El caos en la historia
Autor: Héctor Llamas Sandín
En la guerra los acontecimientos importantes son el resultado de las causas triviales.
Julio César

Tras la masacre de los Juegos Olímpicos de Munich’ 72, en la que el grupo terrorista palestino “Septiembre Negro” asesinó a once atletas judíos, el aparato de Defensa e Inteligencia de Israel se autoimpuso venganza. La obtuvo en dieciocho meses al acabar con la vida de los terroristas. Pero ello le supuso un esfuerzo tal que agotó sus recursos, y le distrajo respecto de la reorganización militar de unos países árabes que aún soportaban la humillación de la derrota de la Guerra de los Seis Días y sus consecuencias geopolíticas. Además, debido a su apabullante victoria del 67, los israelíes habían subestimado a los árabes, por lo que no esperaban los que se les vino encima. A los dieciocho días del comienzo de la Guerra del Yom Quippur (1973), en la que al ser movilizados los soldados hebreos habían acudido a los cuarteles tropezándose con sus filacterias, la propia existencia de Israel como nación llegó a estar comprometida. Por eso la ONU, inducida por las fuertes presiones de los EE.UU., detuvo el conflicto. Escarnecidos por serles arrebatada la gran victoria que ya paladeaban, el 17 de octubre los países árabes deciden incrementar un 70% el precio del petróleo (con el efecto de cuadruplicar el precio de la gasolina), lo cual provocó la mayor crisis económica en Occidente desde la Segunda Guerra Mundial. A nivel político ello acarreó el reconocimiento por Japón y la CEE de la OLP de Arafat; pero lo que nos interesa más es que soliviantó tanto los cimientos del sistema económico europeo que produjo la caída de los gobiernos socialdemócratas de corte keynesiano, imperantes en el continente desde 1945. Asimismo hubo de ser desmantelado su modelo social, el “Estado del Bienestar” (“Welfare State”), fundado en la tradicional convicción del crecimiento indefinido, el cual resultaba insostenible con las nuevas condiciones económicas. Eso, junto con las subidas de precios, el paro, la deuda externa del Tercer Mundo, la crisis de la bolsa, etc., hizo que recobraran fuerza las polvorientas tesis neoliberales, particularmente su actualización a manos de la Escuela de Chicago (así como que surgiera la concienciación sobre la necesidad de aplicar la tecnología hacia el ahorro en energía y materias primas). La primera gran encarnación de estos nuevos vientos fue Margaret Thatcher. Ella reformó en profundidad la economía (particularmente, desactivó los poderosos e inútiles sindicatos ingleses), con lo que el país salió adelante con fuerza inusitada desde hacía décadas. En la “Dama de Hierro” se inspiró el presidente norteamericano Ronald Reagan: por medio de sus medidas liberalizadoras (las llamadas “reaganomics”, de las que destaca su apuesta decidida por la “curva de Laffer”) logró impulsar la economía norteamericana de manera formidable, aunque con el efecto, aún hoy patente, de recortar la ayuda social estatal. Este esplendor macroeconómico (mas los informes de la CIA sobre la inviabilidad del proyecto soviético para Rusia ya desde los últimos años de Brezhnev; el boom económico de los años centrales de Kruschev había sido un espejismo) concienció a Reagan de que podía elevar los ingentes costes de la carrera de armamentos, y así forzar a la débil maquinaria soviética haciéndola trascender sus límites. Con ello logró desfondar a la URSS, echar abajo el muro de Berlin, e inducir en Fukuyama la proclamación del “fin de las ideologías” (que viene a declarar que el único sistema político, social y económico razonable es la combinación de la democracia liberal con la economía de mercado). El fin del control soviético sobre el mundo árabe permitió unos movimientos subversivos islamistas impensables con la URSS, los cuales en un fanático zarpazo tiraron abajo las Torres Gemelas (y con ello, entre otras cosas, el Tratado de Westfalia: entre los años 1648 y 2001, el equilibrio de poder internacional sólo podía romperse mediante la conquista de un estado por otro. Tras el 11-S, tal equilibrio puede ser comprometido por acciones desarrolladas dentro de las fronteras de un estado). Henos aquí ante un nuevo orden mundial, que ciertamente nos sabemos a dónde nos llevará. Por de pronto, a que en España vuelva a gobernar, mucho antes de lo esperado, el PSOE.
Llegados a este punto, preguntémonos: la muerte de trece personas en 1972 (causadas por un terrorismo palestino proveniente de un sentimiento nacional exacerbado a causa del incumplimiento israelí de la resolución 242 del Consejo de Seguridad que le obligaba a retirarse de los territorios ocupados en el 67), algo estrictamente irrelevante en el contexto de los conflictos del siglo XX... ¿acaso no distorsionó la historia radicalmente?; ¿podría alguien haber predicho uno solo de los efectos concatenados que desencadenó? Rotundamente, no. Porque la historia es un sistema caótico, y posee una sensibilidad fuerte a las condiciones iniciales.
(Una pregunta más: ¿son éstas las razones por las que Spielberg estrenará en diciembre de este año una película sobre el atentado de Munich’ 72?).
