El idiota y el Quijote
Autor: Gonzalo Martín de Marcos
He preferido dividir este trabajo en dos partes: la primera la dedico al cotejo de los protagonistas de sendas novelas; y la segunda, a la advertencia de otras huellas menores que la influencia del Quijote ha dejado en la novela de Dostoyevski. Estos rasgos de menor dimensión importan para la comprensión del auténtico alcance de la influencia.

Es claro que el quijotismo del príncipe Myshkin constituye el rasgo más evidente. El modelo de que se sirvió Dostoyevski lo declaró explícitamente fuera y dentro de la novela. Este cotejo precisa antes un comentario. Aparte de las observaciones del propio autor, el análisis de las huellas en el texto de un modelo proporciona una idea acaso más fiel de la lectura que hiciera el autor influido. Es decir, que estudiando al príncipe Myshkin intuiremos la personal visión que el autor ruso tenía de don Quijote.
Es ésta, desnuda, la idea que desarrollaré enseguida: el quijotismo del príncipe Myshkin es una función de su relación con los demás. Don Quijote es un personaje de extraordinaria y humana complejidad. No obstante, cabe destacar en él dos rasgos: su mutación voluntaria –consciente o no; acaso demente- de la realidad; y su carácter dual y contradictorio: loco pero cuerdo. El primer rasgo es sin duda el más popular y aquél cuya influencia ha sido más vasta. Pero el príncipe, sin carecer del primero, se distingue por el segundo. Su personalidad se sostiene, al parecer ajeno, sobre la tensión desconcertante de dos polos inconciliables: idiota pero inteligente. La insistencia a lo largo de la novela es tal que hace pensar en que ésta fuera la idea que guió la lectura de Dostoyevski. Otros rasgos del arquetipo quijotesco no surgen hasta el final y de modo no tan fundamental en la psicología del príncipe. Por ejemplo, su idealismo; no dejaré, por su puesto, de consignarlo y ampliarlo un poco. El tercer rasgo, éste acaso el más personal, el más propio de Dostoyevski y el que mejor nos explica quién era don Quijote para él, es el de la bondad. Para el autor, don Quijote era sobre todo un hombre bueno y justo, un cabellero cristiano alentado por los ideales de in cristianismo filantrópico .
Dostoyevski creía que don Quijote era un ser cuasi perfecto, igual que Pickwick; pero a ambos les faltaba un rasgo que juzgaba imprescindible: la mansedumbre. El príncipe es, en efecto, un hombre manso, pacífico, incluso indolente. Dostoyevski lo despojó de la cólera del caballero español. Según la caracteriología del Siglo de Oro don Quijote se ajusta a la perfección al tipo del hombre colérico-melancólico. La psicología del siglo XIX estaba muy lejos de la psicología basada en la presencia relativa de los humores de la época de Cervantes, pero el caso es que Dostoyevski también recurre a ella para explicar la existencia de un ser tan extraordinario. Don Quijote sólo fue verosímil por su demencia y el príncipe fue posible por su idiocia. Pero la elección de un rasgo como la mansedumbre tiene consecuencias que sobrepasan la mera caracterización psicológica. Don Quijote, sobre todo en la primera parte, es un personaje muy seguro de sí mismo, sentencioso, arrogante, arrojado; pero el príncipe es todo timidez y delicadeza. Se deduce de ello una consecuencia importante. Mientras que don Quijote se caracterizaba a sí mismo en gran parte a lo largo de sus conversaciones, son los demás personajes los que describen al príncipe con sus continuos juicios. Para las mujeres de la familia Yepanchin es idiota pero educado, idiota pero inteligente, idiota pero/y bondadoso. Es cierto que estos juicios dobles proceden de los demás también en el Quijote, pero es lo destacable que en el El idiota gozan de la importancia mayor en la labor progresiva de revelación de la psicología del protagonista. Del principio al final se repiten sin cesar, incluso subrayando su aptitud, común al caballero, para hablar elocuentemente: “El príncipe