Don Quijote poeta
Autor: Carlos Mata Induráin, de la Universidad de Navarra
Don Quijote poeta (a propósito de «Árboles, plantas y yerbas…», Quijote, I, 26)

Entre don Quijote, el personaje literario, y Cervantes, su creador, existen notables puntos de contacto, y uno de ellos, el que quiero glosar ahora brevemente, es su coincidencia en el cultivo de las armas y las letras. En efecto, Cervantes y don Quijote coinciden en manejar las armas, el uno como soldado, el otro en su papel de caballero andante; e, igualmente, Cervantes y don Quijote son poetas: los dos son poetas en el sentido etimológico de la palabra (‘hacedores, inventores de ficciones’), en tanto crean mundos nuevos con las palabras: Cervantes en su brillante producción literaria, don Quijote al renombrar continuamente la realidad, o inventar una realidad nueva gracias al poder mágico de la palabra. Y los dos son poetas también en sentido estricto, esto es, ambos componen versos. Examinemos brevemente esta doble faceta de cada uno de ellos.
Cervantes, soldado y poeta
Cervantes ha quedado en el imaginario colectivo, en primer lugar, como «el autor del Quijote», pero también como el soldado que combatió valerosamente en Lepanto y, en efecto, «el manco de Lepanto» es un sintagma muy repetido para designarlo. Él siempre recordaría con orgullo su participación en aquella heroica batalla naval; así, en el «Prólogo al lector» de la II Parte del Quijote se defiende con estas palabras de los insultos lanzados contra él por Avellaneda:
Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella (ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, pp. 617-18; todas las citas del Quijote serán por esta edición).
Cervantes responde al modelo renacentista del «soldado-poeta» que maneja con igual soltura la pluma y la espada. Dejando de lado ahora el resto de su producción literaria (la narrativa y el teatro), debemos recordar que el ingenio complutense cultivó la poesía con bastante asiduidad, aunque su estatus como poeta, esto es, la valoración de la calidad de su obra lírica, haya dado lugar a opiniones diversas. Entre los críticos hay división de opiniones: de un lado, los que defienden a ultranza que fue destacado poeta; y, de otro, los que le han negado el pan y la sal en ese terreno. Por otra parte, algunos textos poéticos suyos se conocen mucho (por ejemplo, su celebérrimo soneto al túmulo de Felipe II que comienza «Voto a Dios que me espanta esta grandeza…») mientras que otros han quedado en el más completo olvido.
Cervantes destaca especialmente como poeta lírico, popular, cultivador de formas tradicionales españolas (letrillas, seguidillas, romances, glosas…) y también en la vena satírico-burlesca. Sin embargo, no hay que olvidar que también fue poeta garcilasista al modo italianizante, cultivador del endecasílabo y el heptasílabo. Para su relación con Garcilaso, baste ahora con remitir —de entre la bibliografía existente relativa a su faceta poética— a tres trabajos que abordan específicamente este aspecto: me refiero a los de José Manuel Blecua, «Garcilaso y Cervantes», en Homenaje a Cervantes, Madrid, Cuadernos de Ínsula, 1947, pp. 141-50 (reeditado en Sobre poesía de la Edad de Oro. Ensayos y notas eruditas, Madrid, Gredos, 1970, pp. 151-60); Antonio Gallego Morell, «La voz de Garcilaso en Don Quijote», Ínsula, 29, 1948, p. 2; y Elias L. Rivers, «Cervantes y Garcilaso», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, pp. 963-68.
Don Quijote, poeta y caballero andante
También don Quijote aúna en su persona las armas y las letras, y así, en Quijote I, 18 leemos que «nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza» (p. 197). Pero en él prevalecen, sin duda, las primeras; en el capítulo I, 37 argumenta el hidalgo manchego: «Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen» (p. 442); en el capítulo I, 38, que se titula: «Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras», desarrolla esa materia por extenso; y en II, 6 insiste ante el ama y la sobrina:
Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte (p. 676).
