Sebastián
Autor: Luis Manuel Correa Power

Cuento de teatro en cinco escenas
I
Horas de la madrugada del veinte de enero: un torrente húmedo y difuso comienza precipitadamente a inundar a Sebastián. Hace unos años su inocencia lo hacía flotar, protegiendo sus pies de la tierra. Hoy, al cumplir sus dieciséis años, cubierto por estas horas nocturnas y aparentemente silenciosas, se siente descubierto, anclado, de pie, y sin salida. Su apariencia lo delata, aunque trata de enmascararla para que nadie repare en ella. Se ha llenado de tantos sentimientos confusos que su cuerpo es cada vez más denso. Se ha cargado de una electricidad inexplicable, como si estuviera a punto de explotar, aunque él mismo no lo haya advertido.
Su mente está iluminada con pequeñas luces que comienzan a reventarse en miles de partículas, sorprendiéndolo al inicio y luego dejándolo en la más completa oscuridad. Sólo puede sentir su propio pensar, hablar y respirar en esa espesa atmósfera que lo envuelve.
Aquí estoy -bueno, eso creo- sumergido y sumergiendo este cuerpo que no sé si es normal y con una vida que no sé si es verdadera.
Aquí tengo horas auscultándome y tratando de ver qué pasa conmigo, pero no encuentro síntomas. Mis preguntas parecen perderse en el vacío:
“¿Cuando me miran luzco igual que las demás personas?”
Me oigo hablar y bajar la entonación, y trato de averiguar si alguno de los que me escuchan o me leen, podrían decirme qué fue lo que yo pregunté:
“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, y… y… di… diez.”
¡Lo sabía! Como siempre parece que nadie me está leyendo o me está escuchando.
Estoy tomando un baño en este instante, creo. (No sé si ahora estoy hablando o pensando.) El agua corre sobre mí y sobre esta bañera blanca en la que me estoy hundiendo. Este sosegado líquido me hace pensar con tranquilidad, me limpia -aunque yo no me siento sucio, ante los ojos de los demás parece que sí lo estoy. Ahora estoy tratando de ver dónde están mis pies -sé que deben estar teñidos de rojo-, pero por más que miro hacia dónde yo suponía que estaban, no encuentro nada allí. Parece que por fin están haciendo efecto y mi vista se está volviendo cada vez más borrosa. Por fin dejaré de ver esas paredes gigantescas que cada vez que salgo parecen vigilarme.
Cuando uno está así… bueno así, como… entre suave y lento… esta falta de… coordinación… de realidad… parece convertirse en una presencia más fuerte que la realidad misma. Es como si … como si se aprovechara de que estoy así y tomara cuerpo…y se volviera…
“¿Cómo les puedo explicar?”
(Creo que acabo de hablar) … Eso que hago ahora… eso que he estado haciendo… como si todo se volviera pausas... puntos suspensivos... y adquiriera forma en esos espacios en blanco que no dicen nada y dicen mucho. Cuando uno está así... como suspendido en el aire, los ojos parecen quedarse vacíos, como están quedándose los míos.
Mientras pasan las horas, la lentitud se apodera de mi cuerpo, aunque dentro de mí siento que todo se mueve más rápido, sin control ni pausa; allá afuera, en cambio, me voy quedando inmóvil.
El piso frío ha aparecido debajo de mi cuerpo. No sé cómo llegué aquí. He estado tratando de no llegar a ningún lado. ¿Qué hora es? ¿La medianoche?
“Deben ser las tres o las cuatro, ¿no?”.
El reloj también me engaña. Se mueve de izquierda a derecha indistintamente. He estado desde ayer metido en este espacio, con esta desazón, esta tristecita, este desconcierto, esta espera hasta que el cuerpo deje de funcionar… Y después de todo lo que he tratado y todo lo que me han hecho. ¡No, esta soledad no puede ser la medianoche! Este desgano pertenece a las horas que siguen, cuando aparentemente nada pasa, y sólo se espera que amanezca.
“Bueno, allá ustedes, que tienen esperanzas”.
Sebastián está exhausto. No reconoce su hablar de su pensar. Ambos retumban con ecos en sus oídos. El centro de su alma se contrae, aprisionando todas sus dudas y emociones, pero es tanto lo guardado que un sinfín de explosiones se sucede en su interior, hasta dejarlo frío, petrificado, tan yerto como una columna de hierro.
Una oleada de frío intenso desciende sobre el baño donde se encuentra. Su corazón se contrae y una fuerza interna comienza a darle vueltas interminables hasta formar una ráfaga de giros violentos que recorre las entrañas de su cuerpo hasta exprimirlo y quitarle el aliento.
Abruptamente, una ambulancia llega a través de la noche, anunciando con su luz roja la tragedia. Dos camilleros se llevan a toda prisa el cuerpo lleno de moretones y heridas. La sirena se enciende pidiendo auxilio, mas sólo encuentra transeúntes nocturnos y carros que la esquivan a su paso.
En medio de esta helada penumbra, las luces del cuarto de Sebastián se encienden repentinamente, mostrando un desorden de pastillas, jarabes, cuchillos, y sangre… mucha sangre.
II
Ahí estás, en este hospital, como si vivieras en una obra de teatro de esas que tanto te gustan, ambientada en una ciudad destruida de la antigüedad - adonde sientes que perteneces- con una acrópolis y unas paredes gigantes, testigos de milenarias vidas marcadas por el sino.
Pareces encontrar en esta ficción el lugar perfecto para tu agonía: recinto de murallas, mitos, leyendas y trágicos destinos; ciudad de Tiresias, Yocastas y Edipos que sólo encuentran en la muerte el sentido de la vida.