habla admirablemente, sólo que es un poco triste”. La dudas que suscita su carácter engendran en la princesa Yepanchin una idea muy semejante a la de Tomé Cecial: “Total, que somos nosotras las que parecemos bobas”. La faceta anómala del príncipe, su idiocia, aunque imbricada confusamente, pues las causas nunca quedan claras, con su bondad e ingenuidad, lo hacen parecer ridículo y, por consiguiente, en un contexto social frívolo y aristocrático, objeto de diversión . El ‘uso’ que de su rareza hacen en El idiota recuerda a menudo al que hacen los duques con don Quijote. En la sociedad en la que se introduce, el príncipe resulta ridículo e insólito por su carácter dual y, así, por cada uno de los extremos sobre los que se tiende: tan raro es por su idiocia como por su bondad. La asimilación de estos dos extremos a base de las sucesivas confusiones de los miembros de la sociedad revela, a mi entender, la intención crítica del autor. Para Dostoyevski, el príncipe es un marginado, un incomprendido. Su quijotismo proviene de la infrecuencia de su bondad e ingenuidad, y su idiocia sería el sustrato positivista necesario para justificar el carácter en una realidad incapaz de engendrarlo. Adviértase que otro personaje de incuestionable quijotismo es Nastasya Filippovna, proscrita de la moral, acusada por Aglaya Yepanchin de vivir una vida de ociosa lectura, y en cuya mesilla, en la habitación de alquiler de la casa de una viuda en Petesburgo, a donde acude el príncipe en su busca, se halla Madame Bovary, paradigma de lo que Ortega llamaba un ‘quijote con faldas’. La relación entre los dos personajes, más hondamente que en su amor, puesto en duda sin cesar, y adultaredo por sentimientos de toda índole, se funda en una ‘afinidad quijotesca’. El alimento libresco de ambos no se desvela hasta el final. Dostoyevski no lo emplea como causa principal de su desvío, de su anomalía como personajes, al modo del Quijote. Es, sí, un modo de subrayar, un perfecccionamiento final (las acusaciones de Aglaya ocurren en los últimos capítulos), porque, insisto, aquello que para Dostoyevski acerca al príncipe a don Quijote es su rareza bondadosa y la impresión discorde que produce en los demás personajes. Cuando nos revela su idealismo libresco lo hace, de nuevo, por boca de otro personaje. Es Aglaya en el caso de Nastasya, y Yevgeni Pavlovich quien dice, refiriéndose al príncipe, con quien dialoga:
Usted, joven en Suiza, echaba de menos a su país natal, añoraba a Rusia como un país desconocido pero como una tierra de promisión; leyó usted muchos libros acerca de Rusia, quizá libros excelentes, pero dañinos para usted. Llega usted aquí con un fevoroso deseo de obrar y, por así decirlo, se lanza usted a la acción. Y entonces, el primer día de su llegada, le cuentan la historia triste y desgarradora de una mujer ultrajada –a usted, que es un caballero virtuoso- ¡la historia de una mujer! (El idiota, IV, 9)
No puede haber mayor evidencia de la raigambre quijotesca del príncipe. Sobre la mente debilitada de un idiota convaleciente hace estragos la lectura de unos libros que, para otro, habrían sido inofensivos , y que, como a don Quijote, le impulsan a la acción. Como él, el príncipe opta por obrar. Su caballerosidad, su virtud, no le dejan pasar sin acometer la protección de una mujer ultrajada. Virtud típicamente quijotesca, o andantesca. Pero Yevgeni dice algo más:
Está perfectamente claro que usted, arrebatado por su entusiasmo, por así decirlo, aprovechó la ocasión para proclamar públicamente la generosa noción, de que usted, príncipe de estirpe conocida y hombre virtuoso, no considera que una mujer queda deshonrada cuando la culpa no es suya, sino de un libertino aristocrático y repugnante (...) ¿era esa la verdad, era ése el sentimiento genuino de usted, era ése un sentimiento auténtico o sólo un entusiasmo intelectual? (El idiota, IV, 9)
