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    <title>En la selva (poema para un centenario)</title>
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    <published>2005-07-01T13:46:01Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Juan Senís Fernández...</summary>
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        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Poesía" />
    
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        <![CDATA[<p>Autor: <b>Juan Senís Fernández</b></p>]]>
        <![CDATA[<p>Cuando uno inicia<br />
la lectura de un clásico<br />
penetra en una selva<br />
donde imponen su ley<br />
un aire rugiente<br />
y una luz verdosa.<br />
Quizá una de las fieras<br />
te agarre con sus dientes<br />
las piernas o los brazos,<br />
te arrastre por la selva<br />
hasta su madriguera.<br />
Quizás tu cuerpo quede<br />
atrapado en las plantas<br />
y no siguas andando. <br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>La venganza de los freaks</title>
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    <published>2005-07-01T13:47:48Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Juan Senís Fernández...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Ensayo" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.imaginando.com/literatura/">
        <![CDATA[<p>Autor: <b>Juan Senís Fernández</b></p>]]>
        <![CDATA[<p>Si un buen día conocemos la historia de una mujer madura a la que le ha dado por comportarse como una dama burguesa del siglo XIX y que, no sólo viste y habla como tal, sino que se afana en recorrer los lugares donde los jóvenes hacen botellones para intentar convencerles de que no envenenen sus cuerpos y nublen sus mentes con el alcohol, de que no se líen con el primero que pillen y de que guarden castidad hasta el matrimonio, concluiríamos que tal personaje (pues, con tales credenciales, habría dejado de ser persona para convertirse en personaje) es un <i>freak</i>. Merecería por nuestra parte la mayor de las burlas y el menor de los respetos, y quedaría confinada a las secciones de sucesos y curiosidades de los periódicos, o a esa última página de <i>El país</i> o <i>El mundo</i> donde se hacinan excéntricos y portentos a partes iguales. </p>

<p><img alt="freak.bmp" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/freak.bmp" width="238" height="244" border="0" /></p>

<p>Por eso, el gran triunfo de este Cuarto Centenario corresponde a los <i>freaks</i>, que, sin mover un solo dedo ni empuñar una sola arma, han visto cómo uno de los suyos conquista las portadas de los periódicos y los discursos de los poderosos. <br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Pantalones cortos</title>
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    <published>2005-07-01T13:49:50Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autora: Roxana Heise...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Narrativa" />
    
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        <![CDATA[<p>Autora: <b>Roxana Heise</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="camino.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/camino.jpg" width="250" height="187" border="0" /></p>

<p>Caminos de vientos y mil polvaredas revolcaron su frente curada de espanto. Dios es grande cuando existe y toca el organillero la misma melodía que atesoró cuando niño y su padre lo llevaba en carruaje, envuelto en su manta huérfana de madre, porque ella, la grande, pertenecía a otro mundo. Luego vinieron los cuentos trasmitidos por peones que encendían fogatas cuando la noche vestía de fiesta su espesura de estrellas y temía que personajes lo poseyeran al extremo de volverse realidad al día siguiente; pantalones cortos, bolso de colegio aporreado de gritos, maestros, niños y sueños, de esos indecibles  porque  arden  las mejillas, padre querido, madre ausente, pasos que guían a cualquier parte siguiendo algún balón arrojado al viejo cara de vampiro, abrigo largo, grito doloroso cuando amenaza y persigue, provocando la fuga en medio del poblado; humedad de otoño, bototos resbalosos, pequeños tropezándose entre sí y sabrá Dios que otra aventura hasta terminar jadeando bajo un sauce cubierto de orugas, cayendo sobre los cuellos sudados  de emoción. Perdido de vista el temible, sólo quedaba marcharse, comida servida en la mesa, chimenea ardiente, padre enfadado; mire que exponerse tanto, niño educado en buenos colegios, el cochero durmiendo la espera fatigosa, si tu madre viviera el susto de su vida y mucho más habría padecido sólo por designio de algún privilegiado que mira a través del sol, magno espectáculo.<br />
 Hoy su mirada es la de un creador contemplando su obra, germen de silencio y luz, mundo perdido, mutante, vuelto suave ronroneo a sus oídos, allí vivió hace tanto, siglos quizá, eso parece, y desea coger piedrecillas del camino, se reprime, el organillero podría reconocerlo por los periódicos, lo conocen tantos ya, como entonces a su padre; un hacendado era un tipo difícil de olvidar, especialmente si era reverenciado y temido, aunque blando a la vez, al menos con el hijo, pobrecillo, huerfanito que soñaba con ser proclamado caballero mientras alzaba una espada de madera tallada por manos pobres una tarde cualquiera cuando  del cielo llovía granizo y la tierra parecía estallar producto de la furia natural de las tormentas, que jamás dejaban de patearle el frío vientre insatisfecho de sabores. <br />
A lo lejos los recuerdos desfilan ante sus ojos, caravanas de personajes fantásticos, polvorientos, ávidos de amor, él mismo, sintiéndose la razón del universo.   <br />
Padre mío musita, y desearía rezar. Se acabaron los cánticos, los salmos, los santos adornados de culpa, las cintas blancas besadas por fieles algo infieles, la risa fácil adornando la mesa familiar, la señora que horneaba el pan oloroso, los hombres robustos hechos de tierra, la joven que bailaba a orillas del portal. Sólo el organillero en mitad del camino como una profecía a punto de concretarse. ¿Qué puede hacer este hombre desnudo de argumentos, piensa, mientras el mono baila incesantemente y la vieja carreta a la vera del camino aguarda como él,  aplastado por la culpa de haber perdido a la única mujer que poseyó alguna vez, si es que lo hizo, en 15 años de matrimonio solitario, sin otra bendición que los negocios. Traga saliva, deglute el soplo nacido de la brisa que baja las montañas. Da una última mirada alrededor, el pueblo es sólo un fantasma lamiendo la tarde, crucificado en la cima de una vieja capilla sin feligreses, porque todos se marcharon como él. Estira las piernas medio dormidas y pide al cochero reanude su marcha. Lo mismo hace el organillero al despedirse quitándose el sombrero, mientras el mono parece reír de sus tormentos y vuelve el pasado, futuro presente, colina arriba, colina abajo, arrieros al paso, una choza, luego una manta tendida al sol viene a encontrarlo y  las rondas de mil soledades, la mujer que tuvo y no tuvo, el sueño que albergaron ambos sin haber nacido. Su padre y la tierra una sola cosa, esperando al hijo pródigo que llega tarde, muy tarde, cuando el último hálito se marchó hace tiempo junto a los sueños de eternidad. Quiere llorar y se contiene, el cochero lo sabe, no dice palabra el muy callado y lo ve de reojo como quien mira a un niño arrepentido por haber cometido una maldad. Colina abajo, colina arriba, la carreta y el organillo se perdieron, los molinos de viento persisten como entonces, tozudos y altivos no cesan de girar, mientras la gran casona aún se impone sobre la planicie con aire señorial, ajada y malherida, sin moradores ni luz ni alrededores cuidados, reniega de si misma y su pasado esplendoroso. Él lo sabe, lo supo, quizá debió hacerse cargo,  el cochero lo mira con lástima ancestral. Su padre, su vida,  madre ausente, la mujer que tuvo y no tuvo a la vez, sueños escapando, los pocos que quedaron. Frente al umbral de la puerta parece amortajado en su propia realidad. Una légrima furtiva recorre su mejilla, no es fácil caminar los pasillos y las habitaciones cerradas a la luz. Quiere escapar, huir a mil por horas como un día lo hizo,  pero es hora de compartir el sueño de su padre y la sombra de ese roble que ha esperado por él. Se sienta torpemente, el cochero lo sigue; algo trae entre manos con gran solemnidad.  Luego le extiende el libro que mitiga su pena cuando lee entre líneas: <i>En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero... </i><br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Dos damas, dos caballeros, y la razón de las sinrazones…</title>
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    <published>2005-07-01T13:53:38Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autora: María Pugliese...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Ensayo" />
    
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        <![CDATA[<p>Autora: <b>María Pugliese</b></p>]]>
        <![CDATA[<p>                                          <i> A la memoria de Irma Cuña</i></p>

<p><img alt="lectura.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/lectura.jpg" width="146" height="227" border="0" /></p>

<p>	Mis primeras lecturas de <b>El ingenioso hidalgo Don Quijote</b> de la Mancha, estuvieron ligadas a textos escolares.  En ellos se aludía a ciertas aventuras de un cincuentón desubicado, a lomo de su escuálido Rocinante, con la piadosa compañía  de   Sancho Panza y su burro.  Me esforzaba por reconocer en aquellas líneas “a la cuna de las letras castellanas”, y sólo surgían sentimientos compasivos adornados por las clásicas ilustraciones de dos sombras –una alta y delgada, la otra redonda y baja-.  Sin darme por vencida, acudía a los diccionarios en busca de datos biográficos acerca de  Miguel de Cervantes Saavedra, y allí sí encontraba la aventura,  la pasión , el riesgo, la conciliación entre el pensamiento y lo que entonces era para mí, el sentido  de la literatura:. posibles respuestas para interpretar los  mundos frágiles, incomprensibles  e inacabados de la infancia.</p>

<p>	A los veinte años asistí a la cátedra de <b>Literatura española del S. de Oro</b>,  en el Instituto Nacional Superior del Profesorado “Joaquín V. González” de Buenos Aires, a cargo de la Dra. Irma Cuña, quien desde el primer día, nos sugirió proveernos de una edición completa de la obra.  Y así fue cómo invertí mis magros ahorros -a base de ayunos y abstinencias- en los dos tomos editados por EUDEBA –Editorial Universitaria de Buenos Aires- en 1969.  Irma alternaba  citas de   párrafos completos, sin la presencia del texto,  con aseveraciones tales como “cada vez que lo releo me río a carcajadas”, “mientras haya un hombre con vida que lea el Quijote, la obra de Cervantes se renovará, crecerá…”.  Cargué, literalmente, con los dos tomos durante mis viajes diarios en tren hacia el Instituto, y acarreé con ellos hasta Italia, donde residí en los meses de julio y agosto del 77.  Ése fue un año de viajes internos y externos, las lecturas de Don Quijote me mantenían en contacto con mi lengua en el extranjero y en mi propio país atravesado por dolores extraños. De esa primer lectura completa  emergió un hombre lúcido, emprendedor, valiente, dispuesto a transformar las realidades que habían sido concebidas como ilusión; un hombre atravesando una llanura poblada de miserias, marginalidades, injusticias y desamores.  Así es que  descubrí con asombro que la gran aventura emprendida no era la historia en sí sino la intención de su autor al abordar el tembladeral del lenguaje   con diferentes estilos y formatos, en construir un  abanico de variedades lingüísticas y referencias bibliográficas sin precedentes: cuentos populares, novelas, obras de teatro, poemas, cartas, tratados,  desplegaron un recorrido a través del tiempo y los espacios con dichos, refranes, citas, juegos de palabras, neologismos. En el S. XVII eran insospechables conceptos tales como intertextualidad o problemas de género, y a modo de caja china, no sólo se despliegan diferentes textos sino además diferentes “voces” que narran a diferentes destinatarios. Y por supuesto, no fue ésa la única lectura, a pesar de que sólo escribo poesía –y en ocasiones ensayos-, es uno de los pocos textos al que recurro una y otra vez, con asombro renovado.<br />
 Al igual que Cervantes, Don Quijote no se resigna a morir entre  sus mundos imposibles y decide transferirlos, con la única certeza de que sólo el riesgo puede virar el cauce de “lo inevitable” del presente, con un  único sostén, el amor,  la entrega misma “desprovista de apariencias  y  expectativas”:</p>