Ahí estás. Rodeado de todos. Eso es lo que querías ¿verdad? Diciéndote que “eso es lo que pasa conmigo, que nadie me quiere”, pobreciteándote, como si eso te va a llevar a alguna parte. ¿Qué sentido tiene todo esto, Sebastián?
Que siempre fue así, que siempre te descartaron, que claro, que tú no importabas, porque a ti nadie, NADIE...
Y crees que si no sales de esto va a haber alguien, ALGUIEN. Si no sales de esto, igualito vas a quedar, sin nadie.
¿Pobrecito tú, dices?¡ Pobrecito yo! Quiero entenderte y mira que lo intento, pero con tu actitud a mí sí me dejas sin nadie, sin ni siquiera posibilidad de intentarlo. Sí, sé que a los dieciséis las cosas parecen no encontrar solución, pero la hay y yo soy una prueba de eso. ¡Mírame! Abre los ojos y mírame. Veinte años más tarde, haciendo cosas y sin importar lo que dijeron. ¡¿Que duele?! Claro que dolía: Dolían las patadas, los escupitajos, los golpes, los maquillajes para taparlos, las fieles almohadas atragantadas en la boca para que no se oyeran los llantos en la casa durante la madrugada. Dolían los lunes en la mañana y el miedo de ir al liceo, las miradas de maestras y compañeros -bueno si a aquellos se les podía llamar compañeros - que me miraban y decían sin ningún tapujo: “¡Ay muchachito, tú como que eres…!” Claro que dolía, no me creas insensible. Pero como yo pasé por eso, sé que pasa. No de la noche a la mañana, pero pasa. Y luego, luego comienzas a emprender otras cosas, a conocer otras personas y se sale de eso que crees que es el fin del mundo.
Vamos, Sebastián, cura esas heridas que te hicieron y te hiciste en los muslos, muñecas, brazos y piernas. Haz que tu cuerpo rechacé ese pastillero enorme que te tomaste para terminar el trabajo que ellos iniciaron. Hazlo por Leonidas, aunque no lo conozcas. Sebastián, es importante para mí, no seas egoísta. El mundo y tu vida no se acaban contigo a los dieciséis años, si no quieres que se acabe. A esa edad apenas estás comenzando. ¡Qué no te importen las burlas de los muchachos cuando te ven con el traje de gimnasia! ¡Qué no te importen las risitas de las muchachas cuando te miran las piernas flacas y sin músculos! Qué no te importe lo que pasó ayer, porque lo que viene es bueno. Date una oportunidad y dámela a mí. Levántate de esa cama, saca todos esos aparatos de tu cuerpo y salgamos. Te prometo que pasa si dejas que pase y piensas en mí, en nosotros, en lo que viene.
No nos hagas más daño. No hieras más tu espíritu con esa actitud de pobre. No les des argumento a ellos para que crean que tenían razón, que eras indefenso, poquita cosa, pura sensibilidad. Levántate de una vez por todas y regresemos a casa.
Sebastián a los dieciséis sigue postrado en la cama de este hospital mientras los ojos que lo observan tratan con intensidad de levantarlo con sus pestañas, sirgas, y de tocarlo con las lisonjas de sus párpados para curarle las heridas.
Luego de dejarlo en la quietud en la que yace, Sebastián veinte años más tarde se dirige hacia la única ventana de esa habitación que se abre hacia la ciudad, esperando el paso del tiempo, buscando una explicación, pero sólo logra escuchar una voz que parece viajar a través de los siglos hasta llegar a la mente del joven Sebastián: “¡Cuán terrible es el conocimiento de la verdad, cuando la verdad no es ayuda!”
La sentencia le estremece el cuerpo y un quejido proveniente de la cama, los oídos. Se voltea y observa a Sebastián a los dieciséis rodeado de voces llenas de preocupación y entusiasmo que parecen enfrentarse al destino.
Lo miro y me miro y me parece mentira que seamos uno. Los años me han dado fuerza, mientras que a él lo han debilitado. Los doctores se mueven a su alrededor tratando de reavivar sus quejidos, que aunque dolorosos, son muestras de vida.
El dolor, Sebastián, es parte de esto: “Nada te espante, nada te turbe, que todo pasa.” El dolor también lo hará, aunque cuando estamos padeciéndolo, encorvados por sus golpes, creemos que hasta ahí llegamos. Pero pasa, se apacigua y luego desaparece. No nos deja igual, pero pasa. ¡Respóndeles entonces, por lo que más quieras! Reconstrúyete para que me conozcas y sientas que valió la pena.
Veo tu cuerpo lánguido y amarrado a todos estos aparatos que parecen encenderse súbitamente ante tu incipiente intento. Los doctores intentan reavivarte con armas desconocidas y los dedos de tus pies comienzan a encontrar colores que creías no albergar: rosáceos se vislumbran en tus uñas y los suaves vellos dejan a un lado los aires opacos para llenarse de aceites y sudores. ¡Síntomas de vida! Diminutos sí, pero en estos momentos esperanzadores.
Los ojos de Sebastián veinte años más tarde lo miran con anhelo y ternura. Sus brazos se entrecruzan en el pecho para abrazarse a sí mismo, y de esta manera abrazar a Sebastián a los dieciséis, si llega a recuperarse, o a quien es, y no será, si pierde su cuerpo entre esas sábanas.
Te sigo arropando con mis brazos para que el frío de esta sala no sea un obstáculo para tu recuperación. Lamentablemente, eso es todo lo que puedo hacer. Está en ti el seguir y darme y darte una oportunidad. Yo ahora parezco ser sólo reflejo de lo que puedes ser. ¿Cuántos reflejos se hospedan en ti? Tu drástica acción altera el flujo en el que me encontraba, para ahora encontrarme que no puedo ser. Me gustaría encontrar a todos tus reflejos y en conjunto darte más calor y así ayudar a estos doctores que desesperados juegan a los dioses con las herramientas que el conocimiento les ha dado.
