El recurso del segundo personaje en La lucha por la vida, de Pío Baroja, a semejanza de Don Quijote.
Autor: Gonzalo Martín de Marcos

Se dice que cuando Cervantes advirtió las posibilidades que le ofrecía el tema del caballero loco, se percató también de que un libro extenso le obligaría a mantener la atención del lector sobre el personaje empleando sin cesar monólogos exteriores, e incluso interiores, que acabarían por cansar y aburrir. Ésta, pues, pudo haber sido la razón principal para incorporar a la historia el escudero. Con la pareja de protagonistas la narración cobraba vivacidad, entraba en la historia la doble perspectiva, y, sobre todo, se definían mejor, progresivamente, y por contraste unas veces, por refuerzo o prevalencia otras, ambos caracteres. Probablemente, sin Sancho, don Quijote no habría adquirido su compleja humanidad. Como en la vida, la personalidad de los personajes se describe y ahonda verdaderamente en la coexistencia.
En La lucha por la vida, la trilogía de Baroja compuesta por La busca, Mala hierba y Aurora roja, Baroja describe la maduración, en el ambiente áspero y hostil de la marginación madrileña de principios de siglo XX, de Manuel Alcázar. Para Ricardo Senabre , es esta formación, y no la presentación de un gran friso madrileño, de interés costumbrista, ocupado por multitud de personajes, el auténtico asunto de la novela. Cada acontecimiento narrado, según el crítico, colabora en la labor formativa ejercida por la realidad sobre el joven Manuel. Sin embargo, a mi entender, si bien convengo en que éste sea el eje de la novela, el carácter apunta de muy distinta forma en las dos primeras partes que en la tercera. Su presencia es ostensiblemente distinta. En ocasiones, en La busca y Mala hierba, el lector camina a la vera de Manuel, contemplando las mismas cosas, pero desviando la atención hacia más atractivos espectáculos que su crecimiento. Es cierto que, una vez concluida la novela, por el efecto reconstructor que tienen todos los finales, descubrimos, tímidamente asomados, rasgos psíquicos que luego subrayará el narrador. Pero ésta revisión sólo ocurre después de leer Aurora roja. Y es que Baroja introduce allí un nuevo personaje de extraordinaria importancia, el hermano de Manuel, Juan Alcázar. La disparidad de caractéres queda clara desde el comienzo, aún antes de que intuyamos que ambos han de volver a encontrarse:
Los dos muchachos manifestaron condiciones en absoluto opuestas: el mayor, Manuel, gozaba de un carácter ligero, perezoso e indolente; no quería estudiar ni ir a la escuela; le encantaban las correrías por el campo, todo lo atrevido y peligroso; el rasgo característico de Juan, el hermano menor, era el sentimentalismo enfermizo que desbordaba en lágrimas por la menor causa. (La busca, II, Primera parte)
Son, pues, caracteres contrarios, de índole semejante y en semejante oposición, a la de don Quijote y Sancho. No es difícil aventurar el sentido del paralelismo: Manuel se parece a Sancho Panza, mientras que Juan posee un carácter quijotesco. El título de la obra procede de Darwin:
Todos los animales, y el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran en un estado permanente de lucha: el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo disputas a los demás; ellos te lo disputan a ti. Ya que nuestra ley es la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en dinámica; ése es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa. (Aurora roja, VII, Tercera parte)
A la equiparación entre la sobrevivencia de los animales irracionales y la de los hombres viene a sumársele, complicándose con ella, el tema de la voluntad, muy corriente en la época, y que proviene de la filosofía de Nietzsche y Shopenhauer. Manuel es, desde su infancia, una persona sin voluntad, indolente, acomodaticio. Asume sin queja cuantos oficios le busca su madre y los ejerce mecánicamente. Roberto Hastings, personaje inasequible al desaliento, se lo reprocha a menudo. En éste, la voluntad es una potencia expresa, declarada y defendida. Pero adquiere en él un tono pragmático áspero, inhumano, incluso cruel, que todo lo arrolla, injustos e inocentes. Hay en la novela otra forma de voluntad. Es la que anima a Juan Alcázar, en quien son los ideales depurados los que lo empujan sin cesar. Su resolución es pareja a la de don Quijote. El caballero loco ha tenido, históricamente, muchas caras. El episodio de los galeotes especialmente, y su conducta anómala, acaso subversiva, de toda la historia, le ha convertido en un revolucionario, en alguien que se rige por sus propias leyes, sin preocuparse lo más mínimo de acatar las socialmente impuestas. Aurora roja comienza con la decisión de Juan de abandonar el seminario, convencido de su falta de fe. Emprende un camino, durante el que salva las dificultades a golpe de resolución del ánimo –se dice: ‘¡Adelante siempre!’