La pasión del desánimo: la renovación narrativa de 1902, de Jorge Urrutia
Autora: Virginia Isla García
Urrutia, Jorge, La pasión del desánimo: La renovación narrativa de 1902, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002.
La habilidad, cada vez más escasa, de saber colocar en la estantería de la Literatura, desde la honestidad y la claridad, nuevas respuestas a cuestiones eternamente planteadas, siempre es digna de agradecer. Este “saber hacer” se concretiza en La pasión del desánimo en una interpretación personal que no pretende ser palabra de Dios, una exposición acorde a la propia reflexión (capítulos “sueltos”, ensayos breves y concisos), y, finalmente, una sencilla conclusión. Reglas básicas de redacción que a menudo escasean en más de un manual extenuante.
Jorge Urrutia centra sus “ensayos” en el universo que rodeó a cuatro obras, publicadas en 1902 y que podemos considerar claves en la renovación de la novelística española del siglo pasado: Amor y pedagogía (Miguel de Unamuno), Camino de perfección (Pío Baroja), La voluntad (José Martínez Ruiz) y Sonata de otoño (Ramón María de Valle-Inclán). Frente a la crítica nacionalista que pretendió (y pretende) ajustar las cuatro novelas a un modelo nacional, particular y alejado de Europa, prácticamente sinónimo del “espíritu español” (fenómeno paralelo al de la mal llamada Generación del 98), Urrutia explica cómo estas novelas, pese o quizá gracias a sus propias particularidades, forman parte del contexto europeo de desasosiego, de crisis, del llamado Fin de Siglo.

Evidentemente, aunque sólo fuera por lo limitado de su extensión (154 páginas), Urrutia no divaga sobre el Modernismo, el decadentismo, el simbolismo… corrientes que menciona y de las cuales señala las ideas clave que “refresca” para apoyar sus razonamientos. No es, pues, un “manual” de definiciones y listados de obras de la renovación cultural europea.
Apoyándose en referencias a otros lenguajes artísticos, como el pictórico, los primeros artículos de este libro enlazan lo que denomina “la decadencia ibérica” de España y de Portugal con la francesa, y en general, la latina. Así, la derrota de Francia en Sedan en 1870 le parece una fecha clave en la historia europea, porque fue a partir de entonces cuando la “Germania” tomó el relevo en la supremacía del continente (añado yo que prueba evidente de ello son las dos guerras mundiales, especialmente la primera, que estrenaron el siglo XX). Francia, no obstante, supo, de alguna manera, sacar partido del desasosiego, del sentimiento de abatimiento que se extendió por las conciencias, algo que España no llegó a superar del todo (la pérdida de Cuba se diluyó mucho más en el tiempo).
Las cuestiones propiamente literarias son abordadas en los restantes capítulos: el misticismo, el fragmentarismo en la novela, el simbolismo son ejemplificados en textos y en cuadros, primero en obras literarias europeas, influyentes o no en las novelas de 1902 y después en párrafos equivalentes hallados en las novelas de 1902 (por ejemplo, la introspección del artista en sí mismo y en su creación artística que encontramos en El retrato de Dorian Gray se repite por contagio cultural en fragmentos de las novelas españolas de principios de siglo).
Otra cuestión también muy interesante es la continuidad que establece entre Naturalismo y Simbolismo (que conviven un tiempo) como es el detallismo en las descripciones, o tópicos tales como las leyes de la herencia.
Dedica también algunas páginas a defender la inclusión de la Sonata de Otoño en el movimiento de decepción y abatimiento que ideológicamente parece unir a estas novelas: el marqués de Bradomín, concluye, no es más que otro ejemplo del fracaso del héroe, cuyo principal baluarte, en este caso, el erotismo, termina por resultar ridículo.
La tesis de Jorge Urrutia no puede ser más clara. Sin lugar a dudas, las novelas de 1902 son producto de un movimiento de renovación que traspasó fronteras geográficas y que sacudió, también en España, a una nueva generación insatisfecha y decepcionada con la Historia que habían heredado.