Mientras Sebastián veinte años más tarde sigue idealizándose para darse vida, Sebastián a los dieciséis abre los ojos y respira algo de ese calor lejano que lo cobija.
Los doctores, agotados, salen y dejan a Sebastián con síntomas de recuperación que más que en su cuerpo se observan en los sonidos y luces de los aparatos que lo rodean. El primero se desprende de su abrazo y se acerca a su débil cuerpo para tomarle la mano y sentirlo ligeramente menos frío.
¿Cómo el hombre ha podido crear estos aparatos que miden la vida? Ellos nos dan señales de tu recuperación, más de lo que tu cuerpo es capaz de evidenciar. Ellos me dicen más que tus manos frías. Hablan con líneas, puntos, frecuencias, colores y tonos. Ellos, esos aparatos son muestras del conocimiento que tanto he exaltado, el conocimiento por el que he vivido. Siempre he pensado que soy el resultado de lo que conozco, pero ahora pienso, ¿fue el conocimiento de ellos o fue la fe, desconocida por mí, la que te hace revivir y revivirme? ¿Dónde comienza uno y termina la otra?
Las manos de Sebastián se van haciendo paulatinamente cálidas, en respuesta al conocimiento y a la fe, mientras su mente comienza a sentir los primeros rayos de sol en la fecundidad de sus tierras.
III
Las horas se han movido paulatinamente para dar paso a otro amanecer, transformando con su luz el cuarto de este hospital en una planicie perfecta para un campo de batalla. Sebastián veinte años más tarde ha mantenido sus ojos infinitamente abiertos para evitar algún retroceso, como si de ellos dependiera quién vive o quién muere. Sebastián a los dieciséis agranda sus pupilas y mira extasiado hacia el cielo buscando respuestas. Sus heridas parecen haber sido curadas; de sus ojos, ventanas de su ánimo, surge una inmensidad confusa que se crece y escupe, a través de sus pestañas desgastadas, estalactitas venenosas que sorprenden al mayor de los Sebastianes, quien se distancia hasta colocarse en actitud guerrera.
Los dos, desnudos, vestidos solamente con cascos y escudos, reviviendo enfrentamientos pasados, deciden combatir: Uno por la vida, y otro por la muerte.
- ¿Qué sucede?¿Recuerdas lo que pasó?
Sebastián a los dieciséis no responde. Su expresión es cada vez más confusa y sus ojos se hacen más intensos.
-Pareces no estar contento. Todavía falta que el cuerpo
se ajuste, pero como te prometí ya pasará.
¿Por qué no hablas?¿Por qué me miras así?
- ¿Qué hiciste?
- Pretensiones mías. Pensé que mis promesas y mis
palabras te habían hecho recuperarte.
- ¿De qué promesas hablas?
- Te prometí que las cosas mejorarían y que
sin darte cuenta todo pasaría.
- ¿Prometes que pasará?¿Cómo te atreves a prometer lo que no sabes?
- Estás actuando como un niño otra vez.
Ya no es suficiente con lo que has pasado
para que crezcas de una vez por todas.
- Es muy fácil criticarme desde allá, tratando de entender lo que sentía desde tu ahora, pero sin sentir lo que siento, sólo recordándolo. Estoy cansado de que se metan conmigo. No me interesas tú, ni lo que quieras hacer en el futuro. No me importan tus planes.
- He estado aquí por días abrazándote
para darte calor. He hablado con doctores y
dioses para que te levanten.
- ¿Lo has hecho por mí o por ti?
-¿Es que hay alguna diferencia?
- Bien sabes que sí la hay. La intensidad de lo que yo vivo y la de tus recuerdos no son las mismas. Por eso te digo que no me interesan tus razones, que en el fondo son puros sueños. La realidad es la mía.
- Ambas son nuestra realidad. Tanto los molinos
como los gigantes son reales.
- Lo siento por ti, yo sólo puedo ver molinos.
- ¡Niño egoísta! El hecho de no saber lo que viene,
no te da el derecho a mutilarlo y hacerlo a un lado,
Sé lo que viviste y te repito que no es el fin
del mundo. No trato de negártelo. Detrás de este
escudo están todavía las cicatrices, pero aunque no
lo quieras se han cerrado, se han secado. Esa es la
maravilla del tiempo, que apacigua el dolor y
tranquiliza el llanto. Lamentablemente para ti,
aunque quieras o no creerlo, el pasado es sólo eso,
recuerdos, y el futuro se visualiza amplio desde
el presente. Y lo que recuerdo de ti, de mí, de
nosotros, de antes, ahora o después, es que
he encontrado cosas que me satisfacen y que no pienso
perder porque estés dispuesto a seguir torturándote…
- ¿Yo, torturándome?
- Sí, con tus llantos infinitos, con todas esas pastillas que
te tomaste y las heridas que te hiciste, agudizando las que
ellos te hicieron. Sí, con esa actitud de no
querer ver más allá de la puerta de tu cuarto y creer que
las cosas empiezan y terminan en lo que vives. El mundo
no comienza y finaliza contigo. Acepta que hay otras cosas
aparte de ti. Hacer lo contrario es hacer lo mismo que ellos,
los que te golpean y critican, han hecho contigo, que por
miedo a lo que representas te prefieren muerto.
Suicidarte es preferirte muerto y eso es actuar igual que ellos:
matarte por miedo a representar lo que eres.
- ¿De qué hablas?
- Dejarte morir de cansancio en vez de seguir.