<p>Soberana y alta señora:<br />
                                                  El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísimo Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene.  Si tu fermosura me desprecia , si tu valor no es mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, Moguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostener en esta cuita, que además de ser fuerte, es muy duradera.  Mi buen escudero Sancho te dará entera relación ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía! del modo que por tu causa quedo.  Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto; que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.</p>

<p>	Tuyo hasta la muerte,      <br />
                                                EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA. </p>

<p>           La carta a Dulcinea concentra esa necesidad de otorgar  sentido al sinsentido, su vocabulario antiguo nos remonta a las expresiones de las primeras formas escritas en castellano marcadas por las dinámicas de la oralidad.  Si bien es  cierto que  la ternura reniega de los límites del lenguaje y hasta puede prescindir de él,  este texto transmite lo que cualquier humano desearía oír desde el  corazón amado.</p>

<p>Desde aquel encuentro fortuito de la relación profesor-docente, no sé por qué razones Irma y yo fuimos amigas entrañables durante veintisiete años, y a un año de su muerte confieso que me hubiera gustado permanecer a su costado para susurrarle al igual que Sancho:</p>

<p><br />
“…No se muera, v.m., señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.”</p>]]>
    </content>
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    <title>Alonso Quijano Bartleby</title>
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    <published>2005-07-01T13:55:34Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autora: Déborah Puig-Pey...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Ensayo" />
    
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        <![CDATA[<p>Autora: <b>Déborah Puig-Pey</b> </p>]]>
        <![CDATA[<p>ALONSO QUIJANO BARTLEBY</p>

<p></p>

<p><br />
“Para mi sola nació Don Quijote, y yo para él, él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno”</p>

<p></p>

<p><br />
En estos tiempos en que la literatura ha encontrado tantas comodidades en servir al entretenimiento y la evasión, una relectura contemporánea del Quijote, novela de aventuras con todos los ingredientes de amenidad, humor, variedad e intriga, puede suscitar aún enigmas cruciales: me refiero a esa relación compleja, insatisfecha, de la literatura con la vida, de la obra y la vida, el hacer y el escribir.</p>

<p><img alt="modernidad.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/modernidad.jpg" width="250" height="187" border="0" /></p>

<p>Don Quijote es un hombre de acción, dispuesto a vivir lo que sólo andaba en libros e imaginaciones. Un maximalista de los principios que lo cautivaron, rebelde frente a su inutilidad e inercia, tanto más cuanto en su tiempo ya no gozaban del mismo fundamento: quiero decir, una especie de romántico que se lamenta del honor perdido y presta a esta causa su cuerpo vivo y su razón:</p>

<p><br />
                                        Tuvo a todo el mundo en poco;<br />
                                        fue el espantajo y el coco<br />
                                        del mundo, en tal coyuntura,<br />
                                        que acreditó su ventura<br />
                                        morir cuerdo y vivir loco</p>

<p>Imaginemos que la obra y la vida mantiene siempre ese pulso; no es otro que el de la vida y la muerte, cuyos grados de imbricación con la realidad y la acción se mueven en una serie osmótica. De un polo a su contrario, desplegando todas las gradaciones, en el extremo opuesto al Quijote está Bartleby, el escribiente, la renuncia a ambas instancias: las Cartas Muertas, el no va más de la negación de lo escrito y de lo vivido.<br />
Pero ¿acaso son tan distintos?<br />
En absoluto:</p>

<p><br />
A veces, el pálido funcionario saca de las dobleces del papel un anillo –el dedo al que iba destinado, tal vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de Banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre, perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que sin esperanza murieron…<br />
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!</p>

<p><br />
Esta humanidad pálida (como Quijote, como Bartleby) que se retrata de modos contrapuestos formula el continuum que la vida a secas no puede proporcionar: es la literatura la que se vive en el plano completo, más allá de sus servidumbres a la realidad, prefigura y concluye, recorre y significa, mezcla en una composición cada vez única a vivos y muertos, flores y cadáveres cuyo olor se invoca simultáneamente no siendo más que pura letra.</p>

<p>Dice Borges que Bartleby es el antecedente de Kafka, y añade:</p>

<p>Su desconcertante protagonista, es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas: el obstinado Bartleby y  el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.</p>

<p>La hiperactividad de Quijote y la vida animada de su pluma, la inacción de Barleby y el protagonismo de su narrador, son los vértices del enigma literario que nos sobrevive. Por eso no hay contradicción verdadera en el hecho de que el Quijote acabe prefiriendo colgar la pluma y condenando a todo aquel que la resucite: sabemos que ocurrirá todo lo contrario, y que detrás de esa condena hay una futura incitación.</p>

<p></p>

<p>Cervantes inauguró la novela moderna, Melville la reinauguró.<br />
Y en eso estamos: siempre al principio.<br />
La muerte escrita tiene sus propias leyes.</p>]]>
    </content>
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    <title>Marcela en la ventana</title>
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    <published>2005-07-01T13:57:26Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autora: Mercedes García Rega...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Narrativa" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.imaginando.com/literatura/">
        <![CDATA[<p>Autora: <b>Mercedes García Rega</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="ventana.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/ventana.jpg" width="300" height="225" border="0" /></p>

<p>Algunas veces llueve en este paisaje sin ventanas.</p>

<p>Duerme a mi lado o lo finge, acompasando su respiración con la mía como si no se diese cuenta del tintineo desasosegante en la poyata. Si alzo brevemente los párpados, está ahí todavía: callado, esperando con la paciencia de un monje un algo inevitable. Si pestañeo, continúa en la misma postura: un rostro quieto, sudoroso, próximo a mi boca.</p>

<p>Prefiero estar limpia como el borde de un pétalo recién destapado, como la espina de una ortiga mojada. Huir del calor del cuerpo; que la cama donde he gozado se convierta en una piedra negra cruzada por besos de frío. A escondidas de sus ojos dormidos, trepar a una silla con la luz sola de la noche; desparejar los cristales de la ventana y que una ráfaga escalofríe mis muslos.</p>

<p>Su mano hexagonal, ciclópea, está buscando mi ondulación bajo la sábana. Me acaricia. ‘Ya me voy, cariño’ oigo a mi voz decir con el tono blando y apagado de una confidencia. Y no parece mía, sino extraña: que haya goteado de un mar de semejantes susurros de mujer acumulados en el transcurrir del aire o impregnados en el ladrillo.</p>

<p>Me levanto. La lluvia ha venido a resbalar por mi pecho. No sé cómo, hace un rato que me estoy ahogando. Qué cárcel sin silencio, la belleza… qué tierra paterna seca, estridente, inhabitable.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>El código Cervantes</title>
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    <published>2005-07-01T13:58:56Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Nacho Laso...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Narrativa" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.imaginando.com/literatura/">
        <![CDATA[<p>Autor: <b>Nacho Laso</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="informatica.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/informatica.jpg" width="200" height="193" border="0" /></p>

<p>MADRID.     Algunos de los expertos creadores del programa informático que descubrió asombrosos secretos criptográficos en el texto hebreo de la Biblia han decidido aplicar esta poderosa herramienta de análisis a otro de los libros con mayúsculas de la Humanidad: El Quijote.</p>

<p> </p>

<p>            Para este experimento han optado por la edición elaborada por la Real Academia Española (RAE) conmemorativa del cuarto centenario de la publicación de la primera parte de la inmortal novela.</p>

<p> </p>

<p>            La razón esgrimida por este grupo de eruditos para la elección de un texto tan alejado cronológicamente de la publicación original es que la aplicación informática ofrece como resultado al introducir el nombre completo del padre del Caballero de la Triste Figura (Miguel de Cervantes Saavedra) las letras RAE, siglas de la Real Academia Española, la principal promotora de la edición seleccionada, junto al número 400, años transcurridos desde la primera publicación de la primera parte de la obra.</p>

<p> </p>

<p>            Los potentes cálculos informáticos aplicados sobre el texto de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra han sacado a la luz detalles codificados en la inmortal novela que pueden cambiar totalmente la visión que tenemos tanto del autor como de su trabajo literario.</p>

<p>           </p>

<p>            Así, en el capítulo XVIII de la primera parte se ocultan las siguientes palabras: “Numancia, primera, descenso”, datos que se han considerado como una auténtica profecía que relaciona una de las obras teatrales menos conocidas de Cervantes con acontecimientos deportivos que efectivamente han ocurrido el año señalado por el código secreto de El Quijote.</p>

<p> </p>

<p>            Otra muestra de la asombrosa capacidad predictiva de la que parece ser que hizo gala don Miguel a través de su adivinatoria encriptada hace referencia al emblema que se ha elegido como conmemoración de este IV Centenario, al que alude con las siguientes palabras localizadas en el capítulo VIII de la primera parte: “Aspas, molino, Quijote”.</p>

<p> </p>

<p>            A pesar del gran esfuerzo realizado por este prestigioso grupo de expertos aún hay fragmentos de código que no han podido ser desentrañados, como ocurre con la misteriosa alusión acróstica a un “gualardón” relacionado de alguna forma con un “planeta”, predicción que varios grupos de ufólogos ya se han apresurado a interpretar como la confirmación de la existencia de vida extraterrestre.</p>

<p> </p>

<p>            En resumen, a la luz de toda esta polémica, hoy más que nunca cabe decir que El Quijote goza de tanta actualidad hoy como hace cuatrocientos años. Larga vida a Don Quijote.</p>]]>
    </content>
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    <title>Abc</title>
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    <published>2005-07-01T14:01:06Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Aster Navas...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Narrativa" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.imaginando.com/literatura/">
        <![CDATA[<p>Autor: <b>Aster Navas</b></p>]]>
        <![CDATA[<p> Nada de esto habría ocurrido si papá me hubiera llevado al zoo. A falta de otro ejemplar tuve que conformarme con el león que aparecía en la página 396 del Diccionario Ilustrado.</p>

<p><img alt="leon.gif" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/leon.gif" width="300" height="251" border="0" /></p>

<p>La definición estaba bien, pero, en el dibujo, al animal se le notaba abatido, desorientado. No era de extrañar: compartía hoja con una lentilla, un leño, un leotardo, un lerdo, una lesión, una letanía y un letón.<br />
Se le veía al félido con ganas de volver a la sabana y, ni corto ni perezoso, lo saqué de aquel bazar con unas tijeras.<br />
Lo mismo hice con el tigre, con el puma, con el leopardo, con el lobo… Todos los depredadores acabaron tarde o temprano en una caja de zapatos del 34.<br />
La cebra, la gacela, la jirafa, el ñu y sobre todo la cabra montesa, no contentas con ocupar sus páginas correspondientes, fueron multiplicándose y tomando las restantes. Sí; los herbívoros, haciendo caso omiso al alfabeto se apoderaron del volumen, al saber guillotinados a sus enemigos.<br />
Días después eché de menos la palabra “alfalfa”. Con el tiempo no quedó ni rastro de “pasto”, “brote” y “heno”. Cuando desapareció “hierba” cerré el libro y lo coloqué entre los dos volúmenes de El Quijote, con la esperanza de que el ingenioso hidalgo pudiera contener la catástrofe inminente.<br />
Hoy, quince años después, he tropezado con él. Sus páginas vacías e inmaculadas me han inquietado. Sólo queda en la página 683 el término “virus”: germen patógeno microscópico.</p>

