La lección de un maestro

Autor: Pablo Valdivia

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En fechas de conmemoraciones y celebraciones, como la que el presente año atrae nuestra atención sobre “El Quijote”, se multiplican los eventos y homenajes que en buena parte están completamente alejados del texto que, al fin y al cabo, es lo único que permanecerá más allá de los reconocimientos gubernamentales o las teorías con las que ciertos críticos aprovechan la ocasión para hacerse a aventuras más que alumbrar con agudeza una nueva lectura, un nuevo punto de partida desde el que disfrutar de las páginas de Don Quijote de la Mancha.

Los teóricos de la postmodernidad aseguran que ésta se caracteriza por la ruptura de las reglas de juego establecidas. Comenzó como un movimiento arquitectónico que trató de romper con ciertos patrones del modernismo y posteriormente se extendió al resto de las disciplinas artísticas.1 Así la radical originalidad del pensamiento postmoderno se caracterizaría por la toma de conciencia de un discurso que se vuelve contra los discursos establecidos mediante la categorización compulsiva del mundo en infinitos apartados, tendencias, movimientos y miradas. Categorizaciones, desde nuestra perspectiva, tan contingentes como el túmulo al rey Felipe II del que Miguel de Cervantes nos hablara en su famoso soneto con estrambote.

En el caso de la crítica literaria, como en general en el conjunto de los estudios de las humanidades, se ha producido un desplazamiento creciente hacia la articulación de un discurso sobre un discurso de otro discurso, olvidando en muchas ocasiones que son los textos los que por su valor autónomo —toda gran obra tiene valía en sí misma porque comunica y no necesita de enrevesadas teorías para su comprensión— los que deben ser el punto de partida y nuestro centro de atención. Lo que ocurre es que para proponer una nueva lectura sólida y rigurosa es necesario tal inmenso acopio de esfuerzos y conocimientos, que muy pocos son los que realmente están capacitados para ello en el ámbito de los estudios literarios.

No debemos confundirnos. Esta situación no es reciente aunque se una indisolublemente a una llamada “condición postmoderna”, que se supone definitoria de toda nuestra coyuntura histórica. Bien es cierto que en el siglo XX el ejercicio de la crítica literaria se ha sistematizado, pero hay ciertos aspectos que, si los examinamos con calma, no son tan “postmodernos”, ya que se encontraban muy presentes en pleno siglo XVII por ejemplo, como nos lo hace saber Miguel de Cervantes en el prólogo a “El Quijote”. Ese prólogo constituye, a nuestro entender, un irónico y lúcido ejercicio de crítica donde describe a la perfección sin saberlo (tampoco lo necesitaba) el modelo de crítica huera y afectada que viene siendo la nota común en el seno del mundo académico. Recordamos con palabras del propio Cervantes:

[...] salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilos, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes [...] De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue maldicente el uno y pintor el otro.2

En efecto, Cervantes sabía que lo importante de una obra literaria es aquello que tiene de universal y de indagación en lo que une a los seres humanos. Por así decirlo, no le interesan los andamios de la obra, sino el cimiento común que los lectores podrán compartir independientemente de la formación de cada uno.

Esto es una constante en todo el libro y presumiblemente responde a un proyecto meditado por el propio Cervantes. En la posibilidad de una lectura múltiple a distintos niveles, en la capacidad del texto para soportar diferentes interpretaciones y miradas sin la necesidad de un aparato teórico que lo justifique es donde reside, desde nuestro punto de vista, lo que verdaderamente ha hecho que “El Quijote” destaque como una obra literaria de excepcional valía y se haya mantenido en ese status durante siglos más allá de los intereses y la configuración histórica del canon.

Parte de ese cimiento común del que hablamos podemos encontrarlo hoy en día en nuestra propia lengua. Hay muchas expresiones que aparecen en nuestro acerbo popular de forma completamente natural y que proceden de las páginas “El Quijote”. Éste es un aspecto interesante para otro estudio más amplio en el que en esta ocasión no nos vamos a adentrar, pero que va estrechamente relacionado con lo que aquí nos proponemos y que hasta ahora hemos delimitado brevemente.