- Creo que estás demasiado imbuido de tu presente y no te acuerdas de lo que significaba levantarse más temprano, aun cuando te habías acostado en la madrugada estudiando. Lo hacías para que no se hiciera tarde y así poder salir de la casa sin que los vecinos te vieran y empezaran a hacerte sentir que nada de esto tenía sentido. ¿No te acuerdas lo que te decían? Yo sí me acuerdo y no sólo por los muchachos del autobús, sino por los de la esquina, los del colegio, los que vienen y van y que parecen reproducirse a cada paso que doy. Hace sólo tres días unos de ellos, los vecinos que no recuerdas, pero con quienes yo tengo que convivir me gritaron cosas por la forma como camino. Y todo porque no pude levantarme a las cinco de la mañana como debía para evitarlo. ¿Es que no crees que me canso de levantarme temprano? Y en la escuela es lo mismo. Tengo que llegar temprano para no verlos, de lo contrario, me paso todo el día con ganas de llorar por todo lo que me dicen. ¿Es que no recuerdas que tengo, que TENÍAS que pasarte la hora del recreo en el salón, a veces sin comer, porque con la rapidez de salir temprano en la mañana se me olvida, SE TE OLVIDABA, meter unas galletas en el morral? Sí, estoy cansado de toda esa preparación. ¿Es que no te acuerdas de las idas al baño, que tengo que programarlas cuando tengo clases, ante el disgusto de los profesores, para evitar encontrármelos, como sucedería, si voy durante el recreo, y ellos están ahí, y después tengo que regresar al salón de clase a esconderme, sintiéndome adolorido por fuera y por dentro? ¿Es que no te acuerdas de esquivar autobuses para evitar subir donde están ellos, aun cuando ya tengo más de doce horas despierto y lo que quiero es llegar a la casa para hacer mis tareas y descansar? Pero no, tengo que caminar entonces por más callejones, o esperar el siguiente autobús, o el que sigue, o el que viene después del siguiente, mientras se hace tarde para volver a llegar a escondidas a casa sin que me vean los otros de donde vivo. ¿Es que crees que el pensar en lo que harás o piensas que haré es suficientemente fuerte para mantenerme día tras día en esta preparación, en este escondite perenne? Disculpa mi egoísmo. Siento no ser tan fuerte como tú.
Sebastián veinte años más tarde lo mira, protegiéndose con su escudo de aquellas lágrimas llenas de odio o desilusión, o quizás ambos. Mientras tanto, los latidos del joven Sebastián continúan acelerándose sonora y visualmente en su cuerpo y en los aparatos que parecen registrar de nuevo su descenso.
- Es verdad lo que dices, pero todo eso se transforma
en cosas que logro para que nadie más nunca vuelva
a meterse contigo. Todo se hace más fácil luego,
aunque por más que trato de explicártelo, sólo
viviéndolo puedes saberlo.
- Suena bonito, pero no quiero escuchar luegos. No quiero saber lo fácil que se te hace todo. Este es mi presente, aunque sea tu pasado y tengo el derecho a terminarlo cuando me provoque, o mejor dicho, cuando me canse. ¿Y sabes? Ya estoy cansado. No quiero más aventuras en las que yo termino herido.
Los latidos continúan amplificándose cada vez más. Sonidos cada vez más fuertes y frecuentes ahogan sus palabras dentro de ese repiquetear incesante que aumenta en volumen.
- Pero cómo puedes estar cansado, si sólo tienes
dieciséis años. Cuéntalos para que veas que rápido
se te van y cuenta los que vienen para que veas
que son más.
- Sólo tengo dieciséis años, tú mismo me das la respuesta. No tengo por eso la suficiente experiencia y la fuerza necesaria para aguantar tanto.
El sonido de los aparatos es abrumante y ensordecedor. Sebastián a los dieciséis mira al frente, atravesando con el odio de su mirada, el sonido, la luz, los muros y el papel.
- Energía tenía, pero ellos se la comieron.
- Su corazón se ha acelerado tan bruscamente
que hace que los monitores pierdan el control,
mientras los aparatos empiezan a medir
¿su vida?, ¿ o su muerte?
Con los escudos a un lado y los cascos esparcidos por suelos y paredes, la derrota y el agotamiento impregna a ambos Sebastianes.
- Vida y muerte: llaves de una misma puerta,
pero de cerraduras disímiles, flotan sobre nuestros
cuerpos desnudos.
- Vida y muerte: ¿Cuándo se vive y cuándo se muere?
IV
Sebastián veinte años más tarde entreabre los ojos en el rincón donde ha estado durmiendo por horas. Su cuerpo se ha debilitado, quedando sólo, al igual que el otro, cargado de recuerdos que se pasean por las paredes de sus sienes, los poros y los huesos de sus pensamientos.
En este momento, un recuerdo especial le hace esbozar una sonrisa, dentro de su estado de debilidad, y suavemente le toca el corazón, para luego llegarle a la boca del estómago, en donde el recuerdo nació cuando conoció a Leonidas.
Mientras duermes, reposas o mueres, déjame contarte sobre Leonidas para yo encontrar sueño, reposo o muerte en su ausencia. Leonidas, Sebastián, es mi Dulcineo. Tiene la voz ronquita con la que fantaseé cuando tú y yo teníamos la misma edad. Así como Billy Joel ¿Te acuerdas de sus canciones? Siempre me he dejado llevar por la voz de los hombres que he conocido, muchas veces inconscientemente, pero cuando apareció Leonidas me di cuenta que esa fantasía se estaba haciendo real. Los tonos bajos de su voz acarician los minúsculos vellos de mis oídos cuando acerca sus labios para contarme secretos. Leonidas habla poco, pero cuando lo hace, me arropa con sus palabras. En noches de descanso o de insomnio, acuno mis mejillas en su pecho. Cuando nos despierta en la noche, respirándome por la espalda, entre las piernas y los pies, sudores satinados nos envuelven a los dos. Leonidas, pequeño amigo, dejó de ser un sueño. Si él estuviera aquí, te haría el amor por primera vez y así sabrías que valdría la pena recuperarte. Lamentablemente, al hacer lo que te provoca, como dices, no sólo me llevas contigo sino también te llevas la posibilidad de haber sido amado y conquistado por aquello que a los dieciséis sonaba imposible.