<p><br />
En la foto, créanme, no parece tan letal.</p>]]>
    </content>
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    <title>El tipo del sofá</title>
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    <published>2005-07-01T14:04:49Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Aster Navas...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Narrativa" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.imaginando.com/literatura/">
        <![CDATA[<p>Autor: <b>Aster Navas</b></p>]]>
        <![CDATA[<p>               El resto –su desaliño, el apartamento convertido en una caballeriza, las quejas de los inquilinos- podía pasarlo por alto. Sí, lo que realmente me sacaba de quicio era sentirme perseguido por toda la casa por ese pertinaz barbudo, ver invadida mi intimidad, colmada mi paciencia.<br />
	Hasta hacía unos meses había vivido siempre sola y tener ahora que compartir mi espacio vital con alguien me desbordaba. Recordaba ahora con nostalgia, mientras le veía vagar por las habitaciones con gesto desencantado y reprobatorio, el silencio y la privacidad que envolvía mi vida solitaria.</p>

<p><img alt="sofa.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/sofa.jpg" width="180" height="135" border="0" /></p>

<p>	 Cierto es que nadie ni nada me había impuesto aquella relación no deseada y que, por otra parte, el comportamiento de aquel tipo había sido siempre respetuoso y nunca trató de extralimitarse. Yo fui, a fin de cuentas, quien le dejó entrar en casa; él no quería molestar y se hizo tímidamente un hueco en el sofá. Luego, por humanidad más que por otra cosa, acabé ocupándome de su alimentación, dejándole el desayuno a la vista y la comida dentro del microondas. No sé si aquella responsabilidad adquirida se debía a un absurdo sentimiento de culpa o a un intento de atajar el día a día en lugar de enfrentarlo definitivamente.<br />
	Él, además, no parecía apreciar aquellos detalles y se pasaba la mayor parte del tiempo mirando esperanzado por la ventana o asomado a la terraza para escándalo - aquel tipo con armadura confirmaba sus peores sospechas- de las vecinas. <br />
	A Dios gracias sólo los fines de semana lo veía durante el día pues a diario me pasaba la jornada en la oficina. Esa era, sí, en definitiva, la causa del problema, la falta de tiempo. Para cuando regresaba a casa me encontraba exhausta y aunque el ingenioso hidalgo me mirara con ojos suplicantes –hacedme merced, señora, de un capítulo- yo encendía la televisión y me derrumbaba. Cuando me veía abrir el periódico o adormilarme con el telediario, él devolvía resignado el libro a la estantería.<br />
	No debí abrir aquella noche ese ejemplar del Quijote. Créanme, me limité a leer desganadamente las dos primeras páginas: jamás imaginé que aquel inocente rato de lectura me comprometiera a dar albergue a ese impertinente larguirucho. Cuando a la mañana siguiente me lo encontré camino del baño sonreí convencida de que aquel loco se esfumaría, como la noche, bajo el agua de la ducha. Sólo cuando más tarde lo vi apostado frente a mí, tendiéndome –<i>tomad, señora…- </i>el volumen y ajeno a la prisa con que yo, como de costumbre, apuraba el café, comprendí la magnitud de la tragedia.<br />
	Pasé el día embelesada y hasta el mediodía no conseguí reírme de aquella absurda alucinación y dar por hecho que al regresar a mi domicilio ese inesperado inquilino ya no estaría. Sin embargo no fue así y, antes de que pudiera yo sacar mis llaves del bolso, él ya me había abierto solícito la puerta, recogía con deferencia de mayordomo mi chaqueta y se interesaba por el desarrollo de mi trabajo. Su acento manchego y su oxidado coselete acentuaban, más si cabe, el aire surrealista de aquel recibimiento.<br />
	Aquella noche, empujada sin duda por las circunstancias, leí varios capítulos mientras veía como su barba se iba tornando montaraz, su piel se curtía y se le nublaban los ojos; como se reflejaban en él las vicisitudes de que daban cuenta las páginas y como hacían mella en aquel pobre desgraciado en cuestión de minutos. Consciente de sus penurias para encontrar alimento, de las quemaduras del sol, de la falta de los más elementales objetos de aseo, intenté cubrir sus necesidades. Él, sin embargo, parecía preferir su vida de esforzado caballero y prescindir de mis obsequios. Sólo Rocinante agradecía los sacos de alfalfa con los que bregaba en el ascensor.<br />
	Estábamos llegando para entonces a las líneas más excitantes de aquella primera salida cuando descuidé la lectura; las primeras noches bajo el pretexto de un terrible dolor de cabeza o un lunes agotador; más tarde, escudada en una revista o haciendo zapping de cadena en cadena.<br />
	Su mirada, por lo general amable, se tornó entonces rencorosa: Comenzó a despertarme de madrugada exigiéndome un capítulo. Se le veía desesperado por la certeza de que nunca escaparía de aquella hacienda, condenado a cabalgar de por vida por un estrecho pasillo. Todo dependía, además, de mí, una inculta cuarentona que prefería Aquí no hay quien viva a la prosa genial del manco de Lepanto.<br />
	Poco sospechaba aquel insensato que la razón de mi conducta no era otra que el amor. No; no pensaba compartirlo con la simpar Dulcinea.<br />
	No obstante –persuadida por el miedo- accedía a regalar de cuando en cuando a aquel infeliz, eso sí, a cuentagotas, más peripecias. Esa era mi forma de conformarlo y de borrar de su expresión ese gesto de locura que por momentos empezaba a enturbiarle los ojos y me hacía temer por mi vida.<br />
	El viernes mismo se produjo en la historia un giro insospechado. Cierto es que él, desde el comienzo de la sesión, se mostraba exultante, como si en ese par de párrafos a que yo me comprometía cada noche, fuera a ocurrir algo definitivo. Así, al llegar a  aquel punto, le oí correr enloquecido por el pasillo y, tras abrir la puerta de casa, decir con voz entrecortada al recién llegado <i>Pasad buen Sancho, pasad..</i><br />
	Luego los oí avanzar hacia la sala mientras yo cerraba inquieta el libro. Le acompañaba un individuo achaparrado, un tipo tripudo y sentencioso que amarró su asno al perchero del salón.<br />
	Desde el principio noté esa complicidad entre ambos que no sabe de barreras lingüísticas ni culturales pues su código no es otro que el deseo. El caso es que todas estas noches se han amado –aún me persiguen sus gritos, sus jadeos- tórridamente en mi dormitorio. <br />
	Yo he leído, muerta de celos, empuñando cada línea, hasta la última -certera y definitiva- como una navaja. Luego he recorrido la casa y he comenzado a echarles de menos y a moquear como una tonta.</p>

<p>	<br />
Los molinos siguen ahí; a unos metros de la M-30.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Sebastián</title>
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    <published>2005-07-01T23:14:05Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:19Z</updated>
    
    <summary>Autor: Luis Manuel Correa Power...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Narrativa" />
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://www.imaginando.com/literatura/">
        <![CDATA[<p>Autor: <b>Luis Manuel Correa Power</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="torrente.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/torrente.jpg" width="250" height="255" border="0" /></p>

<p><b>Cuento de teatro en cinco escenas</b></p>

<p>I</p>

<p><b>Horas de la madrugada del veinte de enero: un torrente húmedo y difuso comienza precipitadamente a inundar a Sebastián. Hace unos años su inocencia lo hacía flotar, protegiendo sus pies de la tierra. Hoy, al cumplir sus dieciséis años, cubierto por estas horas nocturnas y aparentemente silenciosas, se siente descubierto, anclado, de pie, y sin salida. Su apariencia lo delata, aunque trata de enmascararla para que nadie repare en ella. Se ha llenado de tantos sentimientos confusos que su cuerpo es cada vez más denso. Se ha cargado de una electricidad inexplicable, como si estuviera a punto de explotar, aunque él mismo no lo haya advertido.</p>

<p>Su mente está iluminada con pequeñas luces que comienzan a reventarse en miles de partículas, sorprendiéndolo al inicio y luego dejándolo en la más completa oscuridad. Sólo puede sentir su propio pensar, hablar y respirar en esa espesa atmósfera que lo envuelve. </b></p>

<p>Aquí estoy -bueno, eso creo- sumergido y sumergiendo este cuerpo que no sé si es normal y con una vida que no sé si es verdadera.</p>

<p>	Aquí tengo horas auscultándome y tratando de ver qué pasa conmigo, pero no encuentro síntomas. Mis preguntas parecen perderse en el vacío:</p>

<p> “¿Cuando me miran luzco igual que las demás personas?” </p>

<p>Me oigo hablar y bajar la entonación, y trato de averiguar  si alguno de los que me escuchan o me leen, podrían decirme qué fue lo que yo pregunté: </p>

<p>“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, y… y… di… diez.”</p>

<p> 	¡Lo sabía! Como siempre parece que nadie me está leyendo o me está escuchando.</p>

<p>	Estoy tomando un baño en este instante, creo. (No sé si ahora estoy hablando o pensando.)  El agua corre sobre mí y sobre esta bañera blanca en la que me estoy hundiendo. Este sosegado líquido me hace pensar con tranquilidad, me limpia -aunque yo no me siento sucio, ante los ojos de los demás parece que sí lo estoy.  Ahora estoy tratando de ver dónde están mis pies -sé que deben estar teñidos de rojo-, pero por más que miro hacia dónde yo suponía que estaban, no encuentro nada allí. Parece que por fin están haciendo efecto y mi vista se está volviendo cada vez más borrosa. Por fin dejaré de ver esas paredes gigantescas que cada vez que salgo parecen vigilarme.</p>

<p>	Cuando uno está así… bueno así, como… entre suave y lento… esta falta de… coordinación… de realidad… parece convertirse en una presencia más fuerte que la realidad misma. Es como si … como si se aprovechara de que estoy así  y tomara cuerpo…y se volviera…</p>

<p> “¿Cómo les puedo explicar?”</p>

<p>(Creo que acabo de hablar) … Eso que hago ahora… eso que he estado haciendo… como si todo se volviera pausas...  puntos suspensivos... y adquiriera forma en esos espacios en blanco que no dicen nada y dicen mucho. Cuando uno está así... como suspendido en el aire, los ojos parecen quedarse vacíos, como están quedándose los míos.</p>

<p> Mientras pasan las horas, la lentitud se apodera de mi cuerpo, aunque dentro de mí siento que todo se mueve más rápido, sin control ni pausa; allá afuera, en cambio, me voy quedando inmóvil.</p>

<p>	El piso frío ha aparecido debajo de mi cuerpo. No sé cómo llegué aquí. He estado tratando de no llegar a ningún lado. ¿Qué hora es? ¿La medianoche? </p>

<p>“Deben ser las tres o las cuatro, ¿no?”. </p>

<p>El reloj también me engaña. Se mueve de izquierda a derecha indistintamente. He estado desde ayer metido en este espacio, con esta desazón, esta tristecita, este desconcierto, esta espera hasta que el cuerpo deje de funcionar… Y después de todo lo que he tratado y todo lo que me han hecho. ¡No, esta soledad no puede ser la medianoche! Este desgano pertenece a las horas que siguen, cuando aparentemente nada pasa, y sólo se espera que amanezca. </p>

<p>“Bueno, allá ustedes, que tienen esperanzas”.</p>

<p><b>Sebastián está exhausto. No reconoce su hablar de su pensar. Ambos retumban con ecos en sus oídos. El centro de su alma se contrae, aprisionando todas sus dudas y emociones, pero es tanto lo guardado que un sinfín de explosiones se sucede en su interior, hasta dejarlo frío, petrificado, tan yerto como una columna de hierro. </p>

<p>Una oleada de frío intenso desciende sobre el baño donde se encuentra. Su corazón se contrae y una fuerza interna comienza a darle vueltas interminables hasta formar una ráfaga de giros violentos que recorre las entrañas de su cuerpo hasta exprimirlo y quitarle el aliento. </p>