Centrémonos ahora en el objeto central de este sucinto estudio. Esa mirada limpia y lúcida tan cercana a la vida que desde la ficción nos proporciona Miguel de Cervantes encuentra su máxima expresión en los Capítulos XLII y XLIII de la segunda parte “El Quijote”. Se trata de los que llevan por título: “De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas” y “De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza”.

La sencillez de sus conceptos y a la vez la profundidad de sus consejos han sido dos elementos determinantes para que las palabras de estos capítulos sean probablemente de las más citadas de los dos libros entre los lectores no especializados, precisamente porque permiten ser aplicadas a cualquier contexto y a cualquier momento histórico. Esa universalidad y claridad de pensamiento que ha empapado lo popular y traspasado los límites del tiempo es lo que tiene de verdadero hallazgo el discurso literario de Miguel de Cervantes.

Podemos examinar unos fragmentos que ilustran lo expuesto hasta ahora. La literatura tiene, entre otras muchas virtudes, la de establecer lazos entre personas que, aunque vivieron en épocas totalmente distintas, están unidas más allá de los años. Es el caso de lo que ocurre con el siguiente texto con el que alzamos el vuelo desde aquellas páginas escritas por Cervantes a comienzos del siglo XVII, hasta la reelaboración escéptica del “Nosce te ipsum” en la prosa aguda del Juan de Mairena de Antonio Machado:

Lo segundo, has de poner ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra. [...] Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio.3

Se trata de consejos que valen a cualquier persona, ya ocupe, como es el caso de Sancho, un cargo público de responsabilidad o no. Consejos que en ocasiones aluden a lo más puramente individual como la vestimenta, cuando utiliza el símil de una gran figura histórica como Julio Cesar, no por pedantería, sino por lo común de su conocimiento entre los lectores: No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César.4 O advertencias, en otros casos, que resaltan actitudes precisas para la buena administración de la justicia: Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.5

De todos los consejos son, sin duda alguna, aquellos menos extensos los que tienen un efecto más intenso y dejan mayor huella en la mente del lector, por la fuerza con la que nos traslada de inmediato a la realidad, a una realidad que, mientras leemos, comprendemos que pertenece al ahora, al pasado y al mañana. Tomemos como ejemplo el consejo que da a Sancho sobre el vino:

Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra.6

Desde la más absoluta naturalidad expresa con ingenio una verdad. Para ello utiliza un recurso literario como el de la personificación que otorga una nueva dimensión al concepto que está desarrollando. Es el vino el que ni guarda secreto ni cumple palabra. Ahí está la maestría, en aprovechar los recursos más simples y populares. El mínimo número de elementos y la máxima riqueza de matices. Un aspecto, por otro lado, típicamente barroco. El concepto expresado con agudeza, desde una perspectiva distinta a la habitual o al menos considerada como tal, es una nota común en la literatura y el pensamiento barrocos.

Quizá estos aspectos que hemos señalado sean, a pesar de la ingente cantidad de estudios que se han realizado acerca de la obra de Cervantes, los que menos se han tratado. La recepción de determinados elementos de “El Quijote” en su relación con lo popular y cómo ello ha perdurado hasta formar parte de nuestra cultura de manera tan natural que ya no se reconoce el lazo literario. Podríamos decir que un clásico pasa a serlo cuando las estructuras y el horizonte que plantea se asimila a lo popular con tal naturalidad que no se distingue su origen porque no se necesita, porque es ya parte de lo que todos compartimos y tenemos en común para comunicarnos con el mundo, los otros o nosotros mismos.

Los consejos de don Quijote a Sancho, la frescura de sus razonamientos y la mesura de sus palabras traspasan todo tipo de fronteras. He aquí la clave, para nosotros, de todo el libro. La transparencia y la sencillez en un pensamiento muy elaborado conseguido a través del empleo exacto de los recursos literarios y los procedimientos narrativos de la ficción. Esta es la lección del maestro.

NOTAS

1. Para una primera aproximación báscia a la “Teoría de la Postmodernidad”, véase: WOODS, Tim. Beginning Postmodernism. Manchester University Press. 1999.
2. CERVANTES, M. de. Don Quijote de la Mancha. Edición del IV Centenario al cuidado de Francisco Rico. Alfaguara. Madrid. 2005. pp. 8-9.
3. Ibidem. pg. 869.
4. Ibidem. pg. 871.
5. Ibidem. pg. 869.
6. Ibidem. pg. 872.

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