La catedral de Titanio

Autor: Jon Kortazar

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José María Merino, el celebrado novelista, llegaba en el avión de las diez. Un encuentro en un congreso de escritores y algunas aficiones compartidas habían establecido un lazo de cordialidad que me hizo prometer:
- Si vienes a Bilbao a ver el Guggenheim, te espero en el aeropuerto y lo visitamos juntos.
Es hora de cumplir la promesa. Me encuentro en la nueva e improvisada terminal de llegadas de Sondika, aeropuerto de Bilbao. Como siempre, un libro me acompaña. Me he preparado un poco. La publicación refleja una conversación entre un artista, Antoni Tàpies, y un poeta, José Angel Valente. Hablan de arte y de la función de los museos. Así la frase aparece brillante ante mis ojos:
"Esto nos lleva a un tema controvertido: el papel del museo en el arte contemporáneo. Se está acercando a algo que dijo Nietzsche, que es la necesidad de unos espacios para ir a meditar y contemplar".
Una voz metálica anuncia la llegada del vuelo. José María Merino aparece por la puerta, como lo recuerdo: firme, pero suave; fuerte y entrañable; elegantemente vestido, pero con un movimiento de cadera que recuerda a quien mueve el arado en la tierra clara, y sabe del olor del viento del norte y puede predecir nevadas. El encuentro es cálido, como un aroma de amigo viejo.
Prefiero dejar lejos el coche y acercarnos al museo andando. Los ascetas y los poetas simbolistas sabían que las montañas configuraban un espacio especial, lleno de ecos y de sombras que sólo se encontraban desde la reflexión en la distancia.
Allá al fondo, aparece la primera visión: el campo redondo, la esfera luminosa que ya no es esfera, el titanio, que cambia de color.
José María comenta, como quien no quiere la cosa:
-Nos acercamos a un paisaje.
Un paisaje nuevo. He oído decir que el autor del museo Frank O. Gehry había tenido en cuenta la proporción entre el punto más alto del museo y la montaña que un paseante puede ver detrás. No sé de proporciones. Pero la cúpula primera mueve la mirada en una marea contínua: va y vien, va y vuelve. Es como una niebla, cambiante y singular, una calima de formas de sueño.
Siempre me ha resultado difícil transmitir lo que me produce ese museo. Es tan nuevo, que tendremos que esperar a que la mirada se tranquilice, tan irreal que tardaremos en acostumbrarnos a su presencia, tan impactante que las palabras deberán aprender el camino a los sentimientos para volver y describirlo. Mientras sólo recuerdo los versos del poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot, aquel poeta que todo lo apostaba a la adquisición de la visión para describir:
"esferas alumbradas desde dentro,
palabras con reflejos de otros mundos".
El museo pronuncia palabras de otros mundos, y al principio resultaron incompresibles. Refiero a mi compañero las primeras dudas, los debates agrios. Eran tiempos de cambio. ¿Qué era aquel proyecto de construir un museo fabuloso? ¿Una fábula que, en la ficción, llevaría un final de desengaño? ¿Un laberinto de formas imprecisas que impediría ver una salida airosa? ¿Un despilfarro, como clamaba el bienintencionado? ¿Un agravio? No le hablé de la singularidad de la cultura vasca, en peligro por perder un trozo de subvención. Era un clima de desasosiego. Los museos comenzaban a cobrar entrada. Nadie pagaría por ver arte que no entendía,se decía... Para mí uno de los signos del éxito del museo consiste en la poca entidad de las parodias que se han realizado sobre él, ninguna frase despectiva ha tenido éxito. Se olvidan después de una vida corta.
Sí, eran incomprensibles las palabras del futuro. Pero la luz iluminaba por dentro las esferas.
Cuando el proyecto del museo sólo era una idea la sociedad vivía un tiempo de cambio. Algunos sociólogos lo habían descrito en los años ochenta. Las sociedades occidentales sufrían una crisis industrial, nacía el postindustrialismo: el obrero fabril ya no era el icono de la industria; nuevas clases urbanas ligadas a la comunicación, al ocio, a los servicios llegaba a levantarse sobre las ruinas de las grandes industrias.
- ¿Qué son esas grúas? ¿Qué esos fósiles industriales? -me preguntó Merino, señalando algunas estructuras grises junto al museo.