<p>Abruptamente, una ambulancia llega a través de la noche, anunciando con su luz roja la tragedia. Dos camilleros se llevan a toda prisa el cuerpo lleno de moretones y heridas. La sirena se enciende pidiendo auxilio, mas sólo encuentra transeúntes nocturnos y carros que la esquivan a su paso.</p>

<p>En medio de esta helada penumbra, las luces del cuarto de Sebastián se encienden repentinamente, mostrando un desorden de pastillas, jarabes, cuchillos, y sangre… mucha sangre.</b></p>

<p>II</p>

<p>Ahí estás, en este hospital, como si vivieras en una obra de teatro de esas que tanto te gustan, ambientada  en una ciudad destruida de  la antigüedad - adonde sientes que perteneces-  con una acrópolis y unas paredes gigantes, testigos de milenarias vidas marcadas por el sino.</p>

<p>Pareces encontrar en esta ficción el lugar perfecto para tu agonía: recinto de murallas, mitos, leyendas y trágicos destinos; ciudad de Tiresias, Yocastas y Edipos que sólo encuentran en la muerte el sentido de la vida.</p>

<p>Ahí estás. Rodeado de todos. Eso es lo que querías ¿verdad? Diciéndote que “eso es lo que pasa conmigo, que nadie me quiere”, pobreciteándote, como si eso te va a llevar a alguna parte. ¿Qué sentido tiene todo esto, Sebastián? </p>

<p>Que siempre fue así, que siempre te descartaron, que claro, que tú no importabas, porque a ti nadie, NADIE...</p>

<p>	Y crees que si no sales de esto va a haber alguien, ALGUIEN. Si no sales de esto, igualito vas a quedar, sin nadie.</p>

<p>	¿Pobrecito tú, dices?¡ Pobrecito yo! Quiero entenderte y mira que lo intento, pero con tu actitud a mí sí me dejas sin nadie, sin ni siquiera posibilidad de intentarlo. Sí, sé que a los dieciséis las cosas parecen no encontrar solución, pero la hay y yo soy una prueba de eso. ¡Mírame! Abre los ojos y mírame. Veinte años más tarde, haciendo cosas y sin importar lo que dijeron. ¡¿Que duele?! Claro que dolía: Dolían las patadas, los escupitajos, los golpes, los maquillajes para taparlos, las fieles almohadas atragantadas en la boca para que no se oyeran los llantos en la casa durante la madrugada. Dolían los lunes en la mañana y el miedo de ir al liceo, las miradas de maestras y compañeros -bueno si a aquellos se les podía llamar compañeros -  que me miraban y decían sin ningún tapujo: “¡Ay muchachito, tú como que eres…!” Claro que dolía, no me creas insensible. Pero como yo pasé por eso, sé que pasa. No de la noche a la mañana, pero pasa. Y luego, luego comienzas a emprender otras cosas, a conocer otras personas y se sale de eso que crees que es el fin del mundo. </p>

<p>Vamos, Sebastián, cura esas heridas que te hicieron y te hiciste en los muslos, muñecas, brazos y piernas. Haz que tu cuerpo rechacé ese pastillero enorme que te tomaste para terminar el trabajo que ellos iniciaron. Hazlo por Leonidas, aunque no lo conozcas. Sebastián, es importante para mí, no seas egoísta. El mundo y tu vida no se acaban contigo a los dieciséis años, si no quieres que se acabe. A esa edad apenas estás comenzando. ¡Qué no te importen las burlas de los muchachos cuando te ven con el traje de gimnasia! ¡Qué no te importen las risitas de las muchachas cuando te miran las piernas flacas y sin músculos! Qué no te importe lo que pasó ayer, porque lo que viene es bueno. Date una oportunidad y dámela a mí. Levántate de esa cama, saca todos esos aparatos de tu cuerpo y salgamos. Te prometo que pasa si dejas que pase y piensas en mí, en nosotros, en lo que viene.</p>

<p>	No nos hagas más daño. No hieras más tu espíritu con esa actitud de pobre. No les des argumento a ellos para que crean que tenían razón, que eras indefenso, poquita cosa, pura sensibilidad. Levántate de una vez por todas y regresemos a casa.</p>

<p><b>Sebastián a los dieciséis sigue postrado en la cama de este hospital mientras los ojos que lo observan  tratan con intensidad de levantarlo con sus pestañas, sirgas, y de tocarlo con las lisonjas de sus párpados para curarle las heridas. </p>

<p>Luego de dejarlo en la quietud en la que yace, Sebastián veinte años más tarde se dirige hacia la única ventana de esa habitación que se abre hacia la ciudad, esperando el paso del tiempo, buscando una explicación, pero sólo logra escuchar una voz que parece viajar a través de los siglos hasta llegar a la mente del joven Sebastián: “¡Cuán terrible es el conocimiento de la verdad, cuando la verdad no es ayuda!”</p>

<p>La sentencia le estremece el cuerpo y un quejido proveniente de la cama, los oídos. Se voltea y observa a Sebastián a los dieciséis rodeado de voces llenas de preocupación y entusiasmo que parecen enfrentarse al destino.</b></p>

<p>Lo miro y me miro y me parece mentira que seamos uno. Los años me han dado fuerza, mientras que a él lo han debilitado. Los doctores se mueven a su alrededor tratando de reavivar sus quejidos, que aunque dolorosos, son muestras de vida.</p>

<p>	El dolor, Sebastián, es parte de esto: “Nada te espante, nada te turbe, que todo pasa.” El dolor también lo hará, aunque cuando estamos padeciéndolo, encorvados por sus golpes, creemos que hasta ahí llegamos. Pero pasa, se apacigua y luego desaparece. No nos deja igual, pero pasa. ¡Respóndeles entonces, por lo que más quieras! Reconstrúyete para que me conozcas y sientas que valió la pena.</p>

<p>	Veo tu cuerpo lánguido y amarrado a todos estos aparatos que parecen encenderse súbitamente ante tu incipiente intento. Los doctores intentan reavivarte con armas desconocidas y los dedos de tus pies comienzan a encontrar colores que creías no albergar: rosáceos se vislumbran en tus uñas y los suaves vellos dejan a un lado los aires opacos para llenarse de aceites y sudores. ¡Síntomas de vida! Diminutos sí, pero en estos momentos esperanzadores.</p>

<p><b>Los ojos de Sebastián veinte años más tarde lo miran con anhelo y ternura. Sus brazos se entrecruzan en el pecho para abrazarse a sí mismo, y de esta manera abrazar a Sebastián a los dieciséis, si llega a recuperarse, o a quien es, y no será, si pierde su cuerpo entre esas sábanas.</b><br />
	<br />
	Te sigo arropando con mis brazos para que el frío de esta sala no sea un obstáculo para tu recuperación. Lamentablemente, eso es todo lo que puedo hacer. Está en ti el seguir y darme y darte una oportunidad. Yo ahora parezco ser sólo reflejo de lo que puedes ser. ¿Cuántos reflejos se hospedan en ti? Tu drástica acción altera el flujo en el que me encontraba, para ahora encontrarme que no puedo ser. Me gustaría encontrar a todos tus reflejos y en conjunto darte más calor y así ayudar a estos doctores que desesperados juegan a los dioses con las herramientas que el conocimiento les ha dado. </p>

<p><b>Mientras Sebastián veinte años más tarde sigue idealizándose para darse vida, Sebastián a los dieciséis abre los ojos y respira algo de ese calor lejano que lo cobija.</b></p>

<p>Los doctores, agotados, salen y dejan a Sebastián con síntomas de recuperación que más que en su cuerpo se observan en los sonidos y luces de los aparatos que lo rodean.  El primero se desprende de su abrazo y se acerca a su débil cuerpo para tomarle la mano y sentirlo ligeramente menos frío.</p>

<p>¿Cómo el hombre ha podido crear estos aparatos que miden la vida? Ellos nos dan señales de tu recuperación, más de lo que tu cuerpo es capaz de evidenciar. Ellos me dicen más que tus manos frías. Hablan con líneas,  puntos, frecuencias, colores y tonos. Ellos, esos aparatos son muestras del conocimiento que tanto he exaltado, el conocimiento por el que he vivido. Siempre he pensado que soy el resultado de lo que conozco, pero ahora pienso, ¿fue el conocimiento de ellos o fue la fe, desconocida por mí, la que te hace revivir y revivirme? ¿Dónde comienza uno y termina la otra?</p>

<p><b>Las manos de Sebastián se van haciendo paulatinamente cálidas, en respuesta al conocimiento y a la fe, mientras su mente comienza a sentir los primeros rayos de sol en la fecundidad de sus tierras.</b></p>

<p>III</p>

<p><b>Las horas se han movido paulatinamente para dar paso a otro amanecer, transformando con su luz el cuarto de este hospital en una planicie perfecta para un campo de batalla. Sebastián veinte años más tarde ha mantenido sus ojos infinitamente abiertos para evitar algún retroceso, como si de ellos dependiera quién vive o quién muere. Sebastián a los dieciséis agranda sus pupilas y mira extasiado hacia el cielo buscando respuestas. Sus heridas parecen haber sido curadas; de sus ojos, ventanas de su ánimo, surge una inmensidad confusa que se crece y escupe, a través de sus pestañas desgastadas, estalactitas venenosas que sorprenden al mayor de los Sebastianes, quien se distancia hasta colocarse en actitud guerrera.</p>

<p> Los dos, desnudos, vestidos solamente con cascos y escudos, reviviendo enfrentamientos pasados, deciden combatir: Uno por la vida, y otro por la muerte.</b></p>

<p>- ¿Qué sucede?¿Recuerdas lo que pasó?</p>

<p><b>Sebastián a los dieciséis no responde. Su expresión es cada vez más confusa y sus ojos se hacen más intensos.</b></p>

<p>-Pareces no estar contento. Todavía falta que el cuerpo <br />
se ajuste, pero como te prometí ya pasará.<br />
¿Por qué no hablas?¿Por qué me miras así?</p>

<p>- ¿Qué hiciste? </p>

<p>- Pretensiones mías. Pensé que mis promesas y mis<br />
palabras te habían hecho recuperarte.</p>

<p>- ¿De qué promesas hablas?</p>

<p>- Te prometí que las cosas mejorarían y que <br />
sin darte cuenta todo pasaría.</p>

<p>- ¿Prometes que pasará?¿Cómo te atreves a prometer lo que no sabes? </p>

<p>- Estás actuando como un niño otra vez. <br />
Ya no es suficiente con lo que has pasado <br />
para que crezcas de una vez por todas.<br />
- Es muy fácil criticarme desde allá, tratando de entender lo que sentía desde tu ahora, pero sin sentir lo que siento, sólo recordándolo. Estoy cansado de que se metan conmigo. No me interesas tú, ni lo que quieras hacer en el futuro. No me importan tus planes.</p>

<p>- He estado aquí por días abrazándote<br />
para darte calor. He hablado con doctores y <br />
dioses para que te levanten. <br />
- ¿Lo has hecho por mí o por ti?</p>

<p>-¿Es que hay alguna diferencia?</p>

<p>-  Bien sabes que sí la hay. La intensidad de lo que yo vivo y la de tus recuerdos no son  las mismas. Por eso te digo que no me interesan tus razones, que en el fondo son puros sueños. La realidad es la mía.					</p>

<p>- Ambas son nuestra realidad. Tanto los molinos <br />
como los gigantes son reales. <br />
- Lo siento por ti, yo sólo puedo ver molinos.</p>