Nos conocimos en una exposición y nos dejamos llevar por colores y formas que nos hablaban de maneras de ver e interpretar el mundo. Eran pinturas de escenarios aparentemente abstractos, pero en el fondo revelaban la realidad de la vida de los artistas que los crearon. Nuestras interpretaciones solían siempre complementarse, como si sus ideas y las mías fuesen piezas del rompecabezas que esos cuadros generaban en nuestras mentes y que a través de nuestras conversaciones armábamos con palabras. Esa mañana dominical parecía estremecer nuestro interior, haciéndonos olvidar la lentitud con que acontecen los domingos. Gestos e ideas encajaban libremente como seguro nuestros cuerpos lo harían luego. La comunicación fluía haciéndonos sentir que teníamos que alargar nuestro contacto. De esa manera, el domingo se nos hizo distinto, interesante, ameno, con ganas de que incluso la semana tuviese llena de domingos como ése.
Llegó la noche, y después de haber almorzado juntos, se nos hacía difícil pensar en no cenar juntos también. ¡Recuerdo aquella cena!, que si te levantaras, Sebastián, llegarías a degustar: Dos platos de pasta al dente con sabores afrodisíacos en una salsa de ostras, langostinos, vieiras y calamares pintados con pistilos de azafrán. Nos llevó horas en terminar esa cena, pero los platos nunca llegaron a enfriarse porque un calor intenso que nos salía de las palabras, las miradas y nuestros cuerpos hacía de esa mesa un sitio especial, al cual hemos regresado muchas veces para celebrar durante los doce años que hemos estado juntos.
Al final de ese domingo, acordamos vernos otra vez: El martes en la noche, dejando el lunes de por medio para comenzar a acumular ansias y recuerdos. Nos encontramos en el cine, y sentados uno al lado del otro, nuestras piernas encontraron en el camino hacia la comodidad la forma de rozarse. Mi brazo izquierdo y su brazo derecho encontraban desasosiego en el brazo común de la butaca, haciendo que las telas de nuestras camisas se adelgazaran a fuerza de sudor hasta que podíamos sentir el calor intenso y hasta la textura de nuestra piel en ese constante roce de nuestros brazos que, aunque inmóviles para los demás, internamente delataban un movimiento infinito, perceptible sólo a través de los poros. No recuerdo el nombre de la película, ni siquiera qué pasó. Leonidas y yo al terminar nos quedamos sentados, sin conversar, como sólo los instintos saben hacerlo, en la espera de tener la sala para nosotros cuando todo el mundo saliera. Cuando estábamos casi solos, nos volteamos, nos miramos intensamente, y luego posamos los ojos en los labios, los cuales parecían lentamente abrirse y cerrarse, como si deseasen hablar, o algo más. A pesar de la oscuridad de la sala, nuestros labios eran perfectamente definibles. Fueron segundos infinitos que encontraron reposo en la única opción que teníamos en ese momento, comenzar a levantarnos y tomarnos descuidadamente de los dedos antes de estar completamente de pie; ese arte del escondite que hemos desarrollado astutamente por tantos años tú, ellos y nosotros.
Nuestro tercer banquete consistió en una ensalada de flirteos que hacía que nuestros labios brillaran constantemente. Cuando creíamos que el otro no nos veía, posábamos los ojos en la amplitud de nuestros torsos, el grosor del cuello, la piel descubierta de las manos y el resplandor de los cabellos. Todo esto aceleraba nuestra respiración, haciéndonos crecer por dentro y por fuera, mientras nuestro comer se hacía cada vez más lento con el fin de alargar la noche. Al terminar de cenar, la emoción del comienzo nos llevó a buscar un callejón detrás del restaurante para humedecer nuestros labios con el calor del otro. Mientras nos mirábamos de frente una vez más, quedamos suspendidos, acercándonos en un viaje por los segundos. Cuando sentimos que se rozaban, sólo abrimos ligeramente la cerradura para que su respiración entrara en mí, y la mía en él. Estuvimos respirándonos con ese cosquilleo cálido por horas y días, o al menos así me pareció. ¡Un beso de aliento, alivio y pasión!
Pensar que no lo volveré a ver, cristaliza mis ojos, enternece mi memoria, y aprisiona dentro de un puño mi pecho.
Así entonces pasaron la cuarta, quinta y sexta veladas, llenas de películas, butacas cómplices y comidas que servían de excusa para seguir conociéndonos y querer saber aún más.
Una noche, cuando nuestras ansias buscaban desatarse, entramos de puntillas, cómo sólo nosotros sabemos caminar, donde él vivía. Nuestros deseos fueron más poderosos que el miedo a ser descubiertos. Esa es la magia de ellos, sentimientos desbordados que nos despiertan la curiosidad y nos llevan a tomar caminos y a iniciar aventuras que otrora parecían imposibles de transitar.