Sin embargo, don Quijote tiene también mucho de poeta. Recordemos que en el capítulo I, 1, Alonso Quijano logra transmutar el mundo a través del poder mágico de la palabra. De este modo, vuelve a nombrar a su caballo (de rocín lo convierte en Rocinante), se bautiza a sí mismo con un nombre sonoro propio de héroe caballeresco (deja de ser el hidalgo Alonso Quijano para convertirse en el caballero andante don Quijote de la Mancha) y lo mismo hace con su amada (transforma a la rústica labradora Aldonza Lorenzo en la sin par princesa Dulcinea del Toboso). En este sentido, Dulcinea será su más bello poema de amor, y con razón la carta que le escribe desde Sierra Morena (en I, 25) ha podido ser calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española».
En esa actividad nominativa —y en fabricarse una celada— emplea unos cuantos días, buena señal de que lo que más le sobraba a este ocioso hidalgo era el tiempo. Y es que don Quijote, antes de ejercitarse con las armas, se bate en el campo del decir poético, de la creación —a partir de la palabra— de un nuevo mundo, idealizado, completamente diferente de la realidad prosaica que perciben sus ojos. Don Quijote se crea a sí mismo y crea, igualmente, el mundo que añora habitar. Don Quijote actúa a la manera de un poeta, pues al dar otro nombre a la realidad ya existente, lo que hace propiamente es crear —nombrándola— una nueva realidad. En suma, don Quijote antes que caballero andante es poeta.
Hemos visto, pues, que don Quijote, antes de empezar a pelear con las armas, se bate con las palabras. Pero don Quijote no sólo es un teórico de la poesía; conoce también, como Cervantes, a Garcilaso, y en la ya aludida penitencia de Sierra Morena, hecha a imitación de Amadís de Gaula en la Peña Pobre, entre otras actividades, se dedica a escribir algunas composiciones amorosas: «… y, así, se entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer después que a él allí le hallaron no fueron más que estos que aquí se siguen» (I, 26, p. 292). Y el narrador, en efecto, se encarga de transcribirlos:
Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea,
pues por pagaros escote
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y, así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras,
hirióle amor con su azote,
no con su blanda correa,
y en tocándole el cogote
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso (I, 26, pp. 292-93).
Aunque de claro tono ridículo (remarcado por las burlescas rimas en -ote de palabras tan poco poéticas como escote, estricote, pipote, cogote… o la introducción de la frase hecha «sin saber cómo o por dónde»), en estos versos aparecen varios tópicos de la lírica amorosa renacentista: los elementos de la naturaleza («Árboles … altos, yerbas … verdes, plantas … tantas») que escuchan las «quejas santas» del amante-poeta y se compadecen de su «terrible» dolor; la protesta de firmeza amorosa («el amador más leal»); su desbordado llanto motivado por la ausencia de la amada (circunstancia puesta de relieve, por tres veces, en el estribillo; en esta ocasión, las copiosas lágrimas no acrecientan la corriente de ríos y arroyos, sino que sirven para llenar un vulgar pipote); la dureza de la dama esquiva, de la ingrata enemiga, de la amada enemiga («entrañas duras»); la tópica herida de amor («hirióle amor», ridículamente aquí con su «azote»), etc., etc.
En este poema de don Quijote —afortunadamente salvado de entre los que escribiera, según era costumbre de los pastores literarios, en materiales tan poco duraderos como las cortezas de los árboles o la arena— se nos muestra el envés ridículo de esa lírica amorosa renacentista. Pero, sea como sea, sirve para que nos quede claro que el fiel enamorado de Dulcinea conocía muy bien los recursos expresivos, los tópicos y las imágenes de la poesía garcilasista. Porque don Quijote, igual que Cervantes, era también poeta: un artífice esforzado de versos. Y, así, no nos debe extrañar que el genial escritor, que tenía en altísima estimación la poesía, eligiera a su personaje don Quijote como su portavoz para declamar, en casa de don Diego de Miranda, un largo discurso acerca de la ciencia poética que comienza con estas hermosísimas palabras:
La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella (II, 16, p. 757).
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Posted by: cecita en: Octubre 8, 2005 09:21 PM