<p>- ¡Niño egoísta! El hecho de no saber lo que viene, <br />
no te da el derecho a mutilarlo y hacerlo a un lado, <br />
Sé lo que viviste y te repito que no es el fin <br />
del mundo. No trato de negártelo. Detrás de este <br />
escudo están todavía las cicatrices, pero aunque no<br />
lo quieras se han cerrado, se han secado. Esa es la<br />
maravilla del tiempo, que apacigua el dolor y<br />
tranquiliza el llanto. Lamentablemente para ti,<br />
aunque quieras o no creerlo, el pasado es sólo eso, <br />
recuerdos,  y el futuro se visualiza amplio desde <br />
el presente.  Y  lo que recuerdo de ti, de mí, de <br />
nosotros, de antes, ahora o después, es que<br />
he encontrado cosas que me satisfacen y que no pienso <br />
perder porque estés dispuesto a seguir torturándote…</p>

<p>- ¿Yo, torturándome? </p>

<p>- Sí, con tus llantos infinitos, con todas esas pastillas que <br />
te tomaste y las heridas que te hiciste, agudizando las que <br />
ellos te hicieron. Sí, con esa actitud de no <br />
querer ver más allá de la puerta de tu cuarto y creer que <br />
las cosas empiezan y terminan en lo que vives. El mundo <br />
no comienza y finaliza contigo. Acepta que hay otras cosas <br />
aparte de ti. Hacer lo contrario es hacer lo mismo que ellos, <br />
los que te golpean y critican, han hecho contigo, que por <br />
miedo a lo que representas te prefieren muerto. <br />
Suicidarte es preferirte muerto y eso es actuar igual que ellos: <br />
matarte por miedo a representar lo que eres. </p>

<p>- ¿De qué hablas? </p>

<p>- Dejarte morir de cansancio en vez de seguir.</p>

<p>- Creo que estás demasiado imbuido de tu presente y no te acuerdas de lo que significaba levantarse más temprano, aun cuando te habías acostado en la madrugada estudiando. Lo hacías  para que no se hiciera tarde y así poder salir de la casa sin que los vecinos te vieran y empezaran a hacerte sentir que nada de esto tenía sentido. ¿No te acuerdas lo que te decían? Yo sí me acuerdo y no sólo por los muchachos del autobús, sino por los de la esquina, los del colegio, los que vienen y  van y que parecen reproducirse a cada paso que doy. Hace sólo tres días unos de ellos, los vecinos que no recuerdas, pero con quienes yo tengo que convivir me gritaron cosas por la forma como camino. Y todo porque no pude levantarme a las cinco de la mañana como debía para evitarlo. ¿Es que no crees que me canso de levantarme temprano? Y en la escuela es lo mismo. Tengo que llegar temprano para no verlos, de lo contrario, me paso todo el día con ganas de llorar por todo lo que me dicen. ¿Es que no recuerdas que tengo, que TENÍAS que pasarte la hora del recreo en el salón, a veces sin comer, porque con la rapidez de salir temprano en la mañana se me olvida, SE TE OLVIDABA, meter unas galletas en el morral? Sí, estoy cansado de toda esa preparación. ¿Es que no te acuerdas de las idas al baño, que tengo que programarlas cuando tengo clases, ante el disgusto de los profesores, para evitar encontrármelos, como sucedería, si voy durante el recreo, y ellos están ahí,  y después tengo que regresar al  salón de clase a esconderme, sintiéndome adolorido por fuera y por dentro? ¿Es que no te acuerdas de esquivar autobuses para evitar subir donde están ellos, aun cuando ya tengo más de doce horas despierto y lo que quiero es llegar a la casa para hacer mis tareas y descansar?  Pero no, tengo que  caminar entonces por más callejones, o esperar el siguiente autobús, o el que sigue, o el que viene después del siguiente, mientras se hace tarde para volver a llegar a escondidas a casa sin que me vean los otros de donde vivo. ¿Es que crees que el pensar en lo que harás o piensas que haré es suficientemente fuerte para mantenerme día tras día en esta preparación, en este escondite perenne? Disculpa mi egoísmo. Siento no ser tan fuerte como tú.</p>

<p><b>Sebastián veinte años más tarde lo mira, protegiéndose con su escudo de aquellas lágrimas llenas de odio o desilusión, o quizás ambos. Mientras tanto, los latidos del joven Sebastián continúan acelerándose sonora y visualmente en su cuerpo y en los aparatos que parecen registrar de nuevo su descenso.</b></p>

<p>- Es verdad lo que dices, pero todo eso se transforma <br />
en cosas que logro para que nadie más nunca vuelva <br />
a meterse contigo. Todo se hace más fácil luego, <br />
aunque por más que trato de explicártelo, sólo <br />
viviéndolo puedes saberlo.</p>

<p>- Suena bonito, pero no quiero escuchar luegos. No quiero saber lo fácil que se te hace todo. Este es mi presente, aunque sea tu pasado y tengo el derecho a terminarlo cuando me provoque, o mejor dicho, cuando me canse. ¿Y sabes? Ya estoy cansado. No quiero más aventuras en las que yo termino herido.</p>

<p><b>Los latidos continúan amplificándose cada vez más. Sonidos cada vez más fuertes y frecuentes ahogan sus palabras dentro de ese repiquetear incesante que aumenta en volumen.</b></p>

<p>- Pero cómo puedes estar cansado, si sólo tienes <br />
dieciséis años. Cuéntalos para que veas que rápido<br />
 se te van y cuenta los que vienen para que veas <br />
que son más.</p>

<p>- Sólo tengo dieciséis años, tú mismo me das la respuesta. No tengo por eso la suficiente experiencia y la fuerza necesaria para aguantar tanto. </p>

<p><b>El sonido de los aparatos es abrumante y ensordecedor. Sebastián a los dieciséis mira al frente, atravesando con el odio de su mirada, el sonido, la luz, los muros y el papel.</b><br />
						- Energía tenía, pero ellos se la comieron.<br />
- Su corazón se ha acelerado tan bruscamente <br />
que hace que los monitores pierdan el control, <br />
mientras los aparatos empiezan a medir <br />
¿su vida?, ¿ o su muerte?  </p>

<p><b>Con los escudos a un lado y los cascos esparcidos por suelos y paredes, la derrota y el agotamiento impregna a ambos Sebastianes.</b></p>

<p>- Vida y muerte: llaves de una misma puerta, <br />
pero de cerraduras disímiles, flotan sobre nuestros <br />
cuerpos desnudos. </p>

<p>- Vida y muerte: ¿Cuándo se vive y cuándo se muere?</p>

<p>IV</p>

<p><b>Sebastián veinte años más tarde entreabre los ojos en el rincón donde ha estado durmiendo por horas. Su cuerpo se ha debilitado, quedando sólo, al igual que el otro, cargado de recuerdos que se pasean por las paredes de sus sienes, los poros y los huesos de sus pensamientos.</p>

<p>En este momento, un recuerdo especial le hace esbozar una sonrisa, dentro de su estado de debilidad, y suavemente le toca el corazón, para luego llegarle a la boca del estómago, en donde el recuerdo nació cuando conoció a Leonidas.</b></p>

<p>Mientras duermes, reposas o mueres, déjame contarte sobre Leonidas para yo encontrar sueño, reposo o muerte en su ausencia. Leonidas, Sebastián, es mi Dulcineo. Tiene la voz ronquita con la que fantaseé cuando tú y yo teníamos la misma edad. Así como Billy Joel ¿Te acuerdas de sus canciones? Siempre me he dejado llevar por la voz de los hombres que he conocido, muchas veces inconscientemente, pero cuando apareció Leonidas me di cuenta que esa fantasía se estaba haciendo real. Los tonos bajos de su voz acarician los minúsculos vellos de mis oídos cuando acerca sus labios para contarme secretos. Leonidas habla poco, pero cuando lo hace, me arropa con sus palabras. En noches de descanso o de insomnio, acuno mis mejillas en su pecho. Cuando nos despierta en la noche, respirándome por la espalda, entre las piernas  y los pies, sudores satinados nos envuelven a los dos. Leonidas, pequeño amigo, dejó de ser un sueño. Si él estuviera aquí, te haría el amor por primera vez y así sabrías que valdría la pena recuperarte. Lamentablemente, al hacer lo que te provoca, como dices, no sólo me llevas contigo sino también te llevas la posibilidad de haber sido amado y conquistado por aquello que a los dieciséis sonaba imposible.</p>

<p>	Nos conocimos en una exposición y nos dejamos llevar por colores y formas que nos hablaban de maneras de ver e interpretar el mundo. Eran pinturas de escenarios aparentemente abstractos, pero en el fondo revelaban la realidad de la vida de los artistas que los crearon. Nuestras interpretaciones solían siempre complementarse, como si sus ideas y las mías fuesen piezas del rompecabezas que esos cuadros generaban en nuestras mentes  y que a través de nuestras conversaciones armábamos con palabras. Esa mañana dominical parecía estremecer nuestro interior, haciéndonos olvidar la lentitud con que acontecen los domingos. Gestos e ideas encajaban libremente como seguro nuestros cuerpos lo harían luego. La comunicación fluía haciéndonos sentir que teníamos que alargar nuestro contacto. De esa manera, el domingo se nos hizo distinto, interesante, ameno, con ganas de que incluso la semana tuviese llena de domingos como ése. </p>

<p>Llegó la noche, y después de haber almorzado juntos, se nos hacía difícil pensar en no cenar juntos también. ¡Recuerdo aquella cena!, que si te levantaras, Sebastián, llegarías a degustar: Dos platos de pasta al dente con sabores afrodisíacos en una salsa de ostras, langostinos, vieiras y calamares pintados con pistilos de azafrán. Nos llevó horas en terminar esa cena, pero los platos nunca llegaron a enfriarse porque un calor intenso que nos salía de las palabras, las miradas y nuestros cuerpos hacía de esa mesa un sitio especial, al cual hemos regresado muchas veces  para celebrar durante los doce años que hemos estado juntos.  </p>

<p>Al final de ese domingo, acordamos vernos otra vez: El martes en la noche, dejando el lunes de por medio para comenzar a acumular ansias y recuerdos. Nos encontramos en el cine, y sentados uno al lado del otro, nuestras piernas encontraron en el camino hacia la comodidad la forma de rozarse. Mi brazo izquierdo y su brazo derecho encontraban desasosiego en el brazo común de la butaca, haciendo que las telas de nuestras camisas se adelgazaran a fuerza de sudor hasta que podíamos sentir el calor intenso y hasta la textura de nuestra piel en ese constante roce de nuestros brazos que, aunque inmóviles para los demás, internamente delataban un movimiento infinito, perceptible sólo a través de los poros. No recuerdo el nombre de la película, ni siquiera qué pasó. Leonidas y yo al terminar nos quedamos sentados, sin conversar, como sólo los instintos saben hacerlo, en la espera de tener la sala para nosotros cuando todo el mundo saliera. Cuando estábamos casi solos, nos volteamos, nos miramos intensamente, y luego posamos los ojos en los labios, los cuales parecían lentamente abrirse y cerrarse, como si deseasen hablar, o algo más. A pesar de la oscuridad de la sala, nuestros labios eran perfectamente definibles. Fueron segundos infinitos que encontraron reposo en la única opción que teníamos en ese momento, comenzar a levantarnos y tomarnos descuidadamente de los dedos antes de estar completamente de pie; ese arte del escondite que hemos desarrollado astutamente por tantos años tú, ellos y nosotros.</p>

