El caos

Autor: Héctor Llamas Sandín

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El concepto de “caos” es viejísimo, al menos tanto como la propia filosofía. Veamos sus orígenes en la historia de nuestro pensamiento. Lo primero que los presocráticos trataron de explicar racionalmente fue la “naturaleza” (φύσις). Por eso, y porque lo hicieron desde ella misma (sin salirse hacia algo que estuviera más del mundo material -lo “trascendente”-, como empezó a hacer después Platón), Aristóteles los llamó “físicos”. Aún hoy seguimos esa tradición.
Pues bien: en términos generales, los presocráticos pensaban que la naturaleza en su comienzo se hallaba desordenada. Tal situación era denominada con el término “caos” (Χάος), contracción en ese momento de adjetivo y sustantivo. Tras un proceso, alentado o mecánico, ese “caos” originario devendría en el actual estado de cosas, más o menos henchido de orden (Κόσμος). E indudablemente, mejor que el anterior (no en vano la agencia “Control”, por medio del inefable superagente “86” y su inseparable compañera “99”, lucha contra los felones de “Kaos”...).

Esta equivalencia entre lo caótico y lo totalmente desordenado (“aleatorio” o “estocástico”, en términos técnicos actuales) se mantuvo a lo largo de la historia del pensamiento, y aún hoy continúa presente en el lenguaje popular. Cuando el concepto de caos fue desligado de connotaciones teológicas (como ejemplo, la ciudad de Pandemonium de Milton) o políticas (véase el anárquico estado originario de Hobbes), y se redujo al ámbito de la física, se llegó a dar por supuesto que cualquier sistema caótico lo era porque estaba compuesto de un elevado número de elementos simples e interactuantes entre sí (no en vano la palabra “gas” fue inventada por el químico holandés J. B. Van Helmont en su obra Ortus medicinae -1632- buscando deliberadamente su parecido con la palabra “caos”). El caos provendría, pues, solamente de la imposibilidad de aplicar los casi exactos métodos de la mecánica newtoniana a tan elevado número de elementos. Algo análogo a lo que siglos atrás había dicho Demócrito: que el universo es el resultado de una “necesidad” ciega, pero que al ser también abstrusa para el ser humano, resulta confundido por él con el “azar” (estas expresiones entrecomilladas vendrían a dar nombre a un célebre ensayo de Jacques Monod). Sin embargo, incluso de tales sistemas se podía extraer algo: dado que se consideraba que al cabo del tiempo barrían todos sus estados posibles (es la llamada “hipótesis ergódica” de Boltzmann -1871-), podrían inferirse valores medios de las magnitudes físicas que lo caracterizaran, y que constituirían sus propiedades macroscópicas. Arribamos así a la “mecánica estadística”.
Parecía existir, a partir de lo referido, una cierta dualidad: los sistemas con pocos elementos se podrían describir totalmente, y así, ser predichos. Mientras que en cuanto a los complicados, resultaba factible conocer ciertos datos estadísticos. Esto venía a ser una situación muy cómoda, porque la distinción entre una y otra parte de la física era puramente cuantitativa: el desorden se constituía en una mera acumulación excesiva de orden inasible.

Sin embargo, ahora sabemos que eso no es así. Y el mes que viene descubriremos por qué.

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