Diosas de piedra
Autor: Luis Tamargo
El autor, Luis Tamargo, de 46 años, es natural de Santander. Cursó estudios de Filología Hispánica y ha publicado Escritos para vivir (1998), su primer libro de poemas; y Era un bosque (2004), de relatos. Además de su obra poética, agrupada bajo el sobrenombre de Poemágenes, trabaja en la actualidad en una selección de relatos donde la prosa adquiere una dimensión poética emocional.

DIOSAS DE PIEDRA
"De tarde en tarde alguna ráfaga
hacía circular sobre el paisaje
jirones dormidos de bruma".
Knut Hamsun.

El macizo montañoso emergía su pared majestuosa de piedra y marcaba, imponente, el final de la carretera. En el valle eran frecuentes las excursiones para contemplar tan admirable paraje, cada fin de semana se transformaba en un animado festival de vehículos, turistas o cazadores. Marlon se caló el sombrero hasta las cejas y resopló, para él aquellas montañas eran las diosas del lugar, hacía muchos años que escogió vivir a su amparo, sumergido en la frondosa ladera de su falda rocosa. Sin embargo, en esta ocasión eran los automóviles de la policía y de los periodistas los que perturbaban el habitual sueño en las inmediaciones de su cabaña.
A Marlon le pareció un tanto insolente el tono con el que el comisario se refirió a la montaña cuando le preguntó acerca del antiguo sendero que se adentraba en el bosque. Toda aquella historia del atraco y del fugado con el rehén internados en la espesura le sabía truculenta. Llevaba toda una vida a lomos de aquella cordillera, pocos como él conocían cada rincón, cada recoveco de la comarca con tanto atino, pero perderse por primera vez en aquel laberinto de riscos y simas no dejaba de ser una fatal locura. El trampero echó atrás su sombrero y escrutó la densa capa de niebla que ya ocultaba la cumbre.
-Si es cierto que están ahí dentro será la montaña quien decida...
Al comisario no le quedó clara la enigmática respuesta del trampero. Aquel fornido cincuentón desafiaba toda lógica con su estrafalario modo de vida en su cabaña al pie de la montaña, sin luz ni gas, tan sólo leña para alimentar la chimenea y ahumar las pieles que colgaban alineadas en el porche. Había oído hablar de él, en una ocasión recuperó sin ayuda de nadie toda una yeguada extraviada que se había escapado monte adentro, desde entonces se granjeó el respeto de sus paisanos. Pero el comisario no encontró el compromiso que le habían asegurado los lugareños para resolver aquel caso que colocaba a la comarca en las principales páginas de todos los noticieros.
El perseguido andaba escondido en algún rincón de aquella montaña. Después de desvalijar la sucursal bancaria a punta de fusil había secuestrado a su hijastro de once años, antes hirió a la madre del muchacho. En su desesperada huída no encontraron mejor refugio que atravesar a pie aquella cordillera fantasmagórica. El raptor maldijo el empeoramiento climático que se sumaba a aquella cadena de desgraciadas circunstancias. La niebla se deshilachaba entre los árboles e imposibilitaba adivinar el rumbo próximo de sus pasos, además el joven muchacho tiritaba de frío y entorpecía la marcha con sus sollozos cada vez que el padrastro le empujaba a trompicones o le profería insultos amenazantes mientras le encañonaba. Sobre sus cabezas, los rebecos saltaban con agilidad entre las peñas y el hombre escudriñaba a su alrededor, inquieto, pues había que guarecerse antes de que la noche cayera. El muchacho ahogaba en cada gemido el recuerdo de su madre apuñalada y malherida, no soportaba los ataques repentinos que cada vez con mayor frecuencia acosaban a su tío y lo transformaban en alguien temible, peligroso. Esta vez, sin embargo, el calibre de la fechoría había sobrepasado todos los límites de la agresividad calculada. El joven se quejó del antebrazo después de que el padrastro lo arrastró para que avanzara, sollozó de frío y miedo. Se agachó para anudarse los cordones del calzado, pero le resultaba difícil articular los dedos. La niebla le empañaba también los ojos, sólo al levantar la vista se apercibió del impacto de la enorme roca despeñada sobre su padrastro... Hombre y piedra se sumieron en sorda caída precipicio abajo.
