El tipo del sofá

Autor: Aster Navas

El resto –su desaliño, el apartamento convertido en una caballeriza, las quejas de los inquilinos- podía pasarlo por alto. Sí, lo que realmente me sacaba de quicio era sentirme perseguido por toda la casa por ese pertinaz barbudo, ver invadida mi intimidad, colmada mi paciencia.
Hasta hacía unos meses había vivido siempre sola y tener ahora que compartir mi espacio vital con alguien me desbordaba. Recordaba ahora con nostalgia, mientras le veía vagar por las habitaciones con gesto desencantado y reprobatorio, el silencio y la privacidad que envolvía mi vida solitaria.

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Cierto es que nadie ni nada me había impuesto aquella relación no deseada y que, por otra parte, el comportamiento de aquel tipo había sido siempre respetuoso y nunca trató de extralimitarse. Yo fui, a fin de cuentas, quien le dejó entrar en casa; él no quería molestar y se hizo tímidamente un hueco en el sofá. Luego, por humanidad más que por otra cosa, acabé ocupándome de su alimentación, dejándole el desayuno a la vista y la comida dentro del microondas. No sé si aquella responsabilidad adquirida se debía a un absurdo sentimiento de culpa o a un intento de atajar el día a día en lugar de enfrentarlo definitivamente.
Él, además, no parecía apreciar aquellos detalles y se pasaba la mayor parte del tiempo mirando esperanzado por la ventana o asomado a la terraza para escándalo - aquel tipo con armadura confirmaba sus peores sospechas- de las vecinas.
A Dios gracias sólo los fines de semana lo veía durante el día pues a diario me pasaba la jornada en la oficina. Esa era, sí, en definitiva, la causa del problema, la falta de tiempo. Para cuando regresaba a casa me encontraba exhausta y aunque el ingenioso hidalgo me mirara con ojos suplicantes –hacedme merced, señora, de un capítulo- yo encendía la televisión y me derrumbaba. Cuando me veía abrir el periódico o adormilarme con el telediario, él devolvía resignado el libro a la estantería.
No debí abrir aquella noche ese ejemplar del Quijote. Créanme, me limité a leer desganadamente las dos primeras páginas: jamás imaginé que aquel inocente rato de lectura me comprometiera a dar albergue a ese impertinente larguirucho. Cuando a la mañana siguiente me lo encontré camino del baño sonreí convencida de que aquel loco se esfumaría, como la noche, bajo el agua de la ducha. Sólo cuando más tarde lo vi apostado frente a mí, tendiéndome –tomad, señora…- el volumen y ajeno a la prisa con que yo, como de costumbre, apuraba el café, comprendí la magnitud de la tragedia.
Pasé el día embelesada y hasta el mediodía no conseguí reírme de aquella absurda alucinación y dar por hecho que al regresar a mi domicilio ese inesperado inquilino ya no estaría. Sin embargo no fue así y, antes de que pudiera yo sacar mis llaves del bolso, él ya me había abierto solícito la puerta, recogía con deferencia de mayordomo mi chaqueta y se interesaba por el desarrollo de mi trabajo. Su acento manchego y su oxidado coselete acentuaban, más si cabe, el aire surrealista de aquel recibimiento.
Aquella noche, empujada sin duda por las circunstancias, leí varios capítulos mientras veía como su barba se iba tornando montaraz, su piel se curtía y se le nublaban los ojos; como se reflejaban en él las vicisitudes de que daban cuenta las páginas y como hacían mella en aquel pobre desgraciado en cuestión de minutos. Consciente de sus penurias para encontrar alimento, de las quemaduras del sol, de la falta de los más elementales objetos de aseo, intenté cubrir sus necesidades. Él, sin embargo, parecía preferir su vida de esforzado caballero y prescindir de mis obsequios. Sólo Rocinante agradecía los sacos de alfalfa con los que bregaba en el ascensor.
Estábamos llegando para entonces a las líneas más excitantes de aquella primera salida cuando descuidé la lectura; las primeras noches bajo el pretexto de un terrible dolor de cabeza o un lunes agotador; más tarde, escudada en una revista o haciendo zapping de cadena en cadena.
Su mirada, por lo general amable, se tornó entonces rencorosa: Comenzó a despertarme de madrugada exigiéndome un capítulo. Se le veía desesperado por la certeza de que nunca escaparía de aquella hacienda, condenado a cabalgar de por vida por un estrecho pasillo. Todo dependía, además, de mí, una inculta cuarentona que prefería Aquí no hay quien viva a la prosa genial del manco de Lepanto.
Poco sospechaba aquel insensato que la razón de mi conducta no era otra que el amor. No; no pensaba compartirlo con la simpar Dulcinea.
No obstante –persuadida por el miedo- accedía a regalar de cuando en cuando a aquel infeliz, eso sí, a cuentagotas, más peripecias. Esa era mi forma de conformarlo y de borrar de su expresión ese gesto de locura que por momentos empezaba a enturbiarle los ojos y me hacía temer por mi vida.
El viernes mismo se produjo en la historia un giro insospechado. Cierto es que él, desde el comienzo de la sesión, se mostraba exultante, como si en ese par de párrafos a que yo me comprometía cada noche, fuera a ocurrir algo definitivo. Así, al llegar a aquel punto, le oí correr enloquecido por el pasillo y, tras abrir la puerta de casa, decir con voz entrecortada al recién llegado Pasad buen Sancho, pasad..
Luego los oí avanzar hacia la sala mientras yo cerraba inquieta el libro. Le acompañaba un individuo achaparrado, un tipo tripudo y sentencioso que amarró su asno al perchero del salón.
Desde el principio noté esa complicidad entre ambos que no sabe de barreras lingüísticas ni culturales pues su código no es otro que el deseo. El caso es que todas estas noches se han amado –aún me persiguen sus gritos, sus jadeos- tórridamente en mi dormitorio.
Yo he leído, muerta de celos, empuñando cada línea, hasta la última -certera y definitiva- como una navaja. Luego he recorrido la casa y he comenzado a echarles de menos y a moquear como una tonta.


Los molinos siguen ahí; a unos metros de la M-30.

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