<p>	Nuestro tercer banquete consistió en una ensalada de flirteos que hacía que nuestros labios brillaran constantemente. Cuando creíamos que el otro no nos veía, posábamos los ojos en la amplitud de nuestros torsos,  el grosor del cuello, la piel descubierta de las manos y  el resplandor de los cabellos. Todo esto aceleraba nuestra respiración, haciéndonos crecer por dentro y por fuera, mientras nuestro comer se hacía cada vez más lento con el fin de alargar la noche. Al terminar de cenar, la emoción del comienzo nos llevó a buscar un callejón detrás del restaurante para humedecer nuestros labios con el calor del otro. Mientras nos mirábamos de frente una vez más, quedamos suspendidos, acercándonos en un viaje por los segundos. Cuando sentimos que se rozaban,  sólo abrimos ligeramente la cerradura para que su respiración entrara en mí, y la mía en él. Estuvimos respirándonos con ese cosquilleo cálido por horas y días, o al menos así me pareció. ¡Un beso de aliento, alivio y pasión!</p>

<p>	Pensar que no lo volveré a ver, cristaliza mis ojos, enternece mi memoria, y aprisiona dentro de un puño mi pecho.</p>

<p>Así entonces pasaron la cuarta, quinta y sexta veladas, llenas de películas, butacas cómplices y comidas que servían de excusa para seguir conociéndonos y querer saber aún más. </p>

<p>Una noche, cuando nuestras ansias buscaban desatarse, entramos de puntillas, cómo sólo nosotros sabemos caminar, donde él vivía. Nuestros deseos fueron más poderosos que el miedo a ser descubiertos. Esa es la magia de ellos, sentimientos desbordados que nos despiertan la curiosidad y nos llevan a tomar caminos y a iniciar aventuras que otrora parecían imposibles de transitar.</p>

<p>	Entramos en su cuarto y aparentemente silenciosos, sintiendo que toda el bullicio iba por dentro, jugamos al azar de los sentidos para decidir cómo revelaríamos nuestros cuerpos. Sin emitir sonidos, dejamos al instinto, la visión y al olfato tomar la iniciativa. Casualidad o destino, no sabría decirlo, pero nuestros movimientos se alternaban de una forma tan fluida, como un caballo trotando en cámara lenta, alzando sus cascos a la vez, aunque a veces lo sentidos parezcan percibir un solo gesto al unísono. Con esa sinfonía ecuestre, comenzamos a desprendernos en turnos de nuestras monturas, sillas y arreos:  primero él, después yo, quedando ambos descalzos; luego él e inmediatamente yo, dándole a nuestros pies la oportunidad de refrescarse con el frío del granito; enseguida él y rápidamente yo, dándonos la gracia de perder las miradas en nuestros torsos; entonces él y lentamente yo, dejando nuestras piernas al aire; luego, dos de los cascos golpearon el terreno al mismo tiempo, y entonces los dos, él y yo, dejamos vernos con toda la excitación que este juego y seis veladas habían acumulado. Nos acercamos, y al igual que aquella noche detrás del restaurante, dejamos que lentamente nuestros cuerpos se rozaran y encontraran ellos mismos su camino. Dando pasos hacia adelante y con la mente entre brumas, nuestros cuerpos iniciaron el contacto. Finalmente, nuestras bocas volvieron a verse otra vez en aquel juego de inhalar y exhalar desde el otro y para el otro, hasta saber que en ese momento podían por fin tomar más que aire y llenarse de sabores, mordidas y perfumes que paulatinamente se hacían más intensos hasta volvernos uno para siempre; o así lo creímos…</p>

<p>A partir de esa noche, Sebastián,  y por muchas más, Leonidas y yo encontramos nuestros cuerpos, mentes, sentimientos y acciones transitando en diferentes caminos pero con el sosiego, y a veces la angustia, de estar y sabernos juntos.</p>

<p><b>Sebastián veinte años más tarde cobija su cuerpo desnudo con sus brazos mientras los recuerdos recorren su rostro, impregnándolo de sal. </b><br />
V</p>

<p><b>Las remembranzas se mueven a través del tiempo, volviéndose por instantes, futuro, y muchas veces, presente. Horas diurnas del diecinueve de enero: día antes de su  cumpleaños. El efecto de las luces del amanecer hace que la ciudad donde vive Sebastián se rejuvenezca.  Pero detrás de ella, él siempre percibe unas paredes ciclópeas que lo vigilan a cada paso.  </p>

<p>Las calles están tomadas por cafés modernos que contrastan con la vejez de los muros que entornan su mente. Hay muchos vecindarios modernos, y en uno de ellos, la casa de Sebastián, y en ella,  un espacio rectangular, y dentro de él, su cuarto, y en la esquina, su cama, y sobre ella, dieciséis años, pubertad y juventud. </b><br />
	Hoy me levanté, tomé un baño, y bailando me moví por la casa que es toda para mí. Todo el mundo se ha ido y la casa es mía. Y de repente me siento que mi vida también. Tengo clases en la tarde, por lo tanto voy a utilizar la mañana como yo quiera. No voy a hacer tareas. Un día que no las haga no va a afectar mis notas. </p>

<p>Me miro en el espejo y siento que me parezco a uno de esos actores gringos que salen en las películas de los años cincuenta que tanto me gustan. Incluso oigo la música mientras me pongo gel en el pelo. Soy una mezcla de James Dean cuando hizo la película “Rebelde sin causa” y Marlon Brando en “El Salvaje”. Quizás soy el hijo de ellos dos y por eso siento que me les parezco. Me gusta esa idea. Tal vez siempre me les he parecido y no lo sabía.</p>

<p>Voy a la cocina ahora, abro la nevera, me tomo un vaso de jugo de naranja con mucha pulpa y dejo la nevera abierta. ¡Hoy se acabaron las preocupaciones!</p>

<p>Entro al cuarto, me visto y decido dejar la cama sin tender. Tomo mi morral y con pasos seguros, como si bailara en un musical de rock and roll salgo de la casa. Doy un giro y cierro la puerta con la punta de mis botas. Sí, llevo unas botas como ellos, como Brando y Dean, dominándolo todo. </p>

<p>Camino por la calle y siento que todo el mundo me mira. Levanto el pecho, abro las piernas y camino como si el pene y los testículos me hubiesen crecido, como seguro lo debe tener Billy Joel, tal como aparece en “Casas de Cristal”, con quien fantaseo en las noches mientras me acaricia con su voz ronquita.</p>

<p>Llego a la avenida y ya los cafés y las panaderías están abiertos. Reviso la cartera para ver si tengo suficiente dinero. Lo iba a guardar para ir al teatro el fin de semana, pero amanecerá y veremos. Hoy voy a tomarme un café con leche y un sándwich de jamón y queso,  y si me provoca, me como un éclair de vainilla que es el que más me gusta. </p>

<p>Me siento en el café y siento que aquí todo el mundo me observa también, como admirándome. Me toco el pelo engominado y  un mechón cae sobre la frente. Ahora me parezco más a mis padres. Los genes ¿no? Me gusta soñar con esas historias, con personajes que siento que se parecen a mí, o al menos a lo que siento. Me gusta crear mundos en los que yo soy el fuerte, el valiente y el apuesto. Mientras tanto, sigo comiendo con las piernas abiertas para mostrar mi bulto ( y como dirían mis compañeros: “no precisamente el de la escuela.”)Yo nunca he podido decir eso. En el fondo me da pena decirme esas cosas. Pero bueno, hoy es hoy.</p>

<p>	¡Qué día tan perfecto! Así deberían ser todos los días de ahora en adelante. No voy a dejar que nadie me los desbarate. Soy libre de hacer lo que quiero y con quien yo quiera.</p>

<p>Me termino el sándwich, me levanto y me cuelgo el morral a un lado. Eso me permite inclinarme ligeramente hacia la derecha mientras camino, con una especie de balanceado, que también viene de las películas, con las piernas bien abiertas, apuntando con la punta de mis botas en diagonal.</p>

<p>Decido tomar el autobús en la otra parada, frente a la plaza, así disfruto más mi caminar. Me gusta como me siento hoy: seguro, desinhibido, con ganas de vivir y de aventurarme.<br />
	<br />
Estoy esperando el autobús y la mente se me va para la escuela. Esta tarde voy a entrar por la puerta principal. No voy a meterme por esa puerta de atrás. Hoy no me van a decir nada, porque hoy no parezco. Aunque yo nunca sé cuándo parezco. Pero seguro hoy no, así que nadie se meterá conmigo. Me vuelvo a tocar el mechón y pongo la mano derecha cerca de los testículos para sujetarlos como hacen los jugadores de béisbol, como seguro lo hacía James Dean. Pero no me atrevo. Se ve tan raro. Bueno, empezando con que ellos no tienen testículos sino bolas, por eso se las sujetan. ¿Y yo? ¿Yo tengo bolas? A veces siento que no, cuando aguanto tantas cosas en el liceo...  ¿Será que las bolas crecen después como crecen los vellos, que digo los pelos? Debe ser eso lo que tengo hoy, que están creciendo y me las podré agarrar y nadie se volverá  a meter conmigo. Por el momento, decido en cambio tocar una de las correas del morral que casi me roza la bragueta. Al balancear la correa ligeramente con mi dedo, ella me acaricia y me hace sentirme más grande, sin que nadie sepa que me estoy tocando.</p>

<p>	El autobús se aproxima, miro el reloj y me doy cuenta de que es temprano. Voy a llegar tempranísimo al colegio. Bueno, quizás entonces allá haga las tareas. Pero no, yo dije que no iba a hacer tareas hoy. Lo que voy a hacer es irme al centro comercial a ver las vidrieras un rato. ¡Ah! Llegó el autobús.</p>

<p>	Me subo y pago. No hay casi nadie. Es temprano, pero tarde para la gente que ya salió a trabajar o los estudiantes que tenían clase en la mañana. Me siento en la parte de  atrás. Me gusta sentarme aquí  para ver quién entra luego. Pongo el morral al lado de la ventana y abro bien las piernas, dejando que una se asome hacia el pasillo, así como me dicen que se sientan los hombres. Me miro de reojo y veo que estos blue jeans me quedan bien ahí. ¡Me gusta!</p>

<p>Veo por la ventana a la gente caminar, hablar y comer. La ciudad se ve tan distinta hoy. Otra parada. </p>

<p>El ruido que hacen antes de subirse es enorme. Son cuatro muchachos de un liceo cercano. Seguro se escaparon de clase, porque a esta hora no dejan salir a nadie. Bueno, quizás ellos también decidieron disfrutar el día. Debe ser que el día de hoy tiene algo especial para todos los que tenemos entre quince y dieciséis años, porque estos muchachos son más o menos de mi edad. Uno de ellos tiene el cabello rubio de tanto sol. Está bronceadísimo. Es el más atractivo de todos. Tiene los ojos entre avellana y verdosos. El más alto es buen mozo también. Es blanco, delgado y con el cabello negro. Se ve que hace ejercicios porque la camisa de la escuela le queda pegadita y se le marcan los pectorales. Pero me gusta más el otro. Es más pequeño, pero no mucho. Me gusta su voz, como ronquita.“Por eso es que me gusta Billy Joel también” (¡Ay! Como que hable en voz alta, pero creo que no se fijaron. Esa manía que tengo de pensar en voz alta.) El de la voz ronquita está tan bronceado que el blanco de los ojos le brilla muchísimo y los labios se le ven rojitos y carnosos. Los otros dos no son nada especial: uno de cabellos castaños, largos y rizados y el otro de cabellos negros y largos. Están muertos de la risa. No son como yo: están hablando de las muchachas de su liceo, de una que usa las falditas bien cortas y se le ve todo. Y dicen que le gusta que ellos la miren, porque cuando lo hacen, ella abre las piernas un poquito más – “¿A quién no le va a gustar-” (¡Ay! Ahora como que sí notaron que hablé.) Toso un poco para distraerlos. Creo que lo logré. Si a mí el broceadito se me quedara mirando, yo también haría lo mismo que la muchacha esa con la que estudian. ¡Ay me miró! y siguió hablando con sus amigos. Ahora volvió a verme otra vez. Yo no sé de qué se está riendo. Déjame no verlo, no vaya a ser que se ponga bravo. Me pongo a ver a la gente por la ventana otra vez. Siento que los otros me están viendo también. Quizás sean cosas mías, pero lo siento. Bajaron el volumen de la voz. Ya va a llegar mi parada, menos mal. Agarro mis libros, me levanto y me pongo cerca de la puerta de la salida. No quiero verlos ahora, porque sé que me están mirando, pero la tentación es grande. Me volteo ligeramente para ver hacia afuera y antes de regresar la mirada hacia la puerta de la salida, veo a tres de ellos mirándome. Tienen unas sonrisitas que no me gustan. Ya se van a meter conmigo. “Hola preciosura”, me dicen. Creo que es uno sólo el que habló, pero sonó como si fueran todos. No les hago caso, pero mi corazón sí. Parece que se me va a salir por la boca. “El peinado te quedó bonito” me dicen ahora con un tono más burlesco. Y con la fuerza que sentía esta mañana me volteo y les digo que no me interesa lo que piensen de mí, así que sus risitas y comentarios pueden guardárselos. El autobús se detiene y el bronceadito les dice a los otros: “Vamos a bajarnos aquí”.</p>