Entramos en su cuarto y aparentemente silenciosos, sintiendo que toda el bullicio iba por dentro, jugamos al azar de los sentidos para decidir cómo revelaríamos nuestros cuerpos. Sin emitir sonidos, dejamos al instinto, la visión y al olfato tomar la iniciativa. Casualidad o destino, no sabría decirlo, pero nuestros movimientos se alternaban de una forma tan fluida, como un caballo trotando en cámara lenta, alzando sus cascos a la vez, aunque a veces lo sentidos parezcan percibir un solo gesto al unísono. Con esa sinfonía ecuestre, comenzamos a desprendernos en turnos de nuestras monturas, sillas y arreos: primero él, después yo, quedando ambos descalzos; luego él e inmediatamente yo, dándole a nuestros pies la oportunidad de refrescarse con el frío del granito; enseguida él y rápidamente yo, dándonos la gracia de perder las miradas en nuestros torsos; entonces él y lentamente yo, dejando nuestras piernas al aire; luego, dos de los cascos golpearon el terreno al mismo tiempo, y entonces los dos, él y yo, dejamos vernos con toda la excitación que este juego y seis veladas habían acumulado. Nos acercamos, y al igual que aquella noche detrás del restaurante, dejamos que lentamente nuestros cuerpos se rozaran y encontraran ellos mismos su camino. Dando pasos hacia adelante y con la mente entre brumas, nuestros cuerpos iniciaron el contacto. Finalmente, nuestras bocas volvieron a verse otra vez en aquel juego de inhalar y exhalar desde el otro y para el otro, hasta saber que en ese momento podían por fin tomar más que aire y llenarse de sabores, mordidas y perfumes que paulatinamente se hacían más intensos hasta volvernos uno para siempre; o así lo creímos…
A partir de esa noche, Sebastián, y por muchas más, Leonidas y yo encontramos nuestros cuerpos, mentes, sentimientos y acciones transitando en diferentes caminos pero con el sosiego, y a veces la angustia, de estar y sabernos juntos.
Sebastián veinte años más tarde cobija su cuerpo desnudo con sus brazos mientras los recuerdos recorren su rostro, impregnándolo de sal.
V
Las remembranzas se mueven a través del tiempo, volviéndose por instantes, futuro, y muchas veces, presente. Horas diurnas del diecinueve de enero: día antes de su cumpleaños. El efecto de las luces del amanecer hace que la ciudad donde vive Sebastián se rejuvenezca. Pero detrás de ella, él siempre percibe unas paredes ciclópeas que lo vigilan a cada paso.
Las calles están tomadas por cafés modernos que contrastan con la vejez de los muros que entornan su mente. Hay muchos vecindarios modernos, y en uno de ellos, la casa de Sebastián, y en ella, un espacio rectangular, y dentro de él, su cuarto, y en la esquina, su cama, y sobre ella, dieciséis años, pubertad y juventud.
Hoy me levanté, tomé un baño, y bailando me moví por la casa que es toda para mí. Todo el mundo se ha ido y la casa es mía. Y de repente me siento que mi vida también. Tengo clases en la tarde, por lo tanto voy a utilizar la mañana como yo quiera. No voy a hacer tareas. Un día que no las haga no va a afectar mis notas.
Me miro en el espejo y siento que me parezco a uno de esos actores gringos que salen en las películas de los años cincuenta que tanto me gustan. Incluso oigo la música mientras me pongo gel en el pelo. Soy una mezcla de James Dean cuando hizo la película “Rebelde sin causa” y Marlon Brando en “El Salvaje”. Quizás soy el hijo de ellos dos y por eso siento que me les parezco. Me gusta esa idea. Tal vez siempre me les he parecido y no lo sabía.
Voy a la cocina ahora, abro la nevera, me tomo un vaso de jugo de naranja con mucha pulpa y dejo la nevera abierta. ¡Hoy se acabaron las preocupaciones!
Entro al cuarto, me visto y decido dejar la cama sin tender. Tomo mi morral y con pasos seguros, como si bailara en un musical de rock and roll salgo de la casa. Doy un giro y cierro la puerta con la punta de mis botas. Sí, llevo unas botas como ellos, como Brando y Dean, dominándolo todo.
Camino por la calle y siento que todo el mundo me mira. Levanto el pecho, abro las piernas y camino como si el pene y los testículos me hubiesen crecido, como seguro lo debe tener Billy Joel, tal como aparece en “Casas de Cristal”, con quien fantaseo en las noches mientras me acaricia con su voz ronquita.
Llego a la avenida y ya los cafés y las panaderías están abiertos. Reviso la cartera para ver si tengo suficiente dinero. Lo iba a guardar para ir al teatro el fin de semana, pero amanecerá y veremos. Hoy voy a tomarme un café con leche y un sándwich de jamón y queso, y si me provoca, me como un éclair de vainilla que es el que más me gusta.
Me siento en el café y siento que aquí todo el mundo me observa también, como admirándome. Me toco el pelo engominado y un mechón cae sobre la frente. Ahora me parezco más a mis padres. Los genes ¿no? Me gusta soñar con esas historias, con personajes que siento que se parecen a mí, o al menos a lo que siento. Me gusta crear mundos en los que yo soy el fuerte, el valiente y el apuesto. Mientras tanto, sigo comiendo con las piernas abiertas para mostrar mi bulto ( y como dirían mis compañeros: “no precisamente el de la escuela.”)Yo nunca he podido decir eso. En el fondo me da pena decirme esas cosas. Pero bueno, hoy es hoy.
¡Qué día tan perfecto! Así deberían ser todos los días de ahora en adelante. No voy a dejar que nadie me los desbarate. Soy libre de hacer lo que quiero y con quien yo quiera.
Me termino el sándwich, me levanto y me cuelgo el morral a un lado. Eso me permite inclinarme ligeramente hacia la derecha mientras camino, con una especie de balanceado, que también viene de las películas, con las piernas bien abiertas, apuntando con la punta de mis botas en diagonal.
Decido tomar el autobús en la otra parada, frente a la plaza, así disfruto más mi caminar. Me gusta como me siento hoy: seguro, desinhibido, con ganas de vivir y de aventurarme.