No fue hasta la mañana siguiente que el muchacho hizo acto de aparición en el lindero del bosque. Otra vez la cabaña de Marlon era un hervidero de agentes, la prensa acordonada disparaba sus flases al paso del joven envuelto en mantas. El comisario celebró el rescate ante los micrófonos, luego se volvió hacia el trampero:
-...No puedo agradecerle precisamente su cooperación.
Marlon no se inmutó, sin dejar de atusarse la barba, señaló hacia la cima...
-Ya se lo advertí, es ella la que decide...
Ambos dirigieron su mirada hacia las cumbres, coronadas de un halo neblinoso presidían el techo del valle. Desde su cetro de roca custodiaban una ley antigua nunca revelada, sólo conocida por las diosas del lugar...
MÁS QUE UN JUEGO
"-¿Ahora? –preguntó ella volviéndose,
pero sin bajar los brazos que sostenían
su bellísimo pelo negro, suelto aún".
Luigi Pirandello.

Si le llamaba ahora le molestaría, lo sabía. Se acercó al ventanal y
sacó el teléfono móvil de su bolso, movida por un impulso espontáneo de
despedida. Su figura desnuda se recortaba al trasluz de las cortinas y
el tenue reflejo moldeaba sus contornos redondeados. Así la encontró
Bruno al salir del baño, le pareció sublime, encantadora y, desde atrás,
abrazó su cuerpo menudo en un gesto amoroso de protección.
-¿Qué haces? ¿a quién llamas?
-...Iba a comprobar si tenía llamadas! –ella se dejó besuquear en el
cuello, mientras volvía a colocar el teléfono en su sitio.
Él siguió aferrado a ella sin cesar en sus arrumacos cariñosos y Vera se
dejó mecer, quizás en exceso pensativa... Bruno aprovechó para retomar
la conversación iniciada en la sobremesa:
-Díme, Vera, ¿lo has pensado ya?
Ella se giró, entregada aún entre sus brazos, y le miró a los ojos antes
de hundir el rostro en su pecho. De nuevo volvió a mirarle cuando él la
empujó con suavidad hacia el lecho...
-¡Bruno! ¿...otra vez? ¡Oh, Bruno!
Ambos rieron entre susurros y besos al tiempo que rodaban entremezclados
con las sábanas revueltas.
Bruno era algo más joven que ella, aquel ejecutivo italiano venía
demostrándole su fogosidad desde hacía varios años, cada vez que sus
gestiones de negocios le traían al gélido invierno de Praga. Ella no era
precisamente una mujer fácil, pero nadie mejor que una señora casada
para conocer los motivos que la indujeron a dar el paso y convertir la
habitación de aquel hotel en mudo testigo de sus apasionados encuentros.
Hacía algún tiempo que había dejado de considerar sus casi veinte años
de matrimonio y hoy, que se cumplía otro aniversario de boda, ni
siquiera su propio marido se había acordado.
Para Nikolai Zabielin sólo existía una pasión: las paredes de su casa
estaban plagadas de su huella con las fotos enmarcadas de sus eventos
más destacados; las estanterías de su biblioteca rebosaban de numerosos
volúmenes, auténticos tratados de ajedrez, manuales de estrategia,
algunos de ellos con las jugadas maestras subrayadas; una vitrina en el
salón mostraba los variados trofeos, nada espectacular sino pequeños
premios de un aficionado, un buen y concienzudo aficionado que ponía los
cinco sentidos y uno más en su juego predilecto.
Al principio, Vera le acompañó a las concentraciones, mientras fueron
novios; aquella afición le venía desde la infancia y ella lo admitió
como una parte integrante de su vida cuando se casaron. Después, los
niños no llegaron, tal vez alejados por el enjudioso celo que su marido
volcaba en aquel juego, ahora transformado en obsesivo y, así, se fue
distanciando. La señora Zabielin no estaba dispuesta a compartir con
aquel tablero de ajedrez su vida.