<p> El corazón me suena más fuerte, pero me agrada que les haya respondido. Cuando llego a la esquina y estoy dispuesto a cruzar la calle, antes de que se me aproximen más, siento que uno de ellos me hala por el morral. Doy la vuelta y tengo a todos ellos al frente. El bronceadito me pregunta que qué es lo que pasa. Trato de mantenerme serio, de no mostrar miedo, y les digo que ellos fueron los que se metieron conmigo. Entonces uno de ellos, no sé cuál, me lanza un flechazo, que digo, me da un golpe por la cara que hace que se me caiga el morral. Intento agarrarlo y siento que entre los cuatro me empujan hacia un callejón. No puedo reaccionar. Me siento como si estuviera atado. La fuerza con la que me empujan me hiere la espalda. Choco contra la pared del callejón que me hace un raspón. Siento la carne viva. Me dan patadas con botas puntiagudas y afiladas que se sienten como flechas incrustadas en mi cuerpo. Me tienen pegado a la pared con sus golpes. No entiendo cómo pasó esto tan rápido. Siento que me golpean por la boca y estoy botando sangre. Un impacto en el estómago me hace devolver lo que con tanto gusto me había comido. Siento el sabor a sangre y ácidos en mi boca. Trato de cubrirme la cara, pero sus zapatos encuentran camino entre mis dedos hasta hacerme sangrar la nariz, los labios y quizás los ojos. Nadie aparece, nadie viene. Entonces, los cuatro se colocan en posición de arqueros y me lanzan sus últimos toques. Cuando abro los ojos, los oigo correr, no sin antes haberme escupido por todos lados.</p>

<p>	Quedo ahí  tirado de rodillas, sujetándome con el piso. Lentamente me levanto y me escondo en la profundidad del callejón para que nadie me vea. Otro de esos callejones angostos, sucios y oscuros. Sigo sintiendo el sabor de la sangre en mi boca. “¿Cómo hago para salir de aquí ahora?” La casa está tan lejos. La escuela está cerca, pero allá no voy a ir. A menos que entre otra vez por la puerta de atrás y vaya directo a la enfermería. Pero no, allá me van a preguntar también. “¿Un taxi?” Sí, eso. Abro la cartera, pero no tengo suficiente. “¿Por qué coño me comí ese desayuno?” Tú tienes comida en la casa. Tienes que aprender a guardar dinero para las emergencias. Pero seguro lo guardo y me pasa lo mismo, e incluso peor, porque me roban la cartera. “¿Qué hago ahora? ¿Qué hago, Dios?” Esperar hasta que oscurezca. ¡Pero son demasiadas horas! Vamos Jean. Vamos Marlon. Sal Sebastián. Camina rápido con la cabeza abajo antes de que salgan los estudiantes de la mañana o algún profesor. Imagínate que te caíste de la moto, pero te vuelves a montar, y herido vas a toda velocidad hasta la casa. </p>

<p>Me limpio la frente de algo espeso que me corre hasta las cejas. Es saliva gruesa y llena de asco, odio y… sangre.</p>

<p><b>La ciudad moderna desaparece ante sus ojos mientras las murallas se hacen progresivamente más altas en la mente de Sebastián.</b></p>

<p>	Camino, como si sus golpes me hubiesen enceguecido, por esta ciudad de callejones en la que estoy destinado a andar. No veo a nadie, sólo siento el dolor de los golpes. Finalmente llego a la casa, después de horas que se hicieron interminables. Entro a escondidas a mi cuarto. La cama sigue destendida “¡Dichosa ella que permanece igual!” Decido entonces comenzar a celebrar mi cumpleaños, rodeándome de pastillas, jarabes y cuchillos para así terminar lo que ellos comenzaron, y mandarme así al cielo o al infierno, o adonde sea que quieran recogerme.</p>

<p><b>La luz ha ido perdiéndose en el día. Sebastián siente que toda la ciudad está llena de ojeras, arrugas y verrugas. Sebastián veinte años más tarde observa dentro de aquel hospital al joven Sebastián, quien se mueve dentro de una pesadilla. Se acerca y lo mira temblar incesantemente y de repente, escucha que suelta un quejido que le hace brotar lágrimas por los ojos, por las heridas que le infligieron,  y por las que él mismo se hizo.</p>

<p>El cuerpo de Sebastián a los dieciséis llora caudales de sudor por los ojos, el cuerpo, y el alma.<br />
	<br />
Sebastián veinte años más tarde se levanta para leer en los espasmos del joven lo que desea decir.</b></p>

<p>	Sus estremecimientos me dicen que le duele el cuerpo: Entre costilla y costilla,  cuello y nuca, músculos y huesos, pestañas y cejas.</p>

<p>El dolor le viene de flechas incrustadas en su cuerpo que le hieren y destrozan la piel y las ganas de vivir.</p>

<p><b>El mayor tiene los ojos dilatados, en gesto suplicante hacia el cielo en busca de respuestas, mientras que el que ni siquiera parece poder rozar la segunda década de su vida se empapa, agonizante, en escalofríos que evaporan su alma.</b></p>

<p>	Se siente atado a esa cama. Y a ella, me tiene atado a mí también. Esos tubos, cables y líquidos son las cuerdas que le impiden moverse. Su cuerpo, todavía de rasgos femeninos y larga cabellera, son pruebas de su adolescencia; pero su sufrimiento, supera los años, aniquila sus sueños y lo poco que ha vivido.</p>

<p><b>Sebastián vuelve a buscar en el cielo algún contacto divino.</b></p>

<p>	Patrón de los arqueros, atletas y soldados, haznos uno otra vez. Despoja tu fuerza y capacidad de ayuda y haz con él lo que has hecho con tantos otros: Líbralo de la plaga de la envidia y la incomprensión. Pero te pido, santo de la constancia, que su salida no sea en la muerte sino en la vida.</p>

<p><b>Cae de rodillas y reza con fervor. </p>

<p>Súbitamente, la ciudad amurallada se abre camino a ritmo de adagio con órganos, oboes y violines. </b></p>

<p><b>En el fondo, uno de los monitores, ahogado de tanto gritar, inunda la habitación con un sonido agudo y constante que se dibuja en una línea verde que monótona e infinitamente se refleja en su pantalla. </p>

<p>Las luces y las imágenes van despareciendo lentamente hasta sólo poder dibujar el rostro púrpura y grisáceo de quien fuese… Sebastián a los dieciséis años.</b></p>]]>
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    <title>El caos en la historia</title>
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    <published>2005-07-01T23:16:36Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Héctor Llamas Sandín...</summary>
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        <![CDATA[<p>Autor: <b>Héctor Llamas Sandín</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><i>En la guerra los acontecimientos importantes son el resultado de las causas triviales.</i><br />
Julio César</p>

<p><img alt="atenta.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/atenta.jpg" width="151" height="151" border="0" /></p>

<p>Tras la masacre de los Juegos Olímpicos de Munich’ 72, en la que el grupo terrorista palestino “Septiembre Negro” asesinó a once atletas judíos, el aparato de Defensa e Inteligencia de Israel se autoimpuso venganza. La obtuvo en dieciocho meses al acabar con la vida de los terroristas. Pero ello le supuso un esfuerzo tal que agotó sus recursos, y le distrajo respecto de la reorganización militar de unos países árabes que aún soportaban la humillación de la derrota de la Guerra de los Seis Días y sus consecuencias geopolíticas. Además, debido a su apabullante victoria del 67, los israelíes habían subestimado a los árabes, por lo que no esperaban los que se les vino encima. A los dieciocho días del comienzo de la Guerra del Yom Quippur (1973), en la que al ser movilizados los soldados hebreos habían acudido a los cuarteles tropezándose con sus filacterias, la propia existencia de Israel como nación llegó a estar comprometida. Por eso la ONU, inducida por las fuertes presiones de los EE.UU., detuvo el conflicto. Escarnecidos por serles arrebatada la gran victoria que ya paladeaban, el 17 de octubre los países árabes deciden incrementar un 70% el precio del petróleo (con el efecto de cuadruplicar el precio de la gasolina), lo cual provocó la mayor crisis económica en Occidente desde la Segunda Guerra Mundial. A nivel político ello acarreó el reconocimiento por Japón y la CEE de la OLP de Arafat; pero lo que nos interesa más es que soliviantó tanto los cimientos del sistema económico europeo que produjo la caída de los gobiernos socialdemócratas de corte keynesiano, imperantes en el continente desde 1945. Asimismo hubo de ser desmantelado su modelo social, el “Estado del Bienestar” (“Welfare State”), fundado en la tradicional convicción del crecimiento indefinido, el cual resultaba insostenible con las nuevas condiciones económicas. Eso, junto con las subidas de precios, el paro, la deuda externa del Tercer Mundo, la crisis de la bolsa, etc., hizo que recobraran fuerza las polvorientas tesis neoliberales, particularmente su actualización a manos de la Escuela de Chicago (así como que surgiera la concienciación sobre la necesidad de aplicar la tecnología hacia el ahorro en energía y materias primas). La primera gran encarnación de estos nuevos vientos fue Margaret Thatcher. Ella reformó en profundidad la economía (particularmente, desactivó los poderosos e inútiles sindicatos ingleses), con lo que el país salió adelante con fuerza inusitada desde hacía décadas. En la “Dama de Hierro” se inspiró el presidente norteamericano Ronald Reagan: por medio de sus medidas liberalizadoras (las llamadas “reaganomics”, de las que destaca su apuesta decidida por la “curva de Laffer”) logró impulsar la economía norteamericana de manera formidable, aunque con el efecto, aún hoy patente, de recortar la ayuda social estatal. Este esplendor macroeconómico (mas los informes de la CIA sobre la inviabilidad del proyecto soviético para Rusia ya desde los últimos años de Brezhnev; el boom económico de los años centrales de Kruschev había sido un espejismo) concienció a Reagan de que podía elevar los ingentes costes de la carrera de armamentos, y así forzar a la débil maquinaria soviética haciéndola trascender sus límites. Con ello logró desfondar a la URSS, echar abajo el muro de Berlin, e inducir en Fukuyama la proclamación del “fin de las ideologías” (que viene a declarar que el único sistema político, social y económico razonable es la combinación de la democracia liberal con la economía de mercado). El fin del control soviético sobre el mundo árabe permitió unos movimientos subversivos islamistas impensables con la URSS, los cuales en un fanático zarpazo tiraron abajo las Torres Gemelas (y con ello, entre otras cosas, el Tratado de Westfalia: entre los años 1648 y 2001, el equilibrio de poder internacional sólo podía romperse mediante la conquista de un estado por otro. Tras el 11-S, tal equilibrio puede ser comprometido por acciones desarrolladas dentro de las fronteras de un estado). Henos aquí ante un nuevo orden mundial, que ciertamente nos sabemos a dónde nos llevará. Por de pronto, a que en España vuelva a gobernar, mucho antes de lo esperado, el PSOE.</p>