Es decir, que el entusiasmo es de orden intelectual, inauténtico, o, interpretemos, de origen libresco, como el fervor caballeresco de don Quijote. Estas dos páginas contienen, al fin, pero una vez más por una voz ajena, y no por manifestación propia de su personalidad, el rasgo más común del quijotismo: el idealismo libresco. Aunque aquí resalte, su ausencia a lo largo de toda la novela no hace sino confirmar la primacía de los dos rasgos que subrayé más arriba: la rara bondad, y la psique dual. Pero las alusiones explícitas a su adscripción al arquetipo no faltan puntualmente . Cuando Aglaya recibe una carta del príncipe la guarda entre las páginas de un libro lujosamente encuadernado que resulta ser el Quijote. En un momento, se le acusa de tener una ‘visión inocente y pastoral de la vida’, y el mismo personaje, Keller, le dice:
...muestra usted una simplicidad y una inocencia que no se han visto ni en el siglo de Oro... (El I., II, 11)
Pero la comparación más explícita tiene lugar en un momento decisivo de la trama argumental, cuando Aglaya (quien asume un papel próximo al de Altisidora: parece, al menos en principio, fingir un enamoramiento cuyo único fin es la diversión a costa del príncipe, precisamente en el contexto de la familia Yepanchin, similar al del palacio de los duques; Aglaya es, además, conocida de su familia por su carácter burlón) lo compara con el ‘caballero pobre’ de un poema, cuyo rostro más adecuado sería el de don Quijote. La comparación a lo largo de estas tres páginas se acaba aclarando por completo:
En cualquier caso está claro que a ese caballero pobre no le importaba quién era o qué hacía su dama. Le bastaba con haberla elegido y creer en su “pura belleza”; y después de esto prosternarse ante ella y adorarla por siempre jamás. En eso radica su mérito. Porque incluso si ella se trocase más tarde en ladrona, él seguiría creyendo en ella y rompería lanzas en honor de su pura belleza. El poeta quiso, por lo visto, combinar en una imagen excepcional el grandioso concepto del amor caballeresco y platónico medieval tal como lo entendía un caballero puro y magnánimo. Por supuesto, se trata de un ideal. En el caballero pobre ese sentimiento ha alcanzado el grado supremo de ascetismo; hay que reconocer que ser capaz de tal sentimiento significa muchas cosas y que sentimientos de esa índole dejan tras de sí, desde cierto punto de mira, impresiones profundas y altamente loables, y no digamos en el caso de don Quijote. El caballero pobre es don Quijote, sólo que serio y no cómico. Yo al principio no lo comprendía, y me reía, pero ahora amo al “caballero pobre” y sobre todo respeto sus hazañas. (El I., II, 6)
La turbación del príncipe y el disgusto de la madre de Yepanchin demuestran que todos los presentes han advertido sin problemas el objeto de la alusión. Esta es la identificación definitiva y una descripción de los paralelos de gran interés. La dama idealizada del “caballero pobre”, del príncipe, pese a trocar su belleza en fealdad, conserva de éste el amor reverente, cuyo correlato cervantino sería la fidelidad posterior al encantamiento de Dulcinea por Sancho, y que en El idiota tiene una versión ligeramente distinta. La fidelidad del caballero a Nastasya se mantiene incólume frente a su degradación moral, que no física, como ocurre con Dulcinea. Queda demostrado cuando, tras la entrevista entre Nastasya y Aglaya, aquélla le reclama su fidelidad, y el príncipe cumple con su palabra. La diferencia entre el príncipe y don Quijote se expresa con claridad. El príncipe (el ‘caballero pobre’) es un caballero serio, no cómico. Esta afirmación coincidiría con el sentimiento de los escritores españoles del siglo XIX, que observaban en la asimilación extranjera del Quijote una comprensión despojada del humorismo hispánico. Si bien el humor está presente en El idiota, no procede del protagonista, ni de los conflictos en que se implica o provoca, sino que aparece de manera aislada, no sistemática ni estructuralmente como en el Quijote.
