Pantalones cortos
Autora: Roxana Heise

Caminos de vientos y mil polvaredas revolcaron su frente curada de espanto. Dios es grande cuando existe y toca el organillero la misma melodía que atesoró cuando niño y su padre lo llevaba en carruaje, envuelto en su manta huérfana de madre, porque ella, la grande, pertenecía a otro mundo. Luego vinieron los cuentos trasmitidos por peones que encendían fogatas cuando la noche vestía de fiesta su espesura de estrellas y temía que personajes lo poseyeran al extremo de volverse realidad al día siguiente; pantalones cortos, bolso de colegio aporreado de gritos, maestros, niños y sueños, de esos indecibles porque arden las mejillas, padre querido, madre ausente, pasos que guían a cualquier parte siguiendo algún balón arrojado al viejo cara de vampiro, abrigo largo, grito doloroso cuando amenaza y persigue, provocando la fuga en medio del poblado; humedad de otoño, bototos resbalosos, pequeños tropezándose entre sí y sabrá Dios que otra aventura hasta terminar jadeando bajo un sauce cubierto de orugas, cayendo sobre los cuellos sudados de emoción. Perdido de vista el temible, sólo quedaba marcharse, comida servida en la mesa, chimenea ardiente, padre enfadado; mire que exponerse tanto, niño educado en buenos colegios, el cochero durmiendo la espera fatigosa, si tu madre viviera el susto de su vida y mucho más habría padecido sólo por designio de algún privilegiado que mira a través del sol, magno espectáculo.
Hoy su mirada es la de un creador contemplando su obra, germen de silencio y luz, mundo perdido, mutante, vuelto suave ronroneo a sus oídos, allí vivió hace tanto, siglos quizá, eso parece, y desea coger piedrecillas del camino, se reprime, el organillero podría reconocerlo por los periódicos, lo conocen tantos ya, como entonces a su padre; un hacendado era un tipo difícil de olvidar, especialmente si era reverenciado y temido, aunque blando a la vez, al menos con el hijo, pobrecillo, huerfanito que soñaba con ser proclamado caballero mientras alzaba una espada de madera tallada por manos pobres una tarde cualquiera cuando del cielo llovía granizo y la tierra parecía estallar producto de la furia natural de las tormentas, que jamás dejaban de patearle el frío vientre insatisfecho de sabores.
A lo lejos los recuerdos desfilan ante sus ojos, caravanas de personajes fantásticos, polvorientos, ávidos de amor, él mismo, sintiéndose la razón del universo.
Padre mío musita, y desearía rezar. Se acabaron los cánticos, los salmos, los santos adornados de culpa, las cintas blancas besadas por fieles algo infieles, la risa fácil adornando la mesa familiar, la señora que horneaba el pan oloroso, los hombres robustos hechos de tierra, la joven que bailaba a orillas del portal. Sólo el organillero en mitad del camino como una profecía a punto de concretarse. ¿Qué puede hacer este hombre desnudo de argumentos, piensa, mientras el mono baila incesantemente y la vieja carreta a la vera del camino aguarda como él, aplastado por la culpa de haber perdido a la única mujer que poseyó alguna vez, si es que lo hizo, en 15 años de matrimonio solitario, sin otra bendición que los negocios. Traga saliva, deglute el soplo nacido de la brisa que baja las montañas. Da una última mirada alrededor, el pueblo es sólo un fantasma lamiendo la tarde, crucificado en la cima de una vieja capilla sin feligreses, porque todos se marcharon como él. Estira las piernas medio dormidas y pide al cochero reanude su marcha. Lo mismo hace el organillero al despedirse quitándose el sombrero, mientras el mono parece reír de sus tormentos y vuelve el pasado, futuro presente, colina arriba, colina abajo, arrieros al paso, una choza, luego una manta tendida al sol viene a encontrarlo y las rondas de mil soledades, la mujer que tuvo y no tuvo, el sueño que albergaron ambos sin haber nacido. Su padre y la tierra una sola cosa, esperando al hijo pródigo que llega tarde, muy tarde, cuando el último hálito se marchó hace tiempo junto a los sueños de eternidad. Quiere llorar y se contiene, el cochero lo sabe, no dice palabra el muy callado y lo ve de reojo como quien mira a un niño arrepentido por haber cometido una maldad. Colina abajo, colina arriba, la carreta y el organillo se perdieron, los molinos de viento persisten como entonces, tozudos y altivos no cesan de girar, mientras la gran casona aún se impone sobre la planicie con aire señorial, ajada y malherida, sin moradores ni luz ni alrededores cuidados, reniega de si misma y su pasado esplendoroso. Él lo sabe, lo supo, quizá debió hacerse cargo, el cochero lo mira con lástima ancestral. Su padre, su vida, madre ausente, la mujer que tuvo y no tuvo a la vez, sueños escapando, los pocos que quedaron. Frente al umbral de la puerta parece amortajado en su propia realidad. Una légrima furtiva recorre su mejilla, no es fácil caminar los pasillos y las habitaciones cerradas a la luz. Quiere escapar, huir a mil por horas como un día lo hizo, pero es hora de compartir el sueño de su padre y la sombra de ese roble que ha esperado por él. Se sienta torpemente, el cochero lo sigue; algo trae entre manos con gran solemnidad. Luego le extiende el libro que mitiga su pena cuando lee entre líneas: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero...
