La moral del verdugo, de Ricardo Rodríguez

Autora: Virginia Isla García

Rodríguez, Ricardo, La moral del verdugo, Barcelona, Literatura Mondadori, 2005.


Tras trasplantar Guantánamo al desértico suroeste de los Estados Unidos (quién sabe si a tiro de piedra del rancho de su presidente), rebautizada con el ¿aséptico? nombre de La Institución, Ricardo Rodríguez intenta bucear en la conciencia de su verdugo, protector de un país que le desprecia y al mismo tiempo le envidia por su licencia para matar legalmente.

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La historia arranca (¡cómo no!) de la psicosis colectiva que se desempolvó en la sociedad norteamericana tras los atentados del 11 de septiembre. La Institución, dirigida por un deformado-científico-xenófobo llamado doctor Killer no castiga a los terroristas, vacuna al país contra ellos. Y este ellos agrupa a todo aquel que cuestiona el orden dominante, las actuaciones del gobierno, los enarbolados valores americanos. Aunque a veces sólo basta con que el individuo haya nacido en otro país, rece a otro dios o simplemente juzgue desde una formación cultural un punto por encima superior al de la media. La novela de Ricardo Rodríguez comparte, hasta aquí, la situación inicial y la tesis de miles de productos artísticos que pretenden dejar constancia crítica de lo que cualquier ciudadano que huya de las explicaciones simplistas comprendió hace mucho, mucho tiempo.

No obstante, la figura del verdugo, el de la soga, el de la silla eléctrica, podía sugerir una intriga psicológica inquietante, un torbellino de dudas de esas que a tantos lectores nos encanta desentrañar. Pero la posibilidad se deshace en las primeras páginas, y pronto el verdugo nos ofrece largos parlamentos donde defiende su papel en la sociedad, su agradecido papel de “extirpador del mal” (de pensar). El verdugo escribe a la hija de su próximo “cliente”, un joven palestino educado en EEUU, amigo suyo de la infancia, y en un intento fructífero de soportar sus noches de insomnio espera el amanecer justificando su obra.

Pero las dudas, aunque pocas, aunque perdidas entre los recuerdos y la cuenta atrás del presente, existen. El niño Alí dio algo de sentido a la vida del niño verdugo, chico raro que coleccionaba insectos y que asistía pasivo, a las palizas diarias que su padre regalaba a su madre. Chico que escuchaba atento a un Alí mucho más culto que él (quizá demasiada erudición en un crío de unos doce años), mientras ignoraba a su padre, un juez de paz racista que soportaba con orgullo los valores de una herencia cultural tejana. Y en audaz y veloz deducción, el lector se da cuenta de que esa irracionalidad que salía a borbotones del odiado padre, encuentra el necesario instrumento en la labor voluntariamente asumida del hijo.

Porque, al fin y al cabo, es la falta de continuidad, de constancia, de habilidad para mostrar la moral del personaje lo que cojea en la novela, medio y objetivo que, precisamente, era lo que debía diferenciarla de las ciento que ponen en tela de juicio la maquiavélica afirmación de que el fin justifica los medios. Pocas imágenes se salvan, como la enfermedad del padre, una clase de diarrea eterna que lo pudre por dentro, pero que, al explicarse de manera explícita, deja caer en el saco de lo corriente, de lo que ya había descubierto el lector en otra parte. Pese al título, el verdugo no duda de su deber: sólo su pasividad parece andar cabizbaja.

Comentarios

Aunque parece que a la autora de este comentario el libro le resulta 'plano' yo se lo recomiento a todo aquel al que le guste leer y pensar a la vez que no es una mala práctica alguna vez que otra.

Posted by: Rosario en: Septiembre 19, 2005 02:35 PM
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