El quijotismo del príncipe Lev Nilayevich Myshkin es, por el carácter nuclear del personaje en la novela, en torno al cual giran los acontecimientos, la huella más destacada de la influencia del Quijote. Existen, no obstante, otras señales menores que advierten de la considerable asimilación que Dostoyevski debió de hacer de la novela de Cervantes. Éstas confirman y refuerzan, también, la adscripción del príncipe al modelo cervantino. Uno de los elementos del Quijote, fuera de la pareja de protagonistas, que han sido más frecuentemente imitados, es el de la interpolación de novelas cortas en la narración general . En la velada que tiene lugar en casa de Nastasya, a la que acude el príncipe sin invitación, se organiza un juego similar al que sirve de base estructural al Decamerón de Boccaccio. Cada uno de los presentes, exceptuando a las mujeres, cuenta una historia que ha de versar sobre un hecho reprobable de su vida, de cuya inmoralidad se avergüencen, y que no haya sido descubiero hasta entonces. Las novelas interpoladas en el Quijote son novelas ejemplares, de la misma índole que las publicadas independientemente en 1613, cualquiera que ésta sea. De los discutidísimos sentidos del adjetivo ‘ejemplar’ me valgo, para El idiota, de un sentido que participe coherentemente de la ejemplaridad moral, de un lado, y de la ejemplaridad retórica –a saber, el desarrollo de un exemplum ‘ejemplarmente construido’. Porque Dostoyevski, acaso de manera intuitiva, advierte estos dos sentidos. Los personajes narran historias que desarrollan ejemplos ex contrario, según el modelo del juego propuesto por Ferdyschenko. Y, a la vez, construyen sus historias al modo cervantino-retórico: preámbulos a base de tópicos de humildad, exposición sucinta del tema que se va a desarrollar en la novela exemplar,... Véase un ejemplo:
¡Carezco de ingenio, Nastasya Filippovna, por eso hablo demasiado! –gritó Ferdyschenko comenzando su relato! Si fuera tan ingenioso como Afanasi Ivanovich o Ivan Petrovich estaría ahora sentado aquí sin abrir la boca [tópico de humildad] (...) Yo he creído siempre que en este mundo hay muchos más ladrones que no-ladrones, más aún, que no hay hombre, por honrado que sea, que no haya robado alguna vez en su vida. Ésa es mi opinión de la que, sin embargo, no deduzco ni remotamente que todos los hombres sean ladrones, aunque juro que siento a veces el ferviente deseo de sacar esa conclusión [exposición de exemplum] (El I., I, 14)
Los preámbulos siguen, como se ve, los preceptos retóricos, y éste en particular, recuerda sobremanera al comienzo de La gitanilla , el desarrollo de cuyo exemplum, resulta, desde el punto de vista de la moral, particularmente ambiguo, como es común en Cervantes: “Parece que los gitanos y las gitanas solamente nacieron en al mundo para ser ladrones...” Las semejanzas en estos preámbulos alcanzan incluso a los detalles estilísticos. El narrador, al comienzo del relato de Afanasi Ivanovich, indica la entonación y disposición física con que se comienza la narración, rasgos carísimos a Cervantes, en cuyos personajes tienen la voz y el gesto –el actio- una enorme importancia. Dice el narrador de El idiota: “Con extrema dignidad que armonizaba a la perfección con su aire imponente, con voz suave y afable, empezó Afanasi Ivanovich una de sus ‘deliciosas historias.’ ” La mención de ‘historias’ va más allá de una caracterización de este personaje. El reconocimiento de que se trata de novelitas –novellas- llega a ser explícito en muchas ocasiones, no sólo en esta velada con Nastasya, sino en otras. Afanasi termina diciendo: “En fin, una verdadera novela”. Fuera de este episodio, otros personajes cuentan historias perfectamente autónomas en la narración principal, y sus oyentes, a semejanza de un rasgo intensamente cervantino, ponderan el modo como fueron contadas. Por ejemplo, en la fabulosa historia del general Ivoglin sobre su relación con Napoleón cuando el general era niño. Quiero subrayar este aspecto porque el cervantismo es tan ostensible que no puede sino pensarse en una lectura atenta y provechosa del Quijote. Cuando el general termina su historia, el príncipe, aún consciente de la fantasía, queda seducido por ella, y la elogia por su buena factura como obra de ficción. Comete incluso un desliz, diciendo ‘si fuera verdad’, con que despierta la suspicacia del general. Pero lo importante es que Dostoyevski ha asmilado a la perfección la teoría de la ficción, el pensamiento teórico de cervantes en uno de sus aspectos clave: la ficción tiene un estatuto aparte de la historia, vive en un realidad inexpugnable, donde el ‘modo’ en que se elabora, es decir, el modo de narrar, la legitima indiscutiblemente. Recuérdese la reflexión de Peralta tras leer El coloquio de los perros .
Señalaré un tercer aspecto, dentro de este apartado de marcas menores de la influencia del Quijote en El idiota. Son numerosas las señales de esta dimensión, por cuya razón, a fin de no rebasar la medida propuesta, concluiré con la siguiente. A imitación de aquellos episodios quijotescos, especialmente los de la primera parte, cuya comicidad nace en parte del tumultuoso desorden, y cuyo ejemplo más indiscutible son los conflictos, cada vez más enrevesados, que surgen en la venta, Dostoyevski adopta, para situaciones similares, un recurso retórico análogo al verso de recolección en poesía. Es una secuencia que consigna y resume la actitud de cada personaje comúnmente en el clímax del conflicto, de forma muy escueta, y, bien marcando una pausa en la acción con fines cómicos, estructurales, etc., bien constriñendo en una serie de frases cortas y rápidas una transición álgida. Del Quijote recordaré dos ejemplos breves y expresivos del primer tipo, y uno algo más extenso del segundo:
Callaban todos y mirábanse todos, Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda, y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero rompió el silencio... (Q. I, 36)
Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala su buena criada Maritornes. La hija callaba y de cuando en cuando se sonreía. El cura lo sosegó todo,... (Q. I, 35)
El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis rodearon a don Luis, por que con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros; don Luis daba voces a sus criados, que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio a don Fernando, que favorecían a don Quijote; el cura daba voces; la ventera gritaba; su hija se afligía; Maritornes lloraba; Dorotea estaba confusa; Luscinda, suspensa, y doña Clara, desmayada. El barbero aporreaba a Sancho; Sancho molía al barbero; Don Luis, ...(Q. I, 45)
Veamos ahora un ejemplo del uso que Dostoyevski hace del recurso que, sin duda, aprendió de Cervantes. El extracto pertenece al capítulo 7 de la cuarta parte, cuando el príncipe Myshkin malogra su presentación en sociedad al verse asaltado por un delirio de facundia incontenible, y provoca en los presentes estados diversos de estupor:
Las señoras, en su rincón, le miraban como si estuviera loco, y la princesa Belokonskaya confesó mas tarde que, un minuto más, y hubiera salido corriendo de allí. Los señores viejos habían quedado al principio paralizados de asombro. Desde su asiento, el superior jerárquico que Ivan Fyodorovich miraba con severidad y desagrado. El coronel de ingenieros permanecía inmóvil en su asiento. El pequeño alemán había palidecido, pero seguía sonriendo con su sonrisa insincera y observando a los demás para ver cómo reaccionaban. No obstante, todo eso, toda esa escena escandalosa... (El I., IV, 7)