Nikolai no era mala persona, no, Vera le había querido. Pero los enfados
se sucedieron cada vez con más violencia cuando regresaba tras una
derrota y, cohibida por la tensión, ella llegó a temerle. Le tenía
prohibido llamarle o distraerle la fecha de la competición y aquella
mañana, como en anteriores ocasiones, el señor Zabielin marchó pronto
para evitar interferencias que pudieran distorsionarle o distraer su
concentrada atención en la partida. Era consciente de su nivel
intermedio, lejano de las renombradas figuras que idolatraba; estudiaba
las tácticas de los grandes en sus libros hasta aprenderlas de memoria,
pero mantener aquel status suyo del montón requería de toda su exclusiva
dedicación. Hasta ahora no había evolucionado del puro juego por placer
de los comienzos en el colegio o en el bar al de los torneos
municipales, por ello era tan decisivo el encuentro de aquella fecha que
representaba el salto a la categoría interregional. Por ello mismo le
pasó desapercibido un año más la celebración de su aniversario, aunque
Vera tampoco le hacía ya hincapié sobre estos detalles. Además, ella no
le beneficiaba con sus atenciones, si le notaba preocupado le atosigaba
con obstinada insistencia porque se relajara y no lograba en él sino el
efecto contrario, así que optó por centrarse en lo suyo, era mucho lo
que se jugaba.
Sin embargo podía darse por satisfecho porque en aquella velada le tocó
una jugada similar a la transcrita en una de las fases de un afamado
certamen internacional que acabó por aprender de tanto tratar de
descifrar. Sabía de cada movimiento y de las probabilidades de acierto
en cada caso; rezó para que su oponente no optase por la pieza retrasada
y, para su regocijo, así ocurrió con lo que rubricó el final con un
jaque mate perfecto.
Regresó henchido de orgullo con el trofeo y una nueva categoría que
defender, ávido por retomar el libro donde enfrascarse de la jugada que
le había otorgado el éxito en aquella jornada. Cuando entró en casa
llamó a Vera, sin obtener respuesta. Pegada al espejo del recibidor
encontró una nota firmada por ella: “Salí a por tabaco”. Se dirigió como
un autómata hacia el salón, abrió la vitrina y posó la copa del trofeo;
luego buscó entre los manuales de ajedrez hasta dar con el que contenía
la jugada que le valió el triunfo y, sonriente, lo releyó una y otra
vez, ensimismado. De pronto a Nikolai se le nubló el gesto. Algo no
encajaba... Cerró despacio el libro mirando al techo: Vera no fumaba...
Pero Vera volaba ya hacia Trento, acabó por aceptar la proposición de su
amor italiano que, a pesar de estar sujeto en el asiento de al lado, le
besuqueaba el rostro propinándole carantoñas que apenas lograba sofocar
entre risas y susurros:
-...¡Bruno! ¡Oh, Bruno!
ANOCHE EN EL LAGO
"Durante el viaje se canta y charlotea;
los islotes están frente a la costa,
más allá de la Isla, y el viaje es largo".
Knut Hamsun.

*-...Anoche en el lago.*
*-¿Es entonces cuando lo encontró...?*
*-Sí, lo encontré anoche en el lago...*
*Aguantaba cada embestida de preguntas con una fría parsimonia; su voz
pausada no vacilaba.*
*-Pero, ¿puede saberse...? -el agente que interrogaba moderó el tono-
¿...Qué hacía usted allí a esas horas, oiga?*
*-Vuelvo a repetirles, señores, que nací aquí en Los Llanos, a orillas
del lago. Vivíamos junto al aserradero, mi padre trabajó allí. Cuando lo
cerraron tuvimos que marchar a Calton, yo entonces tenía catorce años.
