunca se baña dos veces en las mismas aguas.
Me gusta el laberinto como obra de un dios menor, que busca atemperar el conflicto cotidiano de las ciudades, que busca un orden al encuentro de gentes dispersas venidas de diversas partes.
Pero nunca existirá un orden elevado en la ciudad, porque el laberinto no está en el espacio, sino en la maraña creada por las relaciones entre sus habitantes. Y esa maraña me hace percibir la ciudad como un espacio donde aparecen las consecuencias no queridas de todos los proyectos humanos. Toda buena intención esconde una consecuencia no querida, que aparece con el tiempo.
Todos los laberintos tienen esquinas en las que aparecerá el Minotauro.

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