. La resolución de ánimo, la voluntad emprendedora, es, sin duda, una de las virtudes del buen caballero andante, y don Quijote la cumple a la perfección. Juan llega hasta Francia, se hace pintor y confraterniza con el mundillo artístico parisino. Regresa a España con el pelo largo y se presenta ante su hermano, que apenas lo reconoce. Ya están juntos caballero y escudero, voluntarioso e indolente, idealista y realista, cándido y experimentado. La sabiduría de uno y otro difieren tanto como la de don Quijote y Sancho: Manuel ha aprendido de la vida, de sus correrías por los límites del inframundo madrileño, en trabajos lacerantes, mientras que el conocimiento de Juan procede de los libros, de las artes, de las ideas y doctrinas. Es lo que los griegos llamaban doxa. Sin embargo, a pesar de que parecería ser Manuel el más adiestrado a vivir la vida, es Juan el que se arroja a sus turbulencias, del mismo modo que es don Quijote el que decide abandonar el lugar. Jamás Sancho habría tomado una determinación tan radical. La resolución de Juan, alentada por creencias anarquistas de naturaleza filantrópica, se parece mucho al deseo de enderezar el mundo del caballero manchego. La ideología a que se adscribe el personaje de Baroja concuerda con el sentido de una de las caras del cabellero arriba mencionada. Juan no es un incendiario, ni un dinamitero; es, fundamentalmente, una buena alma cándida. La sociedad ha de ser devastada, sí, pero a fin de favorecer a los oprimidos, de proteger a los más débiles de los fuertes, que se ordenan en una escala inicua e ignominiosa. En un mitin, el discurso de Juan provoca una apoteosis de entusiasmo:
Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los niños que van por la mañana a los talleres muertos de frío, de las mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución, pisoteadas por la bota del burgués y la alpargata del obrero...Y habló del gran deseo del cariño del desheredado, de su aspiración, nunca satisfecha: el amor...Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron a aplaudir de una manera rabiosa. (Aurora roja, III, Tercera parte.)
Sus argumentos, lo dice el narrador, están empañados de ingenuidad. Juan es un alma cándida, que a todos inspira cariño. Esta inocencia también lo acerca al caballero. Su muerte, rodeado de su poca familia, recuerda vagamente a la de aquél. El poco tiempo que pasa con su hermano Manuel deja una profunda huella en éste, tal como le sucede a Sancho. Manuel, a pesar de su mirada sobria sobre la realidad, se ve arrastrado en ocasiones por la fantasía del anarquismo que exalta a su hermano. Lo acompaña a los mítines, con él funda la ‘Aurora roja’, y, al igual que Sancho hace con su señor, protege a Juan de sus excesos de idealidad, cuando éste recibe en casa a un compañero italiano que portaba una bomba escondida en una maleta. Vacila, como el escudero, entre un convencerse y un descreer, que lo aleja y lo acerca de Juan.
Antes de que apareciera en su vida Juan, Manuel era un personaje de perfil bajo. Las únicas notas en las que se insistía eran la indolencia, la desidia. Con el contrapunto de su hermano, Manuel crece definitivamente. Sus aspiraciones burguesas, su anhelo de estabilidad, habían surgido antes, ciertamente. Cuando Juan llega a su puerta, Manuel ‘ha encarrilado su vida, ha reglamentado su trabajo’, pero carece aún de esa comezón de idelidad que un corazón achicado por las circunstancias de su vida dura necesitaba. Sancho, sencillo vecino del lugar, vive, hasta convertirse en escudero, una vida monótona y reducida a sus quehaceres. Las aventuras cambian más al escudero que al caballero, abren sus horizontes y su mente a otras realidades. Así lo explica él a Teresa Panza, a su vuelta tras la segunda salida. El personaje del escudero se desarrolla, complicándose, no sólo por las nuevas vivencias, sino, principalmente, por su relación con don Quijote. El recurso que emplea Baroja en Aurora roja parece idéntico, aunque de signo contrario. Acaso entre la redacción de la segunda y la tercera parte, o en cualquier otro momento, el autor se percató de la necesidad de integrar a Juan Alcázar para hacer crecer a su protagonista. Resulta, como Sancho Panza, de la tensión entre la exaltación de Juan y su austeridad realista, un personaje más rico. Como en Don Quijote, el escudero sobrevive al caballero, y, asimismo, como en la segunda parte de la novela cervantina, el segundo personaje amenaza con oscurecer al mismo protagonista. La diferencia estriba en que el personaje introducido con posterioridad es correlato del caballero, y no el escudero. Cuál de ellos viene a complementar a otro es poco importante, porque Manuel, en las dos primeras partes, no guarda semejanza con Sancho. Es su relación con su hermano la que establece el paralelismo, y con una fuerza dependiente, no de cada uno en sí, sino de su relación como pareja. Manuel ya no es el mismo, y Baroja debió de comprender que su personaje no acabaría de despegar hasta que lo emparejara.