<p>Llegados a este punto, preguntémonos: la muerte de trece personas en 1972 (causadas por un terrorismo palestino proveniente de un sentimiento nacional exacerbado a causa del incumplimiento israelí de la resolución 242 del Consejo de Seguridad que le obligaba a retirarse de los territorios ocupados en el 67), algo estrictamente irrelevante en el contexto de los conflictos del siglo XX... ¿acaso no distorsionó la historia radicalmente?; ¿podría alguien haber predicho uno solo de los efectos concatenados que desencadenó? Rotundamente, no. Porque la historia es un sistema caótico, y posee una sensibilidad fuerte a las condiciones iniciales. </p>

<p>(Una pregunta más: ¿son éstas las razones por las que Spielberg estrenará en diciembre de este año una película sobre el atentado de Munich’ 72?).<br />
</p>]]>
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    <title>Quijotes</title>
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    <published>2005-07-01T23:42:21Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Guillermo Pilía...</summary>
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        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Poesía" />
    
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        <![CDATA[<p>Autor: <b>Guillermo Pilía</b></p>]]>
        <![CDATA[<p>Con el de hoy ya son tres<br />
los <i>Quijotes</i> que entraron a esta casa:<br />
uno de letras grandes —que leíste<br />
cuando sufrías de los ojos—, otro<br />
que fue conmigo y con mi hijo un verano<br />
en un viaje a Misiones, y el que ahora<br />
editó la Academia —tu presente<br />
de nuevo aniversario—. <br />
                                         Como Sancho<br />
sobre el rucio este libro me ha seguido<br />
desde los diez años en que mi padre<br />
me lo dio con inocencia a leer,<br />
en su vieja edición a dos columnas<br />
—de él me queda solamente el recuerdo<br />
de una cama abrigada y confortable<br />
y un olor a papel con humedad<br />
que aún siento y me entristece—. <br />
                                         Como Sancho<br />
desde entonces con torpeza he servido<br />
siempre a algún ideal: con esperanza<br />
peregrina de cambiar ciertas cosas<br />
y certeza de acabar apaleado.</p>

<p></p>

<p>El poema “Quijotes” pertenece al libro inédito <i>Segunda memoria</i>.<br />
</p>]]>
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    <title>Regateo</title>
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    <published>2005-07-01T23:52:21Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Aster Navas...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Narrativa" />
    
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        <![CDATA[<p>Autor: <b>Aster Navas</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="quijote-sancho.gif" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/quijote-sancho.gif" width="250" height="306" border="0" /></p>

<p><br />
Digamos, señor, que son "moligantes" -concedió, resignado, Sancho.<br />
</p>]]>
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    <title>El caos en la física</title>
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    <published>2005-08-01T23:49:35Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Héctor Llamas Sandín...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
    </author>
            <category term="Notas de filosofía" />
    
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        <![CDATA[<p>Autor: <b>Héctor Llamas Sandín</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="Poincare.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/Poincare.jpg" width="280" height="340" border="0" /></p>

<p>A la par que nuestros conocimientos científicos progresaron, el concepto de “caos” se enriqueció. A finales del siglo XIX ya lo vislumbró un extraordinario matemático: Henri Poincaré. Advirtió cómo un sistema que debería ser totalmente ordenado por su extrema simpleza, el de tres cuerpos que se atraen gravitacionalmente, en realidad ofrecía con el tiempo un comportamiento absolutamente desordenado e impredecible. Y eso resultaba muy significativo (hasta el punto de que, muchos años después, el nobel Prigogine en su célebre obra La nueva alianza lo calificó como “quizá el problema más importante de la historia de la física”). Por la inexistencia de una informática capaz de hacer los cálculos numéricos necesarios (la importancia de los ordenadores en la física viene a ser pareja a la del microscopio para la biología), y porque los físicos atendieron a otros menesteres desde los albores del siglo XX (la mecánica cuántica y la relatividad), la cuestión permaneció décadas latente. Pero resurgió en los sesenta, cuando “la bicha” de Poincaré se le apareció en 1963 a un meteorólogo llamado Edward Lorenz. Éste descubrió un sistema relativamente simple (en esencia, un fluido calentado, perfectamente descrito por un sistema de tres ecuaciones diferenciales) que, inopinadamente, resultaba exhibir un comportamiento desproporcionado respecto de la consideración de sus elementos. Y por ello, resultaba impredecible. No es casualidad que las predicciones sobre el tiempo resulten tan difíciles; y es que se hacen desde una rama de la física que apenas ha estrenado la pubescencia: la ya célebre “Teoría del Caos”. </p>

<p>Antes de tratar de definirla, contextualicémosla. Durante tres siglos, la física había secundado el camino que Newton (y Euler) señalaron: el ámbito de la linealidad, aquel agotado por ecuaciones diferenciales resolubles. Sin embargo, desde los años sesenta del siglo pasado, la física empezó a explorar aquel campo de la mecánica permanecía casi virgen: el de los sistemas dinámicos no lineales (cuyas ecuaciones no son susceptibles de ser solventadas totalmente). Actualmente se encarga de estudiar estos sistemas la “Teoría de los Sistemas Dinámicos Complejos” (TSDC), que se divide en 2 partes. La primera es la “Teoría del Caos” (o “teoría cualitativa de los sistemas dinámicos” de Poincaré), que es además el embrión de la TSDC. Se ocupa de los sistemas dinámicos no lineales compuestos por pocos elementos que, interaccionando, producen un comportamiento muy divergente. Estos sistemas pueden ser descritos (en teoría, perfectamente) por pocas ecuaciones diferenciales no excesivamente complejas (de ahí la denominación de “caos determinista”). La otra parte de la TSDC es la “Teoría de la Complejidad” (o “teoría de los sistemas complejos adaptativos”).</p>

<p>La característica más “popular” de los sistemas que describe la Teoría del Caos es que su comportamiento manifiesta una extremada sensibilidad a variaciones en su desarrollo. Por ejemplo, esto significa, que dos tipos de condiciones iniciales muy similares, tras un tiempo finito y relativamente corto, y sin ninguna intervención exterior, darán lugar a dos desarrollos del sistema que divergen entre sí de forma brusca y violenta. Por ello, una pequeña imprecisión en un dato inicial de un sistema caótico distorsiona de una forma cualitativa tal su desarrollo que éste resulta imposible de predecir con nuestras herramientas matemáticas, lo que supone un desconocimiento completo del estado final. De este modo, y para concretar, no podemos asegurar que nuestro sistema solar no interactúe de una forma que suscite su descomposición con el tiempo. Esta característica se denomina “sensibilidad fuerte a las condiciones iniciales” (SFCI). Dicho en pocas palabras: un sistema presenta SFCI si un pequeño cambio en sus parámetros aumenta exponencialmente con el tiempo. Esta propiedad se conoce también con el nombre de “efecto mariposa”, expresión acuñada por el propio Lorenz. Como ya mucha gente sabe, alude hiperbólicamente a la posibilidad teórica, mas verosímil, de que una mínima variación en las condiciones iniciales e un sistema (el batir de las alas de ese insecto en China) desencadene un efecto cualitativamente inconmensurable (un huracán en Florida). Hay unas cuantas películas que le buscan las vueltas a este concepto. El mes que viene nosotros haremos otro tanto; pero con el sistema caótico por excelencia, mal que le pese a Marx: la historia del ser humano.  <br />
</p>]]>
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    <title>El caos</title>
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    <published>2005-09-01T23:57:21Z</published>
    <updated>2006-02-16T12:12:20Z</updated>
    
    <summary>Autor: Héctor Llamas Sandín...</summary>
    <author>
        <name>enrique</name>
        
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            <category term="Notas de filosofía" />
    
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        <![CDATA[<p>Autor: <b>Héctor Llamas Sandín</b></p>]]>
        <![CDATA[<p><img alt="caos.jpg" src="http://www.imaginando.com/literatura/archivos/imagenes/caos.jpg" width="354" height="318" border="0" /></p>

<p>El concepto de “caos” es viejísimo, al menos tanto como la propia filosofía. Veamos sus orígenes en la historia de nuestro pensamiento. Lo primero que los presocráticos trataron de explicar racionalmente fue la “naturaleza” (&#966;&#973;&#963;&#953;&#962;). Por eso, y porque lo hicieron desde ella misma (sin salirse hacia algo que estuviera más del mundo material -lo “trascendente”-, como empezó a hacer después Platón), Aristóteles los llamó “físicos”. Aún hoy seguimos esa tradición.<br />
Pues bien: en términos generales, los presocráticos pensaban que la naturaleza en su comienzo se hallaba desordenada. Tal situación era denominada con el término “caos” (&#935;&#940;&#959;&#962;), contracción en ese momento de adjetivo y sustantivo. Tras un proceso, alentado o mecánico, ese “caos” originario devendría en el actual estado de cosas, más o menos henchido de orden (&#922;&#972;&#963;&#956;&#959;&#962;). E indudablemente, mejor que el anterior (no en vano la agencia “Control”, por medio del inefable superagente “86” y su inseparable compañera “99”, lucha contra los felones de “Kaos”...). </p>

<p>	Esta equivalencia entre lo caótico y lo totalmente desordenado (“aleatorio” o “estocástico”, en términos técnicos actuales) se mantuvo a lo largo de la historia del pensamiento, y aún hoy continúa presente en el lenguaje popular. Cuando el concepto de caos fue desligado de connotaciones teológicas (como ejemplo, la ciudad de Pandemonium de Milton) o políticas (véase el anárquico estado originario de Hobbes), y se redujo al ámbito de la física, se llegó a dar por supuesto que cualquier sistema caótico lo era porque estaba compuesto de un elevado número de elementos simples e interactuantes entre sí (no en vano la palabra “gas” fue inventada por el químico holandés J. B. Van Helmont en su obra Ortus medicinae -1632- buscando deliberadamente su parecido con la palabra “caos”). El caos provendría, pues, solamente de la imposibilidad de aplicar los casi exactos métodos de la mecánica newtoniana a tan elevado número de elementos. Algo análogo a lo que siglos atrás había dicho Demócrito: que el universo es el resultado de una “necesidad” ciega, pero que al ser también abstrusa para el ser humano, resulta confundido por él con el “azar” (estas expresiones entrecomilladas vendrían a dar nombre a un célebre ensayo de Jacques Monod). Sin embargo, incluso de tales sistemas se podía extraer algo: dado que se consideraba que al cabo del tiempo barrían todos sus estados posibles (es la llamada “hipótesis ergódica” de Boltzmann -1871-), podrían inferirse valores medios de las magnitudes físicas que lo caracterizaran, y que constituirían sus propiedades macroscópicas. Arribamos así a la “mecánica estadística”.<br />
Parecía existir, a partir de lo referido, una cierta dualidad: los sistemas con pocos elementos se podrían describir totalmente, y así, ser predichos. Mientras que en cuanto a los complicados, resultaba factible conocer ciertos datos estadísticos. Esto venía a ser una situación muy cómoda, porque la distinción entre una y otra parte de la física era puramente cuantitativa: el desorden se constituía en una mera acumulación excesiva de orden inasible. </p>

<p>	Sin embargo, ahora sabemos que eso no es así. Y el mes que viene descubriremos por qué. <br />
</p>]]>
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