Soy profesor de literatura en el Instituto de Calton y vengo a Los
Llanos siempre que tengo ocasión. Me gusta pescar, ¿sabe?... en el lago
se dan unos barbos excelentes, conozco la zona.*
*Al otro lado de la cristalera el inspector Ródenas escuchaba
contemplando la escena con una atenta pulcritud de cirujano, mientras el
Jefe de Policía le relataba los pormenores del hallazgo.*
*-Días atrás ya nos habían alertado. Algún cazador de patos divisó una
columna de humo. La patrulla que envié al lugar le encontró tirado en el
suelo, desvahído, junto a uno de esos bultos negros de plástico. Pero
enseguida se reanimó en la Central, ese café de máquina hace hablar
hasta a los mudos...*
*Cuando llamaron a la puerta, ambos se volvieron. Era el agente
responsable del reconocimiento que traía las últimas novedades...*
*-Adelante, teniente, ¿hay algo nuevo?*
*-Señor, hemos hallado restos de su presencia en la cabaña contigua al
aserradero, víveres, algunas conservas, latas de bebida y una fogata
donde se preparaba pescado. También un viejo camastro, apolillado, con
mantas revueltas; debía de pernoctar ahí, señor.*
*Sus miradas se volvieron al interior de la sala de interrogatorios. El
hombre continuaba respondiendo al grupo de agentes sin muestras de duda
o inquietud, incluso sin ahorrar todo tipo de detalles en su explicación...*
*-No, no tengo vehículo. El tren me deja en Los Llanos y el lago está
cerca si tomas la desviación. De muchachos íbamos a pescar también por
ese atajo. La noche pasada me adentré en el lago, llevaba varias horas
con la caña quieta sin señal alguna de movimiento en las aguas. La suave
corriente, imperceptible, mecía la espera en la barca, con los remos
recogidos, cuando observé que el hilo se tensaba de súbito. Aquello era
muy pesado, debía de haberse trabado en algo, así que tiré, aunque sin
éxito. Sujeté firme la caña y remé hacia el aserradero, a duras penas
conseguí arrastrarlo. Era un saco de lona negra, medio abierto; lo rompí
con cierto reparo para ver el contenido... Pero sólo recuerdo que me
desmayé, que caí sin sentido ahí donde me encontraron ustedes...*
*Al inspector Ródenas se le escapó un improperio tras la cristalera
invisible:*
*-¡Maldito hijo de...!*
*El Jefe de Policía se dirigió al encargado del reconocimiento:*
*-Prosiga, teniente...*
*-Señor, se han encontrado dieciocho bultos como ese, lago adentro; no
descartamos que aún haya más, los equipos de buceo están ahora
rastreando la zona.*
*-¿...Y? -conminó con urgencia Ródenas.*
*-Cada bulto revisado, señor, contiene lo mismo: un cadáver de una
persona, desmembrado, todos mutilados. En su mayor parte descompuestos,
algunos sólo huesos, quizás los que lleven sumergidos más tiempo. Todos
con una piedra de gran peso en su extremo para quedar anclados al fondo.
Ese, el primero hallado debió de soltarse... Se trata de una mujer
joven, rubia, probablemente sea la que desapareció en Bezin la semana
pasada.*
*Al inspector Ródenas no le hizo falta escuchar más, era su turno.
Cuando giraba el pomo para acceder a la sala del interrogatorio, el Jefe
de Policía le dirigió unas palabras conciliadoras:*
*-Con calma, Ródenas...*
*El inspector se colocó frente al hombre sin otra arma que una especie
de rabia contenida.*
*-¿Por qué nos miente, oiga...?*
*-¿Cómo dice? Les he contado todo lo que sé, la verdad...*
*El inspector se armó de paciencia:*
*-Hace cuatro años que usted no da clases en Calton, desde aquel asunto
con una de sus alumnas. A ella nunca la encontraron, tampoco hubo
pruebas y al Juez no le quedó otro remedio que ingresarlo en un
Sanatorio Mental. Más de la mitad de ese tiempo lleva usted fugado del
Sanatorio, durante el que ha permanecido oculto a orillas del lago. Con
total impunidad usted se mueve en tren desde Los Llanos a otras
poblaciones de la comarca. La muchacha que descuartizó la noche anterior
es la desaparecida que buscábamos; es seguro que comprobaremos los datos
del resto de cadáveres. Tal vez el olor hediondo o un desvanecimiento de
hambre o debilidad le impidió ayer completar el final de su macabra
operación.*
*La mirada fija del hombre se tornó neblinosa y, cerrándose sobre sí,
dejó qie el peso de la barbilla se hundiera en el pecho.*
*-Ahora usted no va a regresar al Sanatorio. Por fin el Juez le enviará
a la prisión para siempre -prosiguió el inspector sin tomar respiro.*
*-Llévensele, agentes! Aparten esta bazofia de mi vista.*
*Al salir de la sala. El Jefe de Policía le apretó el brazo con
complicidad:*
*-Bien, Ródenas... ¿Un café?*
*-Se me quitó el apetito. Mañana será otro día...*
*-Hasta mañana, Ródenas.*
*Arrancó el auto y se dirigió a Los Llanos, sólo deseaba llegar a casa
para descansar, tampoco cenaría esa noche, sólo dormir, olvidar tanto
desatino. Ni siquiera se fijó en el amanecer, en el abanico de rosas y
naranjas que teñía el cielo y que se reflejaba en las aguas calladas del
lago.*