Estoy esperando el autobús y la mente se me va para la escuela. Esta tarde voy a entrar por la puerta principal. No voy a meterme por esa puerta de atrás. Hoy no me van a decir nada, porque hoy no parezco. Aunque yo nunca sé cuándo parezco. Pero seguro hoy no, así que nadie se meterá conmigo. Me vuelvo a tocar el mechón y pongo la mano derecha cerca de los testículos para sujetarlos como hacen los jugadores de béisbol, como seguro lo hacía James Dean. Pero no me atrevo. Se ve tan raro. Bueno, empezando con que ellos no tienen testículos sino bolas, por eso se las sujetan. ¿Y yo? ¿Yo tengo bolas? A veces siento que no, cuando aguanto tantas cosas en el liceo... ¿Será que las bolas crecen después como crecen los vellos, que digo los pelos? Debe ser eso lo que tengo hoy, que están creciendo y me las podré agarrar y nadie se volverá a meter conmigo. Por el momento, decido en cambio tocar una de las correas del morral que casi me roza la bragueta. Al balancear la correa ligeramente con mi dedo, ella me acaricia y me hace sentirme más grande, sin que nadie sepa que me estoy tocando.
El autobús se aproxima, miro el reloj y me doy cuenta de que es temprano. Voy a llegar tempranísimo al colegio. Bueno, quizás entonces allá haga las tareas. Pero no, yo dije que no iba a hacer tareas hoy. Lo que voy a hacer es irme al centro comercial a ver las vidrieras un rato. ¡Ah! Llegó el autobús.
Me subo y pago. No hay casi nadie. Es temprano, pero tarde para la gente que ya salió a trabajar o los estudiantes que tenían clase en la mañana. Me siento en la parte de atrás. Me gusta sentarme aquí para ver quién entra luego. Pongo el morral al lado de la ventana y abro bien las piernas, dejando que una se asome hacia el pasillo, así como me dicen que se sientan los hombres. Me miro de reojo y veo que estos blue jeans me quedan bien ahí. ¡Me gusta!
Veo por la ventana a la gente caminar, hablar y comer. La ciudad se ve tan distinta hoy. Otra parada.
El ruido que hacen antes de subirse es enorme. Son cuatro muchachos de un liceo cercano. Seguro se escaparon de clase, porque a esta hora no dejan salir a nadie. Bueno, quizás ellos también decidieron disfrutar el día. Debe ser que el día de hoy tiene algo especial para todos los que tenemos entre quince y dieciséis años, porque estos muchachos son más o menos de mi edad. Uno de ellos tiene el cabello rubio de tanto sol. Está bronceadísimo. Es el más atractivo de todos. Tiene los ojos entre avellana y verdosos. El más alto es buen mozo también. Es blanco, delgado y con el cabello negro. Se ve que hace ejercicios porque la camisa de la escuela le queda pegadita y se le marcan los pectorales. Pero me gusta más el otro. Es más pequeño, pero no mucho. Me gusta su voz, como ronquita.“Por eso es que me gusta Billy Joel también” (¡Ay! Como que hable en voz alta, pero creo que no se fijaron. Esa manía que tengo de pensar en voz alta.) El de la voz ronquita está tan bronceado que el blanco de los ojos le brilla muchísimo y los labios se le ven rojitos y carnosos. Los otros dos no son nada especial: uno de cabellos castaños, largos y rizados y el otro de cabellos negros y largos. Están muertos de la risa. No son como yo: están hablando de las muchachas de su liceo, de una que usa las falditas bien cortas y se le ve todo. Y dicen que le gusta que ellos la miren, porque cuando lo hacen, ella abre las piernas un poquito más – “¿A quién no le va a gustar-” (¡Ay! Ahora como que sí notaron que hablé.) Toso un poco para distraerlos. Creo que lo logré. Si a mí el broceadito se me quedara mirando, yo también haría lo mismo que la muchacha esa con la que estudian. ¡Ay me miró! y siguió hablando con sus amigos. Ahora volvió a verme otra vez. Yo no sé de qué se está riendo. Déjame no verlo, no vaya a ser que se ponga bravo. Me pongo a ver a la gente por la ventana otra vez. Siento que los otros me están viendo también. Quizás sean cosas mías, pero lo siento. Bajaron el volumen de la voz. Ya va a llegar mi parada, menos mal. Agarro mis libros, me levanto y me pongo cerca de la puerta de la salida. No quiero verlos ahora, porque sé que me están mirando, pero la tentación es grande. Me volteo ligeramente para ver hacia afuera y antes de regresar la mirada hacia la puerta de la salida, veo a tres de ellos mirándome. Tienen unas sonrisitas que no me gustan. Ya se van a meter conmigo. “Hola preciosura”, me dicen. Creo que es uno sólo el que habló, pero sonó como si fueran todos. No les hago caso, pero mi corazón sí. Parece que se me va a salir por la boca. “El peinado te quedó bonito” me dicen ahora con un tono más burlesco. Y con la fuerza que sentía esta mañana me volteo y les digo que no me interesa lo que piensen de mí, así que sus risitas y comentarios pueden guardárselos. El autobús se detiene y el bronceadito les dice a los otros: “Vamos a bajarnos aquí”.
El corazón me suena más fuerte, pero me agrada que les haya respondido. Cuando llego a la esquina y estoy dispuesto a cruzar la calle, antes de que se me aproximen más, siento que uno de ellos me hala por el morral. Doy la vuelta y tengo a todos ellos al frente. El bronceadito me pregunta que qué es lo que pasa. Trato de mantenerme serio, de no mostrar miedo, y les digo que ellos fueron los que se metieron conmigo. Entonces uno de ellos, no sé cuál, me lanza un flechazo, que digo, me da un golpe por la cara que hace que se me caiga el morral. Intento agarrarlo y siento que entre los cuatro me empujan hacia un callejón. No puedo reaccionar. Me siento como si estuviera atado. La fuerza con la que me empujan me hiere la espalda. Choco contra la pared del callejón que me hace un raspón. Siento la carne viva. Me dan patadas con botas puntiagudas y afiladas que se sienten como flechas incrustadas en mi cuerpo. Me tienen pegado a la pared con sus golpes. No entiendo cómo pasó esto tan rápido. Siento que me golpean por la boca y estoy botando sangre. Un impacto en el estómago me hace devolver lo que con tanto gusto me había comido. Siento el sabor a sangre y ácidos en mi boca. Trato de cubrirme la cara, pero sus zapatos encuentran camino entre mis dedos hasta hacerme sangrar la nariz, los labios y quizás los ojos. Nadie aparece, nadie viene. Entonces, los cuatro se colocan en posición de arqueros y me lanzan sus últimos toques. Cuando abro los ojos, los oigo correr, no sin antes haberme escupido por todos lados.