- Memoria. Recuerdos compartidos con otras personas que se dejaron aquí su esfuerzo. Creo que al menos me une a ellos un recuerdo.
- El museo tiene una estructura imponente -sentencia Merino.
- Creo que, sobre todo, resulta una llamada a la esperanza. Algunos autores han hablado del proceso de civilización. Cuando me siento optimista, me alegra pensar que toda esta gente que nos visita, los que vienen y vuelven más tarde, la gente humilde que se acerca acompañada de sus nietos, puede crear una especie de puente de sensibilidad, que nos hará más humanos.
Junto a la entrada al museo, un hervidero de gente se mueve en una corriente viva; sacan fotos con el edificio al fondo.
Las parejas prefieren acercarse a Puppy, el perro-estatua de flores, y abrazados esperan que un amigo dispare una cámara. Unos jóvenes prenden lazos rojos anti-sida en la solapa y piden un donativo.
El tiempo cambia y cambia el espejo de titanio: la realidad no es ya fija, sino cambiante, etérea, singular.
Antes de entrar decidimos dar una vuelta por fuera, acercarnos a la ría. Se cuenta que, cuando comenzaron las negociaciones para dar cuerpo al proyecto, a Frank O. Gehry, el arquitecto, le ofrecieron cualquier espacio de Abando Ibarra, la zona de expansión del nuevo Bilbao. Y él escogió la zona más difícil, la más estrecha, junto a un puente horroroso, que en su extrema utilidad, no deja ningún resquicio a la estética. Cuentan que cuando le preguntaron por la razón de una elección que apartaba lugares que le podían dar más prestigio, dijo: "Ahí se encuentra el espacio más abigarrado de Bilbao. Quiero un edificio que traslade la idea de un espacio compuesto de elementos mezclados".
Quizás merezca verse el museo desde la montaña, desde los barrios humildes que trepan la ladera. Puede ser la perspectiva más difícil, pero estoy seguro que es la que que pone el museo en su nivel: mirado desde arriba, el museo, en una paradoja, no se empequeñece.
Conozco a unos alemanes que trabajan en Bilbao y que pronto volverán a su país. Cuando toman, evidente fruto del sincretismo, un jerez con pulpo, siempre me comentan lo mismo:
-Ver crecer la construcción del museo, verlo crecer semana a semana, será una de las mejores experiencias y recuerdos que nos llevemos de Bilbao.
Merino se fija en la parte posterior del museo, la que se acerca al agua de la ría. A mí me extraña, nunca había estado tan cerca del agua en Bilbao, casi al ras. El museo abre nuevas formas de ver la ciudad.
-Fíjate. Parece la entrada de una catedral secular.
José María Merino se asombra en el atrio del Museo, ese gran géiser de luz, cristal en cascada, cielo... Asombro es la primera palabra que me llega. Emoción, puede ser la segunda. Un incendio inerte deja un soplo de sorpresa. Es la primera cortina de luz que espera al iniciado. Junto a nosotros una pareja se besa.
José María Merino comenta que su mujer ya ha estado en el museo. Y que, como tantos otros visitantes, me previene, prefiere el continente al contenido.
- La estructura le pareció fabulosa Pero las obras expuestas la dejaron un poco fría.
Es una opinión que he oído muchas veces. Yo mismo la he compartido. En mis primeras visitas participé de la experiencia de pasar de las primeras salas gigantescas a las últimas más íntimas. Le tranquilizo:
- ¿Sabes?, el museo tiene truco. Hay que comenzar la exposición desde arriba, desde la tercera planta, y terminar aquí.
- ¡Ah! Como en Nueva York.
Al parecer se trata de una ley no escrita en los museos Guggenheim. La impresión que se recibe cambia si se comienza la visita por la sala de las primeras vanguardias. En esas salas, pocas, escogidas, la vanguardia histórica muestra una fuerza en continua expansión.
Recuerdo a un amigo que en un capricho novedoso quería llegar a Nueva York para ver "Paris par la fenêtre" de Marc Chagall. Y un día, paseando por Bilbao, vió el cuadro delante de sus ojos. Eran los primeros desembarcos de la Fundación Guggenheim, exponiendo sus obras maestras a finales de 1993. Tras aquella experiencia, mi amigo que escribía una poesía inspirada en Ungaretti, se volvió un devoto de la poesía mágica.
Me acerco a Jose María y le comento:
- Quizás en ningún otro sitio he visto esa fugaz visión sobre los efectos no deseados de un mundo que, a principios de siglo, quería ser feliz, y, simultáneamente, iba a dar un salto atroz a la crueldad de la guerra. Sé que realizo una impresión no profesional, pero "La vaca amarilla" de Franz Marc siempre me ha parecido una visión sobre el caos.
- Es la misma tensión que veo en Kandinski -responde. Una fuerza parece llevarlo a través de los colores puros, a la felicidad, y otra a la angustia de un movimiento que se augura imparable.
Nos alejamos. Cada uno se queda ante su obra preferida. El mira un cuadro de Modigliani. Yo me recojo ante Léger. Un grupo de jubilados entra en la sala. Les acompaña una guía. Me gusta ver gente diversa aquí. Me gusta ver gente mayor. Les veo mirar con perplejidad, pero admiro su talante, esa mirada aún escéptica ante el arte, pero ellos son un antídoto contra el paternalismo que afirma que no pueden entender lo que ven. Me parece que con su presencia cran una conversación con lo desacostumbrado. Tienen paciencia y son obedientes. Cuando la guía termina su explicación se felicitan por entender al fin.
Saco el libro que me acompañó al aeropuerto. Leo a Tàpies: "Hoy sabemos que en la estructura de la comunicación artística las cosas, mágicamente a veces están y no están, aparecen y desaparecen, van de unas a otras, se entrelazan, desencadenan asociaciones". Desencadenar asociaciones: aquí debe residir una de las claves del arte contemporáneo.
En la segunda planta, admiramos el alabastro majestuoso de Chillida, los abrazos del hierro, ese juego entre contrarios, piedras traslúcidas, hierro dúctil que en su contorsión habla de que es posible cambiar el sentido de las cosas.
Las salas más novedosas nos decepcionan un poco. Llega un momento de desaliento. Nosotros no tenemos la paciencia de los jubilados y no entendemos.
- He visto mucho arte contemporáneo -me dice Merino al pasar por una video-instalación. Pero creo que los artistas hoy tienen muchos medios, pero poca imaginación. Una vez vi en Nueva York una obra curiosa: un artista había convertido un carrito de supermercado en habitación para homeless. Un sistema de ingeniería hacía que el pobre pudiera reunir todo su mundo en el carro plegado, y por la noche extender el ingenio y construirse un más que problemático techo. Eso es imaginación y mente despierta a la vez.
Pienso que quizás, la liviandad de las obras haya olvidado los márgenes de la sociedad opulenta. Cuando no nos gustan las obras, miramos hacia arriba, y vemos los juegos arquitectónicos de Frank O. Gehry. Cada sala parece estar hecha como si fuera un espacio diferente, un juego curvo que nace en cada sala, un vientre materno distinto cada vez: plácido y sereno, pero nuevo.
-Me gustaría quedarme aquí -comenta Merino, en un rapto que parece sincero.
Desde un mirador del segundo piso, contemplamos la gran sala de la planta baja. Una guía explica a unos niños que es la sala más grande de un museo contemporáneo: 30 metros de ancho por casi 130 metros de largo. Ahí se sitúan las obras del Pop art, del minimalismo y del arte conceptual. La gran serpiente de Serra, el laberinto... Obras, que dice la guía, los niños pueden tocar y alborozados los chicos corren escaleras abajo para perderse en el laberinto y llamar al eco dentro de la escultura de Serra.
Aquí el museo se convierte en diversión, el arte en espectáculo. El Guggenheim se disfraza de Guggisney. Los gritos de los chiquillos han puesto en marcha su memoria y José María Merino recuerda sus primeras lecturas infantiles, mientras descendemos hacia la gran sala:
- ¿Te acuerdas de Guillermo Brown, ese personaje de novela para los niños que leíamos en mi generación?. Odiaba la geometría, esa ciencia que no le servía para nada a Robin Hood, y siempre gritaba: "¡¡¡Jometría, jometría!!!".
Merino pierde su aspecto serio, busca recuperar la infancia en este gran espacio; volvemos a la edad de la aventura, nos sentimos miembros del club de los proscritos y al grito de "Jometría, jometría" entramos en el laberinto para perdernos para siempre. ¿Para siempre? Mientras Merino avanza decidido, con disimulo suelto algunas migas de pan.
Cuando me pierdo para siempre, me gusta saber dónde queda el camino de vuelta a casa.

Comentarios

quiero las cartas de era titanio

Posted by: brayan en: Octubre 24, 2005 03:49 AM
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