Vírgenes suicidas, de J. Eugenides
Autor: Gonzalo Martín de Marcos
Vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides.
Anagrama, 1994. Última edición de 2004.
Cuando apareció la novela en Estados Unidos, en 1993, la crítica se sintió deslumbrada por el talento de un autor que se alejaba de la uniformidad realista. Pero, ¿se alejaba verdaderamente, y, en qué sentido si así fuera? ¿Cuál es la fuente de la originalidad que tanto ponderaron?
La novelística decimonónica europea, profusa en autores, obras, personajes y páginas, se hizo pedazos entre las turbulencias de las vanguardias de entreguerras. De los escombros nacieron giganteas criaturas estériles, incapaces para la descendencia y la generación de escuelas: Proust, Joyce, Kafka…, pero el canon clásico, el paquete compacto, bien trabado narrativamente, atento con justeza a la sólida erección de un mundo y sus pobladores, pareció extinguirse. Lo que ocurrió, no obstante, fue que emigró y subsistió, convenientemente enriquecido por las innovaciones técnicas que aquellos monstruos europeos aportaron, en la Literatura Norteamericana.
Vírgenes suicidas es una magnífica novela: original, entretenida, medida, bien enfocada, con un digno estilo en épocas de menosprecio. Tiene la frescura de los autores americanos, que, al que escribe estas palabras, nunca defrauda. Desde un futuro desengañado, prosificado por el paso del tiempo, un grupo de hombres, representados por una única voz narradora, evocan la corta vida de las hermanas Lisbon, bellas e indescifrables en su encierro puritano, flanqueadas por una madre de moral retrógrada y asfixiante y un padre indolente. Reconstruyen apenas el año en que todas se quitaron la vida y sus obsesivos intentos por aproximárseles. La tonalidad venía servida: elegíaca melancolía. Y es el tono, el que precisamente ha arrancado a los críticos hiperbólicos sintagmas (‘lírica ferocidad’), trufado de un humorismo suave, el que se me antoja censurar. No en la cualidad, sino en la cantidad. Eugenides ha empañado excesivamente los cristales del recuerdo del narrador. Inverosímil mitificación de las hermanas Lisbon por aquel grupo de chicos crecido y ¡aún obsesionado! por sus recuerdos y pertenencias ajadas y conturbadoras. En esta desmedida relación entre ellos y ellas, que mediatiza el tono, es donde radica el irrealismo que la hace sobresalir. Yace bajo esta neblina, probablemente novel, la factura inconfundible de la buena novela construida sobre historias y personajes, tiempo y espacio. Tan sencillo como eso. Un producto que todo lo digiere y nunca caduca.