Quedo ahí tirado de rodillas, sujetándome con el piso. Lentamente me levanto y me escondo en la profundidad del callejón para que nadie me vea. Otro de esos callejones angostos, sucios y oscuros. Sigo sintiendo el sabor de la sangre en mi boca. “¿Cómo hago para salir de aquí ahora?” La casa está tan lejos. La escuela está cerca, pero allá no voy a ir. A menos que entre otra vez por la puerta de atrás y vaya directo a la enfermería. Pero no, allá me van a preguntar también. “¿Un taxi?” Sí, eso. Abro la cartera, pero no tengo suficiente. “¿Por qué coño me comí ese desayuno?” Tú tienes comida en la casa. Tienes que aprender a guardar dinero para las emergencias. Pero seguro lo guardo y me pasa lo mismo, e incluso peor, porque me roban la cartera. “¿Qué hago ahora? ¿Qué hago, Dios?” Esperar hasta que oscurezca. ¡Pero son demasiadas horas! Vamos Jean. Vamos Marlon. Sal Sebastián. Camina rápido con la cabeza abajo antes de que salgan los estudiantes de la mañana o algún profesor. Imagínate que te caíste de la moto, pero te vuelves a montar, y herido vas a toda velocidad hasta la casa.
Me limpio la frente de algo espeso que me corre hasta las cejas. Es saliva gruesa y llena de asco, odio y… sangre.
La ciudad moderna desaparece ante sus ojos mientras las murallas se hacen progresivamente más altas en la mente de Sebastián.
Camino, como si sus golpes me hubiesen enceguecido, por esta ciudad de callejones en la que estoy destinado a andar. No veo a nadie, sólo siento el dolor de los golpes. Finalmente llego a la casa, después de horas que se hicieron interminables. Entro a escondidas a mi cuarto. La cama sigue destendida “¡Dichosa ella que permanece igual!” Decido entonces comenzar a celebrar mi cumpleaños, rodeándome de pastillas, jarabes y cuchillos para así terminar lo que ellos comenzaron, y mandarme así al cielo o al infierno, o adonde sea que quieran recogerme.
La luz ha ido perdiéndose en el día. Sebastián siente que toda la ciudad está llena de ojeras, arrugas y verrugas. Sebastián veinte años más tarde observa dentro de aquel hospital al joven Sebastián, quien se mueve dentro de una pesadilla. Se acerca y lo mira temblar incesantemente y de repente, escucha que suelta un quejido que le hace brotar lágrimas por los ojos, por las heridas que le infligieron, y por las que él mismo se hizo.
El cuerpo de Sebastián a los dieciséis llora caudales de sudor por los ojos, el cuerpo, y el alma.
Sebastián veinte años más tarde se levanta para leer en los espasmos del joven lo que desea decir.
Sus estremecimientos me dicen que le duele el cuerpo: Entre costilla y costilla, cuello y nuca, músculos y huesos, pestañas y cejas.
El dolor le viene de flechas incrustadas en su cuerpo que le hieren y destrozan la piel y las ganas de vivir.
El mayor tiene los ojos dilatados, en gesto suplicante hacia el cielo en busca de respuestas, mientras que el que ni siquiera parece poder rozar la segunda década de su vida se empapa, agonizante, en escalofríos que evaporan su alma.
Se siente atado a esa cama. Y a ella, me tiene atado a mí también. Esos tubos, cables y líquidos son las cuerdas que le impiden moverse. Su cuerpo, todavía de rasgos femeninos y larga cabellera, son pruebas de su adolescencia; pero su sufrimiento, supera los años, aniquila sus sueños y lo poco que ha vivido.
Sebastián vuelve a buscar en el cielo algún contacto divino.
Patrón de los arqueros, atletas y soldados, haznos uno otra vez. Despoja tu fuerza y capacidad de ayuda y haz con él lo que has hecho con tantos otros: Líbralo de la plaga de la envidia y la incomprensión. Pero te pido, santo de la constancia, que su salida no sea en la muerte sino en la vida.
Cae de rodillas y reza con fervor.
Súbitamente, la ciudad amurallada se abre camino a ritmo de adagio con órganos, oboes y violines.
En el fondo, uno de los monitores, ahogado de tanto gritar, inunda la habitación con un sonido agudo y constante que se dibuja en una línea verde que monótona e infinitamente se refleja en su pantalla.
Las luces y las imágenes van despareciendo lentamente hasta sólo poder dibujar el rostro púrpura y grisáceo de quien fuese… Sebastián a los dieciséis años.
Texto con una narrativa intenso, denso, doloroso en las metaforas, en los recuerdos evocados, en la soledad compartida, en el futuro incierto del jòven protagonista. Desde el punto de vista estètico muy bello, bien escrito
Posted by: alirio aguilera en: Julio 14, 2005 04:47 PMLuis,
Escribes con una intensidad y fluidez maravillosas. No puedo esperar por lo siguiente que publiques. Tambien cuando lo traduzcas, a Brian le encantaria leerlo.
besos,